Autor: Ximénez de Sandoval, Felipe. 
   Habla un remero de su despacho profesional     
 
 Arriba.    19/11/1961.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

HABLA UN REMERO DE SU DESPACHO PROFESIONAL

Por Felipe XIMENLZ de SANDOVAL

HASTA hace muy pocos meses no he tenido la fortuna de conocer a Rodrigo Garda Conde, uno de los. remeros de su despacho profesional, a quien recordaría José Antonio como verdadero y agradecido amigo en la carta de despedida a los que calitica de «pacientes compañeros de trabajo» en el hermoso inventario de sentimientos establecido muy pocas horas entes de su marcha al suplicio. Rodrigo Garcia Conde, hoy abogado en ejercicio y oficial mayor del Ministerio de Educacion Nacional, es un hombre modesto y afable que nunca ha querido alardear del afecto que José Antonio sintió por él, correspondido plenamente en fusión con un gran respeto y una admiración profunda. Le bastan sus recuerdos, recogidos, en un cuaderno autógrafo, en el que por cierto, traza un magistral retrato de don José, como le llamó siempre, basta que en el Madrid martirizado por el marxismo empezó a percibir la inmortalidad adquirida por el nombre que daban a su Jefe los falangistas. Por una vez, Rodrigo García Conde ha roto su silencio, accediendo a hablarme de su relación profesional con quten supo inculcarte el amor al noble oficio de la abogada, en el que boy es consumado maestro. Para hacerle quebrantar ese largo y hondo sifendo ha sido menester la llegada de esta fecha conmemorativa del XXV aniversario de la tragedia de Alicante, en la que parecen florecer planteles de siemprevivas en las memorias de cuantos le conocieron.

—Conoci a José Antonio a finales de Junio de 1932. Reden licenciado en Derecho en la Universidad Central, no tenia edad de solicitar mi alta para el ejercido de la profesión en el Colegio de Abogados, y como todos los flamantes licenciados, necesitaba pasar de la teoría Jurídica aprendida en las aulas a su aplicación práctica en la vida, que solo puede adquirirse al lado de un letrado inteligente, honesto y diestro. Mé presenté a mi maestro de la Universidad, don Joaquín Garrigués, pidiéndole que me recomendase a algún amigo suyo, a fin de ser admitido como pasante en un buen bufete Garrigués sonrió y me contestó textualmente: «Voy a hacerlo a uno de nuestros mejores abogados Jóvenes, con quien podrá usted aprender mucho, pues siempre pone un dudado escrupuloso en cuantos asuntos se te confian.» No me dijo el nombre, sino que se limitó a marcar un número de teléfono, Preguntó por don José, y cuando su Interlocutor estuvo al habla, la explicó mi deseo y le pidió que me admitiera en su despacho. Cuando colgó, me dijo: «Es José Antonio Primo de Rivera. Ha dicho que vaya usted en seguida. Tiene el despacho en Alcalá Galiano, 8» Fui lo que se dice volando. El despacho estaba aún a medio instalar. José Antonio me recibió inmediatamente con una gran cordialidad y sencillez que pronto comprendí eran innatas y habituales en éL Sus primeras palabras me emocionaron y me ganaron, para siempre: «¿Es usted el «compañero» que quería verme...?» Me llamaba compañero, y en afecto, podíamos eeorlo por Va edad, pues sólo me nevaba nueve años! Pero él ya era un abogado de cuerpo entero, que añadía un añero lustre personal a su Ilustre apellido, y yo tenia fresca todavía la tinta de la calificación en mi ultima papeleta de examen... Hablamos un rato de lo poco que, según él, podía yo aprender a su lado.

Y convinimos, puesto que el verano se acercaba y la actividad Judicial se reducto, mucho por las vacaciones, en que empelara mi aprendizaje en octubre. Cuando me presenté a él después del veraneo acababa de salir de la cárcel, a la que te llevaron por su supuesta participación en los sucesos del 10 de agosto. Recuerdo que acudí a trabajar el 3 de octubre de 1932, tañes, me parece. Me recibid el primer pasante, Rafael Gañeran, quien me hizo sentar en una mesa frente a Manuel Sardón.

(Tanto de Gañeran como del fidelisimo e Inteligente Manolo Sarrlón y del secretario particular. Andrés de la Cuerda, tiene tambien acertadísimas semblanzas en su cuaderno Rodrigo Garda Conde.)

—Sarrión —continua era el único que en el despacho tuteaba a José Antonio y no te llamaba don José.

Según oreo, hablan sido condisdpulos. José Antonio no tardó en aparecer y reunió a todos los pasantes para darles instrucciones y explicar al reden, llegado el mecanismo del trabajo diario. Pasé un ano Justo en el despacho. Al prindpio no hice sino aprender una serie de cosas prácticas, de detalles Imposibles de hallar en tos libros y solo asimilables por la observación y la practica. Cuando llevaba unos cuantos días, Garcerán me transmitió un encargo de José Antonio: redactar un breve escrito de trámite, sin duda con la intencion de ponerme a prueba. Cuando se lo presenté a José Antonio lo teyó con atencion y lo fue corrigiendo (casi podría decir que lo hizo nuevo), sin decir otra cosa soto que todo estaba muy bien, aunque por ésta o la jotra razón era preciso suprimir aquí y añadir allí. Rasones Indiscutibles de aquella sabiduria Jurídica y habflldad forense, resplandecientes siempre en la redacción de sos escritos.

Impecables de lógica y arquitectura. Como me habia dicho Joaquín Garrigues, cuidaba indino tos detalles más insignificantes...

Poco a poco, el pesante bisoñó se fue fogueando al recibirr encargos de mayor importancia cada vez. El

primer escrito grande redactado por él fue uno de conclusiones en un asunto de mayor cuantía. El cliente era persona amiga de José Antonio, quien llevaba el litigio con vivísimo interés, aun cuando no hubiera de cobrar. José Antonio en una reunión previa —como hada en todos los pleitos— con sus pasantes, tes explicó las conclusiones a que había llegado y los fundamentos de derecho encontrados en las leyes. Los ojos de Garda Conde brillan de satisfaccion al contarme que consiguió añadir de su cosecha alguna nueva conclusión y algún fundamento de derecho mas, recibiendo por ello una efusiva felicitación de José Antonio.

Dentro del gran respeto a don José, en el despacho se respiraba el mismo ambiente de alegre camaradería e identificación en una tarea común que los falangistas conocimos mas tarde en Riscal, Santo Domingo y Nicasío Gallego. Sólo que en las fechas en que mi amable informador trabajaba a su lado no se hablaba para nada de política. Con una excepción, en el momento considerado por Garcia Conde como el mas intenso y emocionante de su estancia en el bufete de José Antonio: la preparación de la defensa del ex ministro de la Dictadura don Galo Ponte. Claro está que Garcia Conde abandonó el despacho en vísperas de nacer la Falange, precisamente en octubre del 33, fecha en que empezó unas oposiciones ligadas luego con su servicio cdlitar Cuando terminó éste, se incorporó en 7 de noviembre de 1934 al Colegio de Ahogados y abrió su propio bufete, iniciando también su preparación para el Cuerpo de Abogados del Estado. Aun cuando ya no era pasante titular, iba al despacho muchas veces para visitar o ayudar a sus compañeros.

Durante el tiempo que estuvo adscrito al bufete acompañó a José Antonio cuantas veces acudía a estradas para informar. Cuando el asunto era importante iban todos los pasantes. Garcia Conde comenta con admiradón los guiones minuciosamente preparados que llevaba, en los cuales iba en esquema toda la oración forense, desarrollada luego con magistral elegancia y precisión. Como en sus discursos politicos, empezaba siempre sus informes en tono menor, confidencial, casi infantil, que Iba ganando en fuerza, en acento, en Pistón, en sabiduría, hasta encadenar la atencion Sus oyentes. Entre los numerosas actuaciones de José SctóoT^el poro no ha podido olvidar dos en la Audencia Territorial. En una el letrado de la parte Surera don Melquíades Alvarez, y el duelo oratorio v Jurídico fue de singular aflora. En la otra, los dos abosados informaron con tal acopio de deuda, de juriaSrudenday de destreza dialéctica, que se produjo el ceso poco frecuente de «discordia en Sala», es detír, no se togrt entre los magistrados la masarla suficiaate para dictar sentencia, siendo necesario constituir de nuevo y aumentada la Sala para dirimir la discordia, informando por segunda vez ambos letrados.

Pero no todo era absoluta seriedad en aquel grupo de jóvenes profesionales. Garda Conde me cuenta que el día en que se terminó la instalación del despacho, José Antonio invitó a sus colaboradores a un cóctel, hecho por él mismo, a basa de «cointrau», coñac, zumo tí» niñón T nieto. Asimismo, cuando estrenó el famoso Chevrolet el «Rocinante» sobre el que recorrería los caminos de España, sonando libraria de encantadores y malandrines se tos llevó a todos a dar un paseo y tomar unas copas en las afueras de Madrid.

Como en la carta de adiós a sus remeros mas o menos asiduos José Antonio les pide mil veces mu perdones «por lo muchisimos que os he dado que aguantar» —en otras habla de «las espinas de su carácter», de sus «chinchorrerías» y de sus «cóleras bíblicas»—, pregunto a Garda Conde si recuerda alguna de ellas.

—Con nosotros, no. Siempre nos corregía con suavidad, aleccionandonos con sus correcciones... En cambio, si tuvo algunas de esas cóleras con ciertos visitantes que pretendían encomendarte asuntos contrarios a la exquisita deontologia que presidía su vida profesional. Tambien me acuerdo de una totalmente ajena a la marcha del despacho. Con razón, o tal vea por exceso de suspicacia, creyó ver una intención molesta en cierta factura —creo que de tus— que te presentaron al cobro a nombre de «José Antonio Primo». Como en aquella época los enemigos de su padre, al hablar despectivamente del general, cortaban sa apellido. José Antonio —mezclando hábilmente violencia e ironía—hizo una estopeada defensa de la Integridad de su glorioso apellido.

Muchos más recuerdos de José Antonio se agolpan en la memoria y el corazón de Rodrigo Garda Conde. Pero es a él a quien corresponde escribirlos con la emoción auténtica que ha puesto al referírmelos, no mayor que la mía al escuchárselos y tonar estas breves notas, que qntó no contribuyan al afan de algunos de envolveren aséptico celofán a José Antonio. Aunque si —estoy seguro— gustarán a quienes quieren seguir cerca de el no a través de interpretadoaes de abstracta pedantería, sino mediante imágenes vivas de su espléndida humanidad.

 

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