Autor: Lezcano, Ricardo. 
   Diferentes, pero poco     
 
 El País.    07/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ELPAIS. jueves 7 de octubre de 1976

OPINIÓN

El español, a lo sumo, se diferencia del resto de los europeos por cierta impulsiva irreflexión y un

excesivo ardor en su lenguaje. Pero no son sus defectos éticos y temperamentales producto de un

genetismo predeterminado e inmodificable, sino de una educación mal encaminada, cuando no

completamente nula, y de eso son más responsables las clases rectoras que las regidas.

Diferentes, pero poco

Ricardo Lezcano

Madrileño, aunque residente por muchos años en Canarías y adscrito al Partido

Autonomista Socialista Canario, es funcionario del Estado. Autor de diversos

libros y colaborador en varías periódicos.

El problema de si nuestra idiosincrasia es peculiar y distinta de la que priva por Europa se ha ido poco a

poco convirtiendo en una bizantina discusión con la que se pretende, ora ensalzar todo lo hispano —

machismo y ortodoxia en ristre—, ora, justificar el gobierno de mano dura, pues ya se sabe que el español

es «ingobernable».

Utilizar generalizaciones raciales o caracterológicas siempre es arriesgado. ´Recuérdese la maligna

fermentación que en las ollas, nazis sufrieron las teorías raciales del conde de Gobineau y de H. S.

Chamberlain e, incluso las de Neitzsche, que iban por otro camino. Deducir del hecho de que no hayamos

conseguido cuajar una nación moderna, moderada y democrática, que somos diferentes, enunciando tal

aserto como si padeciéramos alguna tara irremediable, es sacar las Cosas de su punto. Yo no creo que el

pueblo español sea diferente a cualquier otro pueblo europeo. Pongámosle, a todo conceder, cierta

impulsa irreflexión y un excesivo ardor en su lenguaje —desgraciadamente, también a menudo, en sus

acciones—, lo que, por otra parte, es patrimonio de las tierras calientes que baña el Mediterráneo. No son

los defectos éticos y temperamentales del español producto de un genetismo predeterminado e

inmodificable, sino de una educación mal encaminada, cuando no completamente nula, y ae eso son más

responsables las clases rectoras que las regidas. Cuando en el siglo XVI nos cerramos las fronteras —las

físicas y las ideológicas— a todos los componentes del espíritu europeo, nos condenamos a una

larguísima cuarentena cultural y política en la que aún permanecemos. No es irrelevante el hecho de que

hasta 1965 éramos el país europeo que destinaba menos porcentaje de su renta nacional a educación. Hoy,

a duras penas, hemos conseguido sobrepasar a Grecia y a Portugal.

Sánchez Albornoz opinaba que no habíamos salido todavía del medievalisme, enunciado vago, pero cierto

en muchos aspectos. Reconquista, contrarreforma, cruzada; siempre la acción en vez del pensamiento; la

espada y no el libro. Dice Fierre Vilar en su Historia de España: :«De 711a 1492, España, y sobre todo,

Castilla, fue una sociedad en combate permanente, y la clase que combate, se adjudicó, naturalmente, el

primer puesto». ¿Es difícil darse cuenta de cómo esta diagnosis de nuestro pueblo es aún aplicable al de la

época en que vivimos? Otra vez esa misma clase, la qué combatió y ganó, se hizo con la parte del león, y

esta vez, con intenciones de que su victoria se convirtiera en un status político y económico inamovible y

eterno. Los excombatientes, cuyo número decrece día a día erosionado por los años y las deserciones,

pretenden seguir dictando la historia a aquellos que son sus verdaderps protagonistas: los no

combatientes. Simplemente por una ineluctable acumulación generacional, son como una marea viva, que

cubriendo muertos e ideologías periclitadas, ha de escribir las nuevas páginas de nuestro devenir

histórico. La clase que trabaja no ha ejercido jamás el poder en nuestro país, ¿se le puede exigir, pues, que

realice una democracia exenta de violencias y exigencias urgentes? La libertad no se aprende en los textos

políticos, sino en la difícil convivencia de cada día. No es sólo un objetivo; es también un afanoso

quehacer, y hay que vivirla a fuerza de golpes, avances, retrocesos y vacilaciones.

Insistiendo sobre la tesis de Sánchez Albornoz a la que me refería más arriba, Paulino Garagorri, en un

artículo aparecido en EL PAÍS del 16-7-76, habla del «pandillismo» en el que se desenvuelve en España

la política, lo que no deja de ser otra tara medieval. Se refiere «al predominio de la relación personal, de

la lealtad obligada». Esto ofrece la peligrosa secuela de que los políticos, de tal forma elegidos para la

función pública, se sienten obligados solamente hacia tal organización o cual personalidad, y no hacia el

pueblo, que en lugar de ser únicamente, como aquí ocurre, sufrido destinatario de los actos y decisiones

del Gobierno, debería ser también crítico, poderdante y juez de tales acciones. ¿Es de extrañar, pues, esa

aguda despolitización del español que detectan numerosas encuestas?

La democracia no es una panacea, ya lo sabemos, pero es la única forma en la cual el Estado está al

servicio de los ciudadanos y no al contrario; el único sistema en el que los gobernantes ven en la opinión

pública un referéndum permanente de su actuación política. Es algo tan sencillo como que un senador de

Estados Unidos, al ser preguntado sobre si era favorable a la utilización del Concorde —el gigantesco y

polémico avión francés— contestara: «Lo soy, pero decirlo me costaría 100.000 votos; luego soy

contrario».

Cuando los españoles lleven unos decenios ejerciendo sus derechos democráticos, los gobernantes

respetando la voluntad de la mayoría y las minorías renunciando a las armas para imponer su voluntad

política, volveremos a hablar de la especial idiosincrasia del español y de su abusivamente manipulada

ingobernabilidad.

 

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