Autor: Urbano, Pilar. 
 Hilo directo. 
 Golpismo, en vía muerte     
 
 ABC.    21/04/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 1. 

Hilo directo

GOLPISMO, EN VÍA MUERTA

Mañana, viernes, expira el plazo del Tribunal Supremo para evacuar la sentencia,

en firme, por los hechos del «23-F». La Sala Segunda dará a conocer su texto —

unos treinta folios— a un tiempo al fiscal del Estado y a los representantes de

los procesados. Se llega así al punto final de un largo y espinoso procesó.

Y se llega con un estado de opinión ciudadana desapasionado y hasta

desinteresado por la causa.

El golpismo, como tendencia e intención, y su consumación delictiva, la

rebelión, no sólo han sido condenados por la Justicia, en su primera instancia

militar y en la suprema, civil, sino que, venturosamente, ha entrado en la vía

muerta del rechazo y la indiferencia popular. A esta realidad social se ajusta,

como anillo al dedo, la triste expresión «rebeldes sin causa». El pueblo

español, en las elecciones generales de octubre, se volcó abrumadoramente por

las opciones democráticas, de uno u otro signo; y quienes defendían siglas y

colores totalitarios, en dura nostalgia del pasado irretornable, sufrieron el

aparatoso descalabro del «NO» social. Y eso consta ya en las actas de la

Historia.

Pero, en rigor, hay que subrayar que el golpismo, alentado para resurgir con

aspereza durante los juicios de Campamento, recibió allí mismo, en aquella

prefabricada sala de Justicia Militar, la puntilla de muerte.

Al golpismo lo derrotó, paradójicamente, la actitud de tos generales, jefes y

oficiales procesados: su renuencia a asumir responsabilidades, su empeño en

ampararse de los cargos, bajo palios más o menos encumbrados, y al socaire de la

«obediencia», el «estado de necesidad» o el «impulso regio». Hecha excepción del

comandante Zancada, no hubo allí, entre aquellos treinta y tres hombres, ni uno

solo que se ciñese la gallarda y escueta afirmación de «lo hice porque quise,

nadie me lo mandó, y supe lo que hacía soy responsable». Antes bien, una tupida

red de añagazas, coartadas, medias verdades, disculpas, apelaciones y recursos

ensombrecieron el proceso, defraudando incluso a los más vehementes seguidores

de unos líderes militares que, a la postre, se mostraron como héroes de barro.

A la sublevación, cuando tiene el coraje de dar el paso al frente, hay que

exigirle, al menos, el valor de no «guardar la ropa», de no envolverse en

«garantías» de impunidad. Los magistrados de la Sala Segunda han deliberado en

secreto No hay filtraciones. Todo lo más, intuiciones forjadas en la experiencia

jurídica. Es presumible que la sentencia se endurezca en la calificación

delictiva del general Armada; en la responsabilidad de los coroneles Manchado,

San Martín e Ibañez Inglés; quizá en la del general Torres Rojas, y, con no

pocas dificultades procesales, en la cuestión de la «obediencia debida» que

afecta a los tenientes, absueltos, que asaltaron el Congreso. Este es uno de los

puntos más escabrosos. Se apoya endeblemente al recurrir contra la aplicación,

«excesivamente generosa» del artículo 294, que el Tribunal de instancia, Consejo

Supremo de Justicia Militar, hizo en su día para aplicar la eximente de la

obediencia a esos once oficiales de la Guardia Civil. Esa facultad es

potestativa, y el CSJM podía ejercerla como la ejerció.

Por supuesto, sienta un grave precedente y, me consta, ahí se ha debatido con

firmeza. Es posible también que esa página se pase sin enmiendas o que no se

consideren las actuaciones de este grupo de oficiales como un bloque uniforme,

sino distinguiendo conductas individuales, porque la miscelánea fue muy diversa.

Vuelvo, en fin, al capítulo Armada: los «hechos probados» son tan delicuescentes

que fuerzan a la opción «todo o nada».

Pilar URBANO

 

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