Autor: Olarte Cullen, Lorenzo. 
   Una política de Estado para Canarias /2     
 
 El País.    11/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

REGIONES EL PAÍS, sábado 11 de marzo de 1978

TRIBUNA LIBRE

Una política de Estado para Canarias /2

LORENZO OLARTE GUILLEN Consejero del presidente del Gobierno

Está claro que la posición geográfica y el valor estratégico de Canarias sitúan sus problemas en un marco

de conflictividad internacional del que están exentas las demás regiones españolas. Cualquier análisis y

cualquier solución deben valorar, en consecuencia, no sólo la situación interior del archipiélago, las

necesidades y carencias de las islas, sino el modo en que éstas resultan influidas por el desarrollo de los

acontecimientos en su área.

En el plano exterior Canarias ha venido sufriendo un déficit de relaciones, contactos e intercambios que

de alguna manera consolidan el pésimo conocimiento de que de su realidad se tiene en todo el continente

africano. No es extraño que los ministros de la mayoría de los países miembros de la OUA apoyasen las

recomendaciones del comité de Liberación sin preocuparse de un estudio directo y a fondo de lo que es y

significa el archipiélago por raza, cultura, historia, etcétera. Claro está que la ignorancia no justifica la

adopción de una postura política de esta naturaleza, ni la explica totalmente. Son pocos, pero

significativos, los gobernantes africanos que conocen las islas, que las frecuentan y por sí mismos han

establecido contactos comerciales, visitas amistosas e incluso incipientes intercambios turísticos. Sin

embargo, también éstos, o al menos sus ministros presentes en Trípoli, han apoyado la tesis «colonial» de

Canarias, teniendo como tienen un conocimiento directo de la realidad de las islas. O sea, sabiendo

paladinamente que Canarias no es ni se parece a una colonia. Lo cierto es que se ha impuesto

mayoritariamente un criterio desviado ante la mirada impotente de los propios canarios, por no ser

concebible a determinados niveles que una región española necesite vitalmente de una política exterior

específica y distinta de la del conjunto del país.

Este es nuestro caso. En la hora de las autonomías y de los nacionalismos interiores resulta disculpable el

recelo de determinadas capas sociales y políticas ante este factor de «disgregación» añadida que a sus

ojos representaría la «transferencia» parcial de la dirección de la política exterior a una región, aunque

ésta se halle a 2.000 kilómetros de la capital del Reino y a cien del área donde acaba de instalar sus trastos

la permanente pugna Este-Oeste.

Son innumerables las argumentaciones que asoman y exigen la transparencia a los canarios de los

instrumentos precisos para su autogobierno en aspectos políticos, económicos y culturales que preserven

el principio de soberanía española y mantengan firme la solidaridad con el conjunto del Estado y con

todas y cada una de sus regiones. Pero cuando hablamos de influir en la política exterior que nos afecta

directamente no estamos reivindicando la transferencia de una parcela tan determinante de la soberanía

del Estado, sino la audiencia preceptiva y la participación en todas las previsiones. Nadie podrá calificar

de dísgregadora esta aspiración ni podrá basarse en el precedente para reivindicarla a su vez, porque

ninguna región, ningún colectivo humano de España ha sufrido, ni sufre, peligros derivados de su

situación geopolítica como los que hoy oscurecen el futuro canario.

Nuestra actitud podría interpretarse maliciosamente como una impugnación global no sólo de la política

africana desarrollada hasta ahora por España, sino de la simple posibilidad de que pueda perfeccionarse

sin intervención canaria. Por supuesto, y quede esto claro, estamos absolutamente seguros de que nuestra

participación en esa política habría propiciado, si no resultados utópicos, al menos una línea no tan

nefasta para Canarias, desde el comienzo de la descolonización sahariana hasta hoy mismo, en que la

carga abrumadora de aquella decisión apenas ha consentido rectificaciones pese a la evidente buena

voluntad de los últimos Gobiernos de la Corona.

Citábamos antes la mirada impotente de los canarios que sin necesidad de dramatizar se explica en la sola

imagen de una implacable agresión ideológica separatista asociada a la amenaza de guerra latente en el

vecino Sahara. Uno y otro desarrollos nos implican irreversiblemente: el primero como objetivo directo y

el segundo como conflicto de imposible limitación espacial a poco que llegase a internacionalizarse,

añadiendo a esto la constante coacción de un Frente Nacional Saharaui que ha venido tratando de

imponernos el «conmigo o contra mí».

La región canaria debe de estar en el núcleo de toda la política española hacia África. Debe participar

desde el primero hasta el último momento en cuanto se haga y se emprenda. Marcelino Oreja, ministro de

Asuntos Exteriores, declaraba en Las Palmas hace no muchos meses, que todas En las embajadas

españolas debían contar en breve plazo al menos con un consejero canario, un hombre específicamente

encargado de orientar la imagen y las relaciones canarias dentro del conjunto de las relaciones españolas

con cada Estado. Esto no debe admitir ya más demora. Si en América nos entienden y nos estiman, si

respetan la soberanía española en Canarias, no es por meras razones de conveniencia diplomática. Es

porque allí hay isleños quienes, por el contrario, nunca irradiaron hacia África. El presidente venezolano

Carlos Andrés Pérez, el ex presidente Rafael Caldera, varios ministros o ex ministros venezolanos, como

Ramón Éscovar Salom, Luís Manuel Peñalver y tantos otros gobernantes, todos ellos de un gran país en el

que precisamente los canarios han contribuido decisivamente, con otros españoles, a su independencia y

consolidación democrática, en muchas conversaciones mantenidas conmigo, y en la sinceridad de una leal

amistad, afirmaron rotundamente en innumerables ocasiones, sabedores de los actuales movimientos

independentistas, su certidumbre sobre la soberanía española en el archipiélago canario, tan unido a su

pueblo por lazos de sangre y de historia compartida.

El canario, espiritualmente vinculado a Latinoamérica, sin abdicar de su vocación histórica, se ha sentido

siempre integralmente europeo. Cuando el canario viaja a Escandinavia, Inglaterra o Alemania, a miles y

miles de kilómetros de sus islas, jamás dice: «Voy a Europa.» Pero cuando se traslada a Marruecos,

Mauritania, Senegal o al vecino Sahara, aunque sea a un centenar de millas de su tierra, o cuando a ella

retorna, manifiesta que va a África o que de África regresa.

Ahora mismo, cuando el Gobierno prepara una gran «Operación África», esa ofensiva de penetración

profunda que tanto los gobernantes como la oposición democrática reputan indispensable, no basta con

que solamente en algunas de las misiones que comenzarán a salir hacia cada Estado estén los

parlamentarios canarios a quienes alcance esta responsabilidad; en esas cuestiones, en todas, deben

hallarse canarios cualificados y capaces de explicar Canarias, de presentar nuestra realidad e iniciar un

intercambio de ideas y conocimientos que de contrapunto, por lo menos, a la febril y unilateral actividad

propagandística que en la mentalidad africana ha logrado asociar nuestras islas a dos falsedades

obsesivas: colonialismo y segregación.

 

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