Autor: Herrera, José Luis. 
   La minoría estrepitosa     
 
 Informaciones.    04/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

El español asomado

LA MINORÍA ESTREPITOSA

Por José Luis HERRERA

En el casino de mi pueblo unido se establece al caer la tarde, en el crepúsculo de las fantasmagorías, las

tertulias. Unas tertulias que, mal comparao, vienen a ser como las coaliciones electorales, pero en

dimensión agropecuaria. Y para que ustedes aten cabos, resulta que la que más bulla viene metiendo

últimamente es una donde apenas se juntan cinco, presidida por uno que también le dicen Manolo. Una

verdadera tabarra que no deja que los demás sigan, cada uno en su corro, la conversa sosegada, ni que

jueguen la partida sin tener que enterarse de lo que no les importa, ni a ellos ni prácticamente a nadie, que

son los mareos de la tertulia de los cinco.

La otra tarde, sin ir más lejos, el Crisanto, del que creo haber dejado claro en alguna ocasión que es una

mala bestia, no pudo más y se fue y dijo:

—Que digo yo que ya están bien, señor Manolo; que, como decía un anuncio, nunca tanto ha resuitao tan

poco, uséase, que nunca se ha formao tanto mido pa cinco nueces.

Y el aludido, que se aludía por nada, fue y contestó:

—Aquí todos contamos lo mismo, porque, si supiera usted lo que yo sé, que es una barbaridad, se daría

usted cuenta de que todas las tertulias son minoritarias y, por consiguiente, todas las minorías pueden

hacer el ruido que les plazca con el mismo derecho. Porque si los socios del casino somos cien, yo, que no

tiene usted idea de lo que sé, le digo que mientras no haya una tertulia de 51, aquí no hay mayoría y

aquí chillo yo porque puedo y porque una vez ganó un concurso de sardanas en Corcubión.

Por el aire, pelmazo y tormentoso, dio una pasada el abejorro de todas las tardes, al que Crisanto, con la

peor uva del mundo, llamaba «la Loqui», nombre —según él— de una fábrica de aeroplanos americana

que tenía tela.

y fue el Crisanto y dijo;

—Así que a usted, señor Manolo, lo mismo le dan cinco que cuarenta y siete, vamos, por poner una

cifra... Lo cual que menos mal que no se ha metido usted a zapatero, porque si no, ¡la de Dios! Porque

digo yo que sin un bajito calzara, un suponer, el cinco, ya me diría usted qué como iba a hacer con unas

barcazas del cuarenta y siete. Y a la viceversa... Vamos, que daría gusto ver al bajito dándose un garbeo

por dentro de los zapatos, o al pinceles con el zapato puesto y anudao en el dedo gordo del pie, con

perdón. Digo, y con el permiso de usted, señor Manolo, que tocante a saber dicen que acabó usted con el

Rey don Alfonso, el de la condecoración» en la partida siete, de la que no volvió para no hacer el inri. Y

no va a competir con usted aquí uno en su modestia.

«La Loqui» se había posado, cínicamente, en el aspa del ventilador, que no se enchufaba desde que se

clausuró el último año santo del desarrollo, aunque —la verdad sea dicha— cuando le enchufaban

daba vueltas despacito y, como las aspas eran de color butano fluorescente, hacía la mar de bien; pero, en

cuestión de dar aire menos que un estornudo. Y entonces fue el señor Manolo y se calentó y aquello sé

que era un ventilador con la directa metida, sino que apenas se le entendía una bendita palabra de lo que

decía, referente a que de minorías él sabía más que nadie, porque nadie había estudiado más de minorías,

ni se había examinado tanto de minorías, ni había sacado tantas matrículas de honor en minorías, y no le

iban a enseñar ahora de minorías a él, con la historia de las aparencias les diferencias porcentuales, que no

eran más que una argucia del sistema proporcional manipulado por la garra del oso moscovita; porque,

para minorías, él...

—Y usted que lo diga, señor Manolo —espetó el animal de Crisanto—. Porque de lo que se come se cría.

Y usted, en tocante a minorías, es más menor que los frailes de San Francisco, con perdón del cordón...

La cosa es que me contaron que el señor Manolo se quitó la chaqueta y se fue para el Crisanto. Pero, por

fortuna para él, para el señor Manolo se entiende, «la Loqui» se marcó un despegue seguido de un doble

tirabuzón de esos que no los mejora un centrocampista oriundo, y todos se quedaron mirándola. Y digo

que por fortuna para el señor Manolo, porque el Crisanto era como el Naranjo de Bulnes. Sin contar con

que los de su tertulia eran 47. Palabra.

 

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