Autor: Clemente, Josep Carles. 
   Poder oficial contra poder popular     
 
 El País.    31/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

POLÍTICA

TRIBUNA LIBRE

JOSEP GARLES CLEMENTE

Director de Prensa del Carlismo

Poder oficial contra poder popular

Los pactos denominados de la Moncloa y sus consecuencias están llenando las páginas de los periódicos,

con más o menos fortuna, con cierta clarividencia. Los economistas, las patronales, los sindicatos y los

políticos han mostrado sus discrepancias o su apoyo. Todo esto me parece bien, ya que todo sistema que

se titule democrático debe llevar sus proyectos no sólo a los salones dorados del Parlamento, sino también

al nivel de opinión pública. En una palabra: la calle, el poder popular, debe conocer y opinar sobre la

gestión del poder oficial.

No obstante, pocos —sobran los dedos de una mano— se han dado cuenta del enorme peligro que

conlleva el haber realizado un pacto de este tipo. Andreotti, en Italia, las pasó moradas para conseguir

algo similar para luego demostrarse en la práctica la inviabilidad de la operación. Lo mismo le ha

ocurrido a Soares en Portugal.

Y es que, después de cuarenta años de dictadura y de gobiernos monocolores, un país que entra otra vez

en la senda de la democracia —más o menos tutelada— no puede arriesgarse a dejar al país con una única

alternativa de poder. Porque de lo que no hay duda es que hoy en día el poder está en manos no sólo de la

UCD, sino también del PSOE y del PCE. Los tres están en el poder. Entonces, si la derecha —o el centro,

me da lo mismo— los socialdemócratas de Felipe y los eurocomunistas de Carrillo, en una palabra: la

derecha y la izquierda parlamentaria, pactan y presentan una alternativa común que no es ni un Gobierno

de concentración ni un Gobierno de coalición, ¿qué otra alternativa queda si fracasa el pacto de la

Moncloa? Ninguna o, en el peor de los casos, la involución hacia un sistema totalitario auspiciado por AP

o un Gobierno de «técnicos» presididos por un militar.

A la UCD, que después de más de un año en el poder no ha presentado aún su propio programa de

Gobierno, debilitada por la incoherencia del conglomerado de sus militantes, y convertida en una simple

maquinaria electoral, le convenía ligar al carro oficial a la izquierda parlamentaria. A corto plazo, la

operación —si da resultado— fortalecería su imagen pública, en España y fuera de ella, y le permitiría así

llegar con ventaja a las próximas elecciones.

Al PSOE también le interesaba llegar a los pactos, porque está ávida de poder y tiene prisa en llegar al

Gobierno. La ambigua política del PSOE oportunista y contradictoria con su propia ideología, le ha

llevado a aceptar, ¿a cambio de qué?, unos resultados que van a perjudicar en primer lugar a la clase

trabajadora. A la larga, estas contradicciones le llevarán a romper los acuerdos, su imagen y su alternativa

de poder naufragará en las urnas.

Y en cuanto al PCE, su táctica es conocida de todos y, por más señas, es la más coherente: el pacto de la

Moncloa representa el compromiso histórico que de fallar, les llevará a su ya conocido y propugnado

Gobierno de concentración. De las tres, es el grupo que más inteligentemente ha jugado sus bazas, a pesar

de perder credibilidad obrera y ganarla en los sectores conservadores. Quiere llegar al poder como sea y

con quien sea.

Además, el Parlamento ha visto menoscabadas sus atribuciones al ver que unos «estados mayores» de los

partidos negociaban temas legislativos de su competencia. Entonces ¿para qué sirve el Parlamento si todo

va a llegar a él «atado y bien atado» y sólo le quedará decir amén? La comparación con las Cortes

orgánicas franquistas es sugestiva.

¿Y el pueblo qué? Porque si todo se cuece en cenáculos sin abrir un debate público previo sobre los temas

de importancia nacional para que el pueblo asuma sus responsabilidades en las decisiones ¿cómo vamos a

pedir sacrificios si no se conoce el porqué y la conveniencia de tales decisiones?

Lo que está claro es que el poder popular, el pueblo, está siendo marginado por la voluntad y decisión de

cuatro partidos llamados parlamentarios a los que el pueblo le dio su voto para que nuestro país entrara

decididamente por la senda democrática. Pero estamos viendo que las cosas no ocurren así.

 

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