Autor: Marías Aguilera, Julián. 
 La opinión de.... 
 Aquisgrán     
 
 Tiempo.    14/06/1982.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Aquisgrán

Discípulo de Ortega y Gasset, senador de designación real durante la legislatura

constituyente,

Julián Marías fue uno de los primeros pensadores españoles en unir la figura de

don Juan Carlos al desarrollo de las libertades en España.

Actividad, brillantez, talento y saber son virtudes que acompañan al escritor, a

los que une su coherencia ideológica y su valor de haber sido, durante mucho

tiempo, el único visitante de las publicaciones españolas que manifestaba

públicamente su antifranquismo, manteniendo un resquicio a la esperanza en el

largo período de la dictadura.

Llega, pues, a tiempo una pluma significada por el valor y la coherencia.

También por una trayectoria significada por la fidelidad a sus maestros,

soslayando el peligro de permanecer anclado en un pensamiento aparentemente

barrido por tas alternativas de la moda. Resultó que éstas pasaron y Julián

Marías sigue siendo una parada necesaria cuando se hace recuento de la cultura

española.

El teniente general Manuel Diez-Alegría será el comentarista de opinión

de

esta revista la próxima semana.

He sido testigo de la doble ceremonia, primero en la catedral, luego en el

Rathaus, de la entrega del Premio Carlomagno al Rey de España, Juan Carlos I.

No es desdeñable la belleza, la impecable compostura, el prodigioso marco de la

catedral levantada sobre el octógono de la vieja capilla de Carlomagno, el

decoro de las palabras del arzobispo, la liturgia en tres lenguas —latín,

alemán, español—, la buena música, las voces acordadas.

Y luego, en el Rathaus, Beethoven y Mozart, los que habían recibido en otros

años el mismo premio, los discursos del alcalde de Aquisgrán, del canciller

Helmut Schmidt, de Tindemanns, del propio Rey de España, interrumpidos por

salvas de aplausos.

No sé cuántos años hace que España no estaba en Europa con tanta plenitud y

dignidad, con tanta fuerza, tan en su propia casa. Algún español individual, sí;

España como nación y como

Estado, no desde que tengo uso de razón histórica.

ESPAÑA, DONDE SOLÍA

Europa —y en general el mundo no hispánico— ha solido mirar a España en los

tiempos que se pueden recordar por los que hoy viven con una de estas tres

actitudes: la primera, complacencia ante lo atractivo y pintoresco; la segunda,

condescendencia ante algo que tal vez fue grande, pero que no es menester tomar

en cuenta; la tercera, consternación, no exenta de alguna admiración ante la

fiereza, la energía disparada, la capacidad de sacrificio poco inteligente.

Ninguna de estas tres actitudes estuvo presente en Aquisgrán el 20 de mayo de

1982 —retengamos una fecha que puede ser inicial.

España estaba en su casa, en un

acto de refinada civilización, por derecho propio. Con el más alto decoro

imaginable, con mesura y elegancia, con gravedad y sosiego, como un cuadro de

Velázquez Ninguna inferioridad podía advertirse ni en la presencia, ni en el

gesto, ni en la palabra, ni en las ideas.

Y no digo más.

PALABRA DE REY

Esto fue reconocido, vivido, proclamado por los que asistieron a la entrega del

Premio Carlomagno.

Se cancelaban muchos años de ausencia o de presencia precaria.

España estaba no en las instituciones europeas, que son en definitiva

secundarias, sino en la realidad de Europa, sin mengua alguna.

La gentileza de la Rema, la modestia personal del Rey al aceptar el premio, no

deben ocultar el hecho de que estaban allí plenamente, fuertemente, como Reyes

de España.

La ilimitada cortesía de las palabras servía para reforzar la energía de su

conten/do.

"Son europeos, y nosotros también", venía a decir el Rey, como San Pablo decía

a los corintios: "Son hebreos, y yo también". Y, en definitiva, más que casi

todos, por ser transeuropeos, por no ser angosta y egoístamente europeos, por

haber transfundido nuestra sangre y nuestro espíritu —"la sangre del espíritu es

la lengua"— en otros pueblos, al otro lado de los océanos.

Ese día de Aquisgrán podía borrar muchas amarguras y desilusiones a los

españoles que han creído durante toda su vida, sin lactancia ni vanagloria, a

pesar de tanto dolor, en la indominable y siempre renovada originalidad de

España, en su capacidad de renacer desde sus raíces y florecer de cualquier

manera inesperada.

 

< Volver