Autor: Zugazagoitia, Julián. 
   Los últimos momentos de Jose Antonio  :   
 Contados por el que fue ministro de la Gobernación de Negrín. 
 Pueblo.    19/11/1969.  Página: 44. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

LOS ULTIMOS MOMENTOS DE JOSE ANTONIO

Contados por el que fuá ministro de la Gobernación de Negrín

UNA figura tan históricamente relevante para la vida contemporánea española como José Antonio Primo de Rivera ha tenido incontables biógrafos y glosas. No hay un resquicio en la vida política del ilustre fundador de Falange Española que no sea conocido por los españoles a lo largo de los últimos treinta años. Sin embargo, no han sido tan frecuentes los testimonios de los adversarios políticos de José Antonio. Reproducimos hoy un documento excepcional, como es el capítulo que se refiere a la muerte de José Antonio, escrito por el que fue ministro de la Gobernación y más tarde secretario de Defensa del Gobierno de Negrín durante la guerra civil, Julián Zugazagoitia. Este político, contemporáneo de José Antonio, era socialista, y antes de la guerra civil era director del célebre diario del partido socialista obrero español ...El Socialistas. También tenemos que señalar que no habíamos leído hasta ahora ningún texto más objetivo que éste producido por los adversarios de José Antonio, precisamente escrito en 1940, cuando todavía las heridas estaban sin restañar, y esto concede al texto un mérito mayor.

«Primo de Rivera se batió por su vida con denuedo juvenil. Puso en su palabra de ahogado la emoción del político. En Alicante habían pasado de los furiosos arrebatos colectivos en que se pedía la inmediata ejecución del caudillo falangista, a la convicción de que en tanto vhiera la ciudad no seria bombardeada.

Estas suposiciones eran frecuentes. Las autoridades municipales de Cartagena se manifestaron en rebeldía al conocer que la familia del general Pinto iba a ser canjeada, por creer que a Ja vecindad de los familiares del general se debia el que la plaza no conociese las agresiones aéreas. Como so hiciera el canje, produjeron un liarullo de dimisiones irritadas. Con Primo de Rivera sucedía algo parecido. Pero, además, por una de esas reacciones tan fáciles en la sensibildiad del pueblo español, el odio se habia trocado en simpatía. Simpatia por el hombro qúe, sin vacilación ni debilidad, se encaraba, con un destino acedo Su conducta en la prisión era liberal, cariñosa. En las huras de encierro tejía sueños lie paz: esbozaba un gobierno de concordia nacional y redactaba el esquema de su política.

El había ido a injertar su doctrina, confusa, en las universidades y en las tierras agrícolas de la Vieja Castilla. Su seminario estaba constituido por discípulos de aulas y laboratorios, y por jóvenes de la gleba. Su escepticismo por las armas, que le atraían por otra parte, debía tener antecedentes familiares. El respeto y la devoción por su padre no excluían en él la crítica de errores en que incurrió. El, capitán de hombres jóvenes, proyectaba cosa distinta. De momento, para salir de la guerra, un gobierno de carácter nacional...

La vista del proceso, varias veces diterido, le coloca ante una realidad adversa. No se inmuta. Su palabra tiene una fuerza inusitada. La del hombre que está solo. Intuye cuál será la pena a que le condenan sus jueces y, sin embargo, se esfuerza por convencerles de que no deben ser injustos ni para con él ni para con sus hermanos. Increpa ásperamente a una persona que, en su concepto, ha enturbiado la claridad del proceso. El interesado escucha la admonición sobrecogido. El relámpago de iracundia pasa y queda, en la carne del increpado, un desasosiego que será permanente. Explicación de una doctrina y ratificación de una fe. El resto es conocido. Se dicta la sentencia de muerte. No hay conmutación rte pena. Pruno de Rivera se encierra a escribir su testamento. Se despide de sus hermanos.

La, escena la relata Miguel. José Antonio no puede evitar que su emoción se la resuelva en lágrimas al notar la congoja de sus hermanos. Cuando se repone, él es quien consuela. Pide que le consientan morir con la entereza que le cumple, atendido su magisterio moral sobre tantos compañeros que han muerto y están muriendo en el combate. Cuando le llega su hora, su templanza es perfecta. Comersa con los hombres del piquete que ha recibido el encargo de ejecutar la sentencia.

—¿Verdad que vosotros no queréis que yo muera? ¿Quién ha podido deciros que yo soy vuestro adversario? Quien os lo haya dicho no tiene razón para afirmarlo. Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero preferentemente para los que no pueden congraciarse con la patria porque carecen rte pan y de justicia. Cuando se va a morir no se miente y yo os digo, antes de que me rompáis el pecho con las balas de vuestros fusiles, que no he sido nunca vuestro enemigo. ¿Por qué vais a querer que yo muera?

Los milicianos le escuchaban en silencio. Las palabras del reo se les meten dentro y se miran unos a otros, tratando de resolver una incertidumbre. ¿Se habrían equivocado los jueces? ¿V si se han equivocado, pueden ellos reparar un error negándose a cumplir lo que les ostá ordenado? El silencio persiste. Primo de Rivera, con la acuidad de la muerte, lee en la conciencia de los milicianos e insiste, calentando sus palabras, en una acción catequista que es toda su esperanza de seguir viviendo. ¿Quién sabe, piensa, cómo lo ha dispuesto el Señor? Ya su vida está contada por minutos, pero con un solo segundo es suficiente para salvarla. ¿Cuántas resoluciones, humanas o crueles, caben en tan pequeña medida de tiempo? En principio fue el verbo... Busca en las palabras entrañables aquella que pueda ir derecha, certera, como una saeta, al corazón de sus verdugos, atribulados por la idea de poner remate a una existencia que, ahora que se. han puesto en contacto con ella, la encuentran noble y digna. Parece como si la esperanza se robusteciese. El reo cree en ella. Se la imagina más sólida de lo que en verdad es. Pregunta:

—¿Verdad que vosotros no queréis que yo muera?

Es lo definitivo. Trata de romper el mutismo de los milicianos. Quiere saber a qué atenerse, porque el tiempo se agota. El plazo de minutos que tiene su vida se está terminando. ¿Qué dicen? ¿Qué contestan? En el silencio de todos parece oírse el trabajo de cada conciencia. ¿Con qué metro medir esa partícula angustiosa de tiempo? Es el que va de una pregunta a una respuesta, en la que se lia intercalado una breve pausa. Uno de los milicianos responde:

—¡Déjanos en paz! Necesitamos cumplir lo que nos está ordenado. No sabemos si eres bueno o eres malo. Sólo sabemos que tenemos que obedecer.

Todo está dicho. El reo no tiene que esperar. La ley de obediencia se ha interpuesto entre el verbo del reo y el corazón de los verdugos. Uno y otros tienen que ¡legar hasta el fin. No son enemigos. Son personajes de un drama inmenso, protagonistas que lo sufren. Si la ley de obediencia no se impusiera, se reconciliarían fácilmente; pero se frustraría la tragedia. La tragedia en la que cada criatura hace lo que le está mandado con las maneras más pulidas que puede. Un observador extranjero ha referido cómo en el camión donde la guardia civil se llevaba a fusilar a un racimo de detenidos maniatados, como los presos no pudieran liar su cigarrillo, se los hacían los guardias con su tabaco, aproximándoselos a los labios para que humedeciesen la goma del papel. Después, se los encendían y fumaban todos como enmaradas que parten para una excursión alegre. El límite de la camaradería estaba en las tapias del cementerio, en que unos disparaban sus fusiles y otros recibían sus descargas. Aquí, igual. Priruo de Rivera asume su papel de víctima y antes de que la justicia se haga, uno de los milicianos le pide la gabardina.

—A ti no te sirve para nada y a mi me puede ser útil.

El reo se despoja de su prenda y se la ofrece al miliciano.

—Tuya es.

La sentencia se cumple. No debe quedar duda de que se ha cumplido. Para facilitar la identificación del cuerpo de Primo de Rivera se, dispone que sea enterrado con el rostro a tierra. Es el último detalle torpe de una conducta equivocada. Se publica, como represalia de Salamanca, la nueva de la ejecución de Paco Largo Calvo, noticia que es oficialmente desmentida. El hijo del presidente del Consejo de ministros ocupa la celda número 14 de la cárcel de Sevilla y vive en régimen de rigurosa incomunicación.

EL TESTAMENTO

Primo de Rivera acabó sus días el 19 de noviembre de 1936. Su testamento tiene fecha anterior. Es un documento sobrio y sereno, que no carece de sincera emoción. Aquella que le da el trance en que ha sido escrito. Juzgue el lector de la parte humana y política:

«Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si, todavía, no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el final la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia.

»We acomete el escrúpulo de si será vanidad y exceso de apego a las cosas de la tierra el querer dejar en esta cor/untura cuentas sobre algunos de mis actos; pero, como por otra parte, he arrastrado la fe de muchos camaradas míos en medida muy superior a mi propio valer (demasiado bien conocido de mí, hasta el punto de dictarme esta frase con la más sencilla y contrita sinceridad) y como incluso he movido a innumerables de ellos a arrostrar riesgos y responsabilidades enormes, me parecería desconsiderada ingratitud alejarme de todos sin ningún género de explicación.

»No es menester que repita ahora lo que tantas veces he dicho y escrito acerca de lo que los fundadores de Falange Española intentábamos que fuese. Me asombra que, aun después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por asomo a entendernos, y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información. Si la Falange se consolida en cosa duradera, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un lado y la antipatía del otro. Que esa sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos.

»Ayer, por última vez, expliqué ante el Tribunal que me juzgaba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones, repasé y aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una ves más observé Que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban primero con él asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: "¡Si hubiéramos sabido que era esto, na estaríamos aquí!" Y ciertamente,, no hubiéramos estado allí, ni yo ante el Tribunal Popular, ni otros matándose por los campos de España. No era ya, sin embargo, la hora de evitar esto, y yo me limité a retribuir la lealtad y la valentía de mis entrañables camaradas ganando para ellos la atención respetuosa de sus enemigos.

»A esto atendí yo, y no a granjearme con gallardías de oropel la postuma reputación de héroe. No me hice "responsable de todo", ni me ajusté a ninguna vanante del patrón romántico. Me defendí con los mejores recursos de mi oficio de abogado, tan profundamente querido y cultivado con tanta asiduidad. Quizá no falten comentadores postumos que me afeen no haber preferido fa fanfarronada. Allá cada cual. Para mí, aparte de no ser primer actor en cuanto ocurre, hubiera sido monstruoso y falso entregar sin defensa una vida que aún pilatera ser útil y que no me concedió Dios para que la quemara en holocausto a la vanidad como un castillo de fuegos artificiales. Además, que ni hubiera descendido a ningún ardid reprobable ni a nadie comprometía con mi defensa, y si, en cambio, cooperaba a las de mis hermanos Margot y Miguel, procesados conmigo, y amenazados de penas gravísimas. Pero como el deber de defensa me aconsejó no sólo ciertos silencios, sino ciertas acusaciones fiiiiftatlns en sospechas de habérseme aislado adrede en medio de una región que a tal fin se mantuvo sumisa, declaro que esta sospeclia no está, ni mucho menos, comprobada por mí, y que si pudo sinceramente alimentaría en mi espíritu la avidez de explicaciones, exasperada por ¡a soledad, aliara, ante la muerte, no puede ni debe ser mantenida.

Otro extremo que queda por rectificar: el aislamiento de toda comunicación en que vivo desde poco después de iniciarse los sucesos, solo fue roto por un periodista norteamericano que, con permiso de las autoridades de aquí, me pidió unas declaraciones a primeros ríe octubre. Hasta que hace cinco o seis días conocí el sumario instruido contra mi. no he tenido noticias de las declaraciones que me achacaban, porque ni tos periódicos que me trajeron ni ningún otro me eran asequibles. Al leerlas ahora declaro que entre los distintos párrafos que se dan como míos, desigualmente fieles en la interpretación de mi pensamiento, hay uno que rechazo del todo: el que afea a mis camaradas de la Falange el cooperar en el movimiento insurreccional con "mercenarios traídos de fuera". Jamás he dicho nada semejante, y ayer lo declaré rotundamente ante el Tribunal, aunque el declararlo no me favoreciera. Yo no puedo injuriar a unas fuerzas militares que han prestado a España en África heroicos servicios. Ni puedo desde aquí lanzar reproches a unos camaradas que ignoro si están ahora sabia o erróneamente dirigidos, pero que a buen seguro tratan de interpretar de la mejor buena fe, pese a la incomunicación que nos separa, mis consignas y doctrinas de siempre. Dios haga que su ardorosa ingenuidad no sea nunca aprovechada en otro servicio que el de la gran España que sueña la Falange.

»Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la patria, el pan y la justicia.

»Creo que nada más me importa decir respecto o mi vida pública. En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida. Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar n ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico.»

La última voluntad la ordena en cuatro cláusulas nombrando herederos a sus hermanos Miguel, Carmen, Pilar y Fernando, a quienes encomienda atiendan «a la comodidad y regalo de nuestra tía María Javier Primo de Rivera y Orbaneja», y repartan, como recuerdo personal, objetos usuales entre sus compañeros de despacho, «especialmente a Rafael Garcerán, Andrés de la Cuerda y Mariano Sarrión», y «entre mis mejores amigos, que ellos conocen bien, y muy señaladamente entre aquellos que durante más tiempo y más de cerca han compartido conmigo las alegrías y las adversidades de la Falange Española». Instituye albaceas, por el término de tres años y con las máximas atribuciones, a sus «entrañables amigos de toda la vida», Raimundo Fernández-Cuesta y Me-relo, y Ramón Serrano Súñer, a los que instruye sobre lo que deben hacer con sus trabajos literarios y discursos.

Sus dos albaceas, ministros de Franco, han sido prisioneros de la República. La liberación de Fernández-Cnesta está clara: es el producto de un canje aceptado en Consejo de ministros a propuesta de don José Giral. La de Serrano Súñer, oscura. El interesado la ha explicado en declaraciones a la prensa, de una manera bastante convencional. Además de su voluntad, tengo la convicción moral de, que intervinieron en su liberación otras voluntades más eficaces y decisivas. Entre ellas, quizá la de algún colega suyo en la corporación de abogados del Estado, titular de un alto cargo en e] Gobierno de la República.»

Julián ZUGAZAGOITIA

 

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