Autor: Cruz Gutiérrez Gómez, Juan de la. 
 Carlos Hugo de Borbón Parma. 
 Juan Carlos es un rey históricamente excepcional     
 
 Ya.    08/01/1978.  Página: 6,8. Páginas: 2. Párrafos: 39. 

8 I 1978

CARLOS HUGO DE BORBON PARMA

«JUAN CARLOS ES UN REY HISTÓRICAMENTE EXCEPCIONAL»

• "¿Rencor a Franco? Más que a Franco, a los sistemas imperantes"

• "Como príncipe de la familia real española, representante de la descendencia carlista, mi primer deber es

servir al país"

• "El carlismo se niega a ser un brazo armado de la Iglesia"

• "Las medidas de urgencia que implica en lo económico el pacto de la Moncloa eran necesarias"

• "El socialismo tiene que venir por vías democráticas"

• "La unidad europea tiene que respetar la personalidad española"

SE ha brindado rápido a la entrevista, más diálogo de calor humano, de charla entre hombre y hombre,

soltando, de paso ágil, la distancia entre periodista y líder político. Una hora larga, a la caída de la tarde,

en casa de Gabriel Alonso, cuando Carlos Hugo de Borbón apenas ha puesto pie en tierra española y sin

tiempo para asentarse de modo definitivo. Poco más tarde presentaría su libro "La vía carlista al socialis-

mo autogestionario", que, dicen, es de rigor universitario. Viste traje oscuro con pañuelo en el bolsillo

superior de la americana. Ojos inquietos y vivarachos, despiertos, quizás aún más por ese acento

extranjero que fluye en sus palabras. Quiere hablar de todos los temas y se ríe cuando a Emilio, al

disparar su máquina, no ha lanzado el fogonazo, y dice: "Yo soy amateur de la fotografía y me ocurre

muchas veces."

Un trayecto político permanente y fiel a la ideología del Partido Carlista. Eso le costó sudor y dolores, e

imagino que, en cierto modo, aquella sangre que no hace mucho se desparramara por Montejurra. Lo

malo de esta historia de España—escrita muchas veces a golpe de látigo o cadenas, de tiros que mueren

en el silencio de la desvergüenza, de hombres que salen de casa y jamas regresan—es eso: que se le deja

correr un velo de insensibilidad, de falta de cultura y moral que rasga el sentir y la conciencia ciudadana.

Esa es otra historia, que algún día, esperemos que no lejano, se escribirá. El mundo de las ideologías

aparece como un vértigo. Alguien habló, muchos, de las dos Españas. Los buenos y los malos. Las

vueltas de siempre.

Y he charlado largo y tendido, como dicen los taurinos, con Carlos Hugo.

—Me instalé en mi exilio en Francia, en París, porque mis contactos eran más fáciles, aparte de los viajes

clandestinos—que fueron bastante frecuentes—, y de los que no quiero hablar porque implicaría a la

gente que ha colaborado en ellos, intentando llevar siempre al partido a la dirección que creía más eficaz

para la liberación democrática de España. Y tomando al tiempo contacto personal con los principales

grupos políticos europeos...

Recuerda el tiempo de exilio, que veo en tantos y tantos españoles como una soga que apretaba los senti-

mientos. Me ofrece un cigarro y una copa. Cambia de postura mil veces y gesticula mucho con las manos.

Residuo franquista

—Hablemos de la evolución política del Partido Carlista desde su exilio.

—Creo que fue una suerte política, en el sentido de que la tolerancia de la que yo gozaba antes daba lugar

a una mala interpretación de mi actuación. Mucha gente no entendía el que pudiera estar frente al sistema

y al mismo tiempo tolerado por el sistema. Y el sistema se encargó de levantar la duda. En este sentido

fue positiva mi expulsión, aunque para el partido y para mi mismo fuera un obstáculo notable...

Le atajo.

—¿Guarda rencor a Franco ?

—Más que a Franco, quizás a los sistemas de gobierno imperantes. Diría que nadie guarde rencor, porque

el rencor no sirve para nada. Creo que debemos olvidarnos de todo lo que puede ser personal en todos los

inconvenientes de lucha política, de vida política, pero, eso si, conservar el pasado como una experiencia,

pero no los inconvenientes negativos que puedan implicar los sufrimientos que uno ha tenido.

—Se habla, ya que estamos en el tema, de que uno de los principales obstáculos del Gobierno, de los

últimos Gobiernos, es el residuo franquista.

—Creo que el fascismo ha dejado huella en la sociedad española, pero este sector es bastante limitado,

que fuerza la descomposición de los grupos. Un grupo de los que diría que defiende los privilegios que ha

adquirido en el pasado y un grupo, quizá más romántico, que ha visto el pasado con los ojos de los

privilegiados y que no han juzgado el daño que ha hecho el franquismo en España, viendo solamente el

aspecto positivo o material del desarrollo económico de este país.

—Desde el carlismo, ¿cuál ha sido ese daño ?

—Creo que el impedir un desarrollo democrático del país, el impedir un desarrollo humano y la libertad.

Creo que si se habla del desarrollo cultural, ha habido, indudablemente, un desarrollo educacional, quizá

más lento que en los demás países europeos, pero real...; pero si se habla del desarrollo cultural, hay que

hablar del desarrollo del hombre como ser completo, y como ser completo, lo menos que se puede

desarrollar es estar tratado con justicia y libertad. Y cuando digo con justicia y libertad hablo de todo el

mundo, porque estimo que sufre tanto de la injusticia el que no está mal tratado como el que lo está. ¿Por

qué? Porque la injusticia implica la aceptación del privilegiado de su situación de privilegio, y esto es tan

degradante o quizá más, incluso, que la situación del perseguido. Ahora bien, esto ha sido un daño grande

a la moral del país, al sentimiento de solidaridad entre los españoles, y explica, tal vez en parte, la

situación de difícil evolución hacia la democracia que hemos vivido durante estos dos últimos años y el

lento desmonte del franquismo. Porque no se trata solamente de desmontar un sistema totalitario, sino de

construir un sistema de solidaridad, y esto es difícil cuando el pueblo está totalmente desmoralizado,

como es el caso de España.

—Lo que sí es un hecho cierto es el posible grado de desconocimiento, hablo a nivel de masas, de las es-

tructuras sobre las que se asienta la ideología del Partido Carlista. ¿Cuáles son los principales puntos de

su lucha reivindicativa?

—Lo esencial de esta lucha es la búsqueda del desarrollo más completo del sistema político. Creemos que

en los países de democracia formal se han desarrollado una serie de libertades muy valiosas, pero casi

todos se apoyan en una delegación del poder en un Parlamento y una cierta despreocupación del ciuda-

dano. La calidad de los mecanismos administrativos, puesta en marcha en los países democráticos eu-

ropeos en general, ha hecho que los Gobiernos puedan gobernar bien o satisfactoriamente, y entonces se

produce una especie de abandono de parte del ciudadano, de su responsabilidad. Creemos que la

democracia del futuro debe ser muy distinta, en el sentido de que se debe implicar más al ciudadano en la

red pública, en la vida de todos los días, a nivel municipal, comarcal, de pueblo, de nacionalidades o

regiones...; que esa auténtica democracia está muy vivida. Y esto es verdad tiara los pueblos, para los sin-

dicatos. Pensamos que los sindicatos no deben ser correas de transmisión de los partidos políticos, sino

gran canal de parcelación del mundo del trabajo en la responsabilidad, y que la única garantía de estabili-

dad política y social es que precisamente el sindicato deje de ser un instrumento defensivo en el mundo

del trabajo y se transforme en instrumento de participación, planificación y orientación de la economía.

De suerte que el poder sindical esté vinculado con la responsabilidad sindical. En tercer lugar, el

problema de los partidos políticos, que no pueden ser máquinas electorales, aparte de que un político debe

ser el instrumento de una comunidad política, de lugar de convivencia de los militantes o afiliados al

partido, de tal forma que sea de verdad un canal popular y no simplemente un sistema para elegir repre-

sentantes.

Ningún pleito dinástico

—Una de sus últimas declaraciones se refiere al hecho de que no viene a plantear ningún pleito dinás-

tico...

—Le diré que como príncipe de la familia real española, representante de la descendencia carlista, mi

primer deber es servir al país. Y actualmente tenemos la suerte en España de haber tenido una transmisión

del franquismo hacia la democracia por unas vías que hasta ahora han sido pacificas. Esto es una suerte

extraordinaria, y puede ser la base de una constitución democrática que no parta del trauma, sino de una

evolución. Esto es un deber de todo ciudadano. Estimo, por consiguiente, que nuestro deber es no plantear

ningún problema, que además no plantea la sociedad española actualmente, porque yo veo que ningún

partido político plantea el problema de la forma de gobierno, y con mucha razón, porque como todos los

partidos vamos a ayudar al Gobierno y vamos a configurar una estructura social justa, pues son los dos

problemas que busca el hombre moderno: la evolución pacífica hacia la libertad y la búsqueda de justicia.

Ello está intimamente ligado. Entonces el problema de la forma de gobierno me parece que es esencial no

plantearlo, sobre todo cuando hay un esfuerzo tan visible hacia la democratización.

—Imagino, por consiguiente, que todos estos esfuerzos del Partido Carlista, de sus hombres, están

encaminados a ese socialismo autogestionario que preconizan. Por tanto, la pregunta es obligada. ¿ Con

qué fuerzas cuenta el Partido Carlista para promover este movimiento ?

—Creo que el problema de los partidos políticos es el que usted me plantea. La fuerza de un partido

puede medirse de dos formas: la electoral y su capacidad de aportar soluciones. Creo que las últimas

elecciones, que fueron las primeras después de cuarenta años, han demostrado que puede ser muy

interesante, que a veces hay casi contradicción entre la fuerza electoral y la capacidad de vincular al

pueblo. Para todo el mundo es evidente que hay una desproporción entre el número de votantes y el de

elegidos para hacer los partidos. Luego, el hecho de que algunos partidos que no existían seis meses antes

de las elecciones se han llevado muchos votos, lo que demuestra que la máquina electoral es a veces mas

importante que la base popular de un partido. Esta transformación del partido en instrumento de lucha

del pueblo puede llevar consigo un apoyo para el poder, mientras que lo otro puede llevar muchas veces

al poder un vacío. Pienso que lo hemos visto en los últimos meses, y creo que el pacto de la Moncloa es

consecuencia de todo ello. Y es que realmente faltaba tal partido mayoritario en su base; había sido

principalmente una maquina electoral. En ese sentido, el Partido Carlista puede aportar una visión de es-

tructura política que se apoye en esta concepción. También históricamente el Partido Carlista ha sido

destrozado cuatro veces y se ha levantado con una gran fuerza cuando se han planteado problemas de cri-

sis profunda. Nuestro partido junta dos características: la de ser un partido popular y la de ser un partido

cuya visión filosófica del socialismo siempre ha estado vinculada a una filosofía muy humanista, y no

quiero decir católica, pero diría cristiana. Pienso que hoy la fe es un valor tradicional porque es un valor

liberador, porque es un valor que libera la capacidad del hombre de cambiar y de actuar en la sociedad. La

misma evolución de la Iglesia creo que ha potenciado enormemente esta actitud humana. Entonces le

diría que el carlismo se compone en su gran mayoría de hombre» de convicciones religiosas, aunque se

niega radicalmente a ser un instrumento, un brazo armado de la Iglesia...; se niega a ser un partido confe-

sional, porque es un partido político, pero con una fe religiosa. Esto puede tener una importancia notable.

Socialismo cristiano

— Este es el modo de actuar o, si lo prefiere, la línea más decidida, más recta, de la ideología carlista.

Entonces, yo le pregunto si no es demasiado difícil llegar con estas ideas (el socialismo cristiano) al pue-

blo, que aún carece de una adecuada formación política.

— El hombre, puede estar movido, además de por motivos humanísticos, por motivos espirituales. Y esto

le puede llevar hacia el socialismo, lo mismo que el hombre puede estar movido por una visión filosófica

materialista y también llegar al socialismo. Por eso digo que no hablaría de socialismo cristiano.

Hablaría de cristianos cuyas motivaciones religiosas les han llevado hacia una interpretación so-

cialista de la política de la vida. Creo que la falta de formación política es general en Europa, no sólo del

franquismo, aunque en este país sea claramente consecuencia del franquismo. La formación política sólo

puede existir cuando hay participación democrática. Y la participación democrática no es simplemente la

no opresión. El derecho a poderse expresar es en todos los canales por los que el ciudadano debe

participar y llegar realmente a tener una responsabilidad. No creo, por tanto, demasiado en este

inconveniente de la falta de formación política peculiar para España. Tal vez en España podemos saltar

mas fácilmente este proceso, porque la capacidad, cuando un pueblo sale de un sistema dictatorial, es el

de interesarse por las cuestiones públicas y asistir al fenómeno de la politización profunda por el pueblo si

se abren los cauces de la participación. Ahora hay que contar también con que el poder haga un gran es-

fuerzo y no eliminar al pueblo de las grandes problemáticas de la sociedad española. Y esto es, posible-

mente, lo que pudiera criticarse del pacto de la Moncloa.

— Entonces, ¿hubiera firmado el Partido Carlista el pacto ?

— Quizá. Pero yo, personalmente, hubiera puesto dos condiciones: que este pacto fuese muy provisional

antes de que se abra un gran debate popular sobre la problemática, porque no creo que se pueda

firmar desde la postura de los partidos un pacto en nombre de todo el país (si todo el país no está enterado

de lo que se firma); postura, por consiguiente, que me parece muy arriesgada para los partidos políticos.

Ahora bien: el pacto en sí, las medidas de urgencia que implica en lo económico eran quizá necesarias. Y

lo único que lamento es que no hayamos conocido como españoles los términos profundos del acuerdo, es

decir, los condicionamientos que permitían llegar a este pacto. Y que no tengamos esta información en la

opinión pública y por la prensa sí que es tratar al pueblo español como si fuese menor de edad. Creo que

eso es una real amenaza de involución de la democracia por tutela democrática desde el poder. Ahora si, a

la inversa, es el paso que obliga a todos los partidos políticos parlamentarios a implicarse en la

responsabilidad política, puede ser enormemente positivo.

—Nos hemos acercado, de uno u otro modo, a la situación político-económica del país. ¿De dónde cree

que arranca la crisis económica? ¿Viene el pacto de la Moncloa a solucionar de lleno la crisis? ¿Qué otras

soluciones aportaría el Partido Carlista ?

—En cuanto a los responsables de la crisis, creo que es muy difícil determinar los responsables humanos.

Fue todo el régimen anterior, que ha dejado sobre los hombros del Gobierno actual la responsabilidad de

resolver lo que no se había resuelto antes. Lo que más me inquieta del documento inicial del pacto ha sido

la falta de análisis de la causa de la inflación. Para mí, la causa de la inflación es la de los costos, y no

aparece en este análisis claramente definido. El hecho de tener más de un millón de parados representa el

que la población nacional esté en parte paralizada y representa que cada unidad marginal producida esté a

un costo más alto que cuando está a pleno rendimiento. Entonces estimo que las soluciones son algo

distintas de las que propone el Gobierno, de modo que las cifras de crisis en este momento pueden ser

muy peligrosas, y que se tiene que tratar con sumo cuidado el problema de los créditos para que el

enorme volumen de pequeñas y medianas empresas que necesitan una política de ayuda, incluso aunque a

largo plazo las medidas estructurales tengan que ser muy distintas, pero pueden ser muy eficaces.

Hablando de medio y largo plazo, hay que ver que ninguna de las medidas que tome el Gobierno ac-

tualmente pueda tener una eficacia objetiva antes de uno, dos o tres años. Una reforma fiscal, de la ense-

ñanza, un trasvase de fuerzas de trabajo de un sector a otro necesitan siempre un cierto tiempo. El efecto

objetivo tarda mucho en producirse. Ahora creo que hay una esperanza, y es que el efecto subjetivo sea

mayor del que espere la gente, porque el solo hecho de ver que el Gobierno toma en mano la problemática

económica puede representar un cambio de actitud en los elementos activos de la sociedad, sobre todo del

sector empresarial y del financiero, que permita reactivar la economía mucho antes de lo que se

produciría por el solo fenómeno mecánico de la efectividad de los cambios objetivos en la economía.

El Rey Juan Carlos

—¿ Considera importantes en este momento sus relaciones con el Rey Juan Carlos ?

—Por supuesto, creo que son importantes, porque don Juan Carlos es un Jefe de Estado que se encuentra

en situación excepcional en toda la historia de España, es decir, una situación en la que tiene que presidir

el paso de una dictadura a una democracia, y, por lo tanto, claro que es importante mi relación con el Rey

don Juan Carlos. Porque creo que puedo aportar y debo una garantía y una ayuda para que este paso se

haga por un procedimiento muy democrático y pacifico.

—¿Cómo son ahora las relaciones con el Rey? ¿Qué diferencias políticas separan el pensamiento, la

actuación de ambos?

—En cuanto al pensamiento político, no tengo por norma hablar de otras personas, y muy especialmente

en este caso me guardaría de opinar sobre el pensamiento de don Juan Carlos, porque es él quien tiene

que expresarse sobre esto y no yo. En cuanto a relación entre los dos, diría que no hay ningún problema,

puesto que está respetando el poder establecido, la norma democrática y el pase de la convivencia

ciudadana, que es que vuelvan todos los exiliados. El penúltimo fui yo; el último, Líster.

—¿Le han hablado que es extraño, aun en la sociedad que vivimos, oír hablar con tanta fuerza de

socialismo a un príncipe, un socialismo de las características que preconiza ?

—Soy socialista convencido. He vivido en mi niñez en sistemas muy violentos. Estuve refugiado en Italia

con el fascismo italiano y se nos expulsó a los pocos años; estuve en Portugal y me di cuenta de que no

había solución para la paz si no se iba por vías de la búsqueda seria y profunda de la justicia. También es-

toy convencido de que el socialismo tiene que venir por vías democráticas. Todo socialismo que viene por

una vía violenta tiene el inconveniente de acabar siendo un socialismo impuesto. Es preferible un

socialismo más imperfecto, pero que venga por vías de aceptación, de comprensión... De modo que la

búsqueda de la justicia, de un socialismo democrático, me han llevado a la conclusión de que hace falta

buscar nuevas vías al socialismo, y que la social-democracia no es una solución satisfactoria.

—Finalmente, el federalismo.

—El carlismo ha luchado durante ciento cincuenta años porque haya una estructura autonómica en

España, de suerte que la construcción de la unidad no se haga por un centralismo absorbente, sino por un

reparto de responsabilidades políticas a nivel de cada nacionalidad o región. Creo que es una

problemática cada vez más interesante, porque, aparte de que contesta a la aspiración de muchos pueblos,

contesta a una necesidad, que es la de repartir el poder soberano a distintos niveles. Creo que el gran

problema de los Estados modernos es que se está muriendo y tiene que morir el Estado nacional y nacer

un Estado-sociedad en el que el poder democrático no esté limitado, ni bloqueado, ni monopolizado por

un solo Estado en la sociedad, y se encuentre profundamente vinculado a las asambleas o parlamentos

intermedios entre el hombre o el Estado.

Juan de la Cruz Gutiérrez Gómez

 

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