Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Las islas aplaudidas     
 
 ABC.    23/02/1978.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC JUEVES,23 DE F E B R E R O DE 1978. PAG

Las islas aplaudidas

LA sesión comenzó con unanimidades y con aplausos. La pintoresca declaración del Comité de

Liberación de la Organización para la Unidad Africana (O. U. A.), firmada entre otros países por Argelia,

de donde regresó no hace muchos días don Felipe González, había llevado el tema de las islas Canarias al

primer punto del orden del día. Los representantes de los partidos políticos habían tomado el buen

acuerdo de no dedicar al incidente una sucesión de discursos coincidentes. Habría sido como concederle

importancia de drama histórico. Elaboraron un texto común claro, conciso y suficientemente rotundo. El

archipiélago canario es España y el Congreso de los Diputados estimula al Gobierno a que tome todas las

medidas necesarias y eficaces para que nadie amenace nuestra integridad y nuestra soberanía ni meta la

nariz en nuestra casa. Dicho en lenguaje diplomático: para rechazar cualquier injerencia en nuestros

asuntos internos. El señor presidente de la Cámara, don Fernando Alvarez de Miranda, leyó el

comunicado con voz y tono un tanto solemne», y al momento de votar, todos los diputados se pusieron en

pie. Tras la unanimidad vino el aplauso. Las islas Afortunadas fueron ayer las islas aplaudidas. España

aplaudía a España. Era una manera breve y firme de decir una verdad sencilla: que la España atlántica,

verde y dulce; la España mesetaria, dura y seca, de tierra adentro; la España que desenrolla la serpentina

litoral; la España de islas blancas sobre el azul del Mediterráneo, son una y la misma, y que es intocable.

No es la primera vez que algunos ojos codiciosos se posan sobre el mapa de las islas. Pero el mapa de las

islas es, como siempre y para todos los españoles, el mapa de España.

Antes aún de que comenzara la sesión y de que los timbres llamaran a sus señorías a los escaños, el señor

presidente del Gobierno estaba ya en el salón de sesiones. Ayer, don Adolfo Suárez fue el primer

habitante del hemiciclo. Poco después llegaron el general Gutiérrez Mellado, algunos ministros y los

diputados más puntuales. Cuando se leyó la declaración sobre Canarias, el señor presidente permaneció

unos minutos en la cabecera del banco azul y poco más tarde salió para no volver. El Congreso discutía

ya el tema de las oposiciones. Hace muchos años, cuando empezaron a brotar los primeros movimientos

juveniles y universitarios de Inconformidad y oposición al antiguo régimen, se acuñó por alguien una

frase que era como un «slogan» político triunfalista: «La juventud no está en la oposición, sino en las

oposiciones.» Ahora, la juventud de la oposición política está contra las oposiciones. Bueno, la verdad es

que contra las oposiciones hemos estado casi todos y desde casi siempre, incluidos los más ilustres

opositores. Don Javier Solana, uno de los más despabilados alevines del Partido Socialista, fue el

encargado de llevar la acusación contra el sistema de las oposiciones. En este tema es difícil ser original,

porque está todo dicho.

Como en otras ocasiones de debate en el Congreso, la diferencia que separa a socialistas de ucedistas no

se basa en razones de fondo. Todos los señores diputados que intervinieron en el debate estaban de

acuerdo en que hay que encontrar procedimientos que sustituyan al de la oposición. Don Blas Camacho

(U. C. D.) y el señor ministro de Educación y Ciencia, don Iñigo Cavero, estaban conformes con esa.

tesis. Con lo que no estaban de acuerdo es con lo de suspender todas las convocatorias de oposiciones,

con el peligro de lesionar expectativas legítimas d« los opositores, de originar un vacío legislativo, de

mantener desprovistas de profesorado a varias Universidades que lo piden y lo necesitan.

A la proposición del P. S. O. E. se unieron todos los grupos parlamentarios, excepto Alianza Popular.

Abundó en los argumentos el señor Sánchez Ayuso, del Partido Socialista Popular, y doña Marta Mata, de

los socialistas catalanes, y el Partido Comunista. Don Heriberto Barrera, de la minoría catalana, se sumó a

esa defensa, y, seguramente en su afán de decir algo nuevo, de decir algo que no se hubiese dicho, afirmó

que el sistema de oposiciones era la manera de proseguir el régimen franquista en la Universidad.

Realmente era un argumento nuevo y sorprendente. Aquí vamos a oír un día de estos que el Fuero Juzgo

es un texto jurídico franquista, nacido al amparo de la «Teoría del caudillaje». En Italia, tenemos

ejemplos divertidos de una manía similar a la que ahora nos acomete a los españoles. La lectura y el

estudio de la «Divina Comedia» han sido desterrados de algunas escuelas italianas con el argumento de

que Dante era un fascista.

Don Iñigo Cavero se gasta buen humor para responder a las intervenciones de sus oponentes. Las

oposiciones son un mal sistema, de acuerdo, pero han servido para que algunos ilustres catedráticos que

hoy se sientan en los escaños del Congreso, llegaran a la cátedra. Las oposiciones pueden seleccionar a

los aspirantes más mediocres, como afirmó el señor Solana,, però el señor ministro no puede entender esa

afirmación, sino referida a los mismos que la defienden. El señor ministro cita un texto de don Fernando

de los Ríos en el que se viene a decir algo así como lo que Churchill dijo de la democracia: que es el peor

de los sistemas, excluyendo todos los demás. Y el señor ministro, además de sus razones e ironías, tiene

una razón de peso político: por el procedimiento de las proposiciones no de ley se intenta suplantar la

responsabilidad administrativa del Gobierno por un poder asambleario y de convención. Y una última

razón aún más definitiva: 163 votos a su favor, por 143 a favor de la proposición socialista.

Los comunistas se interesaron por el problema de Intelhorce, que tiene inquietos e intranquilos a muchos

trabajadores malagueños. Los socialistas no iban a ser menos, y ayer interpelaron al señor ministro de

Industria. El señor Oliart hizo eso que se llama en términos taurinos una faena de aliño. Aseguró que el

Estado utilizaría todos los medios a su alcance para hacer cumplir el contrato de venta de la empresa,

sobre todo en lo que se refiere a la obligación de no reducir la plantilla, y se calló. En las tribunas,

algunos trabajadores de la empresa asistían al debate, y aplaudieron al señor Sanjuan (P. S. O. E.) que

había protagonizado la interpelación. El señor Alvarez de Miranda recomienda silencio a las tribunas. Y

entonces fue cuando una voz, con acento andaluz, gritó: «Intelhorce es el pan de nuestros hijos. Y ahora,

que me metan en la cárcel.»

Pilar Brabo (P. C. E.) interpeló al ministro de Cultura sobre todo ese lío del Consejo Rector de TV. E. La

señorita Brabo no quiere que el Gobierno y la U. C. D. tengan mayoría en ese Consejo. ¿Para qué vamos

a votar, si siempre perderemos las votaciones?, se preguntaba la señorita Brabo. Hay en la pregunta como

un desahogo de desesperación democrática. Es que en las democracias, ganan las mayorías, señorita. Y

las minorías se hallan ante el dilema: o crecer, o perder. O eso, o rompemos las urnas—Jaime

CAMPMANY.

 

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