XXV Aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera     
 
 ABC.    23/11/1961.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

XXV ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA

AL estudiar la figura "señera y trascendente" de José Antonio, adjetivos de la pluma de Franco, en una carta histórica, la primera cosa que nos pone admiración es la sencillez y elegancia con que se desposee desde que pisa el campo político hasta su epílogo, digno de un mártir en el circo romano, de cuanto de grato y amable le ofrece la vida, que era mucho y sin tasa, conforme a su condición y nobleza, para entregarse en plenitud de voluntad y de conciencia a la misión, aceptada de buen grado, pero impuesta por las calamitosas circunstancias en que vivía España. "Todos—decía a quienes le seguían—estamos dispuestos a llegar hasta el supremo sacrificio por cumplir nuestra misión. Misión en el neto sentido de la palabra en el sentido religioso."

José Antonio no preciaba ni amaba la política. "A mi—le confesaba a Agustín de Foxá—, lo que me gustarla verdaderamente sería estudiar ´Derecho Civil e Ir a la caída dé la tarde a, un café o a Puerta de Hierro k charlar con los amigos." Aficiones naturales y por lo mismo deleitables. Huía dé la política, pero la política le envolvía en su emponzoñada atmósfera. Irrumpía en su hogar y en el de todos y alteraba hasta los sentimientos más íntimos. José Antonio sintió despertar su vocación política al recibir el telegrama anunciador de la muerte de su padre: "Este telegrama íue la brden que me obligó a abandonar los quehaceres de mi carrera y salir de mi casa para impedir que vuelva a España aquel régimen de que nos libraron los hombres de la Dictadura."

Abandona los quehaceres de su carrera y, a una con ellos, bienestar y comodidades que un mozo favorecido con tal abundancia de dones puede apetecer, para cerrar voluntariamente las puertas a las satisfacbiones temporales y humanas, con el rigor con que el profeso en una comunidad religiosa renuncia a riqueza, hermosura y a toda suerte de bienes terrenales, para preferir lo áspero, difícil y arriesgado. ´En aquel momento la política española, siempre intrincada y virulenta, está en plena erupción revolucionarla, cuyos torrentes de lava arrollan y aniquilan cuanto se interpone en su avance. Combatir al monstruo recuerda el gesto del caballero andante en cualquiera de sus quiméricas aventuras contra los endriagos.

El carácter de José Antonio se forma en continua lucha. "Nadie se juega la vida por un bien material. Los bienes materiales, comparados unos con otros, se posponen siempre aí bien superior de la vida. Cuando se arriesga una vida cómoda, cuando se arriesgan ventajas económicas es cuando uno se siente lleno de fervor por una religión, por una patria, por una honra o por un sentido nuevo de la sociedad en que se vive." El aprendizaje ha de hacerlo sin maestros ni tratados, pues ni unos ni otros le ensenarían nada aplicable y conveniente al caso peculiarisimo de España. La defensa hay que Improvisarla a la española, con íilos y aceros de urgencia. José Antonio elabora la doctrina, la ordena y perfecciona, la predica, gana prosélitos, vence desconfianzas, se multiplica, adapta su lenguaje al carácter de sus auditorios de intelectuales u obreros, de estudiantes o de campesinos, de mitin o de cfcculo de estudios, y de todos sabe hacerse comprender y admirar, por su excepcional vigor dialéctico y por la grandeza de su corazón.

Más de veinticinco años después de pronunciadas o escritas las palabras del fundador de la Falange, conservan lozanía y actualidad, y todavía destellan loa aciertos del vidente. Probada su verdad han inspirado gran parte de la obra del nuevo Estado, pues en ellas estaban las claves, principios y bases de una política, sin haberse agotado su fecundidad.

Durante la etapa fundacional la vida de José Antonio es mitad de monje y mitad de guerrero. "Lo religioso y lo militar son los dos únicos modos enteros y serios de entender la vida." Austeridad y valor, los dos pilares en que desea asentar su obra. Una política creyente en el respeto al hombre portador de valores eternos y con fe en la grandeza de ¡España. Esto constituye el eje de su pensamiento y de su acción, dirige sus actos, impregna su elocuencia y sus escritos y sobrevive como resplandor de su espíritu que Ilumina y marca con su sello el resurgir nacional.

Pero cuando José Antonio se magnifica y su alma da la talla de sus exactas proporciones y la medida de su fortaleza se en el rápido y trágico desenlace. Oficio es el bien morir, dice el clásico, que conviene aprender toda la vida. ¿Qué otra cosa hace José Antonio desde sus mocedades inquietas por el continuo trastorno nacional? En los últimos años enmarañados, de porfiada lucha, sabe muy bien cuánto arriesga en la empresa, como lo testimonian sus escritos y discursos, sin que el peligro, siempre latente y próximo, le conturbe ni detenga su marcha.

Ante la Inexorable y cruel realidad, a pocos pasos del lugar de la ejecución, a contadas horas de cumplirse la terrible sentencia, su espíritu conserva su Integridad y armonía. De la lúcida y serena coordinación de su mente, del sosiego de su corazón, dan testimonio las trece cartas escritas poco antes de la muerte. Ni una arruga, ni una crispación, ni siquiera un levísimo temblor de su voluntad rígida, como el roble cuando arrostra la tormenta. Ni gesticulaciones teatrales, ni palabras enfáticas. Tampoco desfallecimientos, Inhibiciones o desmayos, tan propíos de la humana flaqueza. Apacible fluir: del pensamiento, al despedirse de sus familiares y amigos, desde la otra orilla.

"Me horripila—se queja en la carta a Sánchez Mazas—morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta. Quisiera haber muerto despacio, en casa y cama propia, rodeado de caras familiares y respirando un aroma religioso de sacramento y recomendaciones del alma, es decir, con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional. Pero ésta no se eílge: Dios quizá quiera que acabe de otro modo. El recoja mi alma, que ayer preparé con una buena confesión, y me sostenga para que la decorosa resignación con que muera no desdiga junto al sacrificio de tantas muertes frescas y generosas como tú y yo hemos conmemorado Juntos."

"La muerte—ha dicho José Antonio durante un paseo por Roma—es sólo la forma de la vida." Y todos los actos de su vida parecen concluir trascendidos a esa honra. Y mayor es la virtud cuanto mayores son las dificultades que la asedian. En sus horas finales, José Antonio resume todas las enseñanzas de su vida, y destila en breves lineas, dignas de ser cinceladas, los deseos de su alma, transparentados hasta sus más recónditos pensamientos. "Pido a Dios me conserve la decorosa conformidad con lo que preveo; espero la muerte sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios Nuestro Señor, en lo que tenga de sacrificio." "Moriré confortado con el ejemplo de tantos que cayeron más Jóvenes que yo y más humilde y silenciosamente." "Dentroxde pocos momentos, estaré ante el Divino Juez que me ha de mirar con ojos sonrientes." "He arrastrado la fe de muchos camaradas míos en medida muy superior a mi propio valer. Que los camarades que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos." "Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia." "Acepto la muerte con alegría, porque no sé si en otra ocasión estaré más perparado."

Esta fue la última lección de José Antonio, y con tan superior dignidad y belleza supo coronar su obra y su vida, a la luz Indecisa del amanecer del día 20 de noviembre de 1930.

 

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