La Falange  :   
 Intento de un diagnóstico. 
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LA FALANGE

Intento de un diagnostico

LOS trabajos cuya publicación iniciamos hoy habían sido compuestos antes de que el reciente cambio de Gobierno diera al tema de la Falange una especial actualidad. En ellos, Heleno Saña lleva a cabo una interpretación expositiva y analítica del fenómeno ideológico e histórico de la Falange, en la misma línea de sus anteriores estudios sobre el capitalismo (ver El capitalismo y el hombre, editado por Edicusa) y el anarquismo. Sus trabajos sobre el anarquismo, como recordará el lector, fueron apareciendo a lo largo de los números 227-239 de nuestra revista, y en breve serán publicados en forma de libro por ÍNDICE EDITORIAL bajo el título de El anarquismo: de Proudhon a Cohn-Bendit.

Un movimiento marginal

LA trayectoria histórica de la Falange estuvo desde el primer momento condicionada por la falta de una amplia militancia de base, seguramente porque —como el comunismo— el movimiento falangista llega con gran retraso a la arena política española, la cual explica, sin duda, el gesto urgente y teatral que caracterizó a la Falange desde sus primeras manifestaciones. En el momento de producirse su acto de presencia en el país, ,los frentes ideológicos estaban ya claramente delineados; las masas obreras se hallaban encuadradas bien en los partidos y organizaciones de izquierda (PSE, UGT, CNT, FAI, POUM, PCE), bien en los grupos de centro y de derecha (CEDA, tradicionalistas. carlistas, alfonsinos). La Falange se esfuerza en seguida para distinguirse de los demás grupos políticos y para atraer hacia ella todos aquellos elementos disconformes o periféricos a la configuración política del momento, tarea de proselitismo que obtiene, sin duda, algunos éxitos, pero el obstáculo estructural —la ausencia de una sólida militancia de base— no puede ser superado.

Desde su fundación hasta el estallido de la guerra civil, su número de miembros activos y simpatizantes crece, pero al lado de las grandes concentraciones de derecha, centro e izquierda, FE permanece como entidad política minoritaria. Según Stanley G. .Payne, en febrero de 1936 "la cifra total de seguidores no sería superior a 25.000. La Falange seguía siendo la más reducida y débil de todas las fuerzas independientes de la política española" (\). En un cuestionario de preguntas presentado a José Antonio por el periodista Ramón Blardony, en la cárcel de Ali{!) Stanley G. Payne, Falange. Historia del fascismo español, pp. 68-69. Ediciones Ruedo Ibérico, 1965.

cante, el 16 de junio de 1936, el jefe de la Falange afirmó que ésta contaba entonces con 50.000 militantes, de ellos 2.000 presos. En octubre del mismo año, según Hedilla, el número de afiliados ascendía a 80.000. Admitiendo que estas cifras respondieran a la realidad (lo que no es seguro), resultan rotundamente inferiores al promedio de militantes o afiliados frentepopulistas o republicanos. Tanto la CNT como la UGT contaban por las mismas fechas con un millón y medio de militantes. Ramiro Ledesma confiesa que, a principios de 1935 —al producirse la escisión entre la Falange y las JONS—, los sindicatos jonsistas contaban con menos de 2.000 afiliados. En las elecciones de febrero de 1936 —y esta es la mejor referencia— la Falange obtuvo en Madrid 5.000 votos y unos 4.000 en Valladolid. Estas cifras dan una idea exacta del carácter marginal del falangismo de preguerra.

Esta estructura marginal de la Falange, su carencia de una amplia cobertura popular, iban a lastrar su ulterior desarrollo histórico. La Falange aparecía condenada a permanecer como minoría activista y ruidosa o a integrarse en mayor o menor grado a una constelación política de carácter más eficaz y representativo. La fidelidad a su programa ideológico exigía necesariamente su aislamiento como fuerza política, y viceversa, su potenciación como movimiento militante requería, a su vez, una renuncia o esencial modificación de sus objetivos doctrinales. Lograr ambas cosas —fidelidad al programa inicial y una gran repercusión popular— era, durante la República, irrealizable. En esta situación antitética, dicotómica, se hallaba ya también potencialmente contenida la bifurcación política que más tarde iba a producirse en el seno de la Falange entre pragmáticos y dogmáticos, entre posibilistas y doctrinarios, entre esencialistas y accidentalistas.

Sin tener en cuenta esta configuración de base, no es posible entender el confuso y contradictorio periplo histérico-político del movimiento falangista. Todas las contradicciones internas que han caracterizado y siguen caracterizando a la Falange nacen de su esencial debilidad constitutiva, de su escaso volumen de representatividad.

La estructura social de la Falange

AUNQUE FE y de las JONS cuidó de subrayar desde el primer momento la vocación sindicalista de su ideario, en rigor, la participación de las masas obreras en su destino ha sido insignificante. La gestación y la trayectoria de la Falange han estado determinadas principalmente por aportaciones intelectuales, por la clase media, por la población rural, por núcleos aislados de las profesiones liberales y por ciertos grupos de déclassés o de Lumpenproletariat, de los que salieron generalmente los cuadros de pistoleros y las fuerzas de choque. Ramiro Ledesma, al analizar el fenómeno fascista, escribía: "El fascismo nace y se desarrolla en capas sociales desasistidas y en peligro. Su representación más típica la constituyen las clases medias, que, después de experimentar la inanidad de la democracia liberal, no fe entregan, sin

embargo, a la posición clasista de los proletarios" (2). José Antonio tendría que reconocer: "No: este alzamiento es, sobre todo, de clase media. Hasta geográficamente, las regiones en que ha arraigado más (Castilla, León, Aragón) son regiones de tono pequeño-burgués" (3). Y en otra ocasión: "No se olvide que en la izquierda está comprendida la casi totalidad de la masa proletaria española" (4). Rafael Sánchez Mazas escribía en el primer número de "F. E.": "Un tropel de escritores, de intelectuales, de universitarios, de estudiantes, como nunca, como en ningún otro movimiento español que hayamos conocido, se encuadra en nuestras filas y se pone otra vez, por la primera vez desde hace siglos, bajo una clara disciplina, para el servicio exacto de la patria" (5). Herbert R. Southworth, en su Antifalange, escribe: "El típico fascista español de 1936 fue un joven, quizá abogado o médico de provincias, raramente obrero" (6). El historiador alemán Bernd Nellesen, al analizar la estructura social de las JONS, escribe: "Procedía en lo esencial de los estudiantes de Madrid y Valladolid. Acerca de su estructura social en esta época se puede solamente decir que los trabajadores, obreros manuales o los empleados, no pertenecían al núcleo de las JONS" (7).

Esta falta de participación obrera quedó puesta de manifiesto a raíz de la fundación de la "Central Obrera Nacional-Sindicalista" (CONS), en agosto de 1934. Stanley G. Payne anota a este respecto: "Incapaz de hacer nada en favor de sus propios miembros, las CONS no produjeron el menor efecto entre la clase trabajadora española, fuertemente organizada... Cuando la Falange lograba organizar un sindicato de obreros de la construcción en una capital de provincia, habitualmente fracasaba ante la presión conjunta de la CNT y la UGT y ante la negativa de los empresarios a exponerse a nuevos conflictos sindicales al tratar con una organización tan impopular" (8). Eugenio Montes, en una interpretación bastante ingeniosa de la historia, veía en las clases medias, en la mesocracia, el factor destinado a salvar la civilización: "Esta es, pues, la alternativa que se le presenta a la civilización: o salvar las clases medias o ver a los antiguos europeos convertidos: unos, los menos, en yanquis; otros, los más, en rusos" (9). La mayoría de jefes y dirigentes falangistas-jonsistas procedía de las clases adineradas o de la clase media: José Antonio era un aristócrata; Ramiro Ledesma Ramos, un funcionario de Correos; Onésimo Redondo, un funcionario administrativo; Bedoya, un estudiante; Sánchez Mazas, Juan Aparicio, Giménez Caballero y otros eran escritores.

(2) Ramiro Ledesma Ramos, ¿Fascismo en España?, p. 52. Ediciones Ariel, 1968.

(3) Agustín del Río Cisneros, Enrique Pavón Pereyra, José Antonio íntimo. Epistolario y textos biográficos, p. 529. Ediciones del Movimiento, 1964.

(4) Ibíd., p. 593.

(5) Rafael Sánchez Mazas, "F. E.", 7 diciembre de 1933.

(6) Herbert R. Southworth, Antifalange, p. 19. Ediciones Ruedo Ibérico, 1967.

(7) Bernd Nellesen, Die verbotene Revolution, Aufstieg und Niedergang der Falange, p. 58. Leibniz-Verlag, 1963.

(8) Stanley G. Payne, obra cit, p. 55.

(9) Eugenio Montes, La estrella y la estela, p. 62. Ediciones del Movimiento, 1953.

José Antonio, ante el tribunal de Alicante, intentó de todos modos perfilar a la Falange como un movimiento popular: "En Falange, que tiene cien mil afiliados, no encontrará el tribunal ni siquiera ciento cincuenta que tengan un vivir de sus rentas. Ahora se les ha encarcelado por centenares, por millares. Pues vean cómo están en la cárcel. ¡Miren si les mandan comida excelente! Son todas gentes modestísimas, de la clase obrera urbana, por estar todos ganados por otros fervores, quizá todos de una pequeña clase campesina, estudiantes, operarios de pequeña importancia. No tenemos un millonario en toda la organización" (10). La argumentación joseantoniana es aquí políticamente demagógica, aunque no falsee los hechos reales: el fascismo alemán o italiano se componía también esencialmente de militantes no millonarios, lo cual no impidió que aquellos movimientos realizaran una política dirigida abiertamente contra la clase obrera. Lo mismo puede decirse de las bandas del Sindicato Libre, reclutadas entre los mismos obreros.

La mística del paisaje

LA Falange sólo llegó a adquirir cierta importancia en las zonas económicamente más subdesarrolladas de España. En los centros industriales y fabriles del país —como Cataluña, Asturias o Vascongadas—, su repercusión fue verdaderamente reducida. Los ámbitos nacionales con una gran tradición política eran impermeables a la propaganda falangista, pues su estilo, expresado mediante un lenguaje entre místico, poético y militar, sólo podía hallar un auditorio propicio entre clases de población socialmente desfasadas y políticamente arcaicas. Geográficamente, la Falange sólo pudo abrir algunas brechas en la España mesetaria y pobre, sublimada por Unamuno. (No es ninguna casualidad que, al principio, el gran filósofo manifestara indudable simpatía por José Antonio, aunque más tarde se distanciara categóricamente del movimiento falangista, acusándolo de querer "desmentalizar al país".) En la España costera, dotada de una burguesía y de un proletariado vigorosos, su influencia fue exigua.

El hecho de que fueran precisamente las zonas menos desarrolladas de España las únicas que mostrasen interés por la Falange, sugiere ya el carácter potencialmente conservador de su mensaje programático. La España castellana y rural, la España interior que tan magníficamente nos describen los escritores del 98, constituía, social y culturalmente, el centro del atraso, de la paralización y del inmovilismo nacionales. Todo el largo proceso involutivo sufrido por nuestro país a partir de Felipe II había encontrado su expresión más radical en las zonas rurales y provincianas del interior, bajo la férula del Madrid burocrático y oficial. El redescubrimiento de la "España eterna", el retorno a la esencia de lo español, fue ya formulado por la generación del 98, como muy bien ha analizado Laín Entralgo. Esta españolización de la literatura significaba una legítima reacción contra un afrancesamiento superficial y mecanicista, al mismo tiempo que una barrera que protegiese a España del espíritu mercantilista y burgués. Pero los hombres del 98, en mayor o menor grado, eran liberales, se oponían a toda forma de regimentación. La Falange asume los postulados españolizantes de Ganivet, Unamuno y Ortega, pero desgajándolos del espíritu de libertad que los inspiraba. La Falange pasa a simplificar el proceso de rehispanización, convirtiéndolo en una empresa de carácter militar, y no cultural, como era el objetivo de los componentes de la generación del 98.

Fue la España clerical, desnutrida, hermética, cavernícola, inerte, la que intentó movilizar la Falange en contra de la España industrial, progresista, dinámica. La consigna lanzada por Enésimo

(10) losé María Mancisidor, Frente a frente, p. 81. Madrid, 1963.

(11) fosé Antonio Primo de Rivera, Obras completas, tomo I, p. 30, Ediciones Arriba, 1939.

(12) Rafael Sánchez Mazas, Estado e historia, "F. E.", 25 enero 1934.

(13) Rafael Sánchez Mazas, "F. E.", 18 enero 1934.

(14) José Luis de Arrese, La Revolución social del Nacional-Sindica-lismo, p. 15. Ediciones del Movimiento, 1955.

(15) "ABC", 20 abril 1969.

(16) "ABC", 27 abril 1969.

(17) Onésimo Redondo, discurso en el cine Madrid, de Madrid, reproducido en "Arriba", 23 de mayo de 1935.

(18) Ibid.

José Antonio, en la Cárcel Modelo

Redondo era la de "¡Castilla, salva a España!". José Antonio: "Tenemos mucho que aprender de esta tierra y de este cielo de Castilla... Y así Castilla, con la tierra absoluta y el cielo absoluto mirándose, no ha sabido ser nunca una comarca; ha tenido que aspirar, siempre, a ser Imperio. Castilla no ha podido entender lo local nunca; Castilla sólo ha podido entender lo universal, y por eso Castilla se niega a sí misma, no se fija en dónde concluye, tal vez porque no concluye, ni a lo ancho ni a lo alto... Esta tierra de Cnancillería, de ferias y castillos; es decir, de Justicia, Milicia y Comercio, nos hace entender cómo fue aquella España que no tenemos ya, y que nos aprieta el corazón con la nostalgia de su ausencia" (11). La vocación por el pretérito de España, por lo que había dejado de ser, está claramente expresada en estos párrafos. Con esta voluntad de retorno al pasado, la Falange elegía como base de lanzamiento aquellos sectores del país que no habían sido capaces de sumarse al fenómeno renovador del Renacimiento y del industrialismo. Lo que José Antonio y los falangistas más castellanizados veían como el futuro "réservoir" del resurgimiento español, había sido ya totalmente desmitificado por el verbo definitivo del poeta, que, al hablarnos de Castilla, nos dice:

«la de los altos llanos y yermos y roquedas, de campos sin arados, regatos ni arboledas; decrépitas Ciudades, caminos sin mesones, y atónitos palurdos sin danzas ni canciones.

Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora...»

La Falange iba a exaltar aquella España que don Antonio, con verso visionario, estigmatizara de antemano, como previendo su próxima aventura:

«Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta —no fue por estos campos el bíblico jardín—: son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín.»

La mística falangista por el campo, por las gentes y zonas rurales era, de otra parte, casi idéntica a la mística nazi por el "Blut und Boden" o al culto de un Oswald Spengler por el militarismo prusiano. Oswald Spengler, que sin duda influyó en los fascistas españoles; veía en Castilla la Prusia española. El culto al paisaje y a las gentes de determinadas zonas de España incluía todo un programa metafísico: el de la grandeza de nuestra historia, de nuestra patria. Los campos desolados y escuetos, las míseras aldeas, la adustez de los labriegos castellanos, el testimonio de las reliquias históricas, el fervor religioso todavía no apagado y otros elementos arcaicos permitían, con un poco de imaginación literaria, ver en esta España momificada la esencia de la vieja España imperial, la muda encarnación del glorioso pasado. Esta España decrépita, por su misma inmovilidad, permitía concebir el mito poético de una "sustancia" permanente de la patria. De ahí el yugo y las flechas como emblema, el culto simbólico a los Reyes Católicos, al Escorial, a la Reconquista, al Cid, al catolicismo.

El culto místico a la España eterna no era, naturalmente, unánime entre los teóricos y líderes de la Falange. En Rafael Sánchez Mazas lo hallamos formulado con nítida claridad: "Todo nuestro avance está aquí: en el retroceso a las virtudes y razones que dieron a España en los siglos fuerza y esplendor" (12). Y también: "Somos la reforma de España, y Cisneros —el primer falangista de la Historia—, nuestro capitán general" (13). En 1935, José Luis de Arrese escribía: "Nosotros queremos continuar el orden apuntado en la Edad Media, queremos ser tradicionalistas; pero no tradicionalistas de los sucesos históricos, sino del germen sustantivo de la grandeza de España" (14). Ramiro Ledesma, con sus brotes de acatolicidad, era el menos sensible a estos seudovalores; su concepción era más revolucionaria y dinámica que la de un Onésimo Redondo, el más decididamente religioso de los jefes falangistas de la primera hora. El conde de los Andes, en unas declaraciones hechas no hace mucho tiempo a Marino Gómez Santos, llegó a afirmar que Ramiro Ledesma Ramos no era creyente (15). La afirmación del conde de los Andes produjo una respuesta de Trinidad Ledesma Ramos, la hermana del fundador de las JONS (16).

En José Antonio el culto a la patria se mantenía en límites concretos y no degeneraba en la retórica barroca que encontramos en un Eugenio Montes. El pensamiento de José Antonio no fue nunca adocenado; el poeta estaba en él siempre equilibrado por el hombre de leyes.

Onésimo Redondo era uno de los líderes falangistas que más insistía en el valor trascendente del campo español, del paisaje y de las gentes rústicas. Valladolid encarnaba entonces superlativamente el espíritu marginado y ancestral que la Falange pretendía convertir en el punto de despegue de una nueva reconquista nacional: "Que también nosotros colocamos el derecho del campo y de la agricultura como preocupación central de nuestra consigna económico-social y aun como capítulo sobresaliente de nuestro programa recreador y espiritual" (17). Y también: "Avanzamos, por las presiones de la necesidad de defensa de cada pueblo, hacia una economía casi cerrada, en la que el primer imperativo precisamente es atender al campo, es atender al patrimonio nacional y cultivar el suelo propio y redimir a la clase que, típica, verdadera y secularmente está oprimida, la de los obreros campesinos, la de los pequeños propietarios, la de los colonos" (18). La sobrevaloración del campo es convertida por Onésimo Redondo en una condición causal para la "renovación" de nuestra raza: "Por otro lado, a la vez que se redime y valora el material humano inmenso y mayoritario que radica y está aposentado en el campo, realizamos una parte decisiva de nuestro programa de valoración espiritual de la raza... Y si queremos hacer obra imperial —y la obra imperial es algo más que una palabra— hemos de coger la raza con nuestros brazos creadores, hemos de llevar al campo la savia de la redención. Y de allí es de donde hemos de sacar los verdaderos soldados de la España grande y futura, que ha de jugar un papel en el mundo tan importante como en el antiguo" (19).

Hoy todavía, cuando España se ha convertido en el decimotercer país industrial del mundo, se oyen voces falangistas que siguen aferradas al espejismo místico del campo de Castilla. Así, por ejemplo, Cruz Martínez Esteruelas decía en Valladolid: "En lo agrícola, con mayor claridad que en cosa alguna, está lo esencial de la aportación material de España al concierto económico internacional; en lo agrícola radica la posibilidad de ahorrar el esfuerzo exterior que España dedica a su propio sustento, y en lo agrícola, no se olvide, está la gran posibilidad de que Castilla pueda seguir desempeñando el indispensable papel de aglutinante de la comunidad nacional, porque su fortaleza es el soporte de la unidad de España" (20). Lo mismo Licinio de la Fuente: "En la agricultura siguen estando los más firmes puntales económicos y morales de nuestra Patria" (21).

Paralelo a esta apología de lo rural se encuentra a menudo el menosprecio y la deformación de lo urbano, de lo metropolitano; así, Eugenio Montes, al hablar del demos, escribe: "Pero el demos

es otra cosa. Es criatura del asfalto, del bar, del mostrador de lata, del suburbio, del Metro, de los mítines, de la pedantería, de las bibliotecas circulantes y de las plazuelas sin surcos, ni grano ni raíces" (22).

Ruiz de Alda se mostraba también categóricamente partidario de la exaltación del campo: "Por eso dijimos al principio que las milicias de campesinos habrían de ser los pilares de nuestro movimiento; porque al hacer la revolución nacional resolverían su problema, que es uno de nuestros más anchos y angustiosos problemas, el problema de la tierra, y salvarían todo un patrimonio material y moral —que reside en el sentido campesino de la vida—, sobre el que descansa toda verdadera civilización" (23). En un artículo editorial publicado por "Arriba" el 25 de abril de 1935, se llegaba a afirmar que "el campo es una víctima de los tahúres de la ciudad y de la Banca" (24).

(19) Ibíd.

(20) Cruz Martínez Esteruelas, Discurso en el acto conmemorativo de la fusión de F.E. y las J.O.N.S. Ediciones del Movimiento, 1967, p. 29.

(21) Licinio de la Fuente, Discurso en el acto conmemorativo de la ¡uñón de F.E. y las J.O.N.S., Valladolid, 3 marzo 1968. Ediciones del Movimiento, p. 15.

(22) Eugenio Montes, obra cit., p. 93.

(23) Ruiz de Alda, Tierra, conferencia reproducida por "Arriba", 18 abril 1935.

(24) Artículo editorial Esquema de una política de aldea, publicado en "Arriba", 25 abril 1935.

La exaltación del campo, aunque obedecía en parte a una sincera indignación por la miseria en que se hallaba la clase campesina española, tenía por objeto básico movilizar las reservas políticas del país con menos preparación teórica —la clase campesina— y lanzarlas contra la vanguardia revolucionaria del proletariado industrial, ubicado en las grandes ciudades. Sociológicamente, la concepción falangista sobre el significado de las zonas rurales y agrarias era el reflejo de una visión anacrónica de la historia y de las fuerzas sociales. Su virus reaccionario consistía en la tendencia irracional de querer negar el industrialismo y retroceder a una sociedad y tipo de producción paternalistas.

Al mismo tiempo, esta identificación de la Falange con determinadas zonas geoétnicas del país introducía en el ideario falangista un elemento de discriminación interracial, que dificultaría más tarde la convivencia entre los diversos grupos regionales de la Península. Frente al exterior, frente al extranjero, la Falange manejaba la fórmula totalizadora de "España una, grande y libre", pero junto a este sentido integracional coexistía una voluntad de hegemonía de las zonas centrales sobre las periféricas. La lucha ya no quedaba tampoco planteada solamente entre clases y grupos sociales, entre focos de intereses económicos antagónicos, sino entre conglomerados geoculturales, entre bloques regionales de idiosincrasia distinta. Las regiones que por su desarrollo económico se hallaban bajo la influencia de ideologías procedentes del exterior —como Cataluña—, pasaban a convertirse automáticamente en símbolos antiespañoles, en fuentes de disgregación y anarquía.

A la salida del funeral por los caídos del 10 de agosto

Esta problemática regional no llegó a constituir un auténtico problema mientras vivió José Antonio, quien, con su sentido de la ponderación y del amor a las síntesis reconciliadoras, no estaba predestinado a esquematizar someramente la compleja realidad geoétnica de España. En el problema concreto de Cataluña, José Antonio —que sentía una sincera devoción por las gentes y costumbres catalanas— se afanó siempre para hallar una solución que, sin poner en peligro la unidad española, no atentara tampoco contra la dignidad de los catalanes. Los resentimientos acumulados contra Cataluña, desde el principio, cobrarían toda su virulencia una vez terminada la guerra, cuando la región catalana se vio obligada a someterse a un régimen casi colonial.

Por otra parte, sería injusto hacer responsable exclusiva a la Falange de un recrudecimiento de la problemática geoétnica del país. En realidad, los líderes falangistas no hacían más que proyectar poéticamente las tesis de brocha gorda divulgadas mucho antes por hombres como Ortega y Gasset. Pocos pensadores españoles serios han llegado a concepciones castellanizantes tan sumarias como las defendidas por Ortega en su "España invertebrada": "Porque no se le dé vueltas: España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sosteniendo que, en general, sólo cabezas castellanas tienen órganos suficientes para percibir el gran problema de la España integral" (25). Bien es verdad que el mismo Ortega, asustado quizá de su redondo "chauvinismo" local, escribiría en otra parte, despotenciando su tesis: "Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho" (26). Y también: "Castilla se transforma en lo más opuesto a sí misma: se vuelve suspicaz, angosta, sórdida, agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras regiones; celosa de ellas, las abandona a sí mismas y empieza a no enterarse de lo que en ellas pasa" (27).

(25) Ortega y Gasset, España invertebrada, p. 48. Colección Austral.

(26) Ibid., p. 61.

(27) Ibíd., p. 62.

Pero la mística falangista de la España rural, que al principio sirvió de fermento movilizador contra las ideologías rivales —desde el anarquismo al marxismo—, ha tenido que ser abandonada poco a poco por los teóricos de la Falange, y ello porque en su planteamiento latía una grave contradicción de principio. La Falange veía como factor primario de regeneración al sector de España que necesariamente tenía que convertirse con el tiempo en un factor secundario. En la medida en que España fuera saliendo de su atraso cultural, de su ostracismo industrial y de su esclerosis técnica, los valores proclamados por la Falange —el campo, la clase campesina y artesana, las zonas rurales, los pequeños comerciantes— tenían necesariamente que negarse a sí mismos, tenían que quedar forzosamente relegados a la condición subalterna que el implacable desarrollo histórico exigía. Así, la Falange se manifiesta como un movimiento cuyo punto de partida ideológico tenía que entrar en conflicto con el ulterior desarrollo económico-industrial de España. El mito de una España apoyada fundamentalmente en sus zonas interiores y agrarias es hoy insostenible y suena a retórica de mitin. En contra de Ortega y de la escuela castellanizante de historiadores y sociólogos, en contra del "que inventen ellos" de Unamuno y del "Santiago y cierra España", nuestro país sólo podía renovarse a través de la capacidad industrial y productiva de sus zonas periféricas y urbanas. Añadamos aquí también —para que nadie nos confunda— que el otro mito calenturiento de una España desgajada del cogollo central de las Castillas —como han venido concibiendo ciertos espíritus sectarios de Cataluña y de Vascongadas— es aún más chato y utópico que la pretensión castellana de regimentar la indócil periferia pasando por alto sus legítimas particularidades y tradiciones regionales.

La campaña proselitista de la Falange sólo podía tener cierto éxito en la medida en que España se mantuviera económicamente desfasada; el progreso industrial y técnico del país tenía que despotenciar necesariamente la base estructural en que se apoyaba la propaganda falangista. En este sentido, la Falange nacía como un movimiento destinado a disponer de un futuro precario, pues estaba en pugna contra las corrientes sociológicas centrales de nuestro tiempo. Su ideario, sugestivo para los estratos de población socialmente marginados o anquilosados, iría disolviéndose y perdiendo su razón de ser a medida que el país saliera de su anemia industrial y su régimen de subconsumo. De ahí que, hoy, iniciado ya definitivamente nuestro proceso de recuperación económica, la Falange se haya visto obligada a echar por la borda su antigua mística del campo y asumir ella misma aquellos valores que en sus orígenes había combatido: el progreso técnico, el industrialismo y el lleno material.

El lector habrá percibido ya en qué dirección se mueven estas reflexiones; lo que intentamos sugerir aquí es que la Falange, más allá de sus peripecias políticas, llevaba ya en su mismo cuerpo de doctrina la causa de su futuro declive. La decadencia de la Falange —que no debe ser confundida con el "Movimiento" posterior— no hay, pues, que ir a buscarla en razones externas, contingenciales, sino en su mismo seno orgánico, en su propia matriz.

 

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