Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   Para un nuevo itinerario madrileño de José Antonio     
 
 Arriba.    19/11/1961.  Página: 12-13. Páginas: 2. Párrafos: 3. 

PARA UN NUEVO ITINERARIO MADRILEÑO DE JOSE ANTONIO

EL Madrid que va desde 1903 a 1936, el Madrid de José Antonio, está más cerca del Madrid de fines del XIX que del Madrid del IV Centenario de la Capitalidad. Y lo está, no por razón cronológica, tan sólo. En la identidad y semejanza de las épocas acaso cuenten poco los años y las centurias. La dramática y herniosa marimorena de las gentes de 1936 se da la mano con el levantamiento popular, heroico y doloroso, de las buenas gentes de 1808, y, en cambio, queda a años luz de distancia de la España conformista y vencida, escéptica, liberal y frivola de 1898. De igual modo que la España de 1961, la España de Francisco Franco, está mucho más cerca de la España del año 1561, la de nuestro Rey Felipe, que ´de la España desmelenada y castiza de los Barbones. La cuestión no ofrece mayores dudas. Por esta razón me parece difícil el empeño en que ando metido al tratar de reconstruir, para un itinerario sentimental, el Madrid joseantoniano. Quede bien entendido el generoso calificativo; digo Madrid ´joseantoniano por una estricta razón—aquí, sí—cronológica. Naturalmente, José Antonio no se sintió "como el pez en el agua" en el Madrid que le tocó vivir; el Madrid heredero de repetidas claudicaciones; un Madrid todavía "suburbio del Palacio Real". Las pocas alusiones a Madrid que pueden hallarse en la obra de José Antonio no ocultan un matiz doloroso: "Lo castizo—decía en el brindis pronunciado en el café de San Isidro—no es lo popular. Es popular, ritual y profunda, la tradición de natalicios, lunas dé miel, hogares e instituciones que este café de San Isidro y esta calle de Toledo nos recuerdan; pero no es popular aquel Madrid de Fornos y la "cuarta" deApolo; ni aquel provincianismo de tute y achicoria y ese cante flamenco que se pronuncia en andaluz y ha sido inventado entre Madrid y San Manan de Valdeiglesias."

Que yo sepa, el paisaje madrileño de José Antonio lo han descubierto primorosamente hombres de nombres tan sonoros como Felipe Ximénez de Sandoval, Tomás Borras, Juan Aparicio y Rafael García Serrano. Todos ellos vivieron el Madrid de los años treinta; estoy por asegurar que todos ellos conocieron en Madrid al Fundador de la Falange y, sin excepción alguna, todos lucharon por un Madrid digno de una España mejor. Recuerdo—y cito de memoria—una frase de Rafael García Serrano: "Madrid estaba en el punto dé mira de todos los fusiles del Ejército Nacional." Así, pues, el itinerario madrileño de José Antonio para cualquier hombre de la posguerra, para cualquiera de nosotros, tiene, forzosamente, una distinta perspectiva. En ningún caso podrá ser un itinerario sentimental. El único itinerario madrileño de José Antonio al que llegamos,los hombres de nuestra generación—una generación cuyos efectivos principales son profundamente joseantonianos—es aquel que va por Atocha, paseo del Prado, Cibeles, Alcalá, Gran Vía, plaza de España, Princesa, Moncloa, Ciudad Universitaria... Su último camino por un Madrid físicamente en ruinas y espiritualmente edificante y ejemplar. Por aquel Madrid de aspecto famélico y lloroso que contempló, mudo y aterido, el paso del gran hombre muerto. El último camino urbano del. español más interesante y recio de nuestra reciente Historia. En cierto modo, nuestra vida comenzaba con su muerte. Sin duda alguna, el paso de José Antonio por Madrid, a hombros de sus mejores Escuadras, es el acto inaugural del nuevo´ Madrid. De ese-Madrid cuya más rotunda definición, al cabo de veinticinco años de marcha venturosa y pacifica, queda resumida en la frase de Ismael Herráíz: "Mi barrio, España y los españoles son ~ya fotografiabas." La juventud de -posguerra conoció otro itinerario que no puede tampoco, cabalmente, situarse dentro de los patrones sentimentales: es el camino que nos llevaba cada 20 de noviembre a El Escorial; el mismo que,ahora nos conduce a nosotros y a los que vienen tras nosotros al Valle de los Caídos. Hasta salir al asfalto de la carretera, ese itinerario va de la cuesta de Santo Domingo — último campamento urbano de la Falange en su época fundacional—a la plaza de España, para seguir después por la cañe de la Princesa a la plaza de la Moncloa. Este breve itinerario urbano, repetido cada noche del 19 de noviembre, pertenece a una ciudad distinta, ni parecida siquiera, al Madrid de los años treinta. Hubo un tiempo en que al paso de esta comitiva, que nunca faltó ni faltará a la cita, se apagaban las luces del cambio de la ciudad que recorría el cortejo de antorchas y banderas. Ya no se apagan y, hasta cierto punto, es mejor. Inevitablemente, la nueva ciudad — el nuevo y joven Madrid, sonoro, luminoso y alegre—queda por unos instantes sorprendida. Hay siempre como un torpe aleteo urbano; sin que nadie lo precise y ordene se suspende el tráfico y nace el silencio, que rompen los rezos y las canciones. Luego pasa el cortejo—sencillo y formidable—, que ha de llegar hasta la glorieta de la ´Ciudad Universitaria. Lo más hermoso de él es que no está compuesto por brillantes uniformes, por penachos y alabardas, sino por hombres de atuendo civil, calvos y con pelo, altos y bajos, ricos y pobres... Y, sobre todo, que cada año en sus filas se enrolan gentes nuevas y mozas, aue cantan idénticos himnos y desgranan las mismas oraciones. Desde la bajada a la Ciudad Universitaria se siente palpitar a Madrid en la lejanía, y Cuando se regresa —sólo los más mozos continúan, en un bellísimo relevo, hasta el Valle de los Caídos—, sobre la silueta de la ciudad se ve nacer una estela de luz poderosa. Es el cielo nocturno de Madrid, lejano reflejo de esta flamante capital europea.

Antonio IZQUIERDO

Cualquier reconstrucción de los itinerarios madrileños de José Antonio tendrá,´ forzosamente, que agrupar tres aspectos fundamentales de la vida del Fundador de la Falange: el familiar, el intelectual y el político.

Materialmente, el primero de ellos se resuelve en sus domicilios:´ doce, exactamente; el segundo, y más complicado, entre las aulas del viejo casan de San Bernardo, las diferentes tertulias literarias y el Foro; el tercero, más sencillo, en los varios locales de la Falange fundacional, el Congreso, él cementerio, la iglesia de Santa Bárbara, la Dirección General de Seguridad y la cárcel Modelo. Todos ellos, en conjunto, se derraman ,por los cuatro puntos cardinales del Madrid inmediatamente anterior al gozoso crecimiento de la ciudad. Sólo ya en parte podría ahora reconstruirse este vario camino. Sólo en parte, porque, pese a no haberse afrontado como debiera la reconstrucción y el ordenamiento interior de la ciudad, el paso renovador del tiempo ha borrado muchas de estas huellas. No sé, si alguno de los hombres del 36 se dolerá de esta desaparición. Yo, no. Y creo que, como yo, cualquiera de los hombres de mi tiempo; primero, porque hacer piezas de museo de lo joseantoniano, sea lo que fuere, es contribuir a fosilizar su obra y su misma imagen, cosa que llenaría de satisfacción ai algunos, y en segundo lugar, aunque posiblemente el más importante, porque en este desprecio nuestro a lo pequeño y en esta actitud nuestra ante Madrid, ante un Madrid que deseamos mejor, no hacemos sino coincidir también con José Antonio.

Felipe Ximénez de Sandovál, el incansable biógrafo del Fundador ´de la Falange, cuenta en su hermoso libro—uno de los libros más leídos en los últimos tiempos—que en una ocasión José Antonio comentó ante algún ¿amarada que Madrid estaba pidiendo a gritos que, salvados sus monumentos por un potente retén de bomberos, se le prendiera fuego por sus cuatro costados... En esto, a decir verdad, los ediles madrileños no han sido excesivamente joseantonianos. Peor vara Madrid.

Más que por la exigencia que me planteaba el escribir este articulo, por Verdadera e íntima curiosidad he recorrido paso a paso—como guía un encantador reportaje de Rafael García Serrano, escrito precisamente el mismo año en que yo acudía por vez primera a la conmemoración en Alicante como flecha de las Falanges Juveniles—el paisaje madrileño de José Antonio o aquella parte de la ciudad que lo conserva.

Ese itinerario pasa desde las calles de sus domicilios en la ciudad (Genova, Juan Bravo, Montesquinza, Orfila, Piamonte, Serrano, Mayor, Los Madrazo, Magdalena, Alcalá Galiana, carretera de Chamartín) a la Universidad, la plaza de las Salesas, la iglesia de Santa Bárbara, el café Gijón, la Ballena Alegre, Marqués del Riscal, Cuesta de Santo Domingo... Sobre el mapa de ese itinerario podría reconstruirse, si, una peregrinación espiritual o una ronda de alcance poético; pero yo no. lo haría. No lo haría porque ya existe un Madrid mucho más joseantoniano: es el Madrid de la prolongación de la avenida del Generalísimo, el de la Universitaria y los Colegios Mayores, el del Parque Deportivo Sindical "Puerta de Hierro" y las grandes colonias residenciales de nueva planta. El Madrid que ha podido rescatar la plaza Mayor de la cochambre y él tipismo; un Madrid que renuncia a lo "castizo" y se perfila más cada vez en su talante de ciudad europea, de síntesis de España. Es el Madrid de las grandes ocasiones, el que se congregaba en torno a su Caudillo en la plaza de Oriente en diciembre de 1946 y el que aclamaba fervorosamente a los ex combatientes en la Castellana, a los heroicos isidros de 1939, en una tarde de 1961. Este sí va siendo un Madrid joseantoniano. Un Madrid en el que la juventud no se marchita en los antros de la calle de .San Bernardo y dojide la joven población escolar ha aprendido a hacer deporte y a leer a los clásicos. Un Madrid del que desaparecieron los obreros mendigos y en donde la venta de alpargatas es un negocio ruinoso. Este, sí; éste si es el Madrid de José Antonio. Sobre la nueva estructura urbana de la ciudad podría plantearse el itineraria ideal para llegar a comprender que la nueva vida de la ciudad acaso se inauguraba felizmente en una ocasión dolorosa: aquella en que entre luces . de atardeceres, de un otoño avanzado y frío, cruzó la desolada fisonomía de la ciudad rescatada el cuerpo muerto del más grande hombre español de nuestra Historia contemporánea.

 

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