Autor: Ledesma Ramos, Ramiro. 
   Los problemas de la juventud nacional     
 
 SP revista de información mundial.    11/01/1970.  Página: 39-43. Páginas: 5. Párrafos: 75. 

SP, 11 enero, 1970

LOS PROBLEMAS DE LA JUVENTUD NACIONAL

Lo único que no puede serle exigido a las juventudes actuales de España es que desarrollen una labor de índole crítica. La fecundidad de la crítica es siempre muy limitada. Se reduce a darle vueltas a las cosas, a descubrir su revés, sus pliegues, la posible verdad oculta que lleven dentro. Pero jamás la crítica servirá para desentenderse por entero de lo que tiene delante, y nunca asimismo podrá vencerlo y sustituirlo por una cosa nueva y diferente.

Si las juventudes están disconformes con lo que encuentran, no tienen necesidad de justificar con muchas razones su actitud. No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y la incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia. Pues la crítica se hace con arreglo a unas normas, a unos patrones de perfección, y todo esto tiene en realidad que ser aprendido, le tiene que ser enseñado a las juventudes, no es de ellas ni forma parte de ellas.

Pero un mínimum de crítica, en el sentido de apreciación o valoración de lo que hay delante, es, quizá, indispensable. Para realizar esta mínima función orientadora, en el número de páginas más breve posible, dirigiremos la vista fugazmente ante el pasado de la Patria, y luego, con un poco más de fijeza, examinaremos el período que nos ha precedido de ,modo más inmediato, la Restauración, para detenernos asimismo a escrutar el terreno que, hoy pisamos, la República.

Conviene antes, cantaradas, que hagamos una advertencia, a modo de ilustración y guía de todo el Discurso: Que en España no van bien las cosas, al parecer desde tiempos remotos, lo saben ya los españoles desde que nacen. Hay y existen mil interpretaciones, mil explicaciones, acerca de los motivos por los que España camina por la Historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto de nada. Bástenos saber que sobre España no pesa maldición alguna, y que los españoles no somos un pueblo incapacitado y mediocre. No hay en nosotros limitación, ni tope, ni cadenas de ningún género que nos impidan incrustar de nuevo a España en la Historia universal. Para ello es suficiente el esfuerzo dé una generación. Bastan, pues, quince o veinte años.

Parece que España lleva doscientos o más años ensayando el mejor modo de morir, y la poca historia que las .juventudes saben les basta para que se inicie en ellas la sospecha de que a lo largo de todo ese enorme período — de decadencia o de lo que sea— España ha sido dirigida y gobernada por gentes, grupos e ideas a quienes caracteriza una mentalidad de liquidadores, de herederos y de cobardes. Mucho hay que andar hacia atrás en el camino de la Historia para encontrar victorias plenas y pulsos firmes. Renunciamos a andar con exceso tal camino. Porque si para la actitud de despego hacia esa larga e inacabable zona histórica de la liquidación nos es suficiente barruntar o sospechar que ha existido, también para la actitud admirativa y de orgullo por horas magníficas de nuestra propia raza nos basta sospechar asimismo que han tenido, en efecto, realidad formidable algún día.

Aparte de que no es en la Historia, en el pasado histórico, donde hemos de dar nosotros la batalla. Necesitamos, si ésta lia de ser eficaz, enemigos cercanos y concretos. Por eso, en vez de remontarse España atrás, en busca del hecho fatídico, el hombre culpable o las ideas virulentas a quienes imputar las responsabilidades por. la Patria deficiente que hoy tenemos, nos corresponde percibir y descubrir los hechos, los hombres y las ideas de esta misma hora. En otro caso, correremos el peligro de luchar contra fantasmas y contra enemigos ilusorios, lo que nos convertiría a nosotros también en fantasmas y en repugnantes desertores.

No nos es lícito, pues, dirigir la mirada al pasado ´español con languidez alguna, a descansar en él y admirar en él la grandeza que en él haya y de que nosotros hoy carecemos. Si para eso sirviese el pasado glorioso de España, habría que renunciar a él y borrarlo sin vacilar del recuerdo de los españoles. Pero España tiene en su pasado no sólo jornadas triunfales y de éxitos magníficos, sino también catástrofes considerables, desplomes históricos ruidosos. El mismo peligro encierra pasarse la vida celebrando los primeros que lamentando los segundos.

La historia de la Patria es para nosotros problema sencillo: ños hacemos responsables de ella y la aceptamos en toda su integridad. Pero a los efectos de nuestro presente, la tradición histórica es apenas válida. Sólo es estimable de ella lo que llegue a nosotros como valores vivos, buenos o malos, y que florezcan y alienten a nuestra vera. Para contestar a la pregunta de qué nos entrega la Historia, no hay que ir mucho a los cronicones y a los libros, sino mirar con fijeza a nuestro propio tiempo, porque es en él, en su clima, donde tenemos que encontrar los datos de la respuesta.

Ahora bien, la dimensión histórica es por fortuna inesquivable. Saberse nacido en el seno de un gran pueblo, en el que gentes de la misma sangre que uno, poco más o menos igualmente dotados que uno, realizaron empresas de relieve histórico formidable, es, sin ninguna duda, un ingrediente de gran fertilidad. Se tiene así la certeza de moverse en el círculo de las ambiciones legítimas, y de que sólo es cuestión de ingenio, de heroísmo y de voluntad el atrapar de nuevo las riendas del triunfo

Ante ese panorama que hay a la vista, difícilmente encontrarán las juventudes un clavo donde asirse.

Están solas, y eso, lejos de constituir para ellas un motivo de desazón y desánimo, va, quizás, a proporcionarles la gran coyuntura que España necesita. La deserción es imposible, porque iría ligada a una catástrofe histórica, cuya primera consecuencia equivaldría a la desaparicion.de España y al envilecimiento y esclavización de los españoles.

El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria. Desconocerlo equivale a engañarse y a desertar de la única consigna hoy posible: la de derruir ese tope y atravesar esa línea con las pisadas más fuertes.

Pues ocurre que en España hay fuerzas y energías suficientes para salir victoriosos de la prueba histórica y para romper en mil pedazos todo el largo tren de la impedimenta cancerosa. Esas fuerzas y esas energías sólo pueden ser de veras eficaces si la revolución nacional las incluye en su estrategia, dando satisfacción a sus clamores más justos.

El problema exacto de las juventudes españolas en este momento es, ni más ni menos, el de que alcancen una plena conciencia de su misión histórica. Tienen además que saber que si ésta no es realizada ni cumplida, España perece, y los españoles quedarán espiritual y económicamente decapitados.

1. JUVENTUD Y DIMENSIÓN NACIONAL

Realmente, si las juventudes examinan hoy su patrimonio, es decir, lo que son y lo que tienen, descubrirán, de acuerdo con cuanto llevamos escrito, que es bastante reducido y simple. Lo que, lejos de contrariarlas y lejos de dificultar las tareas que le corresponden, las coloca y emplaza en la plenitud de su destino.

Vamos nosotros a perfilar aquí en qué consiste ese reducido patrimonio y a qué obliga.

¿Qué tiene de un modo verdadero el joven español en su mochila?

Tiene en primer lugar su juventud; es decir, una vida proyectada en el mañana, en el futuro. Y´tiene también, posee también, una dimensión nacional, el hecho profundo, decisivo y formidable de haber nacido español, de ser español. Esta última cosa encierra y comprende su cualidad humana, la que lo define y presenta incluso como ser humano. Pues somos hombres cabales y plenos en tanto seamos cabales y plenos españoles, no viceversa.

No tiene más: No tiene riqueza, no tiene sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina alguna política a qué servir; en fin, nada sino aquellos dos valores ya dichos. Esto le acontece porque hace su presencia en una coyuntura tal de España, que las actuales energías rectoras, tanto en el orden político como en el social y económico, se encuentran atravesando una hora de impotencia, contradicción y crisis.

Ahora bien, resulta que las juventudes no sólo carecen hoy de toda posibilidad normal de desarrollo, sino que tienen´delante el peligro mismo de que su propio y peculiar bagaje, aquel que ellas incorporan y traen, sea también ..torpedeado y hundido. Es decir, que su juventud y su dimensión esencial, fundamental, la de ser españoles, se quiebre y se pierda de un modo irremediable.

Si a estas alturas, si en estos momentos, España vacilase como nación independiente y libre, las juventudes quedarían amputadas; taradas, convertidas sin remedio en puros despojos.

El hecho de encontrarnos haciendo cara a las etapas finales de un larguísimo y secular proceso de descomposición, nos coloca tanto al borde del abismo como al borde del Imperio. Pero España debe y puede salvarse, siendo cada día más evidente que las juventudes constituyen su posibilidad única de salvación.

Reconocido que el pasado más inmediato y cercano de la Patria no ofrece asidero alguno firme a las juventudes, y que el pasado más lejano y remoto, aun magnífico y espléndido, es inasible por su propia lejanía, la consecuencia que de todo ello se obtiene es que las juventudes están solas, con aquellas únicas dos cosas mencionadas antes.

Hay, pues, que partir de esa realidad, aceptarla como buena, y organizar desde ella la acción de las juventudes.

Muchas de las vicisitudes por que ha atravesado nuestro pueblo se deben a la inexistencia o al olvido de una moral nacional, a la costumbre que los españoles adoptaron de no necesitar de ella y de no echarla siquiera de menos. Los españoles, sobre todo en el último medio siglo, han. vivido sin acordarse para nada de lo que eran. Podían aspirar a sabios, a plutócratas, a jueces, hasta ¡a militares!, sin recordar ni tener mucho en cuenta su condición nacional, la condición de españoles.

Ése es un hecho bochornoso, contra el que han de alzarse las juventudes. ¿No tienen ya éstas la sospecha de que, si se prescinde de la dimensión nacional, la sabiduría es pedantería, la riqueza es latrocinio, la justicia es farsa y la milicia es aventurerismo pufo?

Hay una moral del español, que no obliga ni sirve a quien no lo sea. Sin eHa, bien poco haremos. Precisamente, es el servicio a una moral así y a la aceptación de ella lo que nutre la existencia histórica de las grandes Patrias. Y es en los períodos . en que esa moral es abandonada, desconocida, cuando los pueblos caen en degradación y en esclavitud. Pues se quiebra su existencia, se debilita su voluntad histórica de vivir, y tal coyuntura coincide siempre con la subordinación económica y política a otros pueblos.

España tiene que aposentad su unidad y su vigor sobre las anchas espaldas de una moral nacional, optimista y rígida. Ser español no es una desgracia, sino un espléndido regalo de la vida. Regalo en peligro y en riesgo permanente, que sólo puede ser retenido y conservado nutriéndolo todos los días con una moral de sacrificio por la Patria.

El servicio a España y el sacrificio por España es un valor moral superior a cualquier otro, y su vigencia popular, su aceptación por "todo el pueblo" es la única garantía que los españoles tenemos de una existencia moralmente profunda. ¡Ah, el gran crimen de no aceptar ese sacrificio, de negarse y de hurtarse a él! Los pueblos sin moral nacional no son nunca libres. O son explotados y tiranizados por una minoría de su mismo país, también ausente de toda angustia moral y de servicio a la vida histórica de "todo el pueblo", o lo son, bajo engaño y careta de independencia, por un pueblo y un poder extranjeros.

No hay nada que hacer, camaradas, si no logramos poner en circulación una moral nacional entre los españoles. Esa moral de temple ascético que todos nosotros ya tenemos, y en virtud de la que deseamos salvar, política, histórica y económicamente, a nuestros compatriotas. Es el basamento de nuestra acción, y lo único, en realidad, que eleva y distingue nuestra milicia de las simples bandas armadas que otros pueden quizá crear.

En nombre de esa moral y de lo que nos obliga, desarrollamos una acción revolucionaria, una lucha de liberación: liberación del español partidista, aniquilando los partidos. Liberación de los catalanes y vascos, luchando contra lo que les impide ser y sentirse españoles plenos. Liberación de los trabajadores, atrayéndolos a la causa nacional y aniquilando la injusticia.

¿La moral católica? No se trata de eso, camaradas, pues nos estamos refiriendo a una moral de conservación y de engrandecimiento de "lo español", y no simplemente de "lo humano". Nos importa más salvar a España que salvar al mundo. Nos importan más los españoles que los hombres. Y todo ello, porque tanto el mundo como los hombres son cosas a las que sólo podemos acercarnos en plan de salvadores si disponemos de una plenitud nacional, si hemos logrado previamente salvarnos como españoles.

El hecho.de que los españoles —o muchos españoles — sean católicos no quiere decir que sea la moral católica la moral nacional. Quizá la confusión tradicional en torno a esto explica gran parte de nuestra ruina. No es a través del catolicismo como hay que acercarse a España, sino de un modo directo, sin intermediario alguno. El español católico no es por fuerza, y por el hecho de ser católico, un patriota. Puede también no serlo, o serlo muy tibiamente.

El no darse cuenta de esta toda la España extracatólica o indtferente ante el ´catolicismo, nos ha privado quizás a los .españoles de una idea nacional de elaboración directa. Pues los elementos disconformes —¿los llamamos las izquierdas? — han demostrado en esto,, como en muchas otras cosas, que eran unos simples satélites del otro sector nacional — ¿lo llamaremos las derechas? —, y que su pensamiento lo han hecho aceptando como buenas las definiciones proporcionadas por éste.

Pues, en efecto, siempre se han identificado los católicos con España, y no podían ni imaginar en serio que fuese posible la existencia de una idea nacional española, sino a través de la Iglesia. Ha habido en España un patriotismo religioso y un patriotismo monárquico, pero no un patriotismo directo, no un patriotismo popular surgido de las masas y orientado hacia ellas.

No, camaradas, la moral nacional, la idea nacional como deber, ni equivale a la moral religiosa ni es contraria a ella. Es simplemente distinta, y alcanza a todos los españoles por el simple hecho de serlo, no por otra cosa que además sean.

El objetivo de la conquista de las masas para una labor histórica de servicio a la Patria española es una empresa factible y debe ser realizada por la revolución nacional de las juventudes. Pesan sobre el pueblo español mil propagandas de signo traidor y lamentable, y bien caro paga, desde luego, el error de atenderlas y aplaudirlas.

Ahí está ahora, casi sin Patria, y a merced de todos los vendavales que lanzan sobre él los aventureros. Pero nunca ha oído el pueblo español una voz de veras angustiada por su desgracia, y nunca por eso se ha visto que la haya repudiado. La confinza y la fe en el pueblo no pueden perderse, porque ello equivaldría a decretar inexorablemente la ruina definitiva de España, su incapacidad para abrir las puertas del futuro histórico.

SP,11 enero, 1970

Cada época tiene sus resortes, y en cada época hay unas eficacias peculiares. Ignorarlas supone permanecer al margen del éxito. Pues Jjien, en esta época son las masas los instrumentos únicos de grandeza nacional. Puede aceptarse que en otros tiempos, ya lejanos, unos poderes sin relación directa con el calor de las grandes masas lograban edificar, valiéndose exclusivamente de su propio genio, Patrias poderosas y ricas. No es España el pueblo que menos ejemplos de ésos tiene en su gran pasado.

Pero hoy no rigen tales remedios. No hay Patria grande, libre y fuerte si no tiene como soporte una enorme plataforma hecha con aliento de las masas. Lo que no quiere decir que éstas sean unas uniformes multitudes, al margen de la disciplina y de la acción jerarquizada. Al contrario, son ellas quienes con más facilidad y naturalidad se colocan en su sitio, y desde él responden y cumplen las consignas de sus jefes.

La revolución nacional española no puede prescindir de las masas. Es falso pensar que nunca será aceptada por nuestro pueblo una bandera nacional, plena y exigente. Eso lo dicen y lo piensan quienes tienen un pecho reducido, y su voz es excesivamente débil y femenina para la atracción viril de las masas. Pues, por el contrario, las masas españolas están hoy esperando y clamando por la presentía de una voz nacional verdadera.

Lo que ocurre es que se presentan y aparecen y se ensayan una serie de voces impotentes y falsas, cuyo fracaso no significa ni puede significar el fracaso de la voz nacional de España. Las juventudes lograrán con relativa facilidad la adhesión de las masas si saben encamar en sus propagandas la angustia actual del pueblo. Pues éste viene sufriendo las mayores calamidades, y es hoy un pobre pueblo explotado y martirizado sólo porque está a la intemperie histórica, sin cobijo nacional, ni poseer realmente una Patria.

A la nacionalización de las grandes masas populares españolas se oponen en rigor dos actitudes y dos fuerzas, que actúan en sentido diferente: Una, constituida por los grupos que quieren prescindir realmente de las masas y desean que España, la Patria española, se sostenga y apoye exclusivamente en ellos. Otra, formada por todos los grupos, partidos y tendencias que lo que apetecen es sustraer al pueblo español de toda preocupación nacional, dejándolo así en realidad disminuido, en el doblemente triste papel de derrotado y de desertor. Pues siempre acontece que las masas extranacionales caen bajo el látigo de las minorías de "patriotismo sospechoso", o son, si no, esclavizadas de un modo directo o indirecto por un poder extranjero.

Las juventudes que orienten sus luchas en pos de la revolución nacional no pueden olvidar "ni un solo minuto que la conquista de las masas es un factor ineludible del éxito. Lo cual es muy distinto que el ir a la conquista de las mayorías. Pues no se trata de esto, ni la .adhesión de las masas a la causa nacional, a la causa de la Patria, es problema numérico. (Ya hablaremos de ello un poco más adelante, cuando nos enfrentemos con la estrategia que corresponde seguir a las juventudes.) El nacionalismo de las masas, su aceptación de una disciplina nacional, requiere que la Patria sea realmente para ellas una bandera liberadora. El pueblo español padece más que ningún otro pueblo las consecuencias de que España carezca de fortaleza. La economía actual de nuestro país es raquítica y casi casi se encuentra en el orden de las economías coloniales. De ello se derivan males profundos, que afectan por entero al nivel deficienrísimo en que ´viven quince millones de españoles.

España posee un capitalismo rudimentario — traidoramente rapaz—que rehuye todo riesgo y vive en absoluto al margen de toda idea de servicio a la economía nacional española. Nuestra economía no es libre, es decir, está impedida de adoptar las formas y de seguir las rutas que más conviene a su propio avance y al bienestar general de todo el pueblo. Tanto la explotación industrial como la minera y la agrícola, tienden menos a vigorizar nuestra realidad económica que a servir las deficiencias y huecos de las economías extranjeras, principalmente la de Inglaterra. Desde hace medio siglo o más, es decir, durante el período en que ha tenido lugar la expansión económica imperialista, España no ha sido libre de orientar su economía, y se ha visto obligada a servir las conveniencias de otros pueblos. El trabajador español, el campesino, el industrial, todo el pueblo, en fin, han laborado en condiciones pésimas y han sufrido las consecuencias de la falta de libertad cíe España.

Una minoría de españoles, agazapada en la gran propiedad territorial, en los Bancos y en los negocios industriales que se realizan con el amparo directo del Estado, ha obtenido grandes provechos, explotando la debilidad nacional y enriqueciéndose a costa de las anomalías y deficiencias sobre que está asentada nuestra organización económica entera. Gentes, pues, para las que el atraso mismo del país es un medio magnífico de lucro.

No hay apenas grande ni pequeña industria. Nuestros campesinos, nuestra gran masa de labradores, sobre todo desde que se inició hace quince o veinte años en las zonas rurales una fuerte demanda de mercancías de origen industrial, han süo explotados vilmente, usurpándoles el producto de sus cosechas a cambio de productos supervalorizados, que ha hecho imposible en los campos todo proceso fecundo de capitalización.

Tenemos, pues, delante dos urgencias que sólo pueden ser logradas y obtenidas por medio de k revolución nacional: liberar la economía española del yugo extranjero, ordenándola con vistas exclusivas a su propio interés, y otra, desarticular el actual sistema económico y financiero, que funciona de hecho en beneficio de quienes se han adaptado, y hasta acogido con fruición, a nuestra debilidad.

Y naturalmente, sólo una España vigorosa, enérgica y libre puede disponerse en serio a la realización de tales propósitos. Los poderes económicos extranjeros —principalmente franceses e ingleses—, que dirigen hoy toda nuestra producción y todo nuestro comercio exterior, impondrán siempre en otro caso su ley y su voracidad a una España fraccionada, dividida y débil.

Las juventudes no pueden eludir esta cuestión ni hacer retórica nacionalista sin abordar de frente el problema socialeconómico, que hace hoy de nosotros un pueblo casi colonial y esclavizado. Actitud distinta sería demasiado "grotesca, a más de imposible y radicalmente estéril. Si se está arservicio de los destinos nacionales de España, si se aspira con honradez a su grandeza y si se quiere de verdad hacer de España iina Patria libre, una de las primeras cosas por que hay que luchar es la de desarticular el orden económico vigente, que sólo favorece, repetimos, a unas audaces minorías, con absoluta despreocupación por los intereses verdaderos de la nación entera.

El capitalismo español no tiene fuerza suficiente para revolverse contra las anomalías sobre que se asienta la economía nacional, y no emprende otros negocios ni otras empresas que aquellas para las que se asegura previamente el auxilio del Estado. Esto no es otra cosa qué incapacidad, y eso indica que no es posible subordinar a su ritmo el desenvolvimiento económico del pueblo español. ¿Y cómo va a tener aquél incluso ni voluntad de rectificación, si él mismo, como hemos dicho, se beneficia y aprovecha del marasmo y de la servidumbre económica de España?

En España hay una necesidad insoslayable, y es la de traspasar al Estado la responsabilidad y la tarea histórica de ser él mismo quien, sustituyendo al capital privado p valiéndose de éste como auxiliar obligatorio a su servicio, incremente la industrialización con arreglo a la naturaleza de nuestra economía.

Ello supondría dos formidables ventajas: una, realizar de un modo efectivo los avances económicos que corresponden lícitamente a España, teniendo en cuenta las características de sus materias primas, su comercio internacional y su propio mercado interior; otra, efectuarlo en beneficio único y exclusivo de todos los españoles, sin que las oligarquías financieras fuercen o deformen esos propósitos de acuerdo con sus intereses privados.

Es así, y únicamente así, como España dispondría de una economía robusta, es decir, sus ferrocarriles no serían ruinosos, ni carecería de industria pesada, ni desaprovecharía su riqueza hidroeléctrica, ni haría el vergonzoso negocio de exportar mineral de hierro para luego importarlo en forma de acero o maquinaria cara, ni habría paro forzoso, ni estaría un día más en la situación de ser una nación marítima sin flota, ni, por último, siendo la avanzada europea hada América, hacia un continente que habla hasta nuestro idioma y tiene una economía agraria, se limitaría a un bello intercambio lírico con él, sino que anudaría relaciones comerciales y económicas de gran volumen. Todo eso sin recordar siquiera a África, ese otro continente al alcarnce de nuestro brazo, y que está llamado a ser más cada día uno de los mayores objetivos mundiales.

Presentar ese panorama a un Estado y a un régimen como el que hoy tenemos los españoles es, en efecto, un absurdo. Tienen razón quienes dicen que el Estado es un mal gestor y un administrador deficiente. Pero hay que añadir que estos juicios se refieren de lleno al Estado demoburgués, efectivamente ineficaz y absurdo, pero no a las instituciones emanadas de la revolución nacional, no a un Poder político surgido de las luchas que la nación misma realice en pos de su liberación y de su grandeza histórica.

Ese Poder político sí puede hacerlo, con absoluta eficiencia y con absoluta probidad. Realmente, no tiene para ello sino que proyectarse sobre los actuales sectores donde se manifiesta y radica la zona paralítica e inepta de nuestra economía: la gran industria, los transportes, la Banca y el comercio exterior. Si el Estado nacional controlase de un modo directo, nacionalizándolas, esas grandes funciones, el incremento rápido y prodigioso de la economía española, y por tanto también de las economías privadas y de la clase trabajadora entera, sería una realidad inmediata.

No se trata de expoliación ni de expropiación en el sentido social marxista. En primer lugar, porque no se trata tanto de incautarse de una riqueza existentéxcomo de crear riqueza nueva, y en segundo, porque ello vigorizaría extraordinariamente las posiciones, hoy tan extenuadas y raquíticas, de la pequeña industria, del comercio interior y de la propiedad campesina.

Sin vacilación alguna, pues, cantaradas, debe enlazarse el problema de la revolución nacional con el de la adopción franca y audaz por el Estado de un papel rector y preponderante en las tareas económicas mencionadas.

España juega su independencia y su futuro a la posibilidad de realizar con audacia y sin vacilaciones un plan económico a base de esas perspectivas; si queréis, a base de fese capitalismo de Estado. De otro modo, seguirá viviendo dé milagro, a expensas de enemigos, con su población diezmada y constiluyendo una triste posibilidad fallida, una verdadera desgracia histórica.

LOS CAMINOS DE LA VIGORIZACIÓN INTERNACIONAL

Nuestra Patria española ocupa una situación internacional liaito clara. Todos los juicios que se hagan sobre ella pueden ser exactos menos uno: el de que sea confusa y de explicación difícil.

El caso de España es el de un país que después de una gran derrota no ha podido aún rehacerse y recobrar de hecho su libertad internacional. Un país al que le han garantizado la vida sus enemigos, a costa, sin embargo, de que siga caído, pobre y débil.

Es notorio que España posee y ha poseído en cualquier momento energías espirituales y materiales suficientes para rehacerse como gran potencia mundial. Sería erróneo pensar que los motivos de que no ¡o haya hecho así, son de índole interna, imputables a sí misma, cayendo en un absurdo misticismo autoderrotista, en un complejo de inferioridad. No. Todo lo que acontece en la Historia obedece a causas que pueden ser siempre perfectamente localizadas y denunciadas.

Si España, después de su primer traspiés (1648), ha permanecido en una línea descensional, sin recobrarse como gran potencia, es parque alguien lo ha impedido.

No es que yo crea que la política internacional deba estar exclusivamente guiada y orientada por resentimientos seculares. No. Pues, como toda política, tiene que obedecer, ante todo, a razones actuales, contemporáneas. Pero todos los españoles deben conocer una terrible verdad histórica, y es que Inglaterra, con la mayor frialdad, con el más glacial gesto, ha ido día a día desarticulando primero nuestro Imperio y poniéndonos después la tenaza de la estrechez nacional, la obligación de permanecer estacionados y anclados. En esa tarea, y con su eficacia de país cercano, vecino, con su precaución de potencia ya bien sobrecargada de rivales, ha hecho Francia dúo con Inglaterra, y en realidad, sin duda posible, esos dos pueblos han sido de un modo directo los causantes de la postergación secular española.

España ha sido combatida, cercada, del modo más artero. Hábilmente, sus adversarios han procurado siempre no hacerse en exceso visibles, es decir, han evitado proyectar sobre los españoles una continua zozobra y peligro. Si se exceptúa la incursión napoleónica — puro error y pura novatada del Imperio bonapartista—, España no ha sentido nunca después el peligro inmediato, angustioso; posible, de ser invadida. Así, pues, con excepción precisamente de la guerra de la Independencia, lección por otra parte no olvidada por Europa, España ha podido asistir sin pestañear a los mayores vendavales exteriores, como insensible a ellos.

España ha facilitado a sus enemigos mil maneras de uncirnos a su carro. Primero, con su carencia de rumbos audaces en las líneas interiores de su política. Después, con la agudización del malestar periférico, con el problema de las autonomías. Y sobre todo, con su inercia económica, con el hecho de que nos hayamos resignado a entrar en la órbita de las conveniencias francoinglesas, adaptándonos al hueco que nos asignaban esos imperialismos.

De todos modos, la debilidad internacional de España, su resignación dramática, emanaba de hecho de su política interior. Pues ocurre que no ha resistido lo más mínimo, que no ha dificultado el desarrollo de la maquinación exterior, ni siquiera obligando a ésta a una intervención o actuación más descarada. Todos los afanes de nuestros vecinos — e Inglaterra es nuestro vecino por tres puntos: Portugal, Gibraltar y el

Océano— consistían en que por ningún concepto alcanzase España categoría y valor de gran potencia.

España no ha dispuesto desde hace un siglo de una situación política interior suficientemente vigorosa para hacer saltar esa tenaza. (El artículo de la Constitución de 1931, declarando que España renuncia a la guerra, es la culminación de la servidumbre y supone una verdadera oferta a la piratería internacional.)

¿Qué rutas internacionales seguiría hoy una revolución nacional triunfadora? Cabe pensar que si se produjese en España un hecho con fecundidad suficiente para sacudir su limitación secular, para levantar en alto la voluntad histórica de los españoles, sería inmediatamente dificultado, saboteado, por nuestros vecinos.

Las posibilidades internacionales que tiene hoy España son sumamente estrechas. Entre otras muchas cosas que le están vedadas —a causa, no se olvide, del sistema político social vigente— figura esa de no poder tener una política internacional. Pues ante las situaciones molestas no caben sino dos actitudes: aceptarlas o romperlas.

El problema está hoy dentro, y lo está de un modo como quizá no lo haya estado nunca. Porque desde hace muchos años no ha tenido España una ocasión análoga a la que hoy tiene para intentar de veras la cancelación definitiva de su terrible pleito.

Pero si aconteciese la victoria interior, si España venciese su actual crisis interna del lado favorable a su recobración nacional, entonces las perspectivas internacionales resultarían infinitas. Se atrevería a todo y podría atreverse a todo. A recuperar Gibraltar. A unir en un solo destino a la Península entera, unificados (ahí sí que cabe que se ingenien los partidarios de estatutos, federaciones y autonomías) con el gran pueblo portugués. A trazar una línea amplísima de expansión africana (todo el norte de este continente, desde el Atlántico a Túnez, tiene enterradas muchas ilusiones y mucha sangre española). A realizar una aproximación política, económica y cultural, con lodo el gran bloque hispano de nuestra América. A suponer para Europa misma la posibilidad de un orden continental, firme y justo.

No parece que todo eso sea posible realizarlo del brazo de nuestros tradicionales benefactores. Tampoco si las actuales potencias europeas conservan su poderío. Pero no parece ilusorio que las cosas cambien, porque esa conservación les es cada día más difícil, y se encuentran algunas de ellas en plena línea histórica de descomposición.

España tendrá que esperar, repetimos, a poseer una política internacional todavía algún tiempo. Mientras tanto, puede tener una sola, la de no encallar gravemente en el piélago de Europa y la de no acompañar a la catástrofe a potencias de destino muy dudoso.

Sólo existe hoy en Europa una política cuyo futuro difícilmente chocará con el nuestro. Es la política de Alemania, cuyos pasos internacionales conviene mucho a España tenerlos presentes, por si a lo mejor descubrimos una serie de fecundas intejrferencias.

Pero con toda cautela, porque nuestra España tiene que evitar que se entrecruce con su ruta ascensional cualquier compromiso que la detenga y paralice.

 

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