Autor: Aparicio, Juan. 
   La muerte cristiana     
 
 Arriba.    19/11/1961.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA MUERTE CRISTIANA

Por Juan APARICIO

Al publicar mi libro «Españoles con clave» le puse como preámbulo una descriptiva meditación sobre la muerta de José Antonio, cuya comparecencia ante los fusiles alicantinos con el pie izquierdo liacia adelante y los brazos cruzados encima de un Jersey de lana, oscura impregnado de cárisma por unas medallitas religiosas y por un escapulario de la Virgen del Carmen, inauguraba, según mi interpretación de aquel proemio, una manera de morir antírromántica, cual ana alborada de luz, una estrella matutina que guiase con su dificilísimo ejemplo a cuantos después tuvieron que arrostrar la muerte, las innumerables muertes originadas por la posterior violencia homicida del mundo.

José Antonio declara en su testamento que al defender su vida, concedida por Dios, delante del Tribunal popular no se había ajustado a ninguna otra variante del patrón romántico, palabra y concepto que le molestaban, y contra los que había esgrimido su conducta coherente y su inteligencia genial. José Antonio íue el hombre rúas opuesto 4 Juan Jacobo Rousseau, con quien polemiza ideológicamente desde el mitin fundacional de la Comedia, porque hasta temperamentalnente le repugnaba este vagabundo de Ginebra con erótica manía exhibicionista, pero más tarado por el narcisismo de sus Concesiones. Rousseau era un agente del Romanticismo elaborado en los lagos y terruños cenagosos de Inglaterra para debilitar a 1a Europa continental, que se había escindido por la Reforma y la Contrarreforma, Sin embargo, José Antonio Primo de Rivera, el tenaz antirrussoniano, tuvo una única tentación de entregarse a la autobiografía, cuando acusado dentro del hemiciclo del Parlamento, dispuesto a privarle de la inmunidad parlamentaria, no oponiéndose al suplicatorio, recurrió a lo autobiográfico, que detestaba, para proclamar que no era romántico y que el Romanticismo es una actitud endeble.

Hay en este texto Joseantoniano, arrebatado al olvido por los taquígrafos del Congreso de Diputados el 3 de Juüo de 1934, la condensación más estricta de su doctrina y de su carácter y la anticipación proíética de su muerte y hasta del estilo de su última voluntad testamentaria y de su presencia final ante el pelotón de milicianos. Al cuarto de siglo de su ejecución, casi cotocidente en su efemérides con el siglo y medio del fallecimiento confortable de Juan Jacobo, da escalofrió leer por su sinceridad estremecedora y por su clarividencia cronológica el siguiente párrafo taquigráfico dé aquella sesión parlamentaria:

«7o le aseguro al señor Prieto que si fuera lo que suponen muchos correligionarios suyos de fuera del Parlamento, si fuera un defensor acérrimo, hasta por la violencia, de un orden social existente, me habría ahorrado la molestia de salir & la calle, porque me ha correspondido la suerte de estar inserto en uno de los mejores puestos de ese orden social; conque yo hubiese confiado en la defensa de ese orden soial por numerosos partidos conservadores, los unos republicanos «In partibus Infidelium» y por otros partidos conservadores que hay en todas partes. Estos partidos conservadores, por mal que les fuese, me asegurarían los veinticinco o treinta años de tranquilidad que necesito para trasladarme al otro mundo, disfrutando todas las ventajas de la organización social presente.» ,

José Antonio había renunciado no desde esa tarde estival, en que el oportunismo maquiavélico de Prieta hteo mella en la generosidad del hijo del general Primo de Rivera, a quien los radicales y los cedistas pretendían que fuese procesado por tenencia ilícita de armas a la vez que el diputado socialista lozano, acaparador de armamento para la revolución marxista y separatista de octubre, sino con voluntariosa y reflexiva anterioridad a poder vivir tranquilamente, conforme con su rango de Grande de España, con su talento literario y con su bufete de primerísima cuota, con los veinticinco o treinta años consecutivos de su existencia. No era un suicida prematuro, puesto que hasta en el postrer instante de su autodefensa alicantina agotó sus recursos uridicos de abogado y los razonamientos de su cerebro para hacer un alegato con honor: pero se habla propuesto una misión política con una abrupta ruta, no SjMo obligado por los deberes filiales de la sangre, sino también, porque ese puede llegar al entusiasmo y al amor por el camino de la inteligencia».

Esta senda mental que te había de conducir a la cárcel de Alicante y a su fusilamiento, en el que se confirmaba su pronóstico del 3 de julio, aunque no en su cabal totalidad, puesto que el metalúrgico, el carpintero o el campesino no te habían pegado los tiros por la espalda, sino de frente, pero sí la certeza de que durante diez minutos de conversacion ultraterrena entre José Antonio y quienes dispararon, el metalúrgico, el campesino o el carpintero, se convencerían de que se habían equivocado al dirigir esos tiros, era una senda escogida Ubérrimamente, sin ser un sentimental, ni un romántico, ni un

español peleón, como se imaginaba Indalecio Prieto que era José Antonio Primo de Rivera. José Antonio se retrata esta sola vez mediante su domeñada palabra oratoria, confesando, no obstante su impavidez legendaria, que tenia la dosis de valor que hace .falta para evitar la indignidad. «Ni más ni menos; no tengo ni poco ni muchó la tendencia al romanticismo, al romanticismo menos que a nada, señor Prieto. El romanticismo es una actitud endeble, que precisamente viene a colocar todos los pilares fundamentales en terreno pantanoso; el romanticismo «s una escuela sin lineas constantes, que encomienda en cada minuto, en cada trance, a la sensibilidad la resolución de aquellos problemas que no pueden encomendarse sino a la razón.»

José Antonio es condenado en el mismo mes y año en que abdicó Eduardo VIII por el sofisticado hechizo panromántico de una superdivorciada norteamericana, por la señora Simpson, que te redujo a la categoría doméstica de transportarle en brazos sus minúsculos canes. El Soberano británico y Emperador de las Indias había roto una tradición de servicio al país, como otro Monarca, Enrique VIII, por resentimientos personales, había apartado a su pueblo de la Iglesia ecuménica de Roma. José Antonio Primo de Rivera era un caballero español, a quien atraía la educación inglesa por el rigor de las obligaciones esquivadas por el Rey que prefirió la cirugía estética aplicada con perseverancia a Vallls. José Antonio era un caballero español que hablaba inglés con la perfección reconocida por su padre en una nota oficiosa, que te gustaban los grabados ingleses de caza y los trajes sobrios con un corte británico y que habla colocado en su despacho de Alcalá Galiano. 8, unos versos de KipUng como norma vital; sin embargo, en la hora definitiva de la muerte, se comportó de un modo diferente a la apostasía de Enrique VIII y a la fuga romántica del que fue tanto tiempo Principe de Gales. José Antonio Primo de Rivera no sólo inauguró una manera de morir antirromántica, fiel a su temperamento, sino que continuaba, más leal a su credo, la antigua muerte del mártir, la muerte cristiana.

 

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