Autor: Lezcano, Ricardo. 
   Canarias y sus problemas     
 
 Informaciones.    19/12/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 11. 

Bajo el título genérico «CANARIAS Y SUS PROBLE-MAS», vamos a publicar en esta semana dos

grandes informes monográficos en los suplementos de Economía (martes) y Político (sábado). El autor,

Ricardo Lezcano, examina la realidad de las Islas Canarias en estos momentos cruciales de su historia.

Como introducción a estas dos monografías, publicamos hoy un primer artículo que marca con precisión

los linderos del doble informe: económico y político.

CANARIAS Y SUS PROBLEMAS

Por Ricardo LEZCANO

«Hernández nunca halló de los canarios.

¿No le enseñó Neruda geografía?

¿O es que acaso no puede perdonarnos que una vez se nos hayan colado los piratas?

Incluid en el texto: "Canarios de olvido y de agua".-»

(De un poema de Agustín Millares Cantero.)

TOPICOS EN VEZ DE SOLUCIONES

CANARIAS, aún hoy, sigue siendo la gran desconocida, la gran ausente, y no sólo en los versos de

Miguel Hernández, como se lamentaba el poeta canario, sino en las decisiones nacionales, en los planes

de desarrollo y en el reparto de la renta nacional. Que al abandono de ayer ha sucedido un súbito «boom»

informativo, es cierto, pero más parece esto la capitalización del hecho de que Canarias es noticia, que un

serio propósito de informar sobre sus problemas, problemas que no por manifestarse sin las trágicas tintas

del País Vasco son menos agudos y acuciantes.

Anteayer todavía mucha gente creía que Canarias estaba entre Baleares y África; así la veían en los

mapas, sin parar mientes en el consabido recuadro. Ayer, ascendía a ser un «slogan» turístico y una

beneficiaria de insólita fama —adquirida a través de no se sabe qué remedios- de país feliz, sin

problemas, donde los plátanos poco menos que caían en las bocas abiertas de los isleños. Hoy, al menos,

se va abriendo paso la noción de que allá lo único cómodo es el clima. Que los hombres, no sólo no están

«aplatanados», como quería la popular referencia peninsular, sino que han luchado a muerte con una

Naturaleza avara en suelo y en agua. Que piedra a piedra, terrón a terrón, han hecho sus cultivos de

plataneras. Que han excavado 90 kilómetros de pozos, con sus brazos —y lo que es más triste— con su

exclusivo dinero. Que hay lugares donde el perfil de los montes ha sido tallado en innumerables terrazas,

como una ciclópea escalera rebosante de fruta y verdura. Se sabe todo esto, sí, pero aún quedan en la

sombra y en la ignorancia muchas cuestiones. De los entresijos de la economía, de las extrañas

dependencias, de las complacencias incomprensibles y de los imperdonables olvidos ya no se sabe tanto.

¿Por qué, por ejemplo, el Estado español demoró hasta hace apenas diez años la ayuda financiera para la

búsqueda de agua, cuando que el turismo y la especializada agricultura canaria eran importantísimos

renglones en la balanza comercial? ¿Por qué se ha perdido casi totalmente el mercado extranjero para la

fruta? ¿Por qué Canarias, situada" en un lugar privilegiado de pesca, no tiene —ni al parecer nunca

tendrá— una flota preparada para la pesca de altura? ¿Por qué en el Atlántico familiar y vecino son otros

países —Cuba, Rusia, Japón, hasta Corea— los que hacen su agosto? ¿Por qué en unas provincias con tan

dramáticos problemas de ocupación laboral se ha consentido la implantación de un masivo comercio

extranjero que no aporta ni divisas ni plaza de trabajo? ¿Por qué, finalmente, Canarias ha pasado a tener,

de la noche a la mañana, una frontera hostil sin que nadie, Corporaciones, Cámaras ni pueblo, haya sido

consultado o, al menos, prevenido? Todas éstas y muchas más son las interrogaciones que el pueblo

canario se hace y para las que no halla contestación. Todos estos son los extraños problemas que en la

Península ni siquiera se plantean, y cuando lo hacen, siempre es a través del tópico al que el Archipiélago

parece estar condenado.

Estos tópicos, también hay que decirlo, no son siempre foráneos; también allí nacen y adquieren carta de

naturaleza. El de ahora es culpar al peninsular de todo lo malo que en las islas ocurre, al «godo», como se

le llama peyorativamente, sin tener en cuenta que los daños infligidos al país canario no proceden

exclusivamente de la explotación económica peninsular, un capitalismo local, de pura extracción isleña,

rutinario, complaciente y falto de miras, no ha sido nunca remiso en colaborar con el expolio foráneo de

las islas.

Tópico, el Jardín de las Hespérides; tópico, lo de las Islas Afortunadas. Ambos se acuñaron no se sabe

dónde; pero con marchamo canario, y con una candida aplicación de geografía elemental para turistas, lo

de «Canarias, continente en miniatura». Lo que sí hubiera resultado muy congruente es decir que Canarias

—en miniatura o no— es hoy un resumen y una anticipo de todos los problemas ecológicos del mundo, y

esto sí que es una lección de geografía, mas también de economia y de sociología. La provincia oriental

—a la que nos referiremos de modo preferente-— es un diverso y polifacético territorio. El desierto

varado de Fuerteventura; la réplica lunar de Lanzarote y el libro ecológico de Gran Canaria, pequeño

continente sin agua, con una concentración humana en algunas zonas que es la más .alta del mundo, con

una demografía explosiva, sin posibilidades de industrialización, con una macrópolis que chupa hombres

y recursos del campo y una agricultura en crisis por falta de agua y de brazos.

A estas adversas condiciones geofísicas se añade el olvido a que ha sido condenada por la Administración

central hasta fecha muy reciente, el temor, a verse convertido el Archipiélago en portaaviones gigante de

cualquier potencia, la, descapitalización del país por el trasvase de beneficios de las empresas forasteras o

por pura y simple evasión de divisas —caso del comercio hindú—, las tensiones generadas por las

naciones que lo rodean y una demografía —el mas alto índice de España— que está incubando las

grandes masas de parados de un mañana demasiado cercano.

Estos son los problemas que nos proponemos estudiar en escritos sucesivos, tratando de aportar, si no

soluciones, al menos realidades que sustituyan a los tópicos de siempre.

 

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