Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Sobre la violencia     
 
 ABC.    29/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

ABC

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA MADRID

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FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

SOBRE LA VIOLENCIA

A primeros de este siglo, Sorel escribió, al servicio de la idea anarquista, sus famosas

"Reflexiones sobre la violencia", que habrían de tener una gran influencia sobre el

pensamiento de Mussolini. Creo que a nadie parecerá ocioso que intentemos nosotros

(también, aquí y ahora) reflexionar sobre la violencia en las sociedades actuales.

La violencia está ya dentro de nuestras vidas. Un día, las metralletas siegan vidas, en

San Sebastián o en Madrid. Otro día un hombre destruye una cafetería o una librería. En

este sitio, unos piquetes niegan la libertad de trabajo a unos obreros; en aquel teatro,

se intenta mentalizar a un orador, o al público, con ruidos y otras presiones. Cada uno

censura la violencia de los demás, y defiende la propia, en función de una causa que le

parece justa e indiscutible.

No vamos a cometer la ingenuidad de ignorar que la violencia ha existido, en uno u otro

grado, en todas las épocas. Unas veces eran los bandoleros que asaltaban una diligencia;

otras, la Mafia que ejecutaba ésta o aquella venganza; en el Madrid del XIX, la "partida

de la porra", o en la Andalucía de aquel tiempo, la "Mano Negra". La Barcelona de primeros

de siglo vivió una etapa infernal de bombas, como Madrid y Málaga conocieron en los años

30 las quemas de iglesias y conventos.

Pero es indudable que la violencia ha alcanzado en nuestros días un nivel de intensidad,

de tecnificación y de organización que no tiene precedentes. El puñal era muy inferior

a la metralleta; y la pólvora al plástico. Las técnicas de la guerrilla urbana, del

secuestro y del asesinato político han llegado a un punto de perfección desconocido hasta

ahora.

Pero hay algo más grave. Durante mucho tiempo, dos cosas estuvieron claras, para la

mayoría de la sociedad española. Una, que la ley y el orden son valores importantes para

el conjunto de la sociedad; y que, por lo mismo, la Fuerza Pública, al actuar en su defensa,

no puede ser equiparada, en ningún tipo de razonamientos, a la violencia terrorista. Ahora,

con el pretexto de que el orden establecido contiene elementos de injusticia (y ningún

orden humano es, ni puede ser, perfecto) se pretende que la violencia del terrorista y

la acción represiva de la Policía o de los Tribunales son igualmente condenables. Y esto

es gravísimo.

La palabra represión se ha convertido en una mala palabra. ¿Por qué? Reprimir el robo,

reprimir la violación, reprimir el escándalo público, no son cosas malas, sino excelentes.

Reprimir el terrorismo que amenaza, que intimida, que secuestra, que ametralla, es una obra

de bien.

Si cuatro terroristas se reúnen y deciden matar a un alcalde la sentencia vale y se cumple.

Si luego un Tribunal legítimo juzga a los culpables, y los condena a la pena máxima (la

única que teme el terrorista), se organizan manifestaciones en todo el mundo, se queman

Embajadas, y se derraman lágrimas y flores.

Pero hay algo más grave. Hay que leer con cuidado la gran novela de Graham Greene "El

cónsul británico", para penetrar en las oscuras reacciones que pueden llevar a un

activista a someter a un inocente al secuestro y a la muerte, al servicio de una causa.

Allí, las cosas se ponen en un ejemplo tremendo: uno de los terroristas es un sacerdote,

que acepta someter a la muerte a un cónsul inglés, totalmente inocente de lo que ocurre

en el país (la Argentina), por entender que su secuestro y asesinato crean más publicidad

y más problemas al Gobierno local.

¿Cómo se ha podido llegar a este punto? Es indudable que en las sociedades actuales, sin

ser ni mucho menos perfectas, hay menos miseria, menos crueldad, leyes más abiertas, que

en cualquier otro período histórico. ¿Qué explica, pues, esas actitudes ante la violencia?

Una parte de la explicación viene, seguramente, del lado violento de la naturaleza humana,

que encuentra cada vez menos ocasiones de ejercitarse. Ya no hay guerras, o son menos

frecuentes; ya no se monta a caballo, ni se suben escaleras. Todo es cómodo y aburrido.

La juventud se encuentra sin saber qué hacer. He seguido con interés algún tema terrorista

en los últimos años. El buen terrorista (técnicamente hablando), como el venezolano Carlos,

recibe mucho dinero, de éste o aquel servicio internacional; encuentra chicas que le ayudan

y albergan en las ciudades donde pasa; sí le cogen, el país local prefiere evitar líos, y se

limita a expulsarlo. No se ha logrado nunca, en esta lucha, una efectiva cooperación

internacional. Se está convirtiendo en una profesión segura, rentable y hasta honorable.

Pues bien, así no podemos seguir. Hay que plantar cara a la violencia. No hay más país serio

que aquél en el cual el que la hace la paga; en materia de violencia grave, sea quien sea.

Pero por enérgica que sea la legislación y la actitud del Gobierno y de la Judicatura, hay

un problema de educación y de opinión. Hay que dejar claro que toda forma de violencia y de

intimidación son condenables; y que la defensa del orden, aun imperfecto, es algo positivo,

incluso si en la ejecución práctica se producen errores inevitables. Lo demás seria abrir

paso a la anarquía.

Nuestro país es un país serio; no puede volver a las situaciones conflictivas de 1808 a 1939;

podemos evitarlo. Para ello hay que proscribir la violencia. Pero también la que arroja

calificativos injustos y equívocos, como el de llamar «fascista» a todo partidario del orden,

y «rojo» a toda defensa de la justicia social. También la que produce en ciertos órganos

informativos campañas de descrédito personal, que constituyen lo que en América se llama

«asesinato de un carácter». También el empleo de piquetes reventadores de mítines políticos,

o que siembran el terror en una barriada obrera. Contra todo ello, la Ley y su cumplimiento

deben ser implacables.

España tiene una seria posibilidad de reconciliación sin revancha, y de reforma sin ruptura.

Hay que aprovecharla. Cada intento de jugar sucio y de oportunismo del "trágala", constituye

un riesgo que engendra responsabilidad. El apoyo indirecto a la violencia, y el hipócrita

intento de equipararla a la legitima acción represiva, es intolerable.

Don Quijote se echó por los campos a enderezar entuertos, y liberó a los presos de la Santa

Hermandad, que luego le pagaron como ellos lo hacen siempre. Ahora abundan los «quijotes» y

«quijotillos» de todas clases, llenos de cuestiones previas y de amnistías. ¿La quieren para

los que ametrallaron a los abogados comunistas? ¿O solamente para los asesinos de Araluce y

los raptores de Oriol y de Villaescusa? Hay que volver al sentido común y a la justicia

natural; no habrá orden mientras todos no lo deseemos con todas las consecuencias y los

sacrificios. Y sin orden no habrá paz, ni recuperación económica, ni libertad. Sorel creía

en el papel renovador y purificador de la violencia. Yo creo en la Ley y en la Justicia, con

su fría balanza y su espada ejemplarizadora. La seguridad y la salvación del pueblo son la

ley suprema.

Manuel FRAGA IRIBARNE 

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