Autor: Arrese Magra, José Luis. 
   Imagen de España en el pensamiento de José Antonio     
 
 Arriba.    19/11/1961.  Páginas: 3. Párrafos: 51. 

Traslado de los restos mortales de José Antonio. Ciudad Universitaria de Madrid. Noviembre dél1939

IMAGEN DE ESPAÑA EN EL PENSAMIENTO DE JOSÉ ANTONIO

Por José Luis de ARRESE

CUANDO José Antonio dijo "Amamos a España porque no nos gusta", no trató de hacer una frase cargada de ingenio, sino de enlazar en pocas palabras dos cosas importantes y, hasta cierto punto, clave de su más acariciado pensamiento.

Una de ellas iba encaminada a definir a España; la España que no nos gustaba, objeto y objetivo de nuestro Movimiento. Otra, a proclamar ante sus cantaradas el modo de ser que debían seguir como norma.

De España decía que era digna de ser amada. Y por ello, porque merecía la pena del amor, decía también que cuanto menos grata fuera, más debíamos trabajar por elevarla y más debíamos hacerla objeto de nuestra preferencia. A sus camaradas decía que no amaran las cosas por el gusto que dan, sino por el mérito que encierran: como se ama a un libro por lo que es y no por la encuademación que tiene.

Pero voy a dedicar unos minutos a meditar sobre la imagen de España en el pensamiento de José Antonio y no quiero extenderme demasiado, comentando esta segunda parte, este modo de reaccionar a lo celtíbero (que es la base de nuestro temperamento), o a lo Quijote (que representa en el siglo XVII la constante del carácter español), o a lo falangista (que sigue en el siglo XX la huella permanente de la raza). Además se ha hablado mucho de ello y hasta se le ha dado un nombre propio, "estilo", que no significa postura, ni gesto, ni nada de eso que adoptan los comediantes en escena, sino autenticidad.

Hacer algo con estilo es someter los sentidos del cuerpo a las potencias del alma; es renunciar a la piel de las cosas para calar en el fondo y vincularse á la entraña; es convertirse en paladín de la verdad, en caballero andante de la justicia, buscándola y sirviéndola aunque no reporte beneficios, aunque traiga perjuicios el hacerlo; es evitar la sonrisa a destiempo, esa sonrisa que únicamente se utiliza para agradar a los vulgares o, lo que es peor, para no desagradar a los poderosos.

El que no tiene estilo tiene alma de masa y vive sumergido en la opinión de los demás; cuando piensa, trata de amoldarse al pensamiento ajeno, y cuando habla, mira a un lado y a otro con avaricia, porque necesita encontrarse arropado en el aplauso para seguir perorando y para sentar plaza de valiente.

El que no- tiene estilo ama las cosas porque le gustan, y no como los padres, que tanto más quieren al hijo cuanto más desvalido lo encuentran.

* * *

España no nos gusta; sin embargo, es cosa que merece la pena, y por eso la amamos con fuerza, y por eso ante el grito conformista de "¡Viva España!" levantamos nosotros el "¡Arriba!", que sueña con verla subida al lugar que le corresponde. Pero decir que no nos gusta es decir que hay otra que sí nos podía gustar, y aquí empieza el tema que se me ha adjudicado: ¿Cómo estaba reflejada en el pensamiento del Fundador la imagen de una España atrayente?

Ante todo grabemos en el pórtico de estas líneas la diferencia que en esto, como en otras muchas cosas, alejaba el pensamiento falangista del pensamiento liberal; Para José Antonio, España es una empresa; para el liberalismo, es una geografía. Para José Antonio, España es una tarea a realizar, una tarea en la que no hay que confundir el estar mejor con el ser mejor; para el liberalismo, es una parcela a conservar, una parcela con sus murallas y sus fosos, una parcela con vistas hacia dentro, sin paisaje exterior; una parcela sin pensamiento o, mejor dicho, con el pensamiento que cada cuatro años salga de las urnas; una parcela en la cual, contrariamente a la idea joseantoniana, no se trata de ser, sino de estar.

Y es importante grabar esa diferencia, porque de ella, de esta doble concepción metafísica y física de España, parten las dos definiciones que José Antonio, por un lado, y el liberalismo, por otro, dieron a la "suprema realidad de España". Para José Antonio, España es una unidad de destino en la universal; para el liberalismo, es un territorio de quinientos mil kilómetros cuadrados encerrado en los límites naturales de sus montes Pirineos y de sus mares profundos.

Da un poco de rubor, a los veinticinco años de muerto el Fundador, repetir estas cosas tan elementales; pero siempre conviene decirlas, porque siempre se encuentran "paletos" diciendo que esta definición joseantoniana, a fuerza de guardar filosofía y belleza, debe ser considerada como una frase arrancada de un soneto, pero no como la definición concreta de una misión política.

Son muchos, y no me refiero únicamente a ese grupo innumerable de gentes que resbalan sin fe por las cosas y dejan la vida encuadrada en su mera función vegetativa; ni menos aún a ese grupo, también infinito, por desgracia, de políticos con pereza mental que pululan cada día ¡as aduanas de los cargos dispuestos al sacrificio de aceptarlos. Son muchos, repito, los que preguntan, llenos de buena intención y con sana voluntad de aprendizaje, cuál es el destino importante que, para llevarlo a los pueblos y a los hombres del universo, se nos pide unidad.

Pues bien; el destino de España, la misión para la cual ha convocado á los hombres en los momentos más altos de su historia, la razón por la cual es un pueblo con empresa y no una muchedumbre con territorio, es la labor de unir al mundo en una tarea occidental y cristiana.

Hay otro pueblo, el comunista, que ha roto también con el molde liberal de Ja indiferencia y se ha encomendado a si mismo no la misión estática de defender la redondez de sus fronteras, sino la tarea dinámica de llevar su doctrina a los pueblos de la Tierra. Este pueblo también es una unidad de destino en lo universal, aunque no sea precisamente el Evangelio de Cristo el que venga a predicar.

Pero no levantó José Antonio la bandera de empresa para buscar parecido o diferencia con el comunismo, ni menos aún para vestir sus ideas revolucionarias con la piel inocente del hombre conservador y de derechas. El propósito de conservar, que suele traer consigo la afición al descanso y a la tolerancia, es bueno para los pueblos ricos o para los pueblos sin pasado. Los otros, los que Dios ha apartado de los bienes abundantes o viven vinculados al mandato de la historia, no pueden permitirse el reposo como norma y el respeto como sistema ;porque el reposo arruina, a la larga, por el camino de la vagancia; y el respeto, ese respeto a toda clase de opiniones, incluso a las que vienen a destruir la vida propia arruina, a la corta, por el camino de la idiotez.

España, por lo pronto, como país pobre y con blasones en el campo de gules del pensamiento, llevaba siglos vinculada a su fdéstino, y sólo la frivola opulencia económica, por un lado, y la ingenuidad política, por otro, pudieron apartarla de su recta función y dejarla reducida a la simple categoría de un país apagado; país sin brillo en los ojos y sin eco en la voz.

José Antonio levantó la bandera de empresa a realizar para volver a encontrarse con la España eterna. Porque España ha sido siempre así; más aún, porque no empezó a ser pueblo hasta que no encontró ese rumbo misionero, hasta que no tuvo voluntad de imperio; imperio de ideas, desde luego, que no se implanta con armas o con dinero, y que en nada se parece, por tanto, al significado que tienen los imperialismos del oro y del hierro; pero, al fin y al cabo, Imperio.

Históricamente empezó esto cuando los pueblos de la Península acertaron a reunir en un mismo cuerpo el ser de la celtiberia con la razón de ser del cristianismo; fue entonces cuando una existencia viril, puesta al servicio de una raíz inmortal, creó la más noble manera de entender la vida; fue entonces cuando España alcanzó para sí esa unidad de destino en lo universal que definió José Antonio.

Por ella, por la ambición de alcanzar esa plenitud misional, se lanzó primero a buscar la unidad interior, convirtiendo a romanos y godos y expulsando a moros y judíos, y por ella luego, en el terreno ya de lo universal, se lanzó a bautizar a las gentes de América y a luchar por la fe en las aguas de Lepanto y a defender el dogma .en el Concilio de Trento.

Y más tarde, cuando la herejía amenazó con destruir Europa, fue ella, la Misión española, la que le hizo sentirse de nuevo llamada a un destino universal y le hizo defender el concepto de la unidad de los pueblos bajo el signo del espíritu, frente a la teoría nacionalista de una Europa heterogénea y neutra que surgía en los fríos contornos del Báltico.

La decadencia de España se inició precisamente porque aviso evitar la decadencia de Occidente, renaciendo aquella Europa una y varia de las Cruzadas con Estados libres en el gobierno y unidos en el destino; pero cayó derrotada en la paz de Westfalia, y Europa siguió su carrera hacia abajo, aceptando, primero, la ruptura espiritual que predijo Lutero y, además, la ruptura social encendida por Marx.

La España que tenía grabada José Antonio en lo más solemne de su pensamiento era la España de los Reyes Católicos, hecha con yugos para alcanzar la unidad y con flechas para llegar a las últimas esquinas del universo.

* * *

Pero esta misión no ha venido a ser clave de España por ese misticismo nacional de que tanto se nos tacha, ni simplemente porque haya informado la parte más solemne de la Historia: José Antonio la trajo a presidir su doctrina porque es. sobre todo, la verdadera.

Porque los pueblos pueden tener fines ocasionales más o menos variados, pero sólo uno puede ser su fin supremo, que coincida con el fin supremo del hombre;"es decir, la misión colectiva de los pueblos, en su última instancia, no puede ser otra que la misión individual de los hombres, elevada a la categoría de norma.

No vale decir que el pueblo es una junta de individuos, porque el individuo no existe; lo que existe es el hombre, envoltura corporal de un auna capaz de salvarse y de condenarse, y no cifra o escultura abstracta; ni basta con decir que a la sociedad no le importa el pensamiento de cada uno, sino las formas exteriores de convivencia; porque en ésas, como en todas, palpita la realidad del hombre, y en ésas y en todas labora a diario un trozo de su destino eterno.

Dios ha hecho al hombre, sí, con libertad para salvarse o para condenarse; pero la sociedad no puede basarse en esta libertad para organizarse de modo que pueda ofrecer al hombre el doble camino del bien y del mal.

Esto lo traigo aquí aun a riesgo de dejarlo confuso, porque he apuntado un tema sin tiempo de perfilarlo, para salir una vez más al paso de aquellos que a fuerza de querer vincularnos a los fascismos llaman totalitario al Estado que nosotros propugnamos.

El totalitarismo, que, por otra parte, tiene menos de fórmula fascista que de fórmula implantada en las democracias populares de los países comunistas, es un sometimiento del hombre al fin supremo del Estado; el falangismo es un sometimiento del Estado al fin supremo del hombre. La Falange, por tanto, no busca el montaje de un Estado totalitario; lo que busca es la unidad de los hombres en su comunidad de destino; lo que quiere, porque en ello reside la esencia filosófica del Occidente, es que esa unidad de destino pueda llevarse a todos los pueblos del universo.

Ahora se habla mucho dé los Estados Unidos de Europa. Pero, ¿unidos en qué? La diplomacia no une, ni la fuerza, ni la economía. ¿Es que ahora no existen esas tres unidades a través de la ONU, y de la NATO, y de la OECE? En los años redondos de la Edad Media no existían organismos internacionales; pero existía un mismo sentido espiritual y una misma manera de entender la vida, y bastaba la voz de un Pedro el Ermitaño para que los príncipes dejaran a un lado sus muchas diferencias.

Entonces también andaban sueltas como ahora las fuerzas del bien y del mal; pero había una claridad en la mirada y la angustia no apretaba las gargantas porque, al menos, se sabía que el bien era bien y el mal era mal.

Lo peor del siglo XX no es que queramos vivir desunidos: es que no acertamos a ver dónde está la verdadera unidad.

* * *

Las consecuencias que de esta definición jo-seantoniana se derivan para la estructura orgánica del sistema falangista son infinitas y me llevaría su enumeración no a escribir un capitulo para este libro, sino a dedicar un libro para este capítulo. Por eso tengo que quedarme parado en la simple definición; pero, a título de ejemplo, voy a dedicar estas líneas finales a comentar una que, en realidad, es la base de nuestra unidad política.

La definición joseantoniana de España marca la norma trascendente del pueblo español, que liga su destino al principio y fundamento deja existencia humana. Pero la aceptación de esta norma exige a su vez la enunciación de los principios que la informan, y la proclamación de estos principios exige la creación de un sistema de vigilancia para que el tiempo no se encargue de borrarlos. Este proceso inevitable nos lleva a un montaje especial, que es lo que caracteriza al sistema español y lo que más desconcierta al ´observador imparcial.

Efectivamente, para el liberalismo, que cimenta su presencia en el individuo (transeúnte por la vida, ente físico que, por coincidir en el tiempo y en espacio con otros individuos, establece con ellos un "contacto social" que les permita tolerarse), no hay verdades permanentes, sino bases de convivencia ocasional. Estas bases son tanto más acertadas cuanto menos se ínter? Reren en las opiniones de cada uno, y el sistema que las cobija es tanto más eficaz cuanto más útil sea y permita mejor el libre ejercicio de la voluntad mayoritaria.

Para el falangismo, en cambio, que parte del hombre en toda su integridad y, por tanto, reconoce la presencia de dos clases de normas, unas permanentes y otras contingentes, existe un manojo de principios fundamentales, muy pocos, desde luego, y muy esenciales, porque únicamente alcanzan a los que por esencia deben quedar al margen de toda discusión, pero que traen a su vez un propio sistema de garantía para que no se diluyan y para que así podamos con toda legitimidad dejar los otros, los que están en función de la circunstancia, a la opinión cambiante de los hombres.

Este sistema de garantía no impide la existencia de los órganos normales de expresión y contraste de las cosas opinables; pero retira del mercado aquellas que son esenciales para el vivir de España, y que deben quedar, por tanto, fuera de toda controversia. En consecuencia, este sistema requiere inexorablemente la presencia de un organismo de amparo; un organismo que al margen de los otros, nacidos para discutir lo discutible, garantice la vigencia doctrinaria del Movimiento a lo largo de los tiempos; un organismo especie de Cámara política, creada única y exclusivamente para esta función; como la Iglesia creó los Concilios para mantener el dogma; como la misma República española, tan demócrata y tan parlamentaria, creó el Tribunal de Defensa para garantizar su permanencia; como todos los países establecen sus Consejos de Estado para observar la" pureza legislativa mientras dura su vigencia.

El liberalismo, cuya sustancia normativa son las bases de convivencia social que de tiempo en tiempo se establecen, ignorando oficialmente la existencia de las otras, no concibe la función de este organismo vigilante. Pero como.no por eso dejan de existir aquellas que hemos dado en llamar verdades permanentes, sucede a menudo, y de hecho es la quiebra más grave de todas las que acompañan al sistema parlamentario, que cada vez que alguien siente la ter.tr.ción de pontificar, o cada vez que la discusión de una norma lleva, aunque sea de modo tangencial, a rozar uno de aquellos principios que debieran respetarse, se plantea un escrúpulo de conciencia parlamentaria sobre si es o no órgano soberano de decisión, y se acaba, indefectiblemente, invadiendo sin ningún respeto los temas más sagrados y los más sacrosantos recintos del pensamiento.

Se dirá que hace mal y se cubre de oprobio quien se pone a discutir las cosas más sublimes de la Patria o de la conciencia a pesar de que están por encima de las opiniones; pero nosotros, ante la realidad de que, bien o mal hecho, sucede así y de que la historia del último siglo español está llena de tristes y sangrientas consecuencias, preferimos abrir los ojos a la realidad y, en lugar de empezar levantando la veda a los trazadores de votos y permitiéndoles el ojeo de los dogmas nacionales y del espíritu, para luego acabar corrigiendo con ríos de sangre los abusos producidos, preferimos, repito, aceptar que por encuna del contrato social y de cualquier acuerdo de buena compostura hay una serie de valores permanentes que deben quedar al amparo de toda especulación política.

Por la sorpresa que en muchos ha sembrado este concepto «e ha dicho, y en parte es el argumento que emplean los que nos conocen para decir que no nos quieren, que nuestro sistema es inaceptable porque venimos a ser algo así como los castradores del libre albedrío de los hombres, queriendo que la participación del pueblo en las funciones políticas se realice a través de un único y oficial partido.

En este mundo confuso y de tantas democracias nadie puede estar bien informado de las cosas ajenas y, por tanto, yo tampoco aseguro si esto del partido único es lo que quiere el comunismo, ni si fue lo que quisieron los fascismos; pero lo que sí aseguro es que nc es lo que predicamos nosotros: lo que nosotros queremos es el Movimiento único, no el partido único.

Nosotros queremos, porque además es lo que se ha hecho siempre que se ha querido mantener una doctrina y es lo que se hizo incluso cuando a las normas más o menos esenciales de la Patria se las llamaba Constitución y se cantaba el trágala" por las calles, que el ser de España, ese ser que nosotros consideramos tan esencial que ha merecido la pena de una guerra para rescatarlo, ese ser vinculado a su unidad de destino, se perfile en unos principios fundaméntales y que, una vez hecho, sean declarados únicos y para todos, aunque luego, en el modo de servirlos o en el deseo de consagrarse a la defensa de alguno con singular predilección, haya tantos caminos como aspectos tiene la propia psicología del hombre o sus propias aficiones.

Y aquí mismo, no solamente en aquellas cosas que por ser discutibles he dicho que pueden y deben quedar sometidas a toda discusión, sino en estas retiradas de la circulación polémica, no porque tengamos una particular afición a las dictaduras, sino porque hemos quedado en que están por encima de los cambios de opinión, aquí mismo, repito, se perfila ya otra interesante forma de participación política

Porque si alguien quiere dedicar su vocación pública a propagar, por ejemplo, la doctrina social contenida en los principios fundamentales del Movimiento, atrayendo hacia ella la atención de las masas, ¿qué duda cabe que, dándose o no cuenta de ello, llamándolo o no por su nombre, lo. que está procurando hacer es una conciencia colectiva, un estado de opinión, un grupo de presión sobre el mecanismo legislativo que en nada se diferencia de lo que otros califican de partido político?

Lo que sucederá es que nosotros, para que al ruido de un tema tan legítimo y tan defendible no se meta de matute la doctrina social de otro pensamiento diferente, no permitiremos este grupo de opinión sino dentro de la cámara política y siempre que se haya comprometido a ajustarse en todo a la doctrina sustentada en los principios fundamentales.

Se dirá que para esto es preciso crear la estructura orgánica del Movimiento y establecer con perfil concreto la forma y funciones de esa cámara política que hoy apenas está presentida .en el Consejo Nacional y que es la llamada a congregar a todos los grupos v diferentes modos de servir al Movimiento.

Claro está, y no porque esté pendiente todavía una parte de la tarea legislativa se puede decir que tienen razón los indocumentados que definen a su gusto el perímetro de nuestra constitución política.

Por de pronto, ahí están claras como el agua las últimas consignas del Caudillo elevando a rango de declaración pública y solemne algo que no por sabido deja de tener trascendencia. El Caudillo ha repetido en Burgos, ante el Consejo Nacional, que no se debe confundir al Movimiento con la Falange, como no se puede confundir la religión con la Iglesia.

La religión es la doctrina, es el cuerpo ideológico contenido en los mandamientos y en el dogma; la Iglesia es el órgano vivo de congregación humana, y nadie puede negar que son muchos y muy diferentes los caminos que la Iglesia ha abierto para servir a Dios según las vocaciones respectivas.

No sé si´me he ajustado al tema que se me dio, o si he derivado la teoría por la suave y tentadora pendiente de la aplicación práctica.

Entiendo, sin embargo, que de poco o de nada serviría ahondar en el pensamiento de José Antonio, sobre todo cuando se remonta nada menos que a la definición, si no ofreciéramos al mismo tiempo un paisaje sucinto de aplicaciones prácticas.

Decir que España está concebida como empresa y no decir cuál es, o hablar de ´la frase que la define y no meditar sobre el modo de llevarla a la práctica, es tanto como quedarse en la más elevada filosofía, con el riesgo de volver a escuchar, como tantas veces hemos escuchado, que la Falange es un Movimiento romántico sin demasiadas esperanzas de arraigo en el corro de las fórmulas políticas modernas.

Ciertamente, el mal que aqueja a este Movimiento nuestro, tan noble y tan vituperado, es no haber alcanzado todavía las últimas consecuencias prácticas de su maravillosa doctrina y no haber montado aún el sistema correspondiente a su doble faceta legislativa y práctica; pero los Movimientos son lentos, tanto más lentos cuanto más profundos y revolucionarios son.

Nuestra misión consiste en activar la puesta en marcha del sistema, y mientras tanto, en predicar incansables para que nadie achaque la lentitud que observa a falta de horizonte o a que nos hemos perdido en la bruma del camino.

Si a ello contribuyen en algo las páginas anteriores, considero que he cumplido la misión encomendada y fue he rendido un pequeño servicio a la Falange del Caudillo, divulgando el pensamiento de José Antonio.

(Del libro "José Antonio", editado por la Delegación Nacional de Organizaciones del Movimiento en el XXV aniversario.)

 

< Volver