Autor: García Serrano, Rafael. 
   Panorámica sobre José Antonio     
 
 Arriba.    19/11/1961.  Páginas: 7. Párrafos: 52. 

PANORÁMICA SOBRE JOSÉ ANTONIO

Por Rafael GARCÍA SERRANO

Este hermoso poema se titula «Alicante» y lo escribió Marcelo Arroita-Jauregui. Con el quiero abrir esta rápida biografía de José Antonio, compuesta con mochas cosas sueltas escritas anteriormente y, sobre todo, fondada con dos grandes reportajes que ARRIBA publicó nace muchos años.

El mar, azul oscuro. Oscuro azul, el cielo. Una palmera rota sobre el otoño quieto. Vuelve el sol.

Las sirenas retumban en el puerto. Acabará mi estirpe sobre ese claro duelo. (Al alba le mataron al caballero.)

Los primeros pasos

LA turba infantil revuelve la casa. Nada hay más hermoso que una casa entregada a una pandilla de niños; es el inefable momento en que se descubre cómo la parte inferior de una mesa es nada menos que una isla desierta, y el flequillo del tapete el borde de la selva misteriosa. Se dibujan planos con el escondrijo del tesoro—planos que tienen el mismo delicado y balbuceante temblor de las primeras cartografías—y se enciende la imaginación en el más estupendo de los juegos. Pero también puede hacerse teatro; es muy divertido. Basta con que entre los chicos y las chicas que componen la tribu haya un dramaturgo. En España esto no resulta difícil. En seguida brota el dramón, bien ensangrentado, bien próximo a las últimas lecturas, a la última ´impresión. José Antonio lee los libros que acomodan al aire de su casa paterna, aire demasiado urgente y vivo para estar al tentó de las novedades, para (rita los valores que se descubren cada día. Por eso sus lecturas van del duque de Rivas a Campoamor, pasando por don José Zorrilla; a los clásicos del romántico XIX, que acaba de terminar. Los dramas que escribe el primogénito de los Primó de Rivera—nos lo han recordado con ternura sus compañeros de juegos—son dramones espantosos y atacados de Historia. «El noble godo»; este apelativo ganaría José Antonio por mostrar reincidentemente su vocación para el drama histórico.

Capitanea a sus hermanos, a sus primos y a sus amigos. Tiene ya un cierto sentido tutelar, ese tacto sereno, atrevido y protector que caracteriza a los hombres dotados para el manda La herencia contribuye a esta virtud: José Antonio es hijo de un militar de clara estirpe. Son ya dos generaciones—la tercera nos alcanza en la carne y en el alma—muy destacadas en el servicio de la Patria, siempre en los puestos del peligro y del honor. Corre por sus venas sangre que ha peleado en las últimas palestras universales de España; sangre que se ha vertido por España, dentro y fuera de España, igual en los sitios de Zaragoza que en las guerras carlistas o en la hoguera del Imperio, que crepita y se apaga. Hay como una predestinación dinástica en su apellido; como si una estrella alta y trágica marcase su nombre para los trances en que es preciso sacrificar más, entregarse más y morir. Sencillamente: morir.

El primer marqués de Estella enlaza a José Antonio con la vida turbulenta del siglo XIX; José Antonio copia o recibe el dictado de sus Memorias. Su padre trae a la casa la inquietud de cada día, la eterna inquietud de una España que languidece y se empantana sin pena ni gloria. Sin más pena ni más gloria que la de los «nipos africanos. La política roza con su ala la frente del este muchacho. Don Miguel Primo de Rivera no se resigna a dejar que la cosa pública pase sin su aprobacíón o su censura; generosamente se entrega a ella. «Cada vez que mi padre pronuncia un discurso tenemos que cambiar de casa», observa el chico mayor da los Primo de Rivera con cierto irónico realismo.

La orfandad—su f madre murió en 1908—acrecienta su despierto sentido tutelar. Es el hermano mayor y acoge severamente sus obligaciones con una precoz madurez. Estudios, primeros, ingreso, y un buen día ya es bachiller. -Dicen que aquellos destinados a algo verdaderamente grande suelen tenor un mediano espediente en su contacto de vanguardia con la ciencia oficial. Aquí se comprueba la posible verdad que encierra esta afirmación: notas discretas y nada que señale el futuro camino. Hay cierta consecuencia en varios sobresalientes: Lengua Castellana, Historia, Psicología y Lógica, rudimentos de Derecho…

Aritmética... (¡Ah, y un prodigioso e Inexplicable sobresaliente en Química!). Pero sobre todas las calificaciones, sobre todos los augurios, la voz del destino habla por boca del padre.

una tarde familiar y apacible, una de las pocas tardes familiares y apacibles que la vida reservó al general Primo de Rivera, contempla éste un retrato de su hijo mayor. Como una caricia, mirando al retrato, con sonrisa afable y complacida, con una sonrisa que sabe del dolor y de ^esperanza, del riesgo y del laurel, dice: «Este será un hombre del que hablará mucho la Historia.»

La Universidad, paisaje triste

Nosotros—los de Filosofía y Letras—ya vivíamos en otro mundo: aulas espaciosas donde entraba el sol, campos de deporte, ocasión de traducir a Píndaro después de correr los 100 metros y de mirar la Sierra entre verso y verso de santillana y de llevamos su color antes de girar visita al Prado. Aun asi, las crónicas de Eugenio Montes nos traían el perfume tentador de las viejas Universidades semanas no ha de extrañar, pies, que José Antonio, estudiante en San,Bernardo, añorando los dos años que no pasó en Heidelberg, dijese cierta vez a. este camarada: «Nuestra juventud, en España, en aquel polvoriento y triste caserón de la calle Ancha, sin paisajes, sin ríos, sin Humanidades; sólo artículos del Código y mesas de billar, es demasiado seca y triste.»

Llegada su hora, él ha de conseguir llenar de alegría la misión de la juventud. Será el rescate de su estancia en el antiguo convento de la calle de San Bernardo, y las proezas de sus camaradas, hincados en la Ciudad Universitaria, dando lecciones de buen morir con el fondo cortés y azul de la Sierra por escenario, un dramático homenaje al hombre que les llenó de fe.

José Antonio decide cursar Leyes. Al pronto su decisión le cuesta vencerse a si mismo en una ludia sorda y CT»"te (Seguramente que la carrera de las Armas tentaría su sangre con la vieja llamada de la tradición familiar. Pero en seguida encuentra el gusto del Derecho, y su pasión por la Justicia dotarla a sus estudios de una violencia que se acomoda con él temperamento militar de su casta. Adquiere habilidad retórica, ensaya en tes pasmos de la Facultad aa destreza pata la irania, condicion que en el transcurso de su existencia na de cuuvui´tir¿e en aquello que francisco Bravo llama su «feroz maestría pan d sarcasmo.

(Muchos años después pode leer esto: «Valiente, inteligente e Idealista, sobraba a José Antonio para ser dictador un humorismo agudo e irreprimible.» ¿Y quién te dijo a don Saltador de Madariaga, autor de las anteriores lineas, que José Antonio aspirase a dictador? ¿Quién supuso que la Falange aspirase a la dictadura?)

Años de trabajos y de lecturas: un bagate sorprendente . de incitaciones—la prosa de Ortega, os versos nuevos, la nueva Filosofía, libres franceses, libros ingleses, traducciones. Es el maravilloso instante en que cada día trae un descubrimiento. Por ejemplo, el amor. Por ejemplo, las primeras tachas. Nadie viva que no se naya pélenlo en la Universidad. Por el amor y por la pelea pasa José Antonio. Todo dejará nn recuerdo. Años más tarde, en días de sosiego, escribirá estos versos:

Un mundo nuestro

Vivamos en tí mundo. Pero ténganos nuestro mundo apearte en un rincón del alma donde tus horas y mis horas pasen, íntimamente, luminosamente, jfa que nos turbe nadie.

En Junto de 1923 termina su doctorado. En Junio de 1923 sienta plaza como soldado voluntario. Tiene veinte años. Va destinado al regimiento de Caballería número 9. Dragones de Santiago, de guarnición en Barcelona. El Capitán General de la región se llama don Miguel Primo de Bivera. Désete la dudad catalana, en septiembre de 1923, va a sacudirse la pereza de un régimen caduco y el pueblo español esperará ilusionadamente —de arriba a abajo—que ei general Primo de Bivera lance a la Patria por nuevos y gloriosos caminos. Don José Ortega y Gasset escritos por aquellas jornadas «Si el movimiento militar ha querido identificarse con la opinión panuca y ser plenamente popular, fasto e decir que lo ha conseguido por entero... Calculese la gratitud que la gran masa nacional sentirá bada esos magnánimos generales que, generosamente, desinteresadamente, han reamado la aspiración semísecular de veinte millones de españoles sin que a éstos tes cueste esfuerzo alguno.» Hasta Ossorio y Gallardo, que todavía no es pontífice de la juridteidad, pero que ya anda rondando el pontificado, opina: «Cuando los sublevados se jactan de haber recogido el ansia popular tienen razón. En lo intimo de la conciencia de cada ciudadano brota una flor de gratitud para los que han interrumpido la los veinte millones de españoles, de todos modos, van a tener que hacer su esfuerzo. Nada es gratuito en la Historia; pero aún faltan unos años para que esto se aprenda.

El hijo de Primo de Rivera

Mientras el Dictador vigila paternalmente a España, José Antonio trabaja en su despache de abogado. La popularidad del padre alcanza a los hijos, Muchas venturas pudieron cercar a José Antonio, pero no acepto más que las que se derivasen de su propia satisfacción. En cambio, esa misma popularidad del hijo de Primo de Bivera te pone en contacto con la mezquindad de los nombres. Gentecillas vites que esperan de él un apoyo pan sus pleitos inmundos. O, por el contrario, el día en que informa por vez primera ante el Suoremo, el que Bergamín—por treta política y profesional—se permita la insolencia de pedir e la Sala que antes de fallar se olvide del apellido que lleva el abogado de la parte contraria: Primo de Rivera. naturalmente. Como ¡a Sala acepta sin réplica la advertencia de Bergamín, es José Antonio quien contesta doblemente: con una cortés gallardía y con una solida argumentación que asombra al propio Bergamin, maestro indiscutible. José Antonio gana el pleito «con los mejores recursos de su aficion, y es publica y gentilmente reconocido por Bergantín como una de las altas figuras del Foro. De todas maneras, la inmundicia, la basura, la malignidad de ley hombre» te pone cerco. las desilusiones van marcando su mai átftei´, dotándolo de un escepticismo superior, llevándolo—sin que él mismo ae dé cuenta cabal—hacia el «amargo fumino de la critica». Vé con sorpresa primeriza como las geutea encuentran natural que la política enturbia la clara acción de la Justicia; esos magistrados que aceptan la advertencia de Bergantín, esos tipejos que hacen turno en su antedespacho solicitando sus servicios al par que la pretendida influencia del lujo de Primo de Rivera. Tiene que ver todo esto él, que «baria fusilar a tes jueces venales». El, que nos ha dicho: «No existirá jamás ana Patria mientras no exista una justicia.»

Pero es Joven, el mundo está ante sus ojos como el más fascinante espectaculo, y sabe que es preciso marchar adelante, despreciando la cabalgata de los canes. Aabaja. Vive en una alerta continua sobre la literatura, sobre el arte, sobre la filosofía. Vive la existencia cotidiana de un fiambre qns gana su pan, sin torres de marfil, sin exquisitos desdenes para el esfuerzo tte cada día. Es cierto que ejerce aquel magisterio de costumbres del que habría de habiamos. Refinado, alegra y entrañable, paladea con frecuencia la vena popular española. Es entonces cuando comienza a amar los viejos pueblos de ancestral cortesía, los campesinos que tienen el ademan de gentilhombres. La sociedad—esa buena sociedad de los Ecos que luego se asombrarla al verte capitaneando la Revolución Nacionalsindicalista—te abre sus puertas. Gusta de montar a caballo. «Ningún nombres que no sea nn buen jinete será capaz Ce gobernar un pueblo.» Su cerebro se ajusta con rigidez matemática—¡aquel lejano sobresaliente en Aritmética?—y adquiere la fleixibilidad que él tanto admirara en Napoleón. «Cuando quiero, cierro un cajón y abro otro.

Me olvido por completo del asunto que antes me ocupaba y me entrego de lleno al que me interesa sobre la marcha.» Mister Moore, embajador de los Estados Unidos, intimo amigo del general Primo de Rivera, quiere que José Antonio visite su país para especializarse en asuntos Crianderos. Advierte en él una magnífica posibilidad. Algo daría yo ahora porque los jóvenes norteamericanos, ya que no su indeciso clan dirigente, entendiesen la vida y la obra de José Antonio tal y como pudo entreverla, por pura adivinacion, su compatriota.

Con soto extender la mano, el hijo de Primo de Rivera tendría para st todas tes ventajas imaginables, todas las bienandanzas posibles. Pero él nada quiere que no sea ganado por él mismo. Solamente acepta, en ia aira de las traiciones, la gloriosa pesadumbre de ser pan todos y pan todo el hijo del general Primo de Rivera, el primogénito del Dictador. Cuando la conspiración pálatina da cauce a! descontento de los intelectuales y de los políticos apelillados y rencorosos; cuando una nave dotada abre las puertas de España a la revolución trar xista, entonces José Antonio recaba con sus hermanos el honor y la reivindicación del apellido. Son años enteros de lucha, de desafios, da bofetadas: desde el despreció basta el discurso, pasando por el puñetazo contundente, la dialéctica de José Antonio se esfuerza en conseguir para su padre el Juicio desapasionado de los hombres, el respeto, el elogio de lo positivo que hubo en su labor, y nadie como él saba llegar al análisis más certero de las inevitables equivocaciones de su tarea. Quizá de ahí parte su concepción política. Estos años llevan hasta él el jugo amargo de las traiciones. Cuando su palabra convoque sabrá muy bien a quiénes ha da dirigirse. Sabrá que en España nada es posible str. la generosidad de la juventud, tan dadivosa, que hasta su arribo a la vida pública solamente sirvió de baza en el tanteo sucio y oculto de los profesionales de la política.

Un día de octubre

«Cuando un hombre ama la política, sus hijos suelen aborrecerla.» Según su propia afirmación, él debería haber aborrecido la política. Por otra parte, aquellos versos expresaban con precisa diafanidad su deseo de alejamiento, su gusto por la paz, casi un programa de vida:

...donde tus horas y mis lloras pasen intimamente, luminosamente, sin que nos turbe nadie.

Y, sin embargo, llega un momento en que la política tienta a su despierta madurez. Tiene treinta años escasos. Una espléndida formación. En su torno, sin haberlo buscado, hay una aureola que da esperanzas a las juventudes revolucionarias y nacionales. También algún caduco pone sus ilusiones en él. pero el desengaño «era brusco. .José Antonio pertenece a su tiempo y no le gastará en el rescate de fórmulas no aptas. Comprende que la hora de la acción na sonado, que ya nada— ni su rotunda vocación de estudioso—puede apartarle de contribuir de modo directo y capital a la salvación de España. Todavía no se siente el conductor de aquellas.

Juventudes. Pero se dispone a prestarles su concurso para ponerlas en trance de encontrar el secreto designio que agita febrilmente a los mozos españoles. Acude con humildad y buen bagaje. Para clarificar los objetivos. para conciliar el sentido nacional y el social, para unír a los dispersos, allí esta él Comprende como es rogante suministrar a la contienda política una dotación de fe, de la que hasta ese día de octubre apenas puede apreciarse alguna muestra—frenética y desesperada en la mochila de los mícleos extremistas: JONS, carlismo, comunismo, anarcosindícalisdo. Los partidos imperantes, los que realmente cuentan a la hora de legislar y de gobernar el país, son una especie de gigantescas bandas mercenarias dirigidas por condotieros dé la política, que nada arriesgan y ganan mucho. En adelante la verdad política trascenderá a las conductas; están en la puesta los destinos de España. Tambien estarán las vidas de los españoles. Por defender la Revolución Nacional-sindicalista será preciso morir. Como el marqués de Mantua ante las huestes del Gran Capitán, podran decir ahora los avispados dirigentes de los partidos al uso «Nadie debe pelear con enemigo que ni tiene en nada la vida ni se le da nada porque venga la muerte.»

Su voz se alza como el halcón en la alcándara y cae sobre España. Aquel dia fie octubre—mañana madrileña, con el solecillo elegante del otoño—un puñado de hombre Jóvenes sabian ya que España, había encontrado el hombre que necesitaba. Las escuadras augúrales tentaban las ágiles perras, acariciaban las dos o tres pistolas que eran su patrimonio común. Porque también sabían que la lucha iba a ser dura y que en el camino más de uno dejaría su vida; pero, al final, esto era seguro, España se alzaría sobre el pavés. Arriba, Debía ser hermoso ser tan poco a saber una verdad tan grande. Años más tarde, con todo el público que dicte que estuvo en la Comedia, se podría llenar diez veces el Estadio Bemábéo.

En «El Sol» del martes siguiente, con una agudeza política marchita, por un gesto indudable de buenos avestruces, los muchachos de Félix Lorenzo dedicaron su editorial al acto de la Comedia. «Un movimiento poético», se titulaba. Traía a colación que e! comunismo ibérico fue desautorizado por la Internacional moscovita a causa de ser «una capilla literaria».. Para evitar el nombre de José Antonio daban un rodeo y escribían siempre cuno de los oradores». «Al fascismo español—dogmatízaban los sabias pontifices-le aguarda el mismo destino que uUuo movimientos políticas europeos—el liberlismo baste el hasta el conservadorismo—han sufrido en nuestro país: la falsificación y la superficialidad... Lo falso siempre repugna, cualquiera que sea la cosa falsificada» Y se quedaron tan anchos, sin calar en la profunda autenticídad de aquella bandera que se erguía sobre la desmantelada tierra españols.

José Antonio en tres años decisivos

« Administradores y electoreros se afanaban en los preparattvos locales para que el señorito sólo tuviese que comparecer a ultima hora, con su maletín de billetes y sn pronunciación británica, a deshojar, por fórmala, un par de desmayados discursos, en racha con la penuria intelectual y la exigüidad del vocabulario, ante los rostros indescifrables de los lugareños.»

Este era, según José Antonio—y la fidelidad del retrato está comprobada a derecha e izquierda—, el panorama del sufragio universal en tiempos de la Monarquía. Sobre poco más o menos ése fue también e! panorama electoral en tiempos de la República. A lo sumo cambió el acento de los señoritos. En logar de la pronunciación británica podría ponerse cualquier otra iirOüUu-tíadón—inclusa la rusa en las elecciones del 36—, si no de absentismo material, de absentismo espiritual, cuando no de coloniaje. Se servían doctrinas extranjeras, v el maletín de los billetes unas veces llevaba billetes y otras unas promesas fantásticas o unos latiguillos de efecto. o un bajo halago a los peores instintos: la pornografía y el crimen contaban a la hora de los discursos Electorales. Se pasaba la cuenta de tos abuelos republicanos como otros vivían de la renta de sus abuelos de la Reconquista, y, por supuesto, con el mismo derecha Por eso José Antonio fue candidato «sin fe y sin respeto» (La primera va que se presento a diputado «en defensa de la sagrada memoria» de su padre, fe echaron por delante un ilustre y honrado santón que ya nada tenia» que ver con nada. Los constituyentes y la coalición republicano-socialista se acogían a fórmulas casi milagreras con tal de no ver a un defensor convertido en fiscal. Sacaron, pues, del desván a un hombre de msnte fina—por el que, naturalmente, sentían su infinito desprecio de los tipos prácticos—y lo pasearon profesionalmente por los colegios electorales. Asi pudo ser mínimamente derrotado José Antonio.) Del Congreso Tenia un tufo agrio y sudoroso. La taberna de las Mezquindades no daba mas.

La calle conoció pronto las primeras sudadas falangistas. A la novedad de uno política correspondía un nuevo estilo de plantear la batalla. Con estas primeras audacias—de aire deportivo y alegre, banderas en la Casa del Pueblo, en las torces de las iglesias, en el Viaducto— vinieron las represalias´croóles. Se tintaba de ahogar por el terror el Movimiento que nada con en ímpetu peligroso. Desde entonces no nos na abandonado la tremenda pesadumbre de nuestros muertos. José Antonio esperaba antes de toldar la replica sangrienta: «Hay que cargarse de razón», dijo «¿Y de muertos?», ¡e preguntó alguien. «De razón. Los muertos nunca son acá carga.» Un bienaventurado humorista de la derecha se inventara aquello de funeraria española y de Juan simón el enterrador, y también dirá que lo que breen los falangistas que mueren en la calle es ganar el cielo, pero no una Patria. Fracasan las borlas de los timoratos y las incitaciones feroces de los que sueñan con una guardia pretoriana, como fracasarán los crímenes: la Falange está en marcha. Saine, Provincial de Toledo, quiere hacer una sonada. «Muy bien—contesta José Antonio—. Puesto que los cadetes del Alcázar dices quo son falangistas en su mayoría, te encierras con ellos y tus escuadras en el Alcázar, proclamas !a Revolución Nacionalsindicalista y volaremos todos a ayudaste para conquistar España saliendo de Toledo.»

Entre tanto. Casulla entera conoce a la Falange Española. Ya. Falange Española de las JONS. Los pueblos y las ciudades de España van escuchando y descubriendo de qué parte están la razón y el coraje. Estudiantes y campesinos, obreros y burgueses, oficiales del Ejército, antiguos legionarias, toda la innúmera España que gusta de la Justicia y la aventura, del rigor y la verdad; toda la eterna España que siempre se entrego con despilfarro a las empresas nacionales, va agrupándose en torno a José Antonio. El da el ejemplo; vende «FE» en la Puerta del Sol. persigue a tiros a los pistoleros que intentaron asesinarle a la salida de un Juicio celebrado en la Cárcel Modelo, escribe artículos maravillosas de los que aún no podemos apreciar su singular valor literario, lo que significan en punto a renovación de la prosa, por su actual y operante sentido político—, parte el pan con los camarada se enfrenta con la Policía, con el Parlamento, con la izquierda, con la derecha, con los que persiguen su vida. «Lo mismo te pesca un matiz de Rabindranath Tagore que le pega un tiro al lucero del alba», dirá de él Agustín de Foxá. Sin fatiga, sin descanso, sin que prenda en el ningún desanimo, acude a la buena voluntad de ¡os españoles. Pero andan la mayoría de éstos muy metidos en comodidad, en. miedo o en traición para atreverse a escucharlo: esto es lo que se llama la masa neutra española, la que decide en las convocatorias electorales. Sin embargo, la Juventud española distingue a José Antonio: unos con su fanatismo leal, con su fiel amistad; otros con su odio rabioso. Odio que no estaba exento de calidades admirativas y respetuosas. Su gallardía, su firmeza, eran reconocidas por todos. «El chulo simipatico», le llamaban los socialistas. Dedan chulo porque el rencor—y hasta la falta de costumbre y de conocimientos idiomaticos—no les permitía decir «el héroe simpático». Y él es como un héroe de la Caballeresca. En la vida le rodea su propia leyenda: como los héroes goza de buenos amigos, de los mejores enmaradas. La tenacidad de Julio Ruíz de .Alda está junto a él. José Antorio quiere que los su yos sepan dar a la camaradería todo lo rué tiene de sagrada: «Los camaradas deben ser como hermanos deben saber no sólo dónde viven, sino que también deben conocer hasta el color del pelo de sus novias.» Sus constantes lecciones de humanidad prenden en tos que marchan tras de sus consignas con el fuego violento da la «fides Ibérica». Mejor que nadie, Eugenio Montes, un día de auténtica camaratíería, lo dijo sobre los humildes Triunfales de un café popular, de boda y bautizo: «José Antonio reúne todas las condiciones de Amadis: es joven, recio, animoso, dulce, caballeresco y guapo. Y, por todo esto le sigue la Juventud española, harta ya efe monstruos fístcos.»

Ni en un solo momento, en los tres años ásperas y peligrosos que van desde el acto de la Comedia hasta su muerte, le apresa la garra del odio. Su doctrina es de unidad. No odia a los que combate. Quiere atraerlos a sus filas, convencerlos de la verdad que representa, y él entiende las razones del contrario. Si es necesario un canto de exaltación eliminará de él, a propio intento, cuanto pueda tener un ademán iracundo. «Haremos una estrofa a la novia, otra a los caídos y una que remate con aire seguro de triunfo.»

Asi nace el «Cara al Sol». La revolución de Asturias ha sido el último aldabona20, la última ocasión que los políticos han dejado pasar en vano. José Antonio sabe que la próxima lucha no sa reducirá a los simples trámites electorales. Presagia ya la dulzura- magnifica de un otoño en que morir por la Patria. La línea Insurreccional de la Falange se insinúa, y la radícalización de la coctrina se acentúa día a día.

Febrero del 36 trae un nwl viento a la tierra española. Se vive en guerra civil. La Falange es perseguida sañudamente. Los nuestros matan y mueren. José Antonio está en la cárcel. Desde allí dirige el movimiento clandestino. Un gigantesco aparato revolucionario se prepara en las sombras—mientras desde el Poder se abren las puertas a los dpayos y hasta a los cosacos del Kremlin—, y es la mano de José Antonio la que mueve el tinglado de la conspiración falangista. Es verdad que la Falange no nació para conspirar, pero la obligan a ello. Tampoco queda ya ni pedazos de aquel «mundo aparte» que un díasoñara. No hay «mundo aparte» Sus palabras se hacen más precisas, mas aceradas. Su colera cae sobre los enemigos de España y sus sarcasmos azotan a los currinches que se han erigido en beligerantes frente a los hombres que pelean por la Justicia, el pan y la Patria, para- todos. Sin embargo, siempre su generosidad pone sordina al arrebato de sos camaradas, Es su intervención la que saín de una muerte segura e Largo Caballero. Toda la Inmensa España vive pendiente de sus (tedslqnps Ya es público que la postrera esperanza española reside en su doctrina. Ya no es el lujo del Dictador, ni el hijo de Primo de Ritiera, ni José Antonio Primo de Rivera. Para los que en él esperan, para los que te odian a muerte, para los que se aventuran en su nombre, para los que van a visitarlo a la Modelo de Madrid nevándole un bajón de fútbol raziado en unos almacenes judíos; para los que nacen colas Interminables en la plaza de la Moncloa por oír una sola palabra suya, para los que n inventan parentescos que les permitán el acceso a la cárcel, él es, a secas, José Antonio. En tres años tiene ya el nombre escueto de los capitanes.

Lo han dejado solo frente al enemigo. Los administradores de la derecha española lo abandonan en el tapete electoral. La ceguera de Gil Robles, su soberbia, que le hace plagiar a Cisneros contando sobre millones de pesetas y no sobre hombres, de modo que toda España ríe cuando, bajo el "Estos son mis poderes de su "slogan" electoral, aparece el luminoso de una pastelería, ha negado el pan y la sal a la vanguardia de España. Gil Robles pacta con masones en activo, con turbios republicanos, y hasta extirpa puestos electorales a partidos de derecha de honda linea nacional simplemente «para compensar las pérdidas que sufría en sus tratos con el Gobierno» de Pórtela, el «croppier» del sufragio universal El mismo Pla, en su «Historia de la II República», se escandaliza de toda ello: «No se logró—¡Dios mió!—ni la inclusión en una candidatura segura del nombre y de la persona de José Antonio Primo de Rivera.»

«Es la "época heroica de la Falange—escribe mas adelante—, la época de los grandes sacrificios y de las empresas peligrosísimas. Es el momento que la figura de José Antonio se forma en el ánimo de las gentes—de todas las gentes—. Para execrarla, unos; para ver la grandiosidad de su posición, otros... A José Antonio se le inventa ahora un proceso. Un registro policiaco—estando el señor Primo de Rivera en la cárcel—encuentra dos pistolas en su domicilio. Una en el bolsillo de un nbrí-go que no le pertenecía. La vista de la causa se produce ante la sección primera de la Audiencia de Madrid: tenencia ilícita de armas. José Antonio se defiende a si mismo. La sentencia: cinco meses de cárcel. Se produce un gran escándalo en la sala al conocerse la sentencia. Los gritos de «¡Arriba España!» crepitan. José Antonio se despoja violentamente de la toga. Llegan camiones de guardias de Asalto, que toman el edificio. José Antonio entra en la cárcel para no salir ya. Esta sentencia será, ineluctablemente, su muerte.»

La Falange, acorralada, perseguida, mantiene un frente de esperanza. Desde Alicante, a donde ya lo han trasladado, José Antonio enlaza con Franco y con Mola, y lleva la voz de la Falange hasta los cuartos de banderas. «A primeros de mes (de Julio)—se lee en el famoso libro de José María Iribarren—un primo de José Antonio, llamado Sáenz de Heredia, llegó a Pamplona y entregó a Mola el borrador de una proclama clandestina que Primo de Rivera dirigía al Ejército, y que se titulaba: «A los militares.» El general, tras de leer el precioso documento con emoción incontenible, aprobó integramente su texto. El enlace volvió a Madrid y la proclama fue Impresa y repartida entre la oficialidad afecta. Durante la conspiración, el general dispuso, de un enlace directo con, Alicante, por mediación del cual se relacionaba con José Antonio, preso en aquella cárcel. Este, desde el principio, le ofreció el concurso de loa falangistas, con los que siempre contó Mola.»

Franco, antes de salir para su destino de Canarias, se entrevistó con José Antonio «en casa de una persona del afecto e intimidad del general», refiere Jdcquin Airarás en su autorizada biografía del Caudillo. «Primo de Rivera le expuso cuál era la situación de falange Española y le dio a conocer los elementos de que disponía en Madrid y en provincias para un momento dado. El general le recomendó continuara en relación con el teniente coronel Yagüe, a1 cual le conocía el señor Primo de Rivera por haberse entrevistado con él en aquella misma casa.»

Alicante es para la inquieta Espuria de nace veinticinco años el lugar donde reside la esperanza. José Antonio organiza la vida de todos sus camaradas alicantinos presos junto a él; trabaja y hace trabajar Nadie piensa. que pueda morir. Su vida ha estado en el azar del combate infinidad de veces—osi es de chirriante 1a convivencia política bajo 1a democracia española—, pero ahora el triunfo es segure y ya no podrán arrebatarnos su vida. A un malagorero—que nos ponía en vio apoyándose hasta en citas históricas—le contesté: «Bueno, hombre, calla la boca. No siempre ha de morir don Juan dé Austria.»

«¡Eh, las provincias en pie!»

Días antes del Alzamiento corrió el rumor de que José Antonio iba a ser trasladado de la cárcel de Alicante a la de Vitoria. Digo ahora, y vale para todo lo que aquí se cuente más adelante, que ignoro el fundamento de este rumor y hasta su área geográfica —aunque de que llegó a Pamplona respondo personalmente—, porque estoy convencido de que todos, involuntariamente, nos Inventábamos algo, y ya he afirmado más de una vez que en nuestras escuadras siempre abundaron los estupendos imaginativos. Cuando nos soltaron la noticia nos supo a gloria, porque en Pamplona se aceptaba popularmente la idea de una rebelión triunfante como la cosa más natural del mundo. Nos parecía que descolgarnos de Pamplona a Vitoria sería coser y cantar, porque Vitoria no fallaría, y ya en Vitoria, con José Antonio a la cabeza, la marcha sobre Madrid —todo el mundo estaba convencido igualmente de que habría que marchar sobre Madrid— una simple y lógica consecuencia de algo que para nosotros tenía un enorme e indiscutible valor militar: la presencia de José Antonio en nuestras filas.

El había dicho que la Falange crecía «como un jazmín trepador, fresco y fragante, sobre la tumba de un siglo de estupideces». Aquel julio de sangre la Falange se esparce en guerrilla por los campos españoles, codo a codo con el Ejército y con los requetés; las breñas de Somosierra, las dulces y verdes jigas guipuzcoanas, el altivo Pirineo, la tierra reseca y dolorida de Alcubierre, los arrabales de Oviedo, las piedras sagradas del Alcázar, el patio de la Montaña en Madrid y la plaza de Cataluña en Barcelona; los pueblos andaluces, los tiernos paisajes de Galicia, las Manadas y sierras extre menas, las cubiertas de los «bous», el campamento de Dar-Riffien, los cedros de Ketama, la magnificencia de las huertas levantinas, la brava y unánime Navarra, el granítico y ofensivo Valladolid de Onésimo; toda España había oído la voz de José Antonio llamando al combate: «Trabajadores, labradores, intelectuales, soldados, marinos, guardianes de nuestra patria: Sacudid la resignación ante el cuadro de su hundimiento y venid con nosotros por España Una, Grande y Libre. ¡Que Dios nos ayude! ¡Arriba España!» Y firmaba bajo la fecha: cilicante, 17 de julio de 1936.»

Recuerdo que tí 19 de julio se vitoreaba a José Antonio; pero, en cambio, tengo la sensación de que nadie preguntó: «¿Qué pasa en Alicante?» Al menos, yo no pregunté a nadie ni a nadie tuve que responder a demanda de este tipo. Calculo que poníamos todo en las manos de Dios, y basta creo que confiábamos en que cada ciudad española conociese un domingo tan maravilloso como aquel que nosotras estábamos viviendo, coa lo cual, claro, no báldese habido el menor problema. SI José Antonio hubiera sido trasladado a la cárcel de Zaragoza, de San Sebastián, de Vitoria, pongo por caso, entonces si qne aquel «Ha hubiéramos tenido la concreta preocupación de su suerte. Recuerdo, en cambio, que en Aranda de Duero —ya metidos en ]a famosa marcha sobre Madrid— ya que comenzamos a indagar novedades sin sacar nada en limpio. Nadie nos dio razón de José Antonio, y aban pienso qne lo que entonces haríamos era buscarlo por toda la geografía espartóte, revolver el desván para ver si encontrábamos aquel viejo prodigio del Amadís. Unos abríamos los amplios armarios castellanos, y otros registraban las claras salas andaluzas, y otros se asomaban a las boardillas de la montaña, y otros a los ventanales del mar. A nosotros, vagamente, nos tocó seguir la pista de aquel verso de Alíaro:

Del Arlanzon al Duero el capitán se ha perdido.

En Somosierra, por fin, tuvimos la primera noticia. Yo lo recuerdo en «La flel Infantería»: «Nos dieron orden de estar preparados para el amanecer siguiente: se reanudaba el avance. Antonio y Mario saltaban abrazados. Rafael manoteaba con un periódico. Me llamaron con airé jubiloso:

—Mira, mira...

No sé qué hoja menuda de provincia traía la noticia: al frente de una columna de falangistas, José Antonio marcha sobre Madrid.

Al rezar el rosario dimos gracias y no pedimos nada. Aquella noche lo tentamos todo.»

Era un Jubiloso morir el de los días iniciales, con la áfe intacta, con el triunfo ante los ojos, y creo que esta afirmación es válida para los combatientes iniciales primeros de ambos bandos. José Antonio, en Alicante, permanecía aislado, solitario, esperando a sus escuadras. Un intento suicida de liberación casi hace llegar hasta su celda el rumor de los disparos. Los falangistas de Callosa —con una desesperación sublime, con una «fides celtibérica» anticipada— se dejan matar sobre el terreno antes de abandonar la imposible empresa, José Antonio sabe todo esto, siente en su torno la angustia feroz de

sus camaradas, y en la urgencia dramática de aquel verano todos pensamos en él. todos hablamos a «Harto da éL Otoño final, otoño primero»

Esto de la Era Azul me parece que se lo inventó Teófilo Ortega, Por entonces se ponía detejo de la firma de tos artículos, o en algunos artículos. «Ano I de te Era Azul» La Era Azul, aunque parece mentira, comenzó en el primer otoño de la guerra, porque el otoño siempre es propicio a estas cosas, ¡qué te vamos a nacer! De la fabulosa confianza de aquel tiempo dará Idea esto: se celebro ana reunión de arquitectos que planearon la tribuna desde la que José Antonio habría de arengar, en la plaza del Castillo, a sus falanges en pie´de guerra. Hubo importantes intentos de liberarlo. Se formó una tropa selecta, una guerrilla dispuesta a todo. Conocí camaradas que se enfadaron apasionadamente por no haber sido elegidos para tan peligrosa tarea, y sus reproches, a lo celtibero, solían recaer sobre alguno de sus amigos que hubiese sido convocado para el honroso riesgo. «Ese no vale lo que yo», decían altivamente. Y me parece que se equivocaban, porque para luchar por la libertad de José Antonio cualquier falangista normal hubiese valido. Pero tampoco aquello sirvió. José Antonio estaba solo.

El, que muchas veces ha predicho su muerte, la espera ahora. «Nunca es alegre morir a mi edad.» Tiene treinta y tres años, esa misteriosa edad señalada por la sangre de Cristo, y a Cristo, y como redentor de su Patria, él va a ofrecer su sacrificio por la paz y la grandeza de España. «¡Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles!» Está dispuesto y con clásica gravedad atiende a su final. Cuando un periodista, en ocasión de haber salido indemne de un atentado, le preguntó: «¿Por qué hubiera usted sentido, más morir esta tarde?», José Antonio, sencillamente, dio su respuesta: «Por no saber si estaba preparado para morir» La eternidad me preocupa hondamente. Soy enemigo de las improvisaciones. Igual en un discurso que en una muerte. La improvisación es toa, actUad de la escuela romántica y no me gusta...»

No toe un arrebato su iniciación política. No se deja arrebatar ahora «por la postuma reputación de héroe».

Defiende su vida, que él sabe necesaria para España. Toda su vida ha sido una preparación de la muerte, de un modo singular esos tres años de predicación, de persecución, de lucha: estos tres años, como unos ejercicios espirituales y tácticos de la muerte, estos tres años qne acaban en la maldita madrugada de noviembre.

«¿Sábete qué es lo que más me gusta del Cid? Qne ganaba batallas después de muerto», confesa un día, a sus fieles.

Suscitó la leyenda de un Cid, la admiración y la lealtad de un Juan de Austria. Fue un príncipe de la juventud, el mejor hombre que ha tenido España en muchos siglos. Y ganó batallas después de muerto, Y era tan humano que tambien las perdió, o, mejor dicho, nosotros las perdimos en su nombre.

A la noticia que yo leyera en «El Pensamiento Alavés» —un día o dos después del 20 de noviembre de 1936, o quizá aquella misma nocbe— siguió el nacimiento de Ja más hermosa leyenda que he visto florecer. Cualquiera sabe la historia del Ausente, la esperanza que germinaba bajo esta casi sacra adjetivación; pero lo que ya no sabe todo el mundo es hasta qué punto el discreto silencio de los que estaban en el secreto —no sé si pocos o muchos— se transformaba en ilusionada espera para nosotros, los de filas. He hablado con centenares de camaradas que tenían noticias frescas, recientes y verosímiles de José Antonio. He escachado consignas suyas llegadas directamente desde «un lugar de España» o «un sitio del extranjero». Eugenio Montes, luego se lo he oído contar, gestionó la vida de José Antonio desde París. Supo, claro, la verdad. Pues bien; en enero de 1937 visitó Pamplona. Allí lo conocí. Con un respeto imponente y una valerosa timidez que ahora me parece Ingenua y hasta deliciosa, metí baza en la conversación que alrededor de una fantástica mesa, colocada bajo un arquero pintado en la pared por Crispín, sostenían don Fermín Yzurdiaga, Ángel María Pascual, Pedro Lain, Carlos Foyaca, no sé si López lbor. y Ángel de Huarte con Eugenio Montes. «Cuando vuelva José Antonio será como un principe y a sus hijos los haremos reyes», dije, más o menos, con un arrebato de fundador de dinastias del que no me arrepiento. Y Eugenio Montes hizo historia de cómo las estirpes que sirven a la patria alcanzan los principados y mego los tronos. Pero ni dijo ni media palabra de las gestiones en Paris, ni tampoco de una que pudo ser decisiva, llevada por el viejo conde de Bomanones. con ti ministro de Asuntos Exteriores de Francia.

En las formaciones de la Bandera 26, a la que pertenecía entonces, y que acababa de ser constituida con solera de los primeros días, gritábamos reglamentariamente: «¡Arriba España! ¡Viva. José Antonio!», antes de romper filas. 7 con motivo de alguna manifestación patriótica no era raro el oír. «¡Viva ti Ausente!»

Por aquel üempo se acabaron la Era Azul y la guerra de guerrillas. Las guias Michelin ya no guiaban a ningún Estado Mayor, por minúsculo que fuese, y la guerra se metía en escala europea, universal. Madrid ya no era. una fruta madura, y de las heroicas improvisaciones de la primera hora surgía un Ejército. Ya nadie hablaba de la marcha sobre Madrid, ni siquiera de la guerra; se hablaba de la campana. En cuanto a la vida de José Antonio, todos sabíamos que estaba en peligro, pero que, en definitiva, habría de salvarse. «Mar na recibido carta de José Antonio», afirmaba uno, uno qna pasaba, y cuya única credencial era la camisa azul. Y eso bastaba a nuestra fe de carboneros armados. Por lo demás, la Bandera 26 sostenía que José Antonio estaba seguro, razón suficiente para que yo, sencillo jefe de escuadra, mantuviese a toda costa la tesis de mi unidad.

"José"

La vaguedad, la confidencia, el puro rumor, ti agarrarse a un clavo ardiendo: la fe. Esto es lo que caracterizo un periodo fundamental de nuestra vida de jóvenes falangistas. Leímos en los primeros meses de 1937 una espléndida entrevista con Manuel Hedilla. Al final, Víctor de la Serna le interrogaba sobre José Antonio. Herido vivamente de camaradería y añoranza, HedfOa respondió: «¡José!» Ni uno sólo de nosotros vio en la hermosa retórica con que ti periodista rodeaba esta simple invocación otra cosa que literatura de la buena. Ninguno de nosotros caló en lo que había en ella de dotorosa confesión.

Particularmente diré que lo único que me abocó fue el .ver que alguien llamaba José a quien para todos era José Antonio. Después me han dicho que ésa era una costumbre familiar, pero no lo he comprobado.

Cada cual se procuraba las más extravagantes noticias en su especial intendencia Había el que habló el miercoles pasado con un cantarada que lo vio quince días antes. Habla el que precisaba detalles escalofriantes sobre un fusilamiento simulado. Había quien deslizaba consideraciones sobre el tutelaje que un heterogéneo grupo de potencias habla montado cerca de José Antonio, y no faltó quien atribuyó a determinado político rojo la so gura salvación de nuestro Ausente. Este político hsbria de jugar después, y fuerte, sobre la ingenua esperanza de los falangistas de filas. Había quien hablaba de un José Antonio gravemente afectado por las consecuencias da un asalto a la cárcel. Nos daba brincos el corazón con cada una de estas noticias, y sin apercibimos nosotros mismos las redondeábamos. Se hablaba de José Antonio aquí y allá, en ti frente y en la retaguardia, y su retrato estaba en las chabolas de primera linea, en las viajas carteras de los soldados, en los puestos de mando, iñ los hospitales, en las casas humildes y en las míseras casas de los campesicos Aquellas casas que él alegró con su paso, que él llenaba de fe. Los niños que nacían se llamaban José Antonio, y las ninas. Marta Victoria. Había todo un romancero popular y basta bárbaro de José Antonio, lleno de impetuosa virulencia, y en una Bandera de Navarra oí esta copla:

Con un puñado de «ti y otro de cañete en rama luso Dtos a José Antonio para que salvara a España.

También oí otra, ana noche de Teruel, a una Bandera de la Legión, que volvía de operar, y la copla en triste y fría como la nieve menuda que caia sin cesar.

Echale amargura al vino y tristeza a la guitarra; ccompañero, nos mataron al mejor hombre de España!

Hablaban de él los rojos de zona nacional que comenzaban a conocerlo con asombro, como más tarda ocurriría con los demás—como ocurrió con los que escucharon su defensa—, y bien claro vimos al pasar su entierro por la dudad Universitaria que los que en aquellos mismos campos desmochados se batieron frente a casi todo lo que José Antonio representaba y también frente a cosas, reconocían con ademán triste lo que habían perdido al perder la vida de aquel hombre joven, generoso, audaz y de mente abierta, luminosa y ordenada.

Resulta a estas alturas—veinticinco años ya. Señor, uno a uno sobre Muestras corazones—, resulta muy fácfl hablar del «sebastianismo falangista»; pero, ¿quién de verdad, aun sabiendo lo que ocurrió un 20 de noviembre, no esperaba el milagros ¿Cuántas veces no razonamos con sus propias palabras: «Nuestra mision es dificil hasta ti milagro, pero nosotras creemos en el milagro»?

Recuerdo conmovidamente el tono misterioso y seguro que empleábamos para convencer a tos demás y la Inocenda con que se aceptaba esc misino tono cuando venia dirigido a nosotros. Cuando vuelva José Antonio» era una frase de curso habitual y un escudo que nosotros. Casi con ti triunfo nos vino la noticia irrebatible. Yo oi ti discurso del Caudillo desde mi cama del hospital. Era un día claro de otoño y rompí a llorar desconsoladamente y a la otra mañana, los funerales, todos tentemos los ojos enrojecidos» Esto que ahora cuento es una locura» pero es verdad. Por mi parte, y creo que no fui el unico, aun espere. Fue en Andante una tarde de sol, cuando ya no hubo lugar a la duda. Esa tarde comentaba, el penultimo peregrinaje de Jose Antonio por las tíerras que amo y entendio como nadie. Comprendo que nuestra terquedad parecera ridicula: pero a mi me gusta contarte así, y ademas es la poza verdad, y cuanto pienso en ello. y en que entonces» Junto a Xa tamba de José Antonio, se nos acabó la juventud a ranchos, españoles, me parece sentido vivo dentro de mi corasón como la alegre, vital y purificada

sangre de España.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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