Autor: Girón de Velasco, José Antonio. 
   José Antonio y lo social     
 
 Arriba.    19/11/1961.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

JOSÉ ANTONIO y LO SOCIAL

Por José Antonio GIRÓN

JOSÉ Antonio era un político nato. Su formación jurídica, muy profunda, no hizo más que poner en valor aquella naturaleza. Sin ella quién sabe si la condición nativa no le hubiera hecho desviarse por canales antiguos o tan modernos que podrían desembocar en aquella sima a la que se arrojaron tantos espíritus jóvenes de su tiempo. José Antonio, tocado por la vara del genio, amaba, sin embargo, dos cosas que parecen antitéticas: el orden jurídico y la Revolución Social. Y no son antitéticas. No lo eran en su tiempo ni lo son ahora. Porque la constitución de la Sociedad, en orden a la Justicia Social, es puro desorden. En tiempo de José Antonio lo era mucho más.

Su mirada del hombre de Derecho incidía sobre una Sociedad torcida. Una Sociedad llena de deformidades. Una Sociedad contrahecha, viciada, monstruosa. Y, o el Derecho se hacía torcido como ella o la Sociedad se enderezaba para ajustarse al Derecho y vivir dentro de su orden. Para José Antonio el Derecho no era sólo una ciencia. Tampoco era solamente "el conjunto de principios, preceptos y reglas a que están sometidas las relaciones humanas en toda Sociedad Civil y a cuya observancia se puede ser compelido por la fuerza". Para José Antonio el Derecho era un principio sagrado de convivencia, nacido de la esencia misma de la Justicia. Ajustar la Sociedad, que no es más que una realización humana, a los principios de Derecho sólo podría hacerse mediante la Revolución. La Sociedad burguesa, oligárquica, hubiera preferido revolucionar el Derecho a su favor y no revolucionarse ella a favor del Derecho. José Antonio, tajantemente, con aquella fulgurante rapidez que era propia de su temperamento, saltó de las dudas a la lucidez. Había que hacer la Revolución Social para. instalar el reinado del Derecho.

Quienes conocieron a José Antonio superficial mente, o quienes sólo vieron de su personalidad avasalladora la vertiente estética, suelen insinuar que José Antonio era un hombre altanero. Eso es una blasfemia y, además, una tontería. José Antonio era uno dé los seres más humildes que he conocido en mi vida. Naturalmente, era humilde ante lo puro, lo auténtico, lo inmaculado, lo verdadero. Si a veces le chirriaba la voz y se le notaba asco en el gesto, era porque se encontraba ante hombres y hechos sofisticados, ante falsificaciones. José .Antonio se irritaba solamente ante los "tlascaltecas" de la Falange, gentes frivolas o jugadoras a la baraja, seducidas por lo que encontraban en la Falange de clandestino o que hacían una "postura" en el paño falangista, acaso adivinando su éxito futuro. Con éstos José Antonio era implacable y ni siquiera se esforzó en convencerles de la nececidad de ajustar la Sociedad al Derecho por medio de la Revolución.

Y era tan humilde y de tal manera le urgía a su espíritu resolver la ecuación Sociedad-Derecho, que no vaciló un instante en ir a buscar los instrumentos de la Revolución Social precisamente donde estaban: en lo doctrinal, en su propia cultura social o en la de sus colaboradores a quienes juzgó preparados. En el terreno de la acción buscó el único instrumento legítimo: el pueblo.

Tribuno de la plebe, fue a buscarla allí donde las raíces más profundas del genio español estaban clavadas hasta el tuétano: en el campo. El primer auditorio de José Antonio, ya encaminado hacia la Revolución, fue un auditorio de campesinos: labriegos de las dos Castillas, pegujaleros de Andalucía y de Extremadura. La primera Centuria uniformada que desfiló ante el Jefe de la Falange fue una Centuria de privilegiados. Fue una. Centuria de labradores y de pastores extremeños. El amaba sobre todas las cosas al pueblo y jamás ignoró ni una sola de sus creencias. Sin embargo, de todas ellas hubo una. que le laceraba el corazón: la carencia de la cultura. El tenia prisa por darle al genio popular toda la jugosidad necesaria. Le ahogaba la cortedad de los recursos que aquel genio, tan patente en la mirada de los labriegos y de los obreros, disponía para desplegarse. Y toda su obra política, toda su palabra, están impregnadas de esta preocupación: devolver al español la perdida condición de sujeto presente en el devenir de la cultura; dotarle de armamento político, intelectual y económico; ponerle en el camino de las únicas libertades válidas. J´Sólo se es libre cuando se es ciudadano de un pueblo libre." Con estas palabras no aludía a la libertad retórica, de la que tantos pueblos esclavos alardean.

Para ser verdaderamente libre hay que poseer con toda plenitud esas únicas libertades de mandar, de saber y de poseer. Eso era lo que traspasaba el corazón de José Antonio. Eso era lo que iba a buscar en las altiplanicies manchegas, o junto a los pescadores del Cantábrico, o junto a los mineros, o junto a los talleres y las fábricas. Y muchas veces el Jefe muerto se dolía de que aquellos hombres, cuya nobleza y cuya inteligencia estaban tan patentes, carecían del instrumento cultural necesario para hacerse presentes con todo derecho en la vida de su Patria; es decir, que carecían de la libertad de saber, encadenados como estaban por la ignorancia, igual que estaban encadenados por la miseria y por la tiranía. Para ser libres y conservar la libertad hay que ser fuertes. Y la fortaleza del hombre reside en su inteligencia y en el adiestramiento de esa inteligencia.

Cuando se rememora la colosal figura del Jefe muerto conviene meditar sobre lo que él esencialmente era.: un revolucionario social. Y conviene acercarse a la fuente inagotable de su genio político para tomar de ella el agua pura. No para enturbiarla; no para añadirle ingredientes adormecedores que conducen a la nostalgia de cosas bellas, de formas desvanecidas o de recitaciones somnolientas que, para muchos, el tiempo ha separado de la llaga viva abierta en el corazón gigante del Fundador. Y lo que importa es la llaga. Y la llaga, camaradas, está abierta. Y ya sabéis cuál es nuestra obligación. Atentos "a la voz de mando que nos guía"; estad siempre de imaginaria.

Lo que José Antonio nos exigió entonces es lo que Franco nos exige ahora: fidelidad al Derecho, que es la cristalización de la Justicia, su "precipitado histórico". Y fidelidad a la Revolución. Fidelidad a otras cosas, no. La cara es lo que importa; no el espejo. Y esto quienes lo saben bien son ese labriego, y ese obrero, y ese intelectual que desfilaron el 17 de julio de 1961 ante el Caudillo que les condujo a la Victoria, llevando en el corazón, y en el pensamiento, y en el paso, y en la mirada, el mensaje de los que dieron su vida por todo eso luchando en la Cruzada que empezó hace veinticinco años. Que no lo sepan los demás no importa.

(Del libro "José Antonio´´, editado por la Delegación Nacional de Organizaciones del Movimiento en el XXV aniversario.)

 

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