Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   El espectador     
 
 ABC.    07/01/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL ESPECTADOR

SE muy bien lo difícil que es ser un espectador, al mismo tiempo que se está, o se pretende

estar, en el escenario. Por otra parte, he sido durante bastantes años «estrenista», es decir,

aficionado a los estrenos teatrales, y siempre he visto a muchos (y buenos) actores y actrices

en el patio de butacas. Sea ello lo que quiera, como no conozco a nadie totalmente imparcial

(y a los críticos, menos que a ninguno), ahí van, por lo que valgan, algunas impresiones de

espectador apasionado de los últimos meses.

Lo más impresionante de los períodos de transición rápida en la Historia es que la mayoría de

las personas propenden a negar o dar por no vistas las cosas que están ocurriendo. La vida

sigue, y lo cómodo es ignorar los síntomas menos agradables de lo que está pasando. Da la

sensación de que todos los hombres tienden, en sus vidas personales, a hacer lo mismo; lo que

se ve claro en el vecino, como un preocupante anticipo de un infarto o de un cáncer, en uno

mismo se deja resbalar como accidentes sin importancia.

En materia social y política las cosas son aún más complejas. Se propende a aceptar una

filosofía general de lo que es inevitable o la corriente inevitable de la Historia,

generalmente para autojustificar deterioradas negligencias o inhibiciones. Casi siempre hay un

tentador que se encarga de presentarle a uno las cosas con unas gafas del color adecuado.

Vayamos, pues, a la cuestión. Los hechos son los hechos. Es un hecho que a partir de Eisenhower

la presidencia de los Estados Unidos ha vivido una historia anormal. A Kennedy lo asesinaron

(de hecho, la familia entera ha sido liquidada). A Johnson le impidieron presentarse a una

reelección segura. A Nixon le cayó encima Watergate. Ford fue el primer presidente americano

que no había sido elegido ni presidente ni vicepresidente. Estos son los hechos. La

interpretación no es fácil.

Veamos otros hechos. En Corea todavía el poder militar superior pudo obtener unas condiciones

razonables; en Vietnam no ocurrió así. En Angola, unas fuerzas cubanas han decidido el destino

político de la zona sur de África. El hecho es ése; la interpretación tampoco es fácil.

En nuestro país el espectador advierte también hechos importantes. Muy importantes, aunque al

producirse uno a uno se vaya olvidando la importancia singular de cada uno.

Veamos algunos ejemplos. Por el país se va extendiendo el progresismo. Todo lo nuevo empieza

a parecer bueno, sólo por serlo; todo lo establecido, sólo por estarlo, empieza a juzgarse

sospechoso. Vivimos en una época en la que la palabra «establishment», «establecimiento», se

ha convertido en una mala palabra. Los santos barrocos son echados de las iglesias, todo el

mundo quiere pintar abstracto, y en materia económica y política todo son «alternativas» y

«nuevos modelos». El hecho de que muchos de esos «modelos» no sean tan «nuevos» y estén

funcionando ya en Rusia o en Cuba es secundario. Lo cierto es que el modernismo, el pretender

que todo tiene que ser renovado a la vez, es una herejía, bien definida por los Papas de

comienzo de este siglo. Es claro que no defiendo la tesis contraria de que todo lo nuevo es

sospechoso; señalo el riesgo de un progresismo ilimitado.

La segunda cosa que observa el espectador es el triunfo comunista en la ocultación de sus

debilidades y en la denuncia de los problemas de sus contrarios. La verdad desnuda es que el

Comunismo ha sometido por métodos violentos a un gran número de naciones que si alguna intentó

salir del cepo, como Hungría o Alemania Oriental, es sometida por los tanques rusos; que si se

propone simplemente evolucionar hacia una versión más humana y democrática del sosicialismo,

como la Checoslovaquia de Dubeek, los tanques intervienen también. Se dice entonces: pero eso

ocurre en la Europa del Este; admiremos, en cambio, el «eurocomunismo» de Italia y de Francia.

Lo cierto es que el comunismo, donde no puede, se viste con la piel del cordero; donde puede

llega siempre a los mismos sistemas. En eso no se diferencian Rusia y China, Polonia y

Yugoeslavia, Albania y Cuba: en todas partes existe un partido único, un control rígido de los

medios de información, y, lo más importante, no se puede salir del paraíso artificial. El muro

de Berlín y los demás muros del «telón de acero» ahí están: no es posible marcharse, que es la

libertad humana final y más importante.

Una tercera observación del espectador es la insensibilidad ante las leyes económicas. Se

propende a creer que no están ahí tan reales como la ley de la gravedad. Todos sabemos que,

salvo que vivamos como los monos en la selva, para tener riqueza hay que trabajar. Las casas,

los coches, los pasteles hay que hacerlos; si no se trabaja y no se ahorra no se puede vivir

civilizadamente. Por otra parte, si se trabaja menos se produce menos; si uno vive a crédito,

más pronto o más tarde hay que pagar. Todo esto son verdades elementales. Sin embargo, da la

sensación de que las olvidamos a diario. Nos han subido el precio de la energía; tendríamos

que trabajar más o consumir menos. Hemos decidido lo contrario. Ya sé que algunos piensan que

mientras algunos vivan de la riqueza heredada y de sus rentas hay que seguir reclamando. El

sistema económico-social necesita, ciertamente, reformas, pero eso no destruye los anteriores

razonamientos. La única forma de reformar el sistema es empezando por no destrozarlo. El país

no puede aguantar mucho tiempo en el actual ritmo de inflación y de déficit; es decir,

viviendo por encima de sus medios. En definitiva, tenemos que trabajar más, y en algunas

cosas consumir menos. Todo lo demás es hacer la conocida política del avestruz.

El espectador advierte también una progresiva decadencia del principio de autoridad. Esta se

ejerce cada vez menos. Por supuesto, es más cómodo sonreír mucho y mandar poco. Se rehuyen las

decisiones y los actos de autoridad en la familia, en la escuela, en la Iglesia, en el Estado.

Se llama «autoritario» a todo el que pretende ejercer una autoridad legítima. El mal

estudiante, el clérigo díscolo, el funcionario que no cumple, critican la autoridad que les

llama al orden. Es necesario aclarar que las sociedades no pueden vivir sin un orden que les

dé estabilidad, una ley que se haga cumplir y una autoridad vigilante. La autoridad se puede

legitimar de muchas maneras; una vez establecida (por elección, por carrera de méritos, por

herencia) o se ejerce o la sociedad sufre.

El espectador observa también que la palabra democracia se entiende de modo muy confuso. El

presidente de los Estados Unidos es elegido; pero una vez posesionado, durante cuatro años

manda, y de un modo muy fuerte. La democracia no consiste en que cada uno haga lo que le dé

la gana; es un método para designar a los gobernantes. No es aplicable a todos los tipos de

autoridad: es ridículo que los alumnos elijan al profesor, y la elección de los jueces ha

dado lugar a resultados muy mediocres en los Estados Unidos.

El espectador (preocupado con todo ello) se encuentra que en un país donde, gracias a Dios,

todo el mundo tiene mucho que conservar, nadie admite ser «conservador»; que no se levanta

ninguna voz clara para condenar la explotación comercial de la pornografía, y que el «destape»

se presenta como un progreso, justamente cuando, al mismo tiempo, se quiere dignificar a la

mujer; con que se pretende, según una vieja práctica celtibérica, pasar de un extremo a otro,

al «opósito por diámetro» (que decía San Ignacio) en un punto tan delicado como la moral

sexual y en otros muchos puntos.

El espectador se preocupa porque justamente España sería ahora capaz (si se la orienta y

dirige adecuadamente) de evitar esos bandazos trágicos de su historia anterior y de recorrer

su camino con menos estridencias, con un sistema bien concebido de reformas, pero sin

debilidades innecesarias ni concesiones sin contrapartidas. Por supuesto lo fácil es largar

y largar, como el padre que iba echando los hijos a los lobos que perseguían su trineo hasta

que no le quedó ninguno y se lo comieron a él.

Hay dos públicos contemplando el proceso. Uno es el público de los medios de información, de

ciertos círculos internacionales, que mantienen una idea de que todo era malo, que todos los

cambios son buenos, y que cuanto más radicales y más rápidos mejor. Hay otro público, que es

el buen pueblo español, con su larga experiencia, con su honrado instinto, con su buen sentido,

con algo de sorna también. Pienso que hay que tener muy en cuenta a este público, más permanente,

que sabe lo mucho que se juega en el resultado, que con razón desconfia de las improvisaciones

de los exquisitos. Porque intuye que todos los errores todas las exageraciones, todas las

improvisaciones, todas las prosas, es él quien va a acabar pagándolas al final.

Estos son los hechos importantes para el espectador en profundidad. El espectador superficial

se fija en las anécdotas, que no faltan, y son bien sabrosas; pero éstas no son más que el

reflejo del mar de fondo que hemos descrito.

No es que carezca de importancia ver a una Corporación pedir la amnistía total para los mismos

que hace pocos meses asesinaron a su ilustre presidente; o que determinadas publicaciones se

hayan permitido frases e incluso chistes de mal gusto sobre Antonio Oriol, mientras su vida

está en peligro; o que un día se produzca una manifestación de guardias; o que Santiago

Carrillo se pueda dar un paseo hasta Paracuellos con sus guardaespaldas. Pero, repito, esa

es la anécdota. Lo importante es lo otro: las ideas básicas sobre las que se desplaza la vida

social.

Aún estamos a tiempo de hacer prevalecer el sentido común, la sensatez, la prudencia. El

espectador no puede desear otra cosa. Y recuerda que hoy un bandazo sería mucho más peligroso

para la sociedad española, precisamente porque ha dado un salto hacia adelante, y, por lo mismo,

se ha vuelto más complicada y más frágil. No lo olvidemos.

Manuel FRAGA IRIBARNE 

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