Autor: Gutiérrez, José Luis. 
 El juicio del 23-F. 
 Los subalternos     
 
 Diario 16.    24/03/1982.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

24-marzo-82/Diario 16

EL JUICIO DEL 2»

LOS SUBALTERNOS

La sesión de ayer, pasadas las expectantes jornadas de las grandes «estrellas»

de la conspiración, abrió sus puertas al turno de los subalternos, una vez

rebasada la frontera de los «dos comandantes», Pardo Zancada y Cortina- que

terminó su deposición en la mañana de ayer - , con un embarullado floreo de

capotes, con la misma añagaza de siempre: cumplía órdenes.

José Luis GUTIÉRREZ (*)

Los puntuales, milimétricos cronistas que siguen los avatares de la causa,

influenciados, quizá, por lo que en la sala se oye es posible que, cualquier

día, ofrezcan la psicodélica versión del asalto al acuartelamiento, a manos de

una inacabable riada de parlamentarios encabezados por Landelino Lavilla y

Gregorio Peces Barba, que, armados de sus correspondientes actas de diputados,

se dirijan hacia los 33 acusados gritando « todos al suelo!», para proceder,

acto seguido, al reparto frenético entre los encausados de ejemplares de la

Constitución y de las Reales Ordenanzas

Tales son los despropósitos que en la sala se escuchan y que sólo son mitigados

por la prudencia y sentido del equilibrio del presidente, teniente general

Alvarez Rodríguez, que, a estas alturas, controla con férrea mano, enguantada en

seda, el rumbo de la gran nave procesal

Tras el epílogo del interrogatorio a Cortina en el, que nos enteramos, por

ejemplo, que el CSID se dedica, en ocasiones, por imperiosas necesidades del

servicio, al traslado e instalación de frigoríficos, versión cutre y garbancera

de un servicio de información digna del inolvidable Pulgarcito el fiscal Claver

inició el interrogatorio al capitán de la Guardia Civil Acera Martín.

La estrategia del ministerio fiscal con los capitanes ha sido muy simple, y de

doble filo. Dejar constancia de la culpabilidad del encausado y descubrir

posibles contradicciones con lo declarado por el resto de los encausados

Arrogancia

Acera Martín, voz empastada por los nervios, gafas deliberadamente oscuras,

quizá utilizadas con la pretendida intención de resguardarse y protegerse tras

ellas de la multidireccional curiosidad del auditorio, barbita mandibular y

sorprendentemente «progre», inició, no obstante, su interrogatorio con la misma

arrogancia que su superior el teniente coronel Tejero

La actitud de Acera Martín que reiteró en diversas ocasiones que no había

realizado algunas declaraciones porque se le había dicho que se le tomaría

declaración en sucesivas veces y tales interrogatorios no llegaron a producirse-

molestó

profundamente a algunos miembros del tribunal Por ello -y por primera vez a lo

largo de todo e! proceso, después de ser interrogado por el fiscal y los

defensores, el capitán Acera Martín fue reconvenido por un consejero togado, el

general Barcina, que le indicó que siendo capitán de la Guardia Civil debería

conocer el Código de Justicia Militar, que en su artículo 611 ofrece la

posibilidad al acusado de solicitar al juez la evacuación de cuantas

declaraciones considere oportunas

«El espontáneo»

El símil taurino incrustado en el epígrafe que encabeza estas líneas no es, en

este caso ocioso

El capitán Acera ha sido motejado por el teniente coronel Tejero como «el

espontáneo», alias que refleja gráficamente la condición del oficial que, el 23

de febrero de 1981, se vio, según propia versión, atrapado por el torbellino

imparable de los hechos cuando «pasaba por allí»

Según confesión propia, hasta las 5,30 de aquella tarde no tuvo conocimiento de

lo que se preparaba Para añadir, más adelante «Para el servicio de España no se

necesita ser espontáneo »

Nuevamente, nos encontramos ante un caso similar al del teniente coronel Tejero,

quizá desprovisto de esperpénticas valleinclanescas malformaciones.

Un oficial dispuesto a salvar a España, con la fogosa y juvenil persistencia de

aquel «boy-scout» empeñado en ayudar a una anciana a cruzar la calle para

descubrir, al final del trayecto, que la viejecita tenía intención de

desplazarse en dirección opuesta

Si Tejero llegó a afirmar que el comportamiento de sus guardias civiles en el

interior del Congreso de los Diputados había sido irreprochable y correctísimo

en todo momento, y sin excepción alguna - ¿qué pasó con aquellos desplantes de

matón arrabalero del «esto se mueve», «se sienten, coño», etcétera, los

disparos, el secuestro, el zarandeo al teniente general Gutiérrez Mellado, hasta

el bote de los camareros hurtado vergonzosamente por uño de los guardias el

capitán Acera no le fue a la zaga

Acera llegó a decir

- no se sabe si como resultado de la inconsciencia o de una dureza facial

realmente diamantina — que el hecho de tener secuestrados y retenidos por las

amenazas de las armas al Gobierno y el Parlamento en Pleno lo consideró un

servicio más de los que suele realizar la Guardia Civil y que en ningún momento

sintió que estuviera vulnerando gravemente las leyes

Y aquí, nuevamente, el paraguas salvador válido para tormentas, insolaciones,

rotos y descosidos Cumplía órdenes ¿De quién? del teniente coronel Tejero ¿Y no

vio ni escuchó el mensaje del Rey? Oyó decir que el Rey había hablado, pero

desconocía el contenido.

(A Tejero, sencillamente, no le interesó ) A pesar de los muchos transistores

que tenía la fuerza O de ¡os teletipos de las agencias instalados en la Cámara,

que el capitán Acera consultó reiteradamente por los que pudo comprobar que «la

prensa mentía constantemente»

El capitán Acera posiblemente ignora que si las informaciones no eran exactas,

una de las razones residía en ese pequeño y sacrilego detalle délas metralletas

en el hemiciclo, y la ausencia de prensa en el interior del palacio

Pero Acera, a la hora dé escoger entre lo que el llama «la cobardía o la

temeridad», optó obviamente, por la segunda hipótesis Y permaneció al lado de

Tejero y sus hombres

Ballesteros

El interrogatorio de Acera por los defensores registró dos vicisitudes a

resaltar la acusación del guardia civil contra Ballesteros y Dopico en boca de

los cuales puso un «ya era hora» y la pregunta fulminantemente cercenada por el

presidente de la sala que el defensor Martín Fernández lanzó inesperaamente que

opinión le merecían las muertes de los inspectores de Policía en Sestao.

El presidente respondería, encarándose con el letrado Triste, pero no solamente

para él y para nosotros, sino para todos los españoles.

Batista

El capitán Batista González, treinta y nueve años, bajo y cetrino, luce el fajín

azul de Estado Mayor cuando sale a declarar.

Nos encontramos nuevamente con un militar de verbo preciso y de cierta

espectacularidad retórico que no puede evitar las reiteradas menciones a esa

restringida «élite» en la que se integran «los oficiales de Estado Mayor», que

Batista menciona con indisimulable orgullo y con constantes invocaciones a la

«doctrina».

Su defensor, Zugasti Pellejero, letrado de decirles tan desmesurados y enfáticos

que parece que mastica los vocablos, nos conduce en breve y piadosamente por la

biografía de su defendido diversos cursos, dominio del francés, escritor de

ensayos, poeta, suponemos que muy inspirado por la primaveral eclosión de

pólenes y gmeceos que desde hace algunos días viven nuestros compatriotas

españoles del remo vegetal.

Periodistas

Incluso se aprovecha la ocasión para anunciar su reciente libro —ya en

librerías. «El terrorismo, la antítesis de la paz», puesto a la venta al módico

precio de 600 pesetas (El presidente, con una incomprensible falta de

sensibilidad ante las «inquietudes culturales» de uno de los encausados,

reconvino al letrado apuntándole que lo del precio del libro no añadía nada

nuevo ni esclarecedor a los innumerables meandros del sumario

Batista —que presume de buenas relaciones; hasta de amistad con numerosos

periodistas, con los que «incluso» llegó a entenderse- aprovechó sus antiguos

conocimientos de sus años de servicio en la OIDREP, prensa y relaciones públicas

de Defensa para acudir

la noche de autos, por dos veces consecutivas, a la emisora «La Voz de Madrid»

Allí, con diecisiéis soldados armados con el preceptivo Cetme tomó la emisora no

sin antes llamar a su amigo el periodista Alvarez del Castillo, anunciándole su

llegada Incluso el propio Del Castillo bajaría a abrirle el portal en una

segunda «ocupación» de la emisora, ya de madrugada.

El lance movió a su defensor a producir el siguiente comentario claro, como ya

no hay serenos formulado posiblemente a

título de invocación nostálgica por aquel inolvidable sindicato-cajón de sastre,

en el que García Carrés instaló a los castizos vigilantes, bajo el denominador

común de «actividades diversas»

Allí, según Batista, según su defensor, no se «acogotó» a nadie —verbo éste,

«acogotar» que no gustó a la presidencia y que Zugasti aprovechó para

devolvérselo, con un insulto, a Ruiz Butrón, un periodista de la emisora que

testificó en contra de la ocupación de Batista Para el capitán y sus defensor no

hubo la menor conminación ni presión sobre los trabajadores de la emisora, que

pudieron seguir con sus actividades, como si tal cosa

La presencia de una docena de hombres en armas fue un pequeño, secundario

accidente, sin importancia (*) José Luis Gutiérrez cubrirá las sesiones

informativas de la vista oral hasta que sea retirado el veto a nuestro director,

Pedro J. Ramírez.

En una versión garbancera y cutre de los servicios secretos, digna del

«Pulgarcito», el CESID se dedica, en ocasiones, al traslado e instalación de

frigoríficos...

 

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