Autor: Blanco, Juan. 
   Su última voluntad     
 
 Arriba.    19/11/1961.  Página: 14-15. Páginas: 2. Párrafos: 14. 

SU ULTIMA VOLUNTAD

EN la soledad de una celda un hombre joven escribe su testamento. Cada palabra,

cada idea volcada sobre el papel, es un diente de la vida que se acaba, un fluir

del tiempo tan precioso medido en intensidad de muerte.

Nada y todo le es ajeno ya. Piensa, ordena sus ideas, establece una jerarquía de

valores; mide la palabra justa, la expresión escueta. Parece un avaro del tiempo

a quien la cercanía de la muerte ha prestado el soplo divino de los elegidos. La

Circunstancia de ese hombre joven, terrible circunstancia para la carne y para

el espíritu, es lo qué nos hace incomprensible su testamento. Es diafano, posee

la eternidad de los clásicos, pero se hace inaprehensible por la misma eternidad

clásica, por del sereno enjuiciamiento de la misma circunstancia, por la falta

de tragedia adivinada, pero no expresada.

Para los que no fuimos amigos del hombre, para los que ni siquiera le conocimos,

para los que nacimos casi con su muerte, cómo esta España renacida de su sangre

y la de sus camaradas, aquella circunstancia es ya leyenda. Sólo nos queda de su

testamento el amor a la justicia, aún injusta; la ardorosa ingenuidad al

servicio de España y el deseo de que el pueblo español encuentre, de una vez y

para siempre, la Patria, el pan y la justicia.

Es terrible desconocer al hombre, como nombre; con sus ´defectos y sus pasiones;

con su voz y sus gestos; con sus momentos de cólera y su calma placentera. Sólo

nos queda —a nosotros, los jóvenes— el retrato desvaído, sin contrastes,

desdibujadas sus líneas fundamentales y reforzadas todas aquellas que ayudan al

mito.

El hombre, otra vez el hombre, siempre el hombre, no ha envejecido como sus

camaradas. Nos lo han legado joven, como esos párrafos de su testamento, en los

que sin estridencias, sin Ja frase del héroe que adorna los calendarios, fustiga

sin rencor «I egoísmo derechista de una sociedad española que cierra los oídos

ante la verdad de la .Falange, que deja matar al hombre para saciar a la

fiera, que no se mete en berenjenales porque ante todo es el orden, aunque sea

injusto, y, lo que es peor, aunque se eternice esta injusticia.

Este amor similar, aunque no igual, es el que nos da una pista para descubrir a

José Antonio. Este ama la Justicia, con .mayúscula; el Derecho, con mayúscula, y

sé somete a la justicia, con minúscula, y al derecho, con minúscula, mientras

llega el momento de construir un nuevo orden revolucionario que rompa .los

moldes viejos de la saña de un lado y la antipatía del otro.

El hombre se duele de la incomprensión, pero no de la sentencia. No tiene un

gesto desabrido para el juez ni para el Jurado. Solamente pide comprensión para

su doctrina, para lo que él y los fundadores han querido que sea la Falange.

¡Qué importa que el hombre muera si triunfa la palabra; si ya se adivina el paso

recio´de las nuevas generaciones portadoras del relevo! Sólo importa que todos

perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre y que la ardorosa

ingenuidad de los camaradas no sea nunca aprovechada en otro servicio que el de

la gran España que sueña la Falange.

Pero el hombre, siempre el hombre, también participa de la ingenuidad de sus

camaradas y como un suspiro que sale de los más recóndito de su alma espera,

tiene esperanza en esa sociedad egoísta. «Me asombra que, aun después de tres

años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persista en juzgarnos sin

haber empezado ni por asomo a entendernos.»

A los hombres de mi generación nos asombra que los párrafos del testamento no

hayan podido ser empañados por el tópico. Pero ¿quién tiene suficiente poder de

síntesis para retener en unas líneas, para convertir en puñado de calderilla lo

que es indivisible, legado común y no patrimonio de los iniciados? El hombre,

siempre el hombre, ama a sus camaradas. Ha hecho de la amistad, aún mejor, de la

camaradería, el eje diamantino de su existencia y de su doctrina y, para

ellos, exige y obtiene la atención respetuosa de sus enemigos. Y el agua

viva de su palabra ilumina muchísimas caras, al principio hoá tiles, con el

suave resplandor de la simpatía, tras el asombro. Su vena política, misionera;

no podía desaprovechar la ocasión que le brindaba el banquillo de los acusados

convertido en Tribnunal.

Hemos desconocido, ojalá sea ;por poco tiempo ya, la versión taquigráfica del

juicio que le llevo ante el piquete. Es verdad que tampoco sabemos si existe,

pero adivinamos que aquelíos alegatos ante sus jueces, aquellos recursos de su

tan querido oficio de abogado, aquella fuerza tremenda de sus discursos ante el

Parlamento o en los mítines de los pueblos, esta rotundidad de su testamento,"

empalidecerían ante el empuje del hombre, siempre el hombre, que lucha por la

supervivencia de su doctrina, de su familia, y de la suya propia.

El hombre, siempre el hombre, sabe que la muerte está llamando a la puerta de

succeda. Quedan aún líneas en el airé, cartas que esperan, recuerdos que se

agolpan en su mente, ansia de vivir y angustia de lo desconocido. La pluma se

acerca al apartado de las cláusulas, ésas qué comenzaran, con un terrible mentís

a sus enemigos, a los que han asegurado que la Falange no es católica, a los que

hacen de la religión un patrimonio exclusivo y sé creen depositarios de las

tamas de la ley.

Antes ha hecho examen de cpnciettcia. Se acusa de haber sido egoísta y vano.

Perdona y pide perdón a los que ha agraviado o le hayan ofendido. Y tiene un

gesto para el Ejército, que siempre respetó y amó, al reconocer las virtudes de

uñas fuerzas que han prestado a España heroicos servicios, aünque ésta confesión

no le favorezca.

Pero el hombre,siempre el hombre, áe nos ha revelado. Se acusa dé pecados, de

defectos más o menos graves, que Dios le habrá perdonado al confesarlos:

egoísmos, vanidades, ofensas. Falta entré todos ellos, es natural que falte el

pecado de üijusticiarése que era patrimonio de sus enemigos y que lanzaba a los

españoles a los campos dé batalla.

Esa cualidad dé José Antonio, su amor a la justicia, transformada en social al

enfrentarse, con la realidad de nuestro Eueblo, es la línea más personal que

graba en su testamento, y i última voluntad deí Fundador, que nadie podrá

ocultar ni adulterar cuando se discuta este periodo de la política española. Ef

hombre, siempre el hombre, tiene un eje diamantino que no puede romper ni la

llamada de la muerte.

Juan BLANCO

ultima vez, explique al Tribunal que me juzgaba lo que era la Falange...»

 

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