Autor: Domínguez Anadón, José Ángel. 
   Urbanismo clasista en Canarias     
 
 El País.    02/02/1978.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 25. 

EL PAIS, jueves 2 de febrero de 1978 REGIONES

TRIBUNA LIBRE

Urbanismo clasista en Canarias

JOSÉ ÁNGEL

DOMINGUEZ ANADON

Ex decano del Colegio de Arquitectos de Canarias

El aspecto tercermundista de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria no tiene, como en

algunas metrópolis asiáticas o suramericanas, auténtica razón de ser en la existencia de un mercado de

trabajo de proletariado lumpen al margen de la ciudad, sino en el abandono de la gestión urbana por parte

de la Administración local y central.

Los habitantes de las extensas periferias donde se aglomeran sobre laderas y entre barrancos las viviendas

autoconstruidas, viviendas sin acabar y sin urbanizar, comenzaron a llegar a las áreas urbanas escapando

de la miseria agrícola al tiempo que otros emigraban a ultramar. En general se trata de población

integrada en los mercados de trabajo, que sostienen los sistemas productivos de las ciudades. Lo que

ocurre es que esos sistemas productivos no les proporcionan alojamiento, de modo que los inmigrantes

han de construir su segunda ciudad, la ciudad marginal, en dramático contraste con los centros

cosmopolitas, donde los hindúes comercian con la burguesía y los turistas.

Ausencia de inversión social

La situación es sensiblemente la misma en ambas capitales de provincia. A través de un estudio del área

urbana que forman Santa Cruz de Tenerife y La Laguna, que se acaba de realizar, se ha encontrado que en

los últimos veinte años los crecimientos marginales representan más de la mitad de la producción total de

nuevas viviendas fuera de los cascos tradicionales, bastante más que la promoción oficial directa, la cual

en los tres planes de desarrollo dejó de construir en la provincia de Tenerife 40.000 viviendas de las

totales programadas.

En la reciente visita del ministro de Obras Públicas y Urbanismo se ha informado que por falta de dinero

no podrá llevarse a cabo un gran polígono de expropiación, cuyo expediente arranca de 1972, limitándose

lo que necesariamente habría de ser una actuación en gran escala, a una primera fase, no bien definida, en

el entornó de los núcleos marginales ya existentes e incluidos en el polígono.

Según como finalmente se programe y ejecute, esta actuación podría traducirse en el mínimo cambio

necesario para que nada cambie: una mejora de los accesos a la segunda ciudad para seguir almacenando

masa obrera en ella.

La falta de nuevo suelo preparado para el crecimiento urbano, en la actual situación de aguda crisis

laboral, acrecentará sin duda el componente tercermundista del aglomerado urbano, al intensificarse el

papel de la ciudad y su atracción como casi única expectativa de empleo.

Ante la ausencia de inversión social, y tratando de interpretar hechos concretos de gobierno a partir del

abandono del vecino Sahara, crece entre tanto en Canarias un estado de opinión, según el cual sectores de

la Administración central no estarían realmente interesados en financiar el programa de recuperación

necesario para frenar la ola independentista. Según estas interpretaciones, en la geopolítica del área la

desestabilización de Canarias, podría tener como final el que la financiación pendiente se lleve a cabo con

cargo al arrendamiento de bases americanas en las islas.

La construcción de la propia vivienda, con ayuda de amigos y familiares, no es un fenómeno exclu-

sivamente urbano, sino tradición arraigada en el medio rural de origen. Así, la segunda ciudad no la

forman chabolas, sino viviendas definitivas, construidas con materiales sólidos.

La clave del caos de los barrios marginales está en la topografía accidentada, en el descontrol municipal

de las parcelaciones de suelo, y hasta en el propio planeamiento.

La topografía determina un menor precio del suelo, y la parcelación, en la más lucrativa clandestinidad

tolerada, a raíz de la prohibición de parcelar sin plan parcial que impuso la ley del Suelo de 1956, ha

venido a ser el protagonista principal del crecimiento urbano desde entonces. De acuerdo con el estudio

antes citado, más del 70 % del nuevo suelo ocupado en veinte años lo ha sido clandestinamente.

El pago aplazado de la parcela, sin urbanizar, es en el urbanismo marginal el equivalente a la entrada que

se paga por un piso en la ciudad. Luego, la aportación de trabajo personal y familiar en horas libres, así

como la ejecución por fases de la vivienda, completan la fórmula financiera de la autoconstrucción.

Marginalidad planificada

El Plan General de Santa Cruz, anterior a la ley del Suelo, gestado por tanto en plena época falangista y

autàrquica, trató de conducir a un´ orden nuevo los crecimientos marginales que anárquicamente ya

apuntaba. Concibió un crecimiento orgánico, de ciudad y ensanche, donde este último tenía por misión

albergar población al servicio de la industria, y a la ciudad se le asignaba la suprema representación

simbólica y material de la isla como avanzada de España en el Atlántico.

Tal simbolismo sirvió de justificación a unas propuestas de reforma interior del casco que acumulando

plusvalías en un área reducida, al concentrar allí el equipamiento y los servicios urbanos, canalizaron

especulativamente hacia ella las inversiones.

Junto a esto, es causa determinante de la existencia de la ciudad de segunda el intento simplista de

proscribir una forma endémica de crecimiento, que pudo haberse canalizado. Aceptando y regulando la

existencia de parcelaciones destinadas a la autoconstrucción o a pequeñas promociones, se hubieran

sentado, al menos, las bases técnicas para una política urbana bien distinta. Pero, naturalmente, las

opciones técnicas oficiales fueron parte de un contexto, el nacionalismo social, totalitario y

pretendidamente integrador, incapaz de asumir el componente aparentemente anarquizante del urbanismo

marginal espontáneo.

El plan trató de imponer tipos de edificación abierta en bloques, que exigían promotores y constructores

grandes, dejando fuera de la legalidad a la pequeña edificación. No por eso dejaría ésta de existir, pero

fuera del plan y en condiciones de clandestinidad que están en la base de la formación de la segunda

ciudad.

Planes posteriores insistieron sistemáticamente en el mismo error, y lo grave es que aún hoy se están

elaborando en igual línea.

Frente a los proyectos de ciudad jerárquica, la de las autopistas y la autoconstrucción marginal, la

reivindicación democrática podría estar en la ciudad homogénea, la de las calles a escala humana que

cubriendo eficazmente las necesidades, pueden realizarse aún en ausencia del gran capital estatal o

privado, y,sobre todo, no dan lugar a la habitual concentración de inversiones en las áreas tenidas por

representativas o de mayor rango jerárquico, a despecho del mayor crecimiento de población que

normalmente tienen las áreas de menor jerarquía.

Ocupación de zonas verdes y de equipamiento

Las áreas periféricas, desprovistas de todo contenido urbano, no han contado nunca, ni para la

Administración,ni para la inversión ni para lo que se ha venido expresando como conciencia ciudadana.

No se construyeron en ellas ni equipo ni tan siquiera calles, sólo viviendas.

Dentro de la idea de ciudad orgánica, el Plan General de Santa Cruz destinó pequeñas zonas a servir de

corazón o centro de equipamiento social a los distritos del ensanche.

De diversas formas fueron siendo ocupadas con otros fines, y hoy mismo se pretende ocupar con

viviendas sociales de promoción privada lo que resta de un parque que debía quedar en el centro de todo

el conglomerado de barriadas, entre Somosierra y Ofra.

Es interesante señalar de pasada cómo se produce esta clase de hechos: un plan comarcal de 1960 destina

la zona a poblado dirigido, y ordena al Ayuntamiento la redacción del plan parcial correspondiente, en el

que se incluiría el proyecto concreto del parque. El Ayuntamiento simplemente no cumple el encargo, va

acumulando barriadas en la zona, y pretende ahora justificar en su propia lenidad una supuesta extinción

de la reserva de uso, viniendo a argumentar que por estar ya los terrenos rodeados de edificación tendrían

la consideración de urbanos y,como tales, serían edificables. Afortunadamente, por encima de la

burocracia de siempre, existe hoy conciencia urbana suficiente en el vecindario de las barriadas como

para evitar la consumación del expolio, pero la cuestión es tristemente expresiva del proceso de

formación de unas ciudades que son auténticos volcanes de conflictividad social latente.

 

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