Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   España y sus regiones     
 
 ABC.    16/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 24. 

ABC

PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA MADRID

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FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

ESPAÑA Y SUS REGIONES

CONTEMPLANDO las grandes dificultades de nuestra transición, yo suelo decir a mis amigos que si

un ángel bajara del Cielo, con el encargo de ofrecernos, de parte de la Divina Providencia, el

quitarnos uno (uno sólo) de nuestros problemas, para mejor resolver los demás, yo no vacilaría

en pedir que el suprimido fuese éste: el problema regional. Porque no sólo es en sí mismo muy

importante, sino que tiende a complicar y a envenenar todos los demás.

España necesita, para que funcione la democracia representativa, pocos y fuertes partidos

políticos; los partidos regionalistas contribuyen a complicar un cuadro ya de suyo difícil.

España necesita una dirección más coordinada de su Economía y su Administración, y algunos

plantean las fórmulas regionales en sentido contrario. España necesita una reducción de

distancias y privilegios entre sus hombres, sus clases y sus tierras, y también algunos

entienden esto al revés.

Consciente como soy de la dificultad del tema; persuadido de sus profundas y a menudo oscuras

raíces sentimentales; conocedor de errores y excesos de algunas acciones centralistas; deseoso,

como todos, de acertar en tan espinosa cuestión, me permito plantear algunas ideas, a ver si

somos capaces de enfrentarnos en serio y sin engaños con ella.

Para mí, la primera idea básica es que no se puede poner en la más leve duda la unidad política

de España. Todo nacionalista que aspire a romperla, ahora o más tarde, debe saber que se

enfrentará con todo el rigor de la Ley y con toda la fuerza del Estado. Sobre esto no debe

haber duda ni negociación.

La segunda idea básica es que, sentado aquéllos, nadie tiene el monopolio de la verdad sobre el

mejor modo de organizar constitucionalmente el problema territorial en la España de hoy.

Históricamente, las soluciones han sido varias, y es indudable que la establecida en el siglo

XIX no es más definitiva que las demás. Por lo tanto, someto de buena fe el resto de mis

sugestiones a otras mejor fundadas.

Mi visión reformista me lleva, por supuesto, a preferir partir de lo que hay. Yo creo que hay

que arrancar del Municipio, que debe tener base comarcal, reduciendo los actuales 8.000 a unos

1.000, a base de las realidades actuales (geografía, transportes, economía, radios de influencia,

etc.).

Hay que seguir por la provincia: ha logrado una realidad, y la Diputación es una institución

lograda y aceptada. Lo mismo al Municipio comarcal que a la Diputación provincial se le pueden

y se le deben dar más competencias y, sobre todo, más medios. El gasto público debe

descentralizarse a fondo; el ingreso público, en cambio, lo menos posible.

Sobre las comarcas y las provincias, la Región es una unidad de fácil reconstrucción. El Estado

debe reagrupar sus órganos periféricos, haciendo coincidir sus Capitanías militares, sus

Rectorados académicos, sus Delegaciones de los Ministerios económicos, etc. Las Diputaciones,

a su vez, deben mancomunarse y a partir de la mancomunidad crear un órgano representativo

regional. Un Ministerio sin Cartera sería jefe de la Administración regional y tutelaría a la

región en el Gobierno nacional.

A mí me parece éste un plan perfectamente realizable, a corto plazo, aplicable a todos, y

susceptible de desarrollo y perfeccionamiento. Las consecuencias serían las siguientes:

En primer lugar, una buena coordinación a cuatro niveles. En cada uno debería producirse una

plena integración de servicios, inversiones y administración.

En segundo lugar, un mejor aprovechamiento de los recursos de todas clases, en particular los

económicos; una peseta rinde más cuanto menos viaja.

En tercer lugar, una invitación a todos, a la vez, a competir y cooperar. Las dos cosas son

necesarias en la España actual.

En cuarto lugar, una mejor adecuación de las normas. El Parlamento nacional aprobaría bases

generales, que serian desarrolladas y reglamentadas a nivel regional.

En quinto lugar, una cantera permanente de dirigentes y representantes. La democracia consume

muchos, y ahora se producirán a cuatro niveles.

La defensa, el orden público y la justicia seguirían siendo la base nacional; así como las

grandes decisiones económicas, monetarias y financieras.

Sé que mis ideas van a parecer escasas a muchos; otros verán el riesgo de abrir un camino

peligroso. No lo creo así. Pero veamos las alternativas.

El federalismo no es, en mi opinión, solución para España. Como su nombre indica, es una

fórmula para unir lo que estaba separado; así ha ocurrido en Suiza, en Alemania y en Estados

Unidos. Utilizarlo para separar lo que está unido (testigo la historia de varios países

iberoamericanos: Colombia, Venezuela, Méjico, etcétera) es absurdo. Pero lo importante es que

se trata de un sistema complicado, difícil y caro.

Complicado, porque no se trata de dos niveles de gobierno, sino de dos gobiernos paralelos. El

Estado y la Federación duplican todos los órganos, dando lugar a complejas cuestiones de

competencia y a numerosos pleitos.

Difícil, porque al tener cada Estado poderes legislativos, uno puede legalizar la prostitución,

otro el divorcio fácil, y así sucesivamente. Los resultados, en un país como el nuestro, serían

de confusión completa.

Caro, en fin, en hombres y en recursos. Hay que ser tan rico como los americanos, los alemanes

o los suizos para permitirse ese lujo, que no está a nuestro alcance.

El federalismo que tendremos que perseguir es el europeo, porque es el país entero el que se nos

está quedando pequeño. Seria absurdo pensar en partirlo en este momento.

No veo alternativa, pues, a un regionalismo moderno y justo. No es tiempo de hurgar en las heridas,

sino de buscar soluciones. No es momento de cuestiones previas, sino de meterse a fondo en los

problemas. Hay que hacer un planteamiento que permita un gran avance, para que a éste puedan seguir

otros; si planteamos todas las cuestiones a la vez, pasará la coyuntura y no haremos el mejor

camino, el que se hace al andar.

Cuando veo la proliferación de grupos regionalistas; cuando observo la fuerte infiltración de

muchos de ellos por el marxismo; cuando leo comunicados pensados en castellano, en que la lengua

vernácla no se usa como instrumento, sino como un arma; cuando veo la escasa presencia de la idea

de España en muchos planteamientos de hoy, algo me hace reconocer que éste es uno de los problemas

capitales del momento. Tenemos que resolverlo con imaginación y generosidad. El no hacerlo sería

un suicidio nacional.

Los gallegos del Noroeste, entre el mar, la montaña y la saudade, repartidos por toda España y el

ancho mundo; los vascos del Norte, capitanes por mar y por tierra; los catalanes emprendedores y

tradicionales; los andaluces de vieja filosofía y humor profundo; los extremeños austeros y

conquistadores; los canarios, superespañoles en medio del Atlántico; los aragoneses del Pirineo,

del Ebro y del Pilar; los valencianos, dominadores del agua y del fuego; los leoneses y los

castellanos, a quienes tan injustamente se les acusa de dominar a los demás... Mas ¿para qué

seguir? Todos somos españoles, valiosamente españoles. Hay que entenderse; o colgamos juntos o

nos colgarán por separado. En la comunidad internacional lo único que no se perdona es la

debilidad.

Manuel FRAGA IRIBARNE 

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