Autor: García Serrano, Rafael. 
 Viernes, 22 de abril. 
 Cincinato vuelve al camino     
 
 El Alcázar.    23/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Dietario personal

Por Rafael GARCÍA SERRANO

VIERNES, 22 DE ABRIL

CINCINATO VUELVE AL CAMINO.— He tenido, tengo y tendré siempre el máximo respeto hacia

Carlos Arias Navarro, todavía más que por su deslumbrante carrera política, por su condición humana,

que puso de manifiesto ante mí en la hora más triste de mí vida. Admiré en su momento su manera de

distanciarse de la política y aún recuerdo que una carta mía, en la que con cierta vehemencia le hablaba de

la resurrección de algún olvidado verbo político a costillas suyas, la contesto con afecto y serenidad, sin

aceptar elegantemente mi tesis, aunque indudablemente debería resultarle grata a su corazón y a una parte

muy noble de su vida. Desde aquella comunicación epistolar nada he vuelto a saber de él hasta esta

mañana, salvo la noticia que algunos hombres, a los que él ya no considera demasiado afines, me daban

sobre sus cotidianas visitas al Valle de los Caídos, a rezar ante la tumba de Franco, o a meditar ante sus

restos, o a imaginar un despacho posterior al 20 de noviembre de 1975 y hacer balance de que parte iba

quedando del público testamento del Caudillo, de aquella despedida de Franco a su pueblo, que Carlos

Arias leyó con visible y humanísima congoja.

De modo que al ver a Carlos Arias asomado al balcón de "ABC" me he llenado de interés, y sin correr el

agradable riesgo de encontrar en la tercera página un ameno artículo del conde de los Andes, ni echar el

habitual vistazo a los santos, me he lanzado en plancha hacia las páginas 11 y 12 de tipografía, según

indicaba a los impacientes la portada.

Las razones por las que el propio Carlos Arias explica su retorno a la política me han llevado de la mano a

la apasionante entrevista que firma Pedro J. Ramírez, y justo ahí me he dado cuenta de que Carlos Arias

vuelve al camino de la lucha política con maneras un tanto extravagantes que a mi corazón de eterno

ciudadano o súbdito o contribuyente o sujeto inscrito en las listas electorales, no dejan de causar alarma.

Por ejemplo, la inusual soltura con que pega un brinco sobre la reserva oficial que salvaguarda,

determinado tipo de reuniones, entre las cuales, según creo, figuraban las de aquella fenecida Comisión

Mixta, que él mismo presidía, y cuyas deliberaciones me parece recordar que eran secretas.

Evidentemente debían serlo, porque ésta es la primera noticia que tengo sobre algunas actitudes de los

personajes que la formaban. Nunca fue la indiscreción cualidad de Carlos Arias.

Carlos Arias la toma con Girón. Hace tiempo que me he dado cuenta de que el precio que hay que pagar

para bañarse en el Jordán político español —que está más frecuentado que la Costa del Sol en los mejores

años de nuestra ascensión turística—, es arrojar piedra, lodo o cualquier materia deleznable sobre Girón,

acaso porque en él reside una de las grandes posibilidades de levantar esperanzas abatidas bajo el

vendaval de traiciones que se nos ha llevado la victoria del 1 de abril de 1939. "En las reuniones de la

Comisión Mixta —le cuenta Carlos Arias a P.J.R.—, el único que estaba hecho un monolito y no se

avenía a razones era Girón. Le leyeron pasajes de discursos del Caudillo. Como si le leyeran a Julio

Verne. El tenía su filosofía y no había quien le apeara de ella. El hombre estará pasando malos días, como

estamos pasándolos todos. ¿Y qué dirá ahora? Pensar, que pedía mi cabeza, que pedía casi que me la

cortaran a nivel de la cintura, por aquel discurso del 12 de febrero?".

Entre todos los caballeros que componían la Comisión Mixta calculo que ninguno podría sentirse más

lealmente conmovido ante las palabras del Caudillo, que el propio Girón, y para ello basta con citar

algunos de sus nombres y que cada cual examine libremente sus conductas posteriores respecto a la mejor

y más eficaz voladura de cuanto Franco supuso: Areilza, Osorio, Adolfo Suárez, a la sazón nada menos

que ministro secretario general del Movimiento, Garrigues Walker, Torcuato Fernández Miranda o

Miguel Primo de Rivera, entre los que recuerdo. Calculo yo que más que mala voluntad hay en la película

contada por Carlos Arias falta de memoria. De todos los ilustres liberales y demócratas anteriormente

citados ¿acaso alguno propuso públicamente, en vida del Caudillo, la necesidad de reformar las

estructuras políticas españolas partiendo de la base de tres partidos? Pues eso lo hizo Girón en Valladolid

y si mal no recuerdo desde el mundo oficial, y muy especialmente desde Secretaría General del

Movimiento, se cursaron anatemas de heterodoxia sobre Girón por quien más tarde habría de usar el

cerrojo parlamentario para dar paso a la más espantosa liquidación del Régimen y a la estúpida floración

de partidos políticos que hace que nuestra política, por muy elogiada que sea por lo más distinguido de la

bastardía mundial sea el hazmerreir de cualquier persona sensata. Imagino que por entonces la lealtad era

ya equivalente a inmovilismo, la fidelidad equivalente a falta de imaginación y la defensa de unos

principios fundamentales, escasa capacidad intelectual para la duda que propiciase el cambio de chaqueta.

Por otra parte, poca confianza pública ya a merecer a los electores madrileños el que Carlos Arias, y bien

que lo siento, haya dicho: "Mientras nos hemos ocupado de administrar la paz para engrandecer a España,

parece como si "no nos hubiéramos dado cuenta de que había quienes iban infiltrándose en la

Universidad, en la Iglesia, en el Ejército... Y de repente nos hemos encontrado con la situación actual".

Me temo que esta declaración arrebate a Carlos Arias la confianza de sus eventuales partidarios, porque si

después de pasar por los Gobiernos y Jefaturas Provinciales de León, Navarra y Tenerife, y por la

Dirección General de Seguridad, y por la Alcaldía de Madrid, y por el Ministerio de la Gobernación y por

la Presidencia del Gobierno, no se enteró de lo que ya sabíamos todos en la calle —y algunos, yo entre

ellos, lo denunciamos desde que estas páginas fueron rescatadas para la España del 18 de Julio—, poco

puede esperarse de su gestión en el Senado, salvo que duerma en sus escaños al modo de sus ilustres

antecesores, en tan digna Institución, como puede suponerse que durmió en los anteriores cargos; y yo sé

que no se durmió porque de ello tengo testimonios personales que conservo con gratitud y afecto. Yo sé

que se mantuvo alerta, fiel a lo fundamental, y muy en línea.

¿Qué desventurado resorte moral se ha roto en muchos hombres de España a raíz de la muerte del

Caudillo, o a lo largo de su dura agonía? ¿Qué es lo que ha quebrado su entereza? Casi me atrevería a

jurar que Carlos Arias rectificará ese "palo a Girón" que hoy abre todas las puertas democráticas, pero en

caso contrario ello no servirá, más, que para confirmar la firme línea de Girón en política. El tiempo en

que vivimos me recuerda una máxima de Chamfort que dice más o menos: "Se deja en paz a los que

promueven el incendio y se persigue a los que dan la alarma". Fue Girón quien dio la alarma, y no

precisamente para cortar ninguna cabeza a nivel de la cintura, y fueron muchos, entre ellos Carlos Arias,

si todo lo que cuenta es cierto, quienes provocaron el fuego.

Cincinato ha vuelto al camino desde su heredad de Casa Quemada. Daría algo porque no lo hubiese

hecho. O por que no lo hubiese hecho así. Ese no es el estilo que corresponde al Carlos Arias inolvidable,

"con quien tanto amé" (aquí también se cita a Miguel Hernández) muchas cosas que yo sigo amando.

23/IV/1977

Alcázar

 

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