Autor: Cañal, Modesto. 
   En torno a las elecciones     
 
 ABC.    24/04/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. DOMINGO 24 DE ABRIL DE 1977.

EN TORNO A LAS ELECCIONES

La tentación de escribir sobre política es hoy, prácticamente, irresistible. En menor escala, como la

tentación de ser político o el «arte de prevalecer». Decía Pedro de Lorenzo que «priva la ambición en el

político y en el escritor la vanidad», pero, en cualquier caso, se trata de dos vocaciones apasionantes.

El pluralismo y la participación se han erigido en excepcionales estimulantes para quienes —con un

mínimo decoro— tienen algo digno que decir. Y pienso que un modo de participar, cuando sustituye la

inquietud a la dedicación, es la razonable expresión del comentario y la sugerencia de fórmulas

coherentes de entendimiento. Si en política todo —o casi todo— es materia opinable, la formación de la

opinión pública, su adiestramiento y su ejercicio, puede culminar en una creencia mayoritaria que, para

decirlo con la vigente nomenclatura, se hace fundamento democráticamente. Así, lo discutible se

transforma en dogmático por un milagro de voces y de votos...

Por imperativo de su propia convicción, quien esto escribe hubiera preferido mayores prioridades de

atención gubernamental a la coyuntura económica, sin abandono de un proceso político ya irreversible.

Grave falta ha podido ser la sumisión absoluta a éste —con todas sus servidumbres— en deterioro patente

de la economía. Pero tales son los hechos y Dios quiera que no se agudicen en los meses próximos,

cuando van a revelarse como importante factor psicológico los indicadores de la realidad material del

país. Para convivir hay que vivir: «Primum vivere».

Parece evidente que el hombre de la calle, la ensanchada clase media española, tiene ya formados algunos

criterios decisivos y, contrariamente a lo que se supone, se está guiando más por las ideas que por los

hombres. El español es muy sutil —además de individualista y radical— y empieza a entender que las

imágenes audiovisuales o los «slogans» de muchos líderes, son síntesis muy abreviadas y rutilantes de

esquemas ocasionales, de esbozos pasajeros, que sensibilizan menos que las categorías permanentes que

aporta una filosofía de la convivencia en el bienestar. La gente cree en la libertad y, hasta es posible, que

en la democracia, pero sabe por experiencia el altísimo precio de la subversión. Denuncia abusos

pretéritos, pero adivina otras injusticias y ambiciona, sencillamente, la paz que no se logra por decreto.

Distingue el autoritarismo de la autoridad y alberga la sospecha de si deberá renunciar un poco —sólo un

poco— a todos sus obsesivos afanes democráticos en beneficio del orden, de la compostura ciudadana y

de la independencia económico-política.

Resulta curioso que en el entorno de esta problemática, la experiencia le está sirviendo al país —a lo más

sano del país— como un libro ¿enciclopédico de lecciones históricas. Porque es bien sabido que durante

los pasados cuarenta silos, mientras el nivel de vida ascendió excepcionalmente, no fue paralela la renta

de la cultura individual. Todavía el español no es cívico ni transigente en proporción a sus propios índices

económicos. Pero está en camino de serlo a fuerza de cosas que perder y cosas que conquistar, sean

frigoríficos y coches o educación y sabiduría.

Sin embargo, algunas cautelas instintivas y aquel caudal de conocimientos, están facilitando su proceso

intelectual, favoreciendo su capacidad de decisión y elección. Por de pronto, ha acumulado ciertos datos y

tiene fresca la memoria sobre sucesos recientes, sin olvidar que ningún futuro se improvisa y que de todo

pasado se desprende una fuerza creativa indiscutible. Ello le permite llegar a la simple conclusión de

convenir en cualquier fórmula evolutiva de mejora, sin necesidad de aceptar unos instrumentos

revolucionarios de ruptura. Quizá una transición dolorosa, que ha estimulado artificialmente los recursos

fáciles de las osadías, los recelos y los revanchismos, le haya servido también para la búsqueda de leves

comparaciones y distingos en favor de un más sereno entendimiento de la verdad deseada. Así, hay que

dar por lógicas algunas reticencias respecto a las claves de ciertos ideólogos, más espectaculares que

realistas y que se amparan en una legalidad discutible; como también en consecuente la actitud ante

cualquier idea de contenida moderación frente al deber ineludible del progreso, la comunicación o el ocio.

Los españoles tienen del resto de Europa la mejor opinión, sin estar seguros de compartir su estilo

ideológico.

El hombre medio, pues, apetece cambios y no anhela tanto un objetivo de participación personal como de

conciencia, de perfeccionamiento colectivo; quiere trabajo, aunque debe trabajar más y trabajar mejor, así

como afrontar riesgos, de capital sin el riesgo atípico del desorden, y aspira, fundamentalmente, a poner

un poco de equilibrio en su vida y recuperar para su espíritu los valores —un poco olvidados— de

siempre: la nobleza, la fe, la integridad. Todo eso que no contradice la contemporaneidad de las equidades

en beneficio de un mundo mejor cuyas características aún no ha identificado plenamente. Y, por eso, uno

piensa —como otro ser cualquiera que va por la calle, de vuelta del trabajo, soñando futuros— que en las

elecciones venideras el español responsable de sus actos, consciente de su Historia y creador de su propio

destino, ofreceré el concurso de su voto a quienes, a su ves, le ofrezcan la certidumbre de la lealtad y de la

esperanza.

Modesto CANAL.

 

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