Autor: Ruiz- Giménez Cortés, Joaquín. 
   El estilo universitario de José Antonio     
 
 Arriba.    19/11/1961.  Páginas: 2. Párrafos: 17. 

EL ESTILO UNIVERSITARIO DE JOSÉ ANTONIO

Por Joaquín RUIZ-GIMENEZ.

SI José Antonio dijo un día que ser español es "una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo", ante el espectáculo de su vida y de su muerte, de su pensamiento y de su voz habría que decir que ser universitario es una de las formas más serias y auténticas de ser español. José Antonio no pasó por la Universidad para abandonarla como profesional y como político. La Universidad se quedó en él y dejó huella indeleble en sus palabras y en sus gestos. El vigor intelectual y el sentido crítico comenzando por la crítica de sí mismo, son dos rasgos fundamentales de su modo de ser y de su acción en la historia española de un tiempo decisivo. Expresamente exigió al político una severa disciplina de pensamiento:

"Si una política no es exigen te en su planteamiento—escribió en 1935—, es decir, rigurosa en lo intelectual, probablemente se reduce a un aleteo pesado sobre la superficie de lo mediocre". Y con el mismo tono recalcó otra vez que "la constante vigilancia del pensamiento es esencial para que la acción revolucionaria no quede en pura barbarie". La firmeza y el vigor de esa idea floreció en su propio estilo vitaL.

Alguna vez he hablado de su permanente elegancia, no ya de su elegancia física, signo de la nobleza de su estirpe y de una disciplina corporal, sino de la elegancia de su espíritu, de la finura de su alma y, más en concreto, de su elegancia intelectual

Por las circunstancias de su vida política nos hemos inclinado a verle como hombre de acción, lanzado a la dialéctica de los puños y las pistolas y jugándose a cara o cruz la existencia en el servicio de España.

José Antonio fue, ciertamente, ese luchador por un ensueño y una esperanza hasta la muerte, y cuando fue preciso gritar en la calle o encaramarse al riesgo, la bravura de su auna estuvo a flor de piel. Pero esa era sólo una actitud circunstancial en un trance histórico de ruptura de instituciones y estremecimiento de valores que exigía la gallardía del corazón a la intemperie. Debajo de esa pasión de combatiente con el gesto y con el grito, corría serena y profunda el agua clara del mejor clasicismo.

Es más: su temple y su esfuerzo sólo se explican por la rafa de unas ideas inquebrantables, escuetas y limpias como forjadas en lo mejor de su auna. Porque para él lo fundamental estaba en el interior del hombre, allí donde la libertad profunda y la inteligencia se entregan al puro servicio de la verdad. En esto, como en todo su vivir mas auténtico, fue irrenunciable-mente clásico—de Grecia y de Roma—. Frente a cualquier forma de irrupción de fuerzas demudadas y oscuras—las de la raza, las de la voluntad de poder, las del resentimiento o el odio-.—, se abrazó a la limpia y sencilla perfección del saber y del amor.

Quien no acierte a ver en José Antonio esta dimensión de pensamiento disciplinado y «Te impalpable poesía se condena para siempre a no entenderle. Hombre de combate y de milicia, no nace espiritualmente en un Campamento, sino en una Universidad. Su primer uniforme es la beca dé estudiante y la toga de jurista. La Universidad le dio forma. Universitario por encima de cualquier aspecto accidental fue su estilo, y universitarios fueron quienes primero comprendieron su mensaje y se embarcaron en su aventura. Una estremecedora aventura cara a la luz, como sólo pueden serio las que arrancan del pensamisnto. Por eso hubo en todos sus pasos como un intimo resplandor que los perfila y realza. Severo en la estica de sus ideas, odió el fárrago y la retórica como hoy hubiera odiado la apología o la propaganda.

Fue incansable censor de sus propios pensamientos a la luz de sus creencias más hondas, que es—salvo en momentos "excepcionales y transitorios de la vida de un pueblo-la única censura digna del hombre. Por este modo de ser comprendió que. para el colosal empeño de transformar las estructuras de España y los hábitos públicos se requería la colaboración decidida de los intelectuales, aquella colaboración que no pudo establecerse en la época del mando de su ilustre padre por culpa da unos y de otros, según él mismo declaró con serena gallardía.

Fue riguroso en la búsqueda y selección de las fuentes para su saber, y, aunque escandalice a algunos, no hay i?ás remedio que recordar que doctrinalmente sintió especial respeto y estima por intelectuales europeos del corte de Ortega y Gasset, Stamier o Kelsen. Y esto 110 es fruto del azar o de una moda intelectual, sino revelación de una actitud profunda, porque amaba la disciplina, la inteligencia, la pureza metódica, la claridad y la elegancia del saber. El pondría luego en los odres clasicos el sino añejo de su fe cristiana y el nuevo vino de su esperanza de España. Pero le repugnó siempre que estas creencias esenciales fueran afeadas con el ropaje de un pensamiento tosco o de una palabra de estuco y huera. Por eso, cristiano hasta la medula de su espíritu y patriota hasta el sacrificio, Rompió—todas las lanzas—posibles contra el fariseísmo y la patriotería, que son dos pecados de la inteligencia contra la Religión y contra la Patria

Y su invencible pasión por la justicia se vertió siempre dentro del cauce del respeto a la norma, al Derecho. "He aquí la tarea de nuestro tiempo—dijo a quienes quisieron oírle—: devolver a los hombres los sabores antiguos de la norma y del pan: hacerles ver que ¡a norma es mejor que el desenfreno, que hasta para desenfrenarse alguna vez hay que estar seguro de que es posible la vuelta a un asidero fijo".

Fiel a esta concepción del mundo y del destino, llegó a la muerte no con impasividad estoica, sino con inmensa serenidad cristiana. En algún sentido, como un día Sócrates bajo el sol de Grecia, José Antonio prefirió morir inmolándose víctima de la injusticia, pero acatando las formas jurídicas de un tribunal y una ley, para que un día todos los hombres de España pudieran gozar de la verdadera justicia y de la libertad del espíritu bajo el imperio de una nueva norma, en un orden jurídico humano y estable.

Y de esta integral disciplina de su pensamiento en la teoría y en la practica brotó la poética sencillez de su palabra, esa palabra que pulió una y otra vez, tenazmente, antes de ofrecerla como regalo a sus oyentes, reacio a la improvisación o al plagio, como atracos a ese derecho a la verdad y a la belleza que late en el alma de todos los hombres.

Así, por su amor a la sabiduría, al preciso saber de las cosas humanas y al más alto saber de las cosas de Dios, sus palabras no se las llevó el viento, el duro viento de España. Están ahí, intactas en su mensaje más hondo, aunque infructíferas por nuestra culpa muchas -veces. Permanecen, a pesar de nuestros olvidos y de nuestros desalientos, porque son todo menos soflamas de mitin, hojas secas de un otoño sin savia, os incitan siempre al diálogo con su rigor lógico y su poesia. Son idea y gracia, quintaesencia de ana contenida y heroica elegancia espiritual.

La misma de la Universidad

Has de una vez a lo largo de su duro bregar tuvo ocasión José Antonio de dejar traslucir su

pensamiento sobre la esencia y la función de la Universidad. La vio como "un organismo vivo de formación total" y rechazó que fuese una mera "oficina de expedición de títulos". Por eso pidió a los estudiantes afiliados al Sindicato Español Universitario que cumplieran rigurosamente, en primer término, con su deber propiamente ^profesional y escolar, donde debían aspirar a ser los mejores. Pero inmediatamente les requirió también para que se adiestraran en las funciones dirigentes de los futuros Sindicatos y en sus deberes para con España. La Universidad y la ciencia no podían encerrarse en un aislamiento engreído, sino que tenían que estar "en función de servicio de la totalidad Patria, y más en España, donde se nos exige una tarea ingente de reformación". Este es el hondo y fundamental sentido en que José Antonio ligaba Universidad y Política. Nada más lejos de su pensamiento sobre la Universidad y de su amor hacia ella que querer sembrar la discordia en su seno con tensiones y pugnas partidistas.

Precisamente soñó con «na vigorosa unidad interna de la Universidad para que desde ella se proyectase luz de verdad y anhelo de justicia sobre la doliente España. "Estudiar—repitió un día a los jóvenes del Sindicato Español Universitario—es ya servir a España. Pero entonces, nos dirá alguno, ¿por qué introducís la política en la Universidad? Por dos razones: la primera, porque nadie, por mucho que se especialice en una tarea, puede sustraerse al afán común de la política; segunda, porque el hablar sinceramente de política es evitar el pecado de los que, encubriéndose en un apoliticismo hipócrita, introducen la política de contrabando en el método científico". Una vez más se alzaba contra el espúreo e inauténtico, contra quienes, abroquelándose en un fingido neutralismo, llevaban la división al seno mismo de la Universidad. El primer deber de ésta era fomentar los saberes v transmitir la cultura, pero no para recrearse en un estéril narcisismo, sino para forjar la levadura de una Patria mejor. Por eso se alegraba de que los estudiantes se fueran adiestrando en el deporte, trabajaran con los libros y no se entristeciesen ni se marchitasen en sórdidos antros de esparcimiento. Y anhelaba que todos se extendieran por encima de sus luchas e hicieran juntos una España verdadera.

Precisamente porque comprendió y amó a la Universidad hasta el tuétano de sus huesos, la quiso solidaria del dolor del pueblo y esperó en ella contra toda desesperanza. "Seamos buenos universitarios —exigió desde el corazón de Castilla—, pero seamos también partícipes en la tragedia de nuestro pueblo. Como Matías Montero, estudiante magnífico al que nos asesinaron a traicón y que cayó muerto con el alma y los ojos llenos de la luz de nuestra España de los Reyes Católicos, la España cuyo signo ostentaban nuestro yugo y nuestras flechas. El medio contra los males de la disgregación está en buscar de nuevo un pensamiento de unidad; concebir de nuevo a España como unidad, como síntesis armoniosa colocada por encima de las pugnas entre las tierras, entre las clases, entre los .partidos. Ni a la derecha, que por lograr una arquitectura política se olvida del hambre de las masas, ni con la izquierda, que por redimir las masas las desvía de su destino nacional. Queremos recobrar, inseparable, una unidad nacional de destino, y una justicia social profunda. Y como para lograrlo tropezamos con resistencias, somos resueltamente revolucionarios para destruirlas". Queden aquí estas duras y hermosas palabras como permanente mensaje para una Universidad a la altura del dolor y de la esperanza de un pueblo que no tiene derecho a morir.

Justicia social y educación

Precisamente porque José Antonio fue un universitario tan verdadero, sintió como pocos la urgencia de extender la cultura a todos los rincones de la Patria y de hacer de la educación la escala de la libertad del espíritu y de la promoción social de todos los españoles.

Por eso al redactar en 1934 la Norma Programática de la Falange, dedicó dos Puntos —el 23, y el 24— a este problema decisivo: "Es misión esencial del listado, mediante una disciplina rigurosa de la educación, conseguir un espíritu nacional fuerte y unido e instalar en el alma i de las futuras generaciones la alegría y el orgullo de la Patria. Todos los hombres recibirán una educación premilitar que los prepare para el honor de incorporarse al Ejército nacional y popular de España. La cultura se organizará en forma de que no se malogre ningún talento por falta de medios económicos. Todos los que lo merezcan tendrán fácil acceso incluso a los estudios superiores".

La educación y la cultura aparecen en su pensamiento de un golpe, como arma de justicia social y como instrumento poderoso de unidad política lo que en modo alguno quiere decir que José Antonio tuviera una concepción totalitaria de la enseñanza. No podía crecer en una mente como la suya, que una y otra vez proclamó el valor de la persona humana como portadora de valores eternos y se batió por la libertad profunda, por la dignidad y por el destino supremo del hombre. Ni era compatible con su honda y auténtica fe cristiana, que iluminó su vida y su muerte, sin concesiones al fariseísmo, a la blandenguería o al cálculo.

Lo que si exigía era que tanto la Iglesia como el Estado y los distintos grupos sociales intensificaran, la colosal empresa de abrir caminos de cultura para todos los hombres, por débil que fuere su situación económica, con tal de que llevaran dentro un mínimo afán de saber. Sabía que la justicia no consiste sólo en dar a cada uno el pan para el cuerpo, sino también la verdad para el alma. Y que en determinadas épocas históricas como la nuestra, y en pueblos como el español, sólo una audaz política de "igualdad de oportunidades" en todos los órdenes, y sobre todo en el de la enseñanza, puede evitar —si se hace a tiempo— la conmoción revolucionaria del odio y el resentimiento.

Pero esa gran empresa educativa no podía ceñirse a una superficial "alfabetización´´, ni siquiera a un enriquecimiento del saber técnico y profesional. Esos objetivos tenían ciertamente que lograrse, pero la finalidad última era más alta: lograr la fortaleza y la unidad del espíritu del pueblo y hacer florecer en la alegría y en el honor de la Patria a las futuras generaciones.

Este fue el hombre que la Universidad española de los años veinte —aunque quebrantada y rota— puso para siempre en la Historia. Nada menos que todo un hombre que amó inmensamente la paz del pensamiento y la suavidad del diálogo, pero que por él peso del destino tuvo que luchar, incluso con acción directa, hasta la muerte. Así fue José Antonio, el universitario, que cayó un día cara al mar de la cultura clásica, como si quisiese salvar con la suprema elegancia cristiana de su último gesto la esperanza de un futuro diálogo en la justicia y en el amor entre todos los hombres de España.

(Del libro "Jote Antonio", editado por la Delegación Nacional de Organizaciones del Movimiento.)

 

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