Autor: Aguilar Navarro, Mariano. 
   La africanidad de Canarias     
 
 Ya.    01/03/1978.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 12. 

ÍLES. Y COLABORACIONES

Pag. 5 - YA

«LA AfRICANIDAD DE CANARIAS»

I. Entre dos capitales

LOS internacionalistas concecen especial significación política a la elección de la. ciudad sede de una

conferencia internacional. La política de la OUA con relación a las; Canarias va a formularse en dos ca-

pitales: Trípoli y Jartum. Es decir, en los Estados de Libia y de Sudán. En tibia se formula la propuesta y

se hace con radicalidad. Es la tarea de la recomendación ministerial. En Sudán se deberá llegar a la

de.cisión. Es la hora de los Jefes de Estado, el momento de la´ suprema responsabilidad, el instante

auténticamente político, pues es el de la concreta decisión ¿Qué representar!, en el momento conflictivo

actual del mundo y en la política nada consolidada de la OUA y de muchos de sus miembros, esas dos

capitales, esos dos Estados? Comenzaremos por entender que aun subsisten las huellas de una no muy

lejana tirantez entre el jefe libio y el sudanés, y recordemos hasta qué grado los condicionamientos

políticos y diplomáticos de los dos Estados difieren en múltiples aspectos. Pensemos, fundamentalmente,

en lo que supone hoy para el Sudán el acercamiento a Egipto y a Ryad. En zonas ancestrales de su ser, el

Sudán encontrará el trazado británico; en áreas emotivas y superficiales, el jefe libio entroncará con el

pasado mussoliniano y la aventura de Italo Balbo. PUEDE pensarse que la In- fluencia del entorno, de la

sede, explique el radicalismo y la improvisación de la decisión de Trípoli, y la remodelación o

readaptación en la más ecléctica Jartum. La política exterior libia es impredecible. Oscila entre la pasión y

la gran aventura. Unas veces mira hacia Túnez; en ocasiones acaricia la idea de la federación con El

Cairo. Reticente, como pueblo del Islam, ante la URSS en múltiples ocasiones; pasa en otros momentos a

mostrar su confianza en la acción antiimperialista de Moscú. El jefe libio vacila entre los planteamientos

panafricanos y los muy empequeñecidos proyectos subregionales. El libio es la exaltación, el argelino es

el pragmatismo y el sudanés es la prudencia. Si queremos programar una política africana coherente no

comencemos por negarnos a reconocer las Incoherencias.

II. la africanidad de Canarias:

EN la formulación de Trípoli hay que diferenciar dos aspectos: el específico de la intervención de la-

OUA en asuntos que pudieran no ser jurídicamente de su competencia; el particular de la argumentación

en que se basa la decisión intervencionista. Con relación al primero habría que ciecir, al menos,

estas" cosas: la descolonización como línea cardinal de ¡a ONU tiene cierta-m^nte su Carta en la

Resolución 1.514, pero junto a la misma hay q´ie entender incluidas otros , como son la 1.541 y la

1.625, entie otras."Corno con total acierto ha señalado F. Moran. la articulación de la

descolonización ha de hacerse tomando como polos el principio de la autodeterminación y la

defensa de la integridad territorial de los Estados constituidos. Integridad territorial que e.s de mayor

valor para los Estados africanos que para los de otros continentes y otras épocas. -El "uti possídetís",

gestado en la emancipación americana del Sur (que tenía una mayor justificación y coherencia por la

casi ausente dispersión de las potencias colonizadoras, en tanto que sucede lo opuesto en África; en

Latinoamérica sería difícil hablar de una hora precipitada de expolio y da reparto, como" sucede en

África),-obliga y ha obligado a no pocas desviaciones del principio de la autodeterminación y

descolonización que están en la-memoria de todos. No se puede jugar imprudentemente con los con

c e. p t o s de integridad, de condena de colonialismos internos y cuasi internacionales, con la autodeterm

i n a c i ó n, etc., cuando las arenas son aún más frágiles de aquellas en que pensara Simón Bolívar.

SE lamentan ciertos órganos oficiosos argelinos del recurso al principio de la no intervención para

justificar toda política colonialista. Pasó ya la época en que en la ONU se aludía al artículo 2, apartado 7,

para impedir una discusión en teína de colonización. Hoy la no intervención es elemento cardinal en la

política de coexistencia y en el tercermun-dismo y no alineados. Una con-dena de la intervención que mi-

ra más a los planos de la or-denación económica y política que a ios especificos.de la acción

internacional, en la que actúa como contrapeso la reiterada referencia a la creciente cooperación y

regionalismo. No hay razón, a estas alturas, para localizar, la intervención en materia de colonialismo y

olvidarse del nexo que tiene esa intervención o no intervención respecto a los derechos humanos; aspecto

éste que no podemos desligar con el principio de la autodeterminación de Jos pueblos, que ae justifica

precisamente por el convencimiento de la interdependencia entre unas libertades humanas que reclaman

para ser realidad urias libertades e independencias de los pueblos. No es jurídicamente correcta la

decisión de Trípoli. El regionalismo y el continentis-mo no pueden formularse con pretensiones

imperialistas, de "grandes espacios", a lo Carl Schmitt. No desemboquemos en un tercer monroísmo

imperialista, pues ya han sido suficientes el americano y el japonés. El regionalismo, actual hay que

entenderlo inmerso en el universalismo de la ONU y del momento político, económico y defensivo que

tenemos que vivir. LA africanidad dictada pre-torianamente en Trípoli supone una acción incompatible

con los postulados onusinos. Y supone, y esto es grave, una contradicción con el mismo principio de la

autodeterminación. ¿No han pensado los reunidos en Trípoli que podemos inventar un tercer tipo de

colonialismo, el impuesto por las organizaciones regionales ? Los hombres de izquierdas han juzgado

severamente ciertos proyectos uniformadores de USA por creer ver en ellos formúlaciones hegemónicas.

La pretensión de hegemonía no es patrimonio de USA, ni siquiera dé los fuertes; puede ser evasión en los

frustrados. No es lícito suplantar la voluntad de los canarios. Lo consecuente es dejar, por el principio, o

el derecho imperativo, "jus cogens" de la autodeterminación, a que los canarios se pronuncien. Cabría,

.teórica y politicamente, que reclamaran un mayor o menor grado de autodeterminación, inclusive de

Independencia, sin que ello supusiera en modo alguno el reconocimiento de su africanidad. ¿Qué significa

hoy esa africanidad invocada en Trípoli ?

III. Significación de la africanidad

PODRÍA pensarse en proyectar en el concepto regional, continental incluso (en esos términos pensó

Churchill), la doble tendencia objetiva y subjetiva que se formulara con relación a la nación. En ninguno

de esos supuestos existe, apoyo para hablar de la africanidad de, las Canarias. Los conceptos políticos se

hacen en la historia. La africanidad hay que entenderla históricamente, pues hoy incluso la geografía se

comprende con categorías políticas y no escuetamente de geografía física. Lo esencial en la africanidad,

en el panafricanismo, es el proceso histórico que culmina en el Congreso de Berlín (último capítulo del

orden, público europeo, como advirtiera Cari Schmitt), y él hecho cultural y psicológico dé la negritud,

que tiene sus precursores en hombres antillanos. En ninguno de esos parámetros puede emplazarse a las

Canarias. Incluso cuando hoy se habla tanto de lo que para las islas supone el Sahara, sé olvidan un tanto

las raíces y formas de ofrecerse este interés canario por el Sahara. En la historia la acción española en las

latitudes saharianas se piensa más en función de una protección de Canarias que de una solidaridad en la

igualdad. Cierto que aquellos intereses han debido -. hoy formularse precisamente en términos de

igualdad y- no de colonialismo, que: siempre ea una forma de ´defensa frágil, por ser injusta y por ello

fatal y .afortunadamente episódica. Reconociendo lo que hay_ de cierto en esta aproximación de Canarias

y el Sahara, es hora de pensar que en este momento, acaso incluso antes, el destino del Sahara.no está en

manos españolas ni en la forma de articularse política mente Canarias... Son otros los llamados a decidir,

y aquí el pragmático jefe argelino debe responsabilizarse ante el fluctuan-te y huidizo jefe libio.

M. AGUILAR NAVARBO

 

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