Autor: Fuente y de la Fuente, Licinio de la. 
   Democracia y partitocracia     
 
 Pueblo.    04/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

DEMOCRACIA Y PARTITOCRACIA

El desarrollo, la aprobación y las reacciones que ha suscitado el llamado «pacto de la Moncloa»

están poniendo de manifiesto algo que tiene singular importancia y que nuestra naciente democracia

liberal parece estar olvidando: los partidos políticos son una pieza, pero sólo una pieza de la vida

democrática y de la participación social.

Vaya por delante mi claro deseo de que los acuerdos de la Moncloa tengan la máxima eficacia y mi

reconocimiento sin reservas de lo que suponen de habilidad política del Gobierno y de sentido de

responsabilidad nacional de los dirigentes de los partidos. La situación política, económica y

social de España había llegado a ser tan delicada que todo lo que represente un alivio, un punto

de firmeza para seguir avanzando, un horizonte de esperanza, más o menos limitado, para salir de

la crisis, tiene que ser recibido y apoyado de buena fe.

Cualquiera que sean los reparos y objeciones que se puedan hacer a los acuerdos, y los hay abundantes,

y bien fundados en todos los ámbitos (político, social y económico), nadie podrá dejar de reconocer

objetivamente que la situación y las perspectivas de salida de la crisis son ahora, después del

«pacto», mejores que hace un mes. Y que tanto en el interior como en el exterior un suave viento de

esperanza ha empezado a soplar en el enrarecido ambiente que a primeros de octubre dominaba el

panorama de España.

Pero dicho esto tenemos que decir también que todo lo ocurrido en torno a estos acuerdos es exponente

del grave riesgo que está corriendo el proceso de democratización política de España, de no llegar a

madurar, por olvidar que estamos en el último tercio del siglo XX y no en el primero, y que la

democracia no puede estar monopolizada por unos partidos políticos que, a su vez, estén excesivamente

dominados por su propio aparato dirigente. En este sentido, los acuerdos de la Moncloa, como tantas

otras actuaciones de estos últimos meses, son defectuosos desde el punto de vista democrático y

carecen de la suficiente representatividad social. Ese es su «talón de Aquiles», y ahí está una de las

posibles causas de su posible ineficacia.

Viendo cómo se desarrollan las cosas, cómo los dirigentes de los partidos se erigen en dueños y señores

de la actividad política y deciden sobre los más importantes problemas como si fueran de verdad los

portavoces, de la voluntad nacional, no podemos por menos de temer por el futuro de nuestro proceso de

evolución politica, por el futuro de nuestro país.

España es algo más que los partidos políticos y por supuesto, mucho más que su burocracia dirigente,

y una democracia a la altura de nuestro tiempo requiere que la dirección del país, la participación

ciudadana sea mucho más amplia que la del grupo de dirigentes de los partidos.

El protagonismo excesivo y el dirigismo elitista de los partidos, está conformando una democracia poco

democrática, valga la redundancia, poco «representativa» y poco «participada». Y más bien «anacrónica».

Es anormal, escaso y a veces triste el papel de las Cámaras, dominadas y casi amordazadas por sus

juntas de portavoces; es penoso el papel de los parlamentarios, y es lamentable la marginación de la

representatividad de otras fuerzas sociales y muy especialmente del mundo del trabajo en las grandes

decisiones nacionales. Trabajadores y empresarios, instituciones docentes o culturales, municipios y

asociaciones de vecinos..., son apenas algo más que espectadores de la representación nacional que

están dando las primeras figuras de los partidos, acaparadores de todos los papeles; son poco más que

destinatarios del mensaje que las «estrellas» de la representación les dirigen cada día desde el

escenario nacional, apelando a su responsabilidad moral y comprometiéndoles «a posteriori» en sus

decisiones.

Se olvida que una democracia social es algo que la representación partidista; se olvida que un partido

es algo más que el protagonismo de sus líderes; se olvida que unas Cámaras son algo más que una

computadora de votos previamente «negociados» y «comprometidos», lo que explica que en cuatro meses

no haya habido realmente un verdadero debate parlamentario que merezca este nombre... Se olvida que

las fuerzas sociales que representan trabajadores y empresarios son hoy tan importantes por lo menos

como los partidos políticos, a la hora de salir de una crisis como la qué estamos padeciendo. Se

olvida que hay instituciones culturales, asociaciones vecinales, entes sociales de muy diversa

naturaleza, con los que hay que contar para gobernar, y no sólo para que cumplan lo que previamente

acuerden los políticos profesionalizados y trasladarles la responsabilidad moral de sus acuerdos.

La democracia está corriendo un grave riesgo si centraliza su vida en los partidos políticos y éstos

a su vez son poco más que máquinas dominadas por una minoría dirigente. Es un camino por el que podemos

llegar o estamos llegando, una vez más, a la tan cacareada disociación entre la España real y la España

oficial. Estamos corriendo el riesgo de que la democracia no sea la participación efectiva de los

españoles en la dirección de sus asuntos, sino el puro gobierno de los partidos y de sus maquinarias

burocráticas, que no es ni mucho menos, lo mismo. No se puede confundir a la altura de 1980

«democracia» y «partitocracia».

Ello explica que las bases de los partidos se sientan marginadas, que diputados y senadores se

consideren disminuidos y que las Cortes hayan hecho hasta ahora poco más que votar lo acordado fuera

de ellas; que trabajadores y empresarios, agricultores e industriales, municipios y provincias (y,

sobre todo, vecinos y provincianos), entidades culturales, profesores y alumnos... se sientan

desconocidos o manipulados.

Hemos tomado como base de nuestro comentario el Pacto de la Moncloa, pero sólo porque es un exponente

clarificador de una situación mucho más amplia y con muchos matices, de la que vamos a seguir hablando

en otros artículos.

Tomamos como ejemplo el «pacto», porque en él se reflejan casi todas las insuficiencias y los defectos

de nuestra nueva democracia. El «pacto» es sólo de partidos (diriamos que de dirigentes de partidos),

y ahora, lógicamente, los trabajadores y los empresarios, las Universidades, los campesinos, dicen, y

con razón, que no sólo no han participado, es que ni siquiera han sido oídos, por lo que sé tiene poca

fuerza moral para responsabilizarles en su desarrollo y sus consecuencias.

Para mí, el error puede estar en que los que se sentaron en torno a la mesa de la Moncloa, se crean de

verdad que asumen integramente la voluntad nacional, y que la democracia es sólo una expresión del juego

de los partidos políticos. No caigamos en el error de reducir la democracia al puro juego de los

partidos, es un error que le puede costar caro al país. Porque el país se resiste a «encerrarse» en

el simple marco de los partidos políticos. Tiene mucha más vida. Y esa vida puede quedarse fuera de

la política oficial, con lo que la política perderá la fuente principal de su enriquecimiento real,

de su apoyo efectivo, y de su solidez y su participación.

Yo diría que, estamos padeciendo la inflación de los líderes sobre los partidos, de los partidos sobre

las instituciones, y de las maquinarias políticas sobre las realidades sociales.

El desarrollo político está «desacompasado» y hay sectores vitales para el país en los que no parece

que los partidos, empeñados en «dominar» toda la escena nacional, tengan prisa en organizar su

participación: el «retraso» sindical y el «retraso» municipal, pueden ser clara muestra de una

ceguera o un «deslumbramiento» de la democracia puramente partidista. Pero lo cierto es que la

falta de una adecuada organización de la vida sindical y de la vida municipal puede erosionar tan

gravemente la vida democrática y la vida ciudadana, que el juego de los partidos se desarrolle en

la más completa irrealidad.

Hay que dar entrada en la participación política a las fuerzas sociales, porque los partidos no

pueden asumir íntegramente la representación social y una democracia puramente partidista (es decir,

articulada sólo a través de los partidos), no sería una verdadera democracia a la altura de nuestro

tiempo y desencadenaría marginaciones, tensiones y conflictos, que podrían hacerla fracasar.

Una vez más, no confundamos «democracia» con «partitocracia», ni partidos políticos y representación

social. 

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