Autor: Pérez Escolar, Rafael. 
   La nueva derecha     
 
 ABC.    26/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

LA NUEVA DERECHA

DEBERIAMOS convenir con Maurice Duverger que el centro, filosóficamente, es la derecha». Me

apresuro a protegerme bajo el sólido paraguas del ilustre profesor para evitar en lo posible

que ante semejante aseveración caigan sobre mi tantos improperios que, por una más de las mil

paradojas de esta hora, provendrían a buen seguro del multiforme centro político. Intento

guarecerme así de quienes, a pesar de sus confesadas posiciones centristas, no acaban de

curarse del prurito infantil de ser más de izquierdas que sus adversarios, aunque vivan o

piensen para sus adentros más a la derecha que los de derechas; y también de algunos otros

inconmoviblemente instalados en su ecuador particular, finísima línea entre los dos

hemisferios, tan equilibrada y sutil que una leve inclinación a estribor supone la más

intolerable de las herejías.

Lejos de mi ánimo atenuar la importancia de la amplia parcela de nuestra realidad política

enmarcable en el centro, zona en que convergen mis particulares preferencias. Al centro, si

llega a recabar su verdadera identidad, sin ridículos bizantinismos ni tiquismiquis aldeanos,

le corresponde en nuestra evolución política un papel decisivo: convertirse en la base

doctrinal de la nueva derecha, proporcionar un impulso vital que engarce el pretérito y el

futuro, posibilitar el ejercicio de una política renovadora y sin complejos, capaz de conciliar

muchas realidades que merecen el mayor respeto con profundas reformas en nuestro cuerpo social.

Ha de hacer posible, en suma, que sea la nuestra la civilización del desafio, caracterizada,

como pide Steiner, por una tensión constante entre el ideal y la realidad. Una política de

centro, así entendida, puede contribuir poderosamente a abreviar la larga lista de partidos que

son el reverso de un régimen que acaba, pero también un síntoma de grave disgregación, de unas

frustraciones generacionales y morales que ponen al descubierto el enquistamiento de los

políticos en las estériles desavenencias de siempre. La nueva derecha, sólidamente reforzada

por obra y gracia del centro, tendría legitimación sobrada para proponer unos objetivos

políticos tan verosímiles como ambiciosos, una opción ideológica de amplios vuelos

constrastada por el debate público y las expectativas reales de la nación.

No bastan ya enfáticas declaraciones de principios o monsergas electorales que nada le dicen al

pueblo cuando ha de abordar la sociedad española, en un plazo muy breve, una profunda

transformación de si misma. Será la transformación de una sociedad moderna en que las

relaciones autoritarias y jerárquicas de antaño se sustituyan por una auténtica participación

ciudadana; de una sociedad industrializada que ha de eliminar los rasgos del subdesarrollo; de

una sociedad avanzada cuyo desenvolvimiento económico logre regular las tensiones sociales que

padece; de una sociedad homogénea que no agrave las diferencias entre sus miembros al articular

los mecanismos de distribución de la riqueza; de una sociedad estable que pueda prevenir

eficazmente las situaciones de turbulencia pública; de una sociedad unitaria donde el primado

de una Administración centralista ceda el paso a una armoniosa vertebración del Estado; de una

sociedad europea donde la intolerancia no siga sancionando las tendencias políticas disidentes.

¿Qué impedimentos principales se oponen a la creación de una gran plataforma política de

centro-derecha? Sobresalen, a mi entender, el enclaustramiento narcisista de los líderes en sus

torres de marfil y la pervivencia de la vieja dialéctica franquismo-antifranquismo de que se ha

nutrido la vida política de los últimos decenios. Lo primero es tan grave que el reciente

ejemplo electoral de Francia ha de movernos a reflexión acuciante. Si se analiza la posición

de los antagonistas que en el país vecino se disputan el Poder en el seno de la coalición

gubernamental vemos que, como suele suceder en tantas otras cosas, la razón se reparte

equitativamente entre los contendientes: Giscard propone una filosofía de la reforma y Chirac

alza a su vez la bandera de la contundencia; para el presidente es menester actualizar en el

seno de la sociedad francesa un programa hondamente reformista, mientras que su contrincante

y aliado ocasional pretende a todo trance que no se pierdan posiciones electorales. La

combinación de ambos puntos de vista —reforma y autoridad, doctrina renovadora y autenticidad

ante el pueblo— debiera cuajar en una decidida acción común sin fisuras, emprendida por las

fuerzas políticas teóricamente coherentes, así al norte como al sur de los Pirineos, ante unos

comicios —los nuestros dentro de pocas semanas, los de Francia el próximo año— decisivos para

el porvenir de Europa.

La insistencia, muchas veces al borde del tedio, en mantener la antinomia franquismo-antifranquismo

como base diferencial ante las próximas elecciones es otro monstruoso contrasentido. Resulta

comprensible que después de cuarenta años de autocracia se desaten las pasiones contenidas, el

afán critico antes reprimido; pero debiera entenderse de manera colectiva que las actitudes

políticas pretéritas —las de todos y cada uno de los españoles— son igualmente respetables. Fuera

de esto es tan demencial el franquismo como el antifranquismo, porque lo uno o lo otro tenía

sentido solamente en vida de quien hacía posible aquella confrontación insalvable. Cerremos, pues,

con siete llaves el sepulcro de Francisco Franco.

Todo el que de buena fe clama por una auténtica reconciliación ha de pensar que aquella estéril

dialéctica no tiene ahora cabida cuando precisamente la Monarquía, entre otras altísimas

funciones, constituye el más firme soporte de la concordia nacional. No es suficiente la

aceptación apriorística de la Corona para asegurar tan sólo una concepción vital que se agota

en el hoy, como si se tratara de un simple asidero de las realidades cotidianas. La fe debe

depositarse en el Rey porque así se hará posible el proyecto de empresas comunes a las que están

llamados todos los españoles.

El reconocimiento explícito de la raíz marxista del comunismo y de gran parte del socialismo

español acentúa la necesidad de enfrentarnos unidos al reto de tales opciones políticas para

edificar desde el centro-derecha una sociedad libre, exenta por ello de tentaciones totalitarias.

Unidos, sí, los antifranquistas de antaño y los que han militado en el franquismo, porque la

Monarquía, que extiende su tutela institucional a la derecha y a la izquierda, a los de esta

hora y a los de cualquier otra hora, permite superar dignamente rivalidades inscribibles en las

páginas de la Historia, pero sin vigencia alguna ante las exigencias legítimas de nuestro pueblo.

Rafael PÉREZ ESCOLAR 

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