Y ahora la lección de Madrid     
 
 ABC.    18/11/1970.  Página: 27. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Y AHORA, LA LECCIÓN DE MADRID

Aunque de la experiencia electoral de Barcelona se dedujeron algunos, muy relativos en verdad,

perfeccionamientos en la propaganda encaminada a incitar a los electores al cumplimiento de su deber

ciudadano de votar, las cifras provisionales de votantes en las elecciones municipales madrileñas repiten,

reiteran, la lección de Barcelona (ABC 23 octubre 1970).

Los muy relativos perfeccionamientos a los que aludimos, no han pasado de ser más propaganda genérica

para que se vote, en vallas publicitarias, en anuncios en Prensa y en incitaciones, directas e indirectas, a

votar, en televisión.

Hemos asistido así a la avalancha de una propaganda electoral a la que sólo le faltaba una básica razón de

convencimiento: no era la realizada por ninguno de los candidatos. Era la propaganda aséptica para

recomendar él voto como se recomienda, en los mismos términos generales, el deporte. Y en tales

condiciones, ¿quién, por qué y a quién se vota? Habrá triunfado, no lo discutimos, el celebérrimo y nunca

bien ponderado principio de la igualdad de oportunidades—pese a que este punto merece otra

consideración que haremos luego—, pero han fracasado las elecciones. Se habrá logrado, no lo

discutimos tampoco, el triunfo de un criterio de administrativismo político, pero por amplio margen, por

todo el margen que separa la cifra de inscritos en el censo de la cifra de votantes, ha sido derrotada la

política, en su acepción más noble y más puramente constitucional. Ha sido derrotada como participación

voluntaria ciudadana y como legítimo y admitido contraste de pareceres.

Con una abstención tan marcada de los convocados a votar, ¿a quién representan los elegidos? ¿Qué valor

"representativo"—que es siempre un valor basado en la predilección subjetiva—tienen unos comidos en

los cuales ninguno de los candidatos podía, ateniéndose a la letra de las normas electorales, diferenciarse?

Reiteradamente se ha pedido desde esta columnas que se modificaran las normas reguladoras de tales

elecciones, porque "sin una amplia propaganda electoral, sin una propaganda lo suficientemente libre para

salvara» de la monotonía monolítica de todas las igualdades tipográficas", carecerían los electores del

estímulo y el interés que ofrece una normal campaña electoral. Interés y estímulo, insistimos, que no

pueden ser suplidos con apelaciones generalizadoras en nombre de la gratitud de Madrid o para crear una

tradición, desmentida por el propio mecanismo promocionador, de ciudadanos enormemente

inteteresados en votar. . En las elecciones municipales de Madrid el gran protagonista ha sido, otra vez, el

abstencionismo. La mayoría de los llamados a las urnas no han acudido. La fecha electoral ha

transcurrido, como un día más cualquiera, sin pena ni gloria. Más cerca, en todo caso, de una entristecida

indiferencia.

Lo cual nos obliga a preguntarnos si no interesan las elecciones municipales por si mismas, o si las

normas de su regulación son la causa del desinterés ciudadano ante la convocatoria.

Nos resistimos a creer que unas elecciones municipales carezcan, por sí mismas, de interés. Y como

ciudadanos deseosos de una sana implicación masiva, de todos, en la preocupación política por el buen

gobierno del Municipio, no tenemos más remedio que centrar nuestra crítica en la norma; en lo absurdo

de la norma que ha regulado estas elecciones.

De acuerdo con ella, quedaba extinguida, de raíz, toda posible y lógica pugna electoral, de la que es parte

imprescindible, como hemos dicho en otra ocasión, "la desigualdad en la propaganda de los candidatos—

desigualdad implícita en el parecer y personalidad de cada uno—y la desigualdad en el apoyo que unos y

otros reciban desde las páginas de los periódicos...".

De acuerdo con la norma esto no ha sido posible. En cambio, por las naturales dificultades que presenta

una tarea de fiscalización para averiguar y decidir quién o quiénes de los candidatos han rebasado su

"cupo" admitido de propaganda, es posible, muy posible, que hayan podido resultar favorecidos,

paradójicamente, en este punto, aquellos que se hayan decidido a no respetar la limitación establecida. Y

de esta forma el respeto a lo reglado habrá sido "handicap" para el cumplidor y ventaja para el

despreocupado.

Sin desviarnos un ápice de lo establecido sobre contraste político de pareceres—o pluriformismo

político—en nuestras leyes constitucionales no es posible silenciar que las elecciones municipales

madrileñas han resultado un claro ejemplo de lo que no deben ser estos comicios. Su regulación no ha

permitido un normal contraste entre los candidatos, y más ha sido freno de indiferencia que acicate de

participación para los electores.

 

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