Autor: Badía, Enrique. 
 Canarias: tan solas, tan lejos /y7. 
 Necesidad de un nuevo modelo económico, en un contexto autonómico     
 
 El País.    06/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Canarias: tan solas, tan lejos / y 7

Necesidad de un nuevo modelo económico, en un contexto autonómico

ENRIQUE BADIA

La economía canaria se enfrenta, en fin, con una situación límite que, aunque deba ser desdramatizada,

precisa de actuaciones urgentes, decididas y valientes. Dada la configuración económico-social del

archipiélago, estas soluciones deberán venir emanadas de las mismas fuerzas en presencia, los propios

canarios, dentro de un marco idóneo que no puede ser otro que la inmediata autonomía, con una

potenciación de las instituciones autóctonas desde los poderes estatales. La mayoría del pueblo canario

participa actualmente de esta aspiración, pero en un futuro indeterminado —de seguir la situación

actual— puede evolucionar hacia otras concepciones respecto a su futuro.

Canarias precisa, en definitiva, un modelo de crecimiento económico autóctono, adecuado a sus

circunstancias y peculiaridades, incomprendidas hasta el momento presente por un centralismo de poder

cuya única inclinación ha sido la de garantizarse el consenso de la oligarquía dominante, inmerso en una

concepción tan feudal como paternalista.

Problemas peculiares

En las siete islas atlánticas confluyen actualmente importantes intereses internacionales, a los que el

Gobierno del Estado parece escasamente sensible, hasta el punto de que pretende circunscribir el

problema canario a los irracionales límites de una mera cuestión de orden público. Los recientes sucesos

acontecidos en Tenerife y el tratamiento otorgado recuerdan tristemente la conducta adoptada por

gobernantes de otras décadas frente al tema vasco —por ejemplo—. Ello, aparte de constituir un tema de

meditación por las consecuencias todavía irresueltas que provocó, merecería ser tenido en consideración,

ya que las estructuras sociales, económicas y políticas actuales del archipiélago tienen muy poco que ver

con las de las restantes nacionalidades del Estado español.

Sin que el comportamiento estatal deba ser paternalista, Canarias merece en estos momentos atención y

apoyo prioritarios, aunque sólo sea para remedar anteriores yerros y corresponder a las esperanzas de la

población autóctona que, a pesar de todo, mantiene su españolismo; con todo lo que ello, chauvinismos

aparte, conlleva en sentido positivo. La experiencia ha demostrado cumplidamente a dónde conduce la

conducta desarrollada por administraciones precedentes, pero las consecuencias de un abandonismo que

algunos acarician en la actualidad podrían ser mucho más graves, sobre todo para los propios canarios. A

nadie se oculta —y ello preocupa profundamente en las islas— la existencia en determinadas esferas de la

Administración de una idea consistente en entregar a Canarias a su propio destino, dejando al exclusivo

amparo de las futuras instituciones autonómicas la responsabilidad del futuro, especialmente en el ámbito

económico.

No debe obviarse el comportamiento canario en el reciente proceso electoral. El triunfo destacado de

Unión de Centro Democrático fue debido —en ambas provincias— a dos factores esenciales: el dominio

de determinados instrumentos de poder insular por los hombres de Suárez y, al mismo tiempo, el enorme

grado de indiferencia de los partidos mayoritarios que, viciados en sus concepciones absolutamente

centralistas, dedicaron muy escasa atención a su presencia electoral en las islas. También influyó

decisivamente la promesa formal de los centristas —encabezados por Lorenzo Olarte, actual consejero de

Suárez— de conceder atención prioritaria a la búsqueda y aplicación de soluciones auténticamente

canarias a los problemas del archipiélago a través de una conexión con el resto del Estado.

Evidentemente, los problemas siguen planteados y las promesas se las ha llevado el viento o, como

aseguran algunos canarios, el avión que semanalmente lleva a Madrid al consejero presidencial. Tampoco

la oposición ha aportado mayor interés a los temas canarios. Buena prueba de ello puede ser la

revitalización de grupos independentistas que ni obtuvieron el respaldo electoral el pasado 15 de junio, ni

ofrecen alternativas coherentes a la situación actual. El panorama sindical, por ejemplo, muestra una

preponderancia de dos centrales autóctonas —SOC, en Gran Canaria, y CTC, en Tenerife—, sin que los

grandes sindicatos estatales hayan pasado de tímidas intentonas por revitalizar su presencia, y siempre en

conflictos específicos. Algo tiene que ver en esto también la inexistencia de centros industriales fuertes, el

escaso grado de capacitación profesional de la gran mayoría de la población activa y la dispersión

empresarial, con superabundancia de pequeñas explotaciones.

Rechazo del MPAIAC

No puede obviarse en todo ello una pequeña aproximación a la idiosincrasia peculiar de los canarios. Los

planteamientos de independencia guanche del abogado —no nacido en Canarias— Antonio Cubillo no

revisten el más elemental contenido racional o de seriedad y sus acciones violentas despiertan el rechazo

unánime de los propios canarios, conscientes de lo que trata el MPAIAC: provocar una situación límite, a

partir de la cual sea inmediatamente viable el entreguismo; huelga decir a favor de qué intereses. Sin

embargo, una serie de características diferenciadoras —que existen— pueden dejar a los canarios ante la

evidencia de que sólo una concepción independentista puede llevarles a transformar sus estructuras

sociales, primer paso imprescindible para poder acometer un nuevo modelo económico. Largos años de

incomprensión e indiferencia —no concluidos por ahora— y una sucesión de desaciertos han provocado

una susceptibilidad extrema hacia el godo o peninsular, no menos irrazonada que el comportamiento que

los poderes centralistas han evidenciado hacia los problemas del archipiélago canario.

El mantenimiento del régimen económico-fiscal, que imposibilita la creación de industrias autóctonas, al

gravar excesivamente la entrada de productos canarios en su mercado natural —la Península—,

dificultando así el establecimiento de cadenas de producción rentables, cuyo volumen debe ser

obviamente reducido, constituye un sistema claro de indiferencia y despreocupación. Huelga señalar que

el mercado propio es reducido y compuesto por una población de escaso nivel adquisitivo, por el

momento. Este régimen económico-fiscal, con evidentes contradicciones entre su extenso preámbulo y su

articulado, ha sido denunciado reiteradamente por todos los grupos y partidos canarios, incluido el líder

uceista Lorenzo Olarte. Pero sigue sin ser siquiera remozado. A ello pudieran añadirse multitud de datos,

que no harían sino corroborar lo ya expuesto, acaso con excesiva reiteración.

Un modelo autóctono

A fin de cuentas, Canarias debe dar los primeros pasos, y los responsables del Gobierno de este Estado

pluriforme que se llama España deben coadyuvar al hallazgo de ese modelo autóctono de crecimiento

económico que se precisa. Unos y otros deben liberarse de complejos y hallar la fórmula de cooperación

adecuada. Las consecuencias de cualquier omisión en este sentido pueden ser fatales para todos.

La misma vehemencia con que ministros del Gobierno se emplean en afirmar categóricamente que

«Canarias no es negociable a escala internacional», debería aplicarse a una cooperación estrecha y

decidida entre los poderes central y autóctono, única fórmula que el sentir general de los canarios

entiende resulta viable como opción de futuro, al menos por ahora. Canarias es, hoy por hoy, un enclave

estratégico y privilegiado, un importante trozo de Europa —étnica y culturalmente— en medio del

Atlántico y frente a África, sobre el que se concitan las apetencias de los dos colosos mundiales y sus más

directos corresponsales en la zona, pero cuenta con una economía infradesarrollada, unas tasas de

natalidad tropicales y una renta per càpita que no alcanza los 1.300 dólares, sin olvidar su desempleo,

superior al 10 % de la población activa. Si el centralismo ciego, la inhibición partidista o la propia desidia

acomplejada de los canarios, o incluso la suma de ellas, provocan una situación límite grave e

irreversible, en la que el futuro del archipiélago se dilucide en las grandes cancillerías del imperialismo

moderno, habremos perdido todos. La responsabilidad histórica contraída será, sin embargo, mucho más

importante. Aunque, sinceramente, resulta muy discutible que ello importe mucho en los actuales

momentos a políticos, oligarcas y gobernantes.

 

< Volver