Autor: Muñoz Alonso, Adolfo. 
   José Antonio y la juventud     
 
 SP revista de información mundial.    11/01/1970.  Página: 33-36. Páginas: 5. Párrafos: 32. 

UN PENSADOR PARA PUEBLO

JOSÉ ANTONIO Y LA JUVENTUD

Texto íntegro del capítulo "José Antonio y la juventud", del libro de Adolfo Muñoz Alonso "Un pensador para un pueblo".

José Antonio es, quizás, uno de los pensadores españoles que ha tomado más en serio lo que representa la juventud para dotar de sentido a la vida y para arrostrar la muerte, para el desencanto y para la edificación del mundo futuro. La muerte a tiro sucio de un joven ilusionado, Matías Montero, fundador del Sindicato Católico de Estudiantes, ganado para la Falange sin mengua para su ideal católico, estudiante de Medicina, limpio de alma y claro de estilo, que "aspiraba a una muerte española", ahondó en la conciencia de José Antonio la plenitud de la responsabilidad política. El 9 de febrero de 1934, el alma y cuerpo de José Antonio se estremecieron al comprobar el alcance trágico de su rectoría política y al día siguiente, en la inhumación de Matías Montero, José Antonio Primo de Rivera decidió el destino de su vida, arrancando los últimos esmaltes a sus compromisos de salón. Como este libro no pretende ser un solaz de anecdotario, sino un esfuerzo cit categorías, baste a la ocasión añadir que José Antonio Primo de Rivera fue ganado definitivamente para España el día 10 de febrero de 1934. Ese día se operó en José Antonio la transustanciación de sus ideas en la carne y en el alma de su ser y fue ya siempre fiel a la juventud, simbolizada y personalizada en Matías Montero.

No le abandonó nunca la presencia en el recuerdo, actuando en él como una palpitación cruenta, como un sacramento de carácter, como una lágrima transparente en sus ojos. La Falange debe a Matías Montero la gracia de la seriedad profunda y José Antonio el compromiso existencial de su entrega. Desde ese día, José Antonio no encontró espacio para las sonrisas y ya no le importó hasta cierto punto provocó— el testimonio personal de su muerte, como ejemplo de autenticidad.

José Antonio aceptó la lección magnífica del silencio de uno de sus mejores camaradas. La reacción del fundador de la Falange ante la muerte de Matías Montero no se ha valorado suficientemente. Fue una reacción sorprendente para quienes todo lo confiaban a las represalias, sin advertir que José Antonio

SP, 11 enero, 1970 represalió en su alma la indignación y la ira, purificando su dolor. Desde ese momento, José Antonio ofreció su rostro a la muerte como un deber de conciencia. El "gracias por su ejemplo, hermano1 y camarada Matías Montero y Rodríguez de Trujillo", esconde este profundo significado ascético. Las frases del epitafio fónico: "Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos niegue el descanso hasta que sepamos ganar para España la cosecha que siembra tu muerte", no es un deseo; es una satisfacción penitencial. El: "Por última vez: ¡Matías Montero y Rodríguez de Trujillo! ¡Presente! " no fue una despedida; fue un golpe de ataúd, del que José Antonio no quiso apagar jamás ni los ecos ni el significado. . .

No son apreciaciones personales; es una impresión fundada en texto y actitudes. En la conmemoración aniversaria de la muerte de Matías Montero, por la noche, en Salamanca, José Antonio renueva el juramento: "El martirio de Matías Montero no es sólo para nosotros una lección sobre el sentido de la muerte sino sobre el sentido de la vida". A palabra seguida descubre en la muerte de Matías Montero el hondo significado que adquirió para su actitud futura: "Buena piedra de toque es ésta para conocer la calidad de nuestro intento. Cuando dudemos, cuando desfallezcamos, cuando nos acometa el terror de si andaremos persiguiendo fantasmas, digamos: ¡No! , esto es grande, esto es verdadero, esto es fecundo; si no, no le hubiera ofrendado la vida —que él, como español, estimaba en su tremendo valor de eternidad Matías Montero. No hay duda de que la persistencia del recuerdo le penetra, le conforta y le lanza. La muerte de Matías Montero confirió a José Antonio el sacramento militar de la confirmación política.

Dos meses antes del aniversario, en el acto de constitución del SEU, esta vez en Valladolid, propone a Matías Montero como ejemplo de buen universitario y de joven que participa en la tragedia de nuestro pueblo: "Estudiante magnífico -añade— al que nos asesinaron a traición y que cayó muerto con el alma y los ojos llenos de la luz de nuestra España de los Reyes Católicos, la España cuyo signo ostentaba nuestro yugo y nuestras flechas". Hay en las frases seleccionadas por el recuerdo las huellas de la mirada trascendida de Matías Montero en José Antonio, y el homenaje a la constante histórica del catolicismo, tan grata al estudiante asesinado.

El recuerdo se alza de nuevo, en julio de 1935, en Málaga, rindiendo tributo a su condición de fundador del Sindicato Católico de Estudiantes; es decir, recordándole en lo que era más querido a Matías Montero.

En la carta a un estudiante que se queja de que "FE" -el periódico— no es duro, José Antonio justifica su actitud de nobleza de alma, limpieza de estilo y generosidad de espíritu, con el ejemplo de Matías Montero: "Y en cuanto a si vale la pena de morir por esto, fíjate en la lección de uno de los mejores: de Matías Montero, al que cada mañana tenemos que llorar. Matías Montero arriesgó su vida por vender "FE" y cuando, muerto, se escudriñaron los papeles que llevaba encima, apareció un artículo suyo, que engalanó estas páginas, en el que no se llamaba a Azaña invertido ni ladrones a los socialistas, sino en el que se hablaba de una España clara y mejor, exactamente en nuestro mismo estilo". Lo escribe José Antonio, a los dos meses del asesinato. Y cuando la alusión podía aparecer como poco académica, en el brindis del banquete a Eugenio Montes —febrero de 1935- José Antonio, saltándose el protocolo ritual de sobremesa en aras de su conciencia, exclama: "Nuestro Matías Montero, descontento con nosotros, murió por el estilo que queremos imponer a España; por la España que no existe ahora, pero que es la que merece el dar la vida".

La sangre joven de Matías Montero es para José Antonio un "legado sacro". "Ante la figura pensativa de nuestro hermano muerto —copio a la letra— que nos mira a través de esta página -la que reproduce el artículo postumo de Matías Montero: Las flechas de Isabel y Fernando— todos vamos desfilando hacia el irrenunciable triunfo del mañana". No le arredra a José Antonio la audacia literaria de compararle con aquel doncel de Sigüenza, don Martín Vázquez de Arco, hombre de letras y de armas, ya que ha muerto en el umbral de una España mejor, fuerte y armoniosa de arquitecturas bajo la luz solar; y concluye: "Al pasar ante él, en el pecho nos cantan los versos del Ariel de Shakespeare sobre la sepultura: Nadare él sera vano y como un milagro del mar, volverá convertido en algo rico y maravilloso". Desde el 22 de febrero de 1934, en que se publican estos párrafos en "FE", al 15 de junio de 1935, en que se reúne en Credos la Junta Política, ha cabalgado José Antonio sobre dieciséis meses de discursos, sobresaltos y peregrinaciones. Sin embargo, a la hora de medir con compases proféticos, Jas consecuencias de una actitud resuelta por España, es el nombre de Matías Montero el que le ejemplariza: "Si hay que caer, no olviden que será por España. ¿Es que no han caído nuestros mejores? Lo que hizo Matías Montero, ¿no debo hacerlo yo, que era su jefe? ". Tengo para mí que la muerte de Matías Montero, 9 de febrero de 1934, no se apartó del pensamiento de José Antonio mientras redactaba el discurso de proclamación de Falange Española de las JONS. Los párrafos finales: "Si eso -ser reaccionarios-fuéramos a hacer nosotros, mereceríamos que nos maldijeran los cinco muertos a quienes hemos hecho caer por causa más alta..." no son expresión retórica de un sentimiento, sino el compromiso público de una responsabilidad límite para con España.

José Antonio no estigmatizó a la juventud como si fuera una enfermedad de la cronología vital que se cura con los años, sino que la defendió como a una gracia que algunos pierden con la edad. Su política no sólo fue una política de juventud, sino una empresa para la juventud. Sin distingos ideológicos, en írrtea de principio. Una angustia sombría circunda a los hombres políticos que no pueden comprobar un grupo juvenil en torno suyo, porque sólo se disipa en el consuelo de los renuevos que crezcan en torno de la rectoría política. Quienes no lo consiguen "saben que con su propia ^muerte vendrá la muerte del bosque en que nacieron".

José Antonio percibe la desolación política de la CEDA, del partido agrario y del partido radical —junio de 1935— por los puntos de escisión que establecen para la juventud. Con una adivinación genial —genial, vale el epíteto después del mes de mayo parisino de 1968— José Antonio anticipó la radicalidad profunda y explosiva de la juventud como toma de conciencia social, política y religiosa. La juventud ha ganado dimensiones de historia. No es una edad, es una exigencia, no responde a un programa, interroga a los maestros; no acepta legados, escudriña raíces, observa presencias y se precipita á caballo en el futuro para que no se convierta otra vez, como siempre, en lamentación de cosas muertas.

La juventud, a nivel de actualidad en España y en Europa, en Europa y en el mundo, es la que mejor ha percibido los últimos estertores, en automoribundia, del sistema liberal capitalista del siglo XIX. El empeño en detener artificialmente su desaparición exaspera a la juventud y la identificación de capitalismo y paternalismo presta ocasiones a la rebeldía generacional. No hay más que dos formas explícitas de ser joven: la auténtica, combativa y resuelta, en vena de alumbramiento de un orden nuevo y la inauténtica, desfalleciente, escurridiza y cauta. La primera acepta el compromiso con el mundo y con la vida de una manera profunda, completa y responsable; la sonriente y pálida cuelga la ñor de sus años del olmo viejo, en su mitad podrido.

Lo que haya de ser el futuro inminente y su configuración, en manos de la juventud está y no en los suspiros dolientes por un mundo del que sólo sabemos que ya no es, aunque como los astros desaparecidos siga emitiendo resplandores que ocultan el secreto de su muerte cierta. La juventud ha puesto en órbita una facultad dormida en las generaciones anteriores: la imaginación intelectiva y la inteligencia transformadora. Los jóvenes a los que asusta la revolución, serán sus víctimas sin pena ni gloria. Un nuevo cielo, una nueva tierra, una sorpresa original se anuncia y ciego será quien no lo vea. La juventud se ha encontrado a sí misma y ha recobrado la conciencia de su responsabilidad. No es ella la culpable de que el mundo cruja, sino que ha asumido el empeño dramático de denunciar la catástrofe y de erigirse en juez.

No hay más que dos opciones en el dilema: o el orden nuevo del marxismo o el orden nuevo del llamárnosle personalismo social. En los dos, la revolución es el único camino. José Antonio entiende que Ja juventud no tiene por qué no estar conforme en gran parte con la crítica marxista del mundo vencido y convoca a la juventud a la dura vocación y al sacrificio parturial del orden nuevo desde la primacía de lo espiritual. Los valetudinarios que favorecen el descompromiso de la juventud hacia la instauración de un orden nuevo, revolucionario y combativo, la entregan maniatada a los furores marxistas. Una juventud sumisa a un orden caduco y caducado es, psicológicamente, una podredumbre artificial y, sociológicamente, un asteroide, resto de un planeta desaparecido. José Antonio esculpe su pensamiento en frases: "Estas dos maneras (la marxista y la nuestra) —profundas, completas, responsables— de entender el mundo, se reparten el alma de la juventud. Lo demás es cuquería, cuando no simple estupidez". Sobre las tormentas alienta una nueva concepción del mundo; el naufragio lo provocan quienes se cierran en el camarote o se contentan con lamentar el griterío que levanta la tripulación.

La opinión y la creencia de José Antonio es que los asustadizos ante la revolución de la juventud —el Estado liberal, anémico, decadente— al combatir por igual a unos y otros con las medidas angustiosas, chinchorreras e inútiles que les sugiere su inspiración agonizante —he copiado a la letra— no detendrá la revolución e irritará a los protagonistas. "O vosotros o nosotros triunfaremos sobre las ruinas de lo que por minutos desaparece", afirma con frase rotunda, apostrofando a la juventud marxista y a la espiritualista. Y concluye: "Para bien vuesto y nuestro —aunque ahora no lo creáis y aunque a veces hayamos dialogado a tiros— será nuestra revolución nacional la que prevalezca". ¿Será necesario añadir que estas adivinaciones de 1935 se están cumpliendo a la letra en 1969? ¿Soy injusto al imputar a los cristianos "distraídos" la responsabilidad de que no sea la revolución de signo espiritualista la que muestre en esperanza la victoria y la paz? ¿Me perdonarán algunas "jerarquías" del Movimiento Nacional español que las increpe por no haber prestado audiencia, cuando aún era tiempo, a estas palabras proféticas de José Antonio Primo de Rivera?

José Antonio convocó a Ja sociedad española a una empresa madura de juventud responsable. No hay paradoja literaria en la expresión, sino esfuerzo por acertar en el propósito significativo. El tono, el estilo y la gracia, el desinterés, el fervor y la entrega, la audacia, la responsabilidad y el riesgo, el valor, la generosidad y el heroísmo, el desprendimiento, la sinceridad y el arrojo, no son en José Antonio tropos para tipificar virtudes psicológicas de una época de la vida del hombre, sino actitudes humanas, las únicas responsables y valiosas, ante un mundo con los quicios oxidados.

José Antonio matriculó su ideario en el alma de la juventud, consciente de que "ningún régimen se sostiene si no consigue reclutar a su alrededor a la generación joven en cuyo momento nace, y para reclutar a una generación joven hay que dar con las palabras justas, hay que dar con la fórmula justa de la expresión conceptual", hay que ofrecer el pan de la palabra como una epifanía y no como un salario. Los intelectuales lo saben y no siempre hornean el pan de la palabra en afán de verdades, sino en ambiciones de gloria académica. José Antonio comenzó por respetar lo más entrañable de la juventud limpia: su afán revolucionario por el triunfo escueto de la verdad y de la justicia sin componendas ni tapujos, descarnadas, sin que por ello se acepte incondicionalmente la instrumentación juvenil de la aventura. La obra de José Antonio, en olor de juventud, no alentó desenfrenos psicopáticos, sino que pretendió una canalización del ímpetu fresco de la juventud, no para refrenar su curso, sino para profundizar su lecho y encauzar su comente. José Antonio tuvo plena conciencia de que la Dictadura no operó la transformación revolucionaria de España porque los intelectuales no entendieron al general y los jóvenes se Jesentendkron de la empresa. Los que le quisieron hombres sin gracia ni estilo de juventud no apetecían una revolución a fondo y los que podían y debían haberla entendido se dedicaron a un esteticismo beligerante, frivola seducción de juventudes.

La asunción del movimiento histórico que representa la juventud, la rebelión de la juventud, en lenguaje orteguiano. no supuso en José Antonio un alistamiento para una tarea extraña a la propia juventud convocada, sino una clara y terminante toma de posición en favor de la juventud como protagonista, de la historia. La juventud aunque, como las masas, no matice, tiene claro el afán, como el poeta y su ambición es legítima. En otras palabras, la revolución a que aspira la juventud es necesaria y sólo ella está en condiciones de realizarla. La frustración en el empeño o el desenfreno en la conquista no son achacables a la juventud por serlo, sino a los encantadores de ingenuidades, a los suplantadores de inquietudes o a los viejos mercaderes de ilusiones.

El discurso mental, emotivo, político y vital de José Antonio es una palpitante manifestación de juventud responsable y estremecedora que sobresalta las lindes de la cronología, sin quedar confiada en la clausura de una época. Cuando se habla de lo permanente y de lo transitorio, de lo vivo y de lo muerto, dé lo permanente y de lo efímero en la doctrina de José Antonio convendrá que no se mezcle en el asunto el valor inmarcesible de la actitud resuelta y perviviente de la autenticidad del empeño. Nada auténtico se pierde, afirmó José Antonio. Y la juventud esta virtud sí que tiene. No en las soluciones concretas y en el apego a fórmulas variables, sino en la actitud ante la vida y ante la muerte, ante la justicia y ante el dolor, ante la mentira y ante el egoísmo, ante el mundo en ruina moral y ante el individualismo egoísta es como.

hay que valorar la política inexorable de la juventud de ayer, de hoy, de siempre. José Antonio descubrió una virtud no apreciada en la juventud y que para él es la primaria y fundamental: la emoción por la justicia social y la repugnancia ante la hipocresía del capitalismo. La vida política de José Antonio obedeció a la tremenda preocupación de que esa virtud primaria y bifronte de la juventud no fuera mediatizada para fines inconfesables o exacerbada por agentes marxistas.

El discurso fundacional no es un discurso a las juventudes de España; es, más bien, el discurso de la juventud española ante la problemática de España y del mundo. En definitiva, lo que en ese discurso se propone no es un repertorio de soluciones, sino la exigencia de una manera de ser y no de una´ manera de pensar tan sólo. Es decir, la adopción de un estilo y de una actitud resuelta de juventud. La bandera que se alza sólo puede ser sostenida por brazos enérgicos y firmes y la defensa es alegre y poética. Las soluciones a que se apunta son las perseguidas por (a juventud: justas, ambiciosas, totales. Se destierra la tibieza y se despierta la emoción, se preconiza el sacrificio, la actitud profunda ante la vida, el sentido ascético y se proponen los ideales supremos y a ellos se supedita cualquier modalidad psicológica o vital.

En ese Discurso al pueblo se le ve, se le comprende y se le ama con ojos de juventud. Cuando se leen sus párrafos con el alma cansada o con la ilusión envejecida, todo se malentiende y se falsea.

La integración de todos los individuos no es efectiva si los jóvenes quedan excluidos por pretextos de cronometría o de inexperiencia. ¿Doy consejo a fuer de viejo? —responde Machado—: Nunca sigas mi consejo. A no ser que sea confesión el consejo. Pero la confesión comporta reconocimiento. La Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte, en la que ciertamente los jóvenes no contaban cuando José Antonio pronuncia su alocución fundacional. Los fines que asigna José Antonio al Movimiento y la manera de cumplirlos sólo es posible en una política de juventudes. La poesía Invocada por José Antonio es una gracia de juventud, no un alarde retórico de versificaciones, porque la juventud es, por definición y por esencia, la poesía que promete.

José Antonio reconoce en estilo paladino que nuestra época agoniza y que el mundo necesita un reajuste que le salve de su ruina moral. Este afán de reajustar el mundo se encuentra en todas las juventudes conscientes de su responsabilidad. Este afán es universal y ios jóvenes españoles participan de esa preocupación. Lo que acontecía a las juventudes españolas era un fenómeno singular, debido a su situación espiritual, política y material de la trasguerra. José Antonio intuyó la inexcusable urgencia de que España participara en la edificación espiritual del mundo y en la ordenación sociopolítica de las estructuras nacionales a nivel europeo y mundial. Al nacionalismo, como ensueño romántico, José Antonio le considera superado y le repudia. Equivale a un retorno a la prehistoria, es una pura sandez. José Antonio está empeñado en transformar totalmente la vida española, a cambiar no sólo su armadura externa, sino también el modo de ser de los españoles. La tradición, como proceso, no como estado —es José Antonio el que subraya— y la revolución por el camino de la acción y por el camino del pensamiento, sin cuya constante vigilancia la acción es pura barbarie. Este empeño es obra de juventud.

Lo que José Antonio exige de la juventud es profundidad y responsabilidad. Profundidad en la inquisición de los problemas y en la toma de conciencia, responsabilidad a la hora de afrontarlos y de resolverlos. Ahora bien, estos dos niveles de conciencia no pueden ser parasitarios de situaciones injustas, de actitudes egoístas o de sistemas caducos. La vigilancia sobre la acción no supone una supervisión retardataria, sino una reflexión apremiante: una juventud segura de sus pisadas. Juventud con conciencia de generación, de responsabilidad, de estilo, partícipe en la tragedia del mundo y no sólo sufridora impotente de la injusticia social y de la desmembración de la Patria. Porque la verdad es que las juventudes —las de España y las de Europa— viven en el desamparo de unas realidades que no responden a los ideales pregonados, y perciben con claridad, ardimiento y rabia que desde lo alto de su vuelo imaginativo todo es pequenez. En la España de 1935 la situación presentaba caracteres trágicos.

José Antonio reconoce a la juventud una misión. Los que no la sienten con urgencia, bien puede decirse que han nacido .con aunas de viejos corrompidos. Esa misión, referida a España, consiste en "llevar a cabo por sí misma la edificación de la España entera armoniosa; por sí misma, por la juventud misma que la siente y entiende, sin intermediarios ni administradores". En estos párrafos, que aparecen subrayados en el texto original, se resumen la concepción de José Antonio sobre la misión de la juventud española y la responsabilidad que la otorga. Se precisa el cometido: una España entera y armoniosa; se escogen los

protagonistas: la juventud por sí misma; se marginan los falsificadores: sin intermediarios ni administradores; se excluyen los cautelosos: los jóvenes que ni sienten a España ni la entienden. La gravedad del tema reside en que José Antonio no pretende configurar a la juventud con.ilos trazos de una España en decadencia o de un mundo que declina, sino que pretende ordenar el futuro con las adivinaciones de la juventud, exigiéndola para ello que no abdique de su ímpetu, que no sometan sus almas a la mutilación de los partidos o de los intereses de grupo, que no se dejen helar el corazón por una de las dos Españas, que miren a España cara a cara, que se reconozcan en la fe.

En definitiva, lo que José Antonio preconiza es el reconocimiento de la juventud como categoría histórica y no como momento de transición en el proceso evolutivo. Hay épocas y situaciones en la historia en las que la madurez es requerida para el equilibrio, para la justicia y para la verdad. El consejo de ancianos no dicta lecciones de egoísmo, sino que impulsa reactivaciones. Pero no siempre es el mundo un escenario pacífico «n el que la historia teje ambiciones o desteje progresos, rompe fronteras o planta mojones, provoca estruendos o suscita alianzas, obedientes los actores a la voz dictada por el apuntador, visible o invisible. A veces se levanta un inmenso vendaval en el gran teatro del mundo que obliga a cambiar el escenario y a montar un espectáculo en el que sea el pueblo mismo el que interprete la obra, desenmascarando a los actores profesionales. En nuestro tiempo, es la juventud la única capaz de interpretar a lo vivo la trágica realidad del mundo nuevo y la única que goza de virtualidades para humanizar el futuro inminente o para estrangularlo.

En la España de José Antonio, los partidos de derechas y los partidos de izquierda coincidían en desencantar a sus juventudes al desentenderse de la auténtica realidad interior y profunda que supone la juventud como categoría histórica y al tratar de someterla al juego de sus intereses, de sus rencores, de su insolencia, de su anemia intelectual, de su miopía, de su odio de Patria y religión o de su conformismo social y económico. Las derechas y las izquierdas, como actitud o como partido, descoyuntaban la unidad de las juventudes, que vieron traicionada la fe que en un principio habían depositado en los programas. La originalidad de José Antonio y la profundidad de su visión se aprecia al considerar que es una política de juventudes, y no de partidos, la que puede detener la invasión de los bárbaros y ordenar el mundo nuevo, porque "los partidos han dado de sí lo que su propia naturaleza prometía".

La juventud, como dimensión histórica y no como coyuntura cronológica, como categoría fundante y no como tránsito de sumisiones, como protagonista y no como comparsa, como esperanza viviente y no como espera paciente y desazonada, que es como se presenta en la hora actual, fue adivinado, anunciado y gritado por José Antonio con una anticipación de lustros y con una elevación de estilo impresionantes.

Los estallidos de la juventud, que han tenido su estruendo estremecedor en Francia, en mayo de 1968, eligiendo al país más civilizado como potenciador de la onda expansiva del movimiento mundial, no son ni representan la expresión fiel del ímpetu de las juventudes, ano la rebeldía iconoclasta de quienes no se muestran propicios a que se siga usando el nombre de Dios en vano, o se utilice el cuño de la Patria para legalizar injusticias y discriminaciones, sean del género que fueren. Más escandaloso resulta el desorden injusto del mundo actual que la justicia desordenada de las juventudes. Por lo menos, sí que cabe señalar y copio frases ajenas, que "la sociedad no tiene ningún derecho al ´histerismo´ ante la rebeldía estudiantil".

Si se analizan y describen los sucesos acaecidos en París, en la Facultad suburbial de Nanterre, en las de Berlín, en las californianas, en las inglesas, en las de Milán, en las de Turín, en la de Méjico, en la de Moscú, en la de Roma o en la de Madrid, prescindiendo, al estudiarlos, de la sociedad en que nacen y explotan, se corre el riesgo de disolver la categoría esencial, de honda significación, en un anecdotario de anarquías y desenfreno. En un mundo como el nuestro, en una sociedad de bienestar material, perdido el sentido de la vida y oscurecida la luz de la norma y del espíritu, ensombrecido por la hipocresía social el alto promontorio de un ideal humano, negociada la Cruz de Cristo en el mercado de las transacciones, el alma juvenü — naturalmente cristiana— se resiste por ley de vida y de gracia al disfrute pacífico de una aristocracia de sangre, de casta, de clase, de religión o de poder, aunque esta aristocracia exhiba títulos democráticos para legitimar sus derechos o presente documentos diplomados por la historia. Al no comprar a precio justo la levadura espiritual y política ofrecida por José Antonio, español y cristiano, las democracias parlamentarias y "representativas de lo viejo" han tenido que comer a precios prohibitivos el pan negro de Daniel Cohn-Bendit, marxísta y cínico. "La juventud arrojada a la intemperie por las tribus acampadas bajo los sombrajos de los partidos, se ha visto obligada a montar su propio sistema de soluciones ambiguas y, por supuesto, utópicas. Cierto, como concluye Hermann, que los "estudiantes se han vuelto hacia la pura ideología del XIX y combaten las seudoideologías de nuestro siglo, cuyas

aspiraciones se miden por el éxito y que son arbitrariamente manejables, tanto por el marxismo soviético como por el fascismo o por el neoliberalismo", pero no es menos cierto que la trimembre disyunción no es perfecta y que a las juventudes se les ha ocultado la solución en la que sus aspiraciones se cumplan, comprometiéndose en ellas y con ellas sin menoscabo de la idealidad y sin que sea el marxismo soviético, el fascismo o el neoliberalismo los que manejen el éxito.

José Antonio ha sido secuestrado para los españoles cuando su pensamiento y su estilo podían haberse alzado como bandera y como símbolo de una política de juventud, constructora de un mundo nuevo, con fe en sí misma y en su destino. La doctrina de la revolución, tal como la prefiguró José Antonio, es la doctrina de la juventud consciente y responsable. Los que arguyen que la revolución está pendiente, habrán de reconocer que sólo la juventud podrá cumplirla, y los que se aterrorizan ante los brotes de rebeldía de las juventudes, bueno será que recapaciten en que es sólo un ensayo medroso y que si no se las ofrece campo para la revolución económica y social bajo la supremacía de lo espiritual y del imperativo de una educación integral humana, se convertirán en órgano del marxismo soviético. Quien tiene que reformarse no es la juventud, es la sociedad; y sabido es que una sociedad injusta puede reconocer la injusticia que la corroe, pero no es capaz de defenderse a sí misma con brío.

Es muy posible que el aparato oficial de las democracias liberales consiga éxitos espectaculares y que la juventud ceda sus poskiones ante la habilidad política de los poderes públicos. Si el éxito es interpretado como respuesta favorable a un continuismo sociopolítico y no se incorpora la verdad de los anhelos y de las aspiraciones de la juventud rebelde a las nuevas formas de la organización política y de las estructuras de poder, la tregua sólo servirá para una reorganización de las fuerzas y para una exasperación en las actitudes. Las juventudes tienen una razón oculta en el corazón, sobre la que nada pueden las razones parciales de una sociedad de consumo comarcal y de opulencias aparentes y sectoriales. La desesperación es la cultura del hambre y la barbarie anárquica es la guardia civil de la injusticia imperante. La era interplanetaria y termonuclear exige una ordenación social a niveles desconocidos por los agrimensores capitalistas y por los allanadores marxistas de la orografía social.

Las juventudes saben lo que quieren —y no sólo lo que no quieren— pero no aciertan a saber cómo realizar sus ambiciones. Si la sociedad y los sistemas vigentes abusan de esta deficiencia operativa e instrumental de la juventud, no conseguirán secar la fuente de las aspiraciones, sino que favorecerán el desbordamiento. El bien es, de suyo, difusivo, y la justicia social reprimida es un artefacto de espoleta retardada que condensa su fuerza para romper como una devastación incontenible. La única salida —que tiene en José Antonio su profeta— consiste en la ordenación nacional y humana de la elementalidad inexorable de la nueva sociedad: aceptar el lenguaje original de las juventudes, traduciéndolo a formas auténticas de socialidad. sin traicionarlo con sintaxis neocapitalistas.

Si la sociedad "urgente" no responde a las vigencias de la nueva edad, la nueva edad ensayará sus formas enfrentándose violentamente con la sociedad, sin que las apelaciones al orden o a la paz tengan eco ni audiencia en ías juventudes. Identificar el orden con el orden vigente, si el orden vigente esconde un deorden interior y prolonga una injusticia social humana, es una desgraciada invitación a la peor forma de anarquismo, del que se aprovechará el marxismo comunista, organizando a la sociedad desde unos presupuestos de represión inhumana, pero inquebrantable.

Las soluciones tibias no ofrecen ni seguridad ni esperanzas para resolver problemas trágicos ni para afrontar situaciones límite. La tibieza que se enardece represaliando a las juventudes ardorosas, sin transformar de raiz las estructuras de la convivencia social y de la representación política, reafirma la voluntad de rebeldía.

Se equivocaría quien pensara que José Antonio otorga a los instintos de juventud categoría edificante. Lo que pretende es cabalmente lo opuesto: transformar la espontaneidad en reciedumbre consciente y sublimar la emoción juvenil en un servicio que la dignifique. La juventud no es un fin en sí misma, ni una meta móvil. Es la edad en que los años adquieren significación y renuncia. José Antonio había leído en Ortega y Gasset algunas de las notas que caracterizan a la juventud y las acepta con humildad discipular.

Lo que sí logra José Antonio es capitalizar las virtudes de la juventud para un mejor servicio político, a sabiendas de que se van a disparar en un sentido o en otro. Quienes tienen la vida por hacer no se detienen ante consideraciones domésticas o conceptuales y quieren hacer su vida por sí mismos y no como realquilados, José Antonio sabía muy bien -lo había dicho Ortega que sin el pensamiento no poseemos nada con plenitud, pero -se lee también en Ortega— no todo es pensamiento. Lo que la juventud no consiente, ni espiritual ni biológicamente, es la frustración cotidiana de su conciencia personal. Aunque suene a paradoja es un dogma: la juventud necesita creer en algo y a alguien. El sin sentido de su revolución es consecuencia de la filosofía social y política en que se gesta su formación. La juventud conjuga sin contemplaciones el verbo anonadar, introducido en el mercado de la vida por intermediarios de la cátedra y de la literatura exisíencialista. La juventud se ha apropiado la vieja máxima de que la letra con sangre entra y esta es la hora en que resulta difícil distinguir si la rampa de lanzamiento de la juventud es la inhabitabilidad moral del mundo en que que viven o la finitud radical de la vida humana, pregonada como optimismo activista.

Sobre lo que no cabe el olvido es sobre la definición con que los jóvenes se presentan ante el futuro: como unos hombres que todavía no han empezado a dejar de serlo, aunque los cómplices de la resistencia sigan empeñados en decirles que son unos hombres que todavía no han empezado a serlo. La experiencia de lo vivido no les vale como razón ni como criterio, no viven de residuos, ya que no es lo que ha sido lo que desean restaurar, sino que es lo inexperimentado lo que pretenden instaurar. Tienen en más exoneración de responsabilidad ante el pasado que su posible irresponsabilidad ante el futuro.

A lo que José Antonio tiende no es a alentarles en lo que digan o hagan, sino a reafirmarles en lo que son y en lo que representan de inevitable. Por eso todo el empeño de José Antonio se cifra en la necesidad de que se acepte y se esclarezca una ética del porvenir en la que se instale la política. Los jóvenes actuales —como otrora los grandes hombres— quieren ser los antepasados de sí mismos. Pero esta pretensión sólo es fecunda si se remonta en la genealogía a una raíz creadora y se extiende a una finalidad trascendente.

 

< Volver