Autor: Rupérez Rubio, Francisco Javier. 
   La OUA en sus despropóistos     
 
 El País.    01/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

INTERNACIONAL EL PAÍS, miércoles 1 de marzo de 1978

TRIBUNA LIBRE

La OUA en sus despropósitos

JAVIER RUPEREZ Secretario de relaciones internacionales de UCD

La mayor parte de los líderes africanos tienen sólo una idea aproximada de la situación geográfica de las

islas Canarias. Son todavía menos los preocupados por la historia, la cultura o el componente

demográfico de las islas: recuerdo todavía la sorpresa de un director político de la OUA cuando, al

regresar de un viaje a Canarias, me confesaba no haber encontrado un solo individuo de raza negra. Son

esos mismos líderes los que se acogen a las normas de derecho internacional cuando así les conviene,

para rechazarlas, también según su conveniencia, en virtud de la referencia a «otra civilización» —

distorsionando así una verdad posible e introduciéndola en un sistema de duplicidades. Todo ello en un

contexto donde la descolonización ha sacralizado su significado en función de datos raciales o puramente

de ilusa unión continental. La OUA, que nace en 1963 en medio de lógico entusiasmo derivado de las

recién estrenadas independencias, ha contado ya con quince años para demostrar su impotencia en la

prosecución de sus fines principales: la promoción de una unidad entre los estados africanos, la elevación

del nivel de vida y la supresión del colonialismo en todo el continente.

Comencé mi vida profesional como diplomático en Addis Abeba, en 1967, y me llegaron a herir como

propias las frustraciones de un continente que accedía a la libertad sin haber superado los enfrentamientos

tribales, que debía mantener las fronteras artificiales del colonialismo en evitación de otro gigantesco

reparto, que apenas contaba con la economía de supervivencia que las potencias coloniales habían

tolerado, que luchaba con palabras contra la presencia soberana extranjera y extracontinental cuando de

hecho los actores pasivos y activos de la dependencia nunca se vieron sustancialmente alterados.

Impotencia ante los grandes temas.

Por lo demás, ¿no era la Etiopía de Haile Selassie la potencia colonizadora de Eritrea y otras regiones

marginales en el Imperio?; ¿qué se hizo de Biafra, sino condenarla al exterminio?; ¿de las diversas

intervenciones armadas extranjeras que desde entonces se han producido y se siguen produciendo?;

¿dónde están los pronunciamientos de la OUA sobre esas nuevas encarnaciones sanguinarias de los

tradicionales reyezuelos de aldea, llámense Bokassa o Amin o Macias?; ¿dónde está la participación de la

OUA en el tema del Sahara?...

Impotencia en los grandes temas, incapacidad de acción conjunta, imposibilidad de resolver disputas entre

los estados miembros, sobrecarga ideológica y emocional, instrumentalización interesada por parte de los

estados más radicalizados: esa es la OUA que en sus tiempos conocí. Esa es la que, según todos los

indicios, sigue funcionando, en el olvido consciente y continuo de las necesidades reales de todo un

continente.

Creo aberrante la postura que la Organización de la Unidad Africana está siguiendo sobre todo el tema

canario. Y estoy convencido de que al español medio,en la Península o en las islas, ese sentimiento de

aberración le embarga cuando le llegan las noticias de las recientes reuniones de la Organización en

Trípoli. No serán pocas las voces que carguen esas decisiones a las insuficiencias de una política exterior,

a una indebida selección de prioridades o al tema del Sahara. No faltarán otros que, en tono lastimero,

estimen con fatalismo lo que pudiera ser un nuevo mojón en las tradicionales desventuras internacionales

de nuestro país. Por supuesto, no faltará partido en la oposición que acuse al Gobierno de ser el

responsable de la situación por haber propiciado la ratificación del acuerdo pesquero con Marruecos —

como si la españolidad de las Canarias pudiera ser negociable con Argelia a cambio de sus intereses.

Argelia, principal instigador.

Congreso y Senado han demostrado que, por encima de las fronteras partidistas, existe un consenso

básico para rechazar las decisiones de la OUA sobre el tema —y por parte del Gobierno la voluntad

declarada para impedir que cualquier tipo de amenaza pueda concretarse en las islas. Sí puede en cambio

ocurrir que, al socaire de las decisiones de la OUA, Argelia, que una vez más se ha convertido en el

principal impulsor del tema, aumente los efectivos materiales y técnicos con que hasta ahora ha venido

ayudando al terrorismo canario. Argel ha contado con la complacencia de ciertas fuerzas políticas que,

fascinadas por el atractivo de la fraternidad ideológica, han colaborado gustosa e ingenuamente en una

bien preparada maniobra de política exterior paralela —cuyo resultado más visible han sido las decisiones

de Trípoli—. Ciertamente, esas mismas decisiones pueden ser achacadas a las insuficiencias en el

planteamiento de la política exterior del Gobierno, sobre todo si por esas insuficiencias se entiende no ser

tan partidario de las tesis argelinas como el PSOE lo hubiera deseado. ¿Pero es que ha logrado el PSOE

de los argelinos el que las Canarias dejaran de ser objeto de sus tradicionales presiones y chantajes? Y si

nos remontamos a un planteamiento africano general, ¿no reconocía Emilio Menéndez, en un artículo

recientemente publicado en EL PAÍS, que el tanzano M´bita, secretario del Comité de Liberación, se

mostró voluntariamente sordo a los argumentos en pro de unas Canarias inequívocamente españolas en

una conversación celebrada hace ya bastantes meses? M´bita es una buena muestra de la deshonestidad

política e intelectual a que se puede llegar desde el radicalismo frustrado, pero me temo que entre el

absentismo de unos, la ignorancia de otros y la voluntad instrumentalizadora de unos terceros, el tema en

la OUA era inevitable. La política exterior del Gobierno no puede ser tachada en este sentido de

inadecuada o de inexistente, y sólo con un claro abuso de los términos se puede hacer esa política exterior

continuadora de la conducta en tiempos pasados. Olvidando además que la primera conclusión operativa a

que a todos los niveles debería llegarse es ésta: las Canarias no son un tema de política exterior y el país

no depende de sus relaciones internacionales para afirmar que las islas son parte integrante e irrenunciable

del territorio nacional.

Las decisiones del Consejo de Ministros de la OUA deben ser todavía ratificadas por la cumbre de jefes

de Estado, que habrá de tener lugar dentro de pocos meses en Jartum. Desde el punto de vista formal, las

decisiones del Consejo de Ministros no serán operativas hasta su endoso por los jefes de Estado, y ello

marca un compás de espera que el Gobierno español habrá de aprovechar para que los africanos hagan

verdad lo que el presidente en ejercicio de la OUA, Bongo, dijo hace pocos meses en Madrid: «No me

cabe la menor duda sobre la españolidad de las Canarias.» Compás de espera que previsiblemente el

Gobierno argelino utilizará para reforzar la presión y los intentos de retorsión en el sempiterno intento de

alterar el equilibrio de los planteamientos españoles en su propio beneficio. De momento las posturas

argelinas, como en tantas otras ocasiones, parecen buscar el efecto contrario al lógicamente deseado, de

«cuanto peor mejor». Porque ¿quién en este país puede mostrarse en desacuerdo con las declaraciones

oficiales de Marruecos y Mauritania afirmando la españolidad de las Canarias?

Perder una ocasión.

Compás de espera para la reflexión desde las perspectivas de las mutuas conveniencias. En su aislamiento

diplomático actual, Argelia nada gana con el enconamiento de unas relaciones ya suficientemente tensas

con España. El Gobierno, a través de su ministro de Asuntos Exteriores, había manifestado su propósito

de profundizar los lazos con los países africanos. ¿Puede interesar a la OUA que ese propósito quede

aplazado indefinidamente ante muestras intolerables de animosidad? Entre los países africanos, hemos

tenido tradicional-mente buenas razones de entendimiento con los árabes. Según informaciones

fragmentarias, Libia se ha mostrado neutral en la discusión, pero ¿qué se ha hecho de Túnez, Egipto,

Sudán y Somalia? ¿Es esa toda la atención que nuestras causas merecen en momentos de cierta dificultad,

cuando precisamente las comunes de la nación árabe han sido objeto de permanente atención y defensa

por parte española?

En conjunto, la OUA me preocupa bien poco. Me inquieta, sin embargo, que entre el activismo interesado

de los argelinos, la pureza revolucionaria de algún tanzano, el absentismo de bastantes y la sonriente

inhibición ignorante de muchos, los africanos se embarquen en un camino tan declamatorio como los

acostumbrados y pierden la ocasión de entrar en contacto profundo y fructífero con un país, que sin

hipérbole, puede ser calificado como el más africano de los europeos y el más europeo de los africanos.

 

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