El escepticismo canario     
 
 Diario 16.    14/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

El escepticismo canario

La entrega del Sahara a Marruecos y Mauritania, pese a ser un error político e histórico de incalculables

consecuencias, no puede considerarse como "causa" del problema canario, sino sólo como uno de sus

factores desencadenantes. En efecto, a partir de la firma de los Acuerdos de Madrid, el que Canarias

pasara al primer plano de los quebraderos de cabeza de la política nacional era sólo cuestión de tiempo,

un tiempo que se ha visto abreviado por la miopía de nuestra diplomacia, que no ha sabido adelantarse a

las derivaciones lógicas de sus propios actos.

Pero el problema canario, aunque su escalada actual se haya acelerado por estos hechos, se encontraba ya

en estado de latencia, incubado y dormido por decenios e incluso centurias de abandono. Las

responsabilidades actuales son ciertamente evidentes y no resulta difícil rastrearlas, pero no es menos

cierto que este rastreo nos conduce muy atrás dentro de nuestra historia contemporánea. Y ahora las

"dulces" islas de la mitología del más banal patriotismo español, se nos presentan tal cual son: un amargo

trago que hay que afrontar sin las facilidades, las dilaciones, los paños calientes y los remiendos

tradicionales.

Ante todo, a los españoles se nos plantea la dificultosa tarea de asimilar un error persistente, cuyas raíces

se hunden en la filosofía, por llamarla de alguna manera, de nuestra última política colonial americana y

cuya concreción histórica hay que buscarla en la pérdida de Cuba y los últimos enclaves antillanos.

Canarias, que hasta entonces había sido un apeadero de nuestras rutas de ultramar, dejó de tener para la

Península ese carácter funcional y nuestros políticos, régimen tras régimen, naufragaron a la hora de

otorgar un destino a este territorio, que le permitiera echar raíces en la evolución política de la España de

este siglo. No se trata ahora, por consiguiente, de remendar tan sólo el entuerto del Sahara, sino algo más

difícil de recomponer: darles a estas islas el lugar que se les negó en nuestra historia.

Al carácter crónico, así, sumariamente expuesto, de la tragedia canaria, hay que añadir una larga serie de

factores conflictivos graves, dispares y, sin embargo, convergentes, hasta el punto de que ya resulta difícil

aislarlos. La situación altamente estratégica de las islas, su africanidad geográfica combinada con la

absoluta no africanidad de su cultura y su población, el endémico mal del monocultivo que las convierte

en una especie cercana a la república bananera, el subdesarrollo y la dependencia política y económica de

centros de decisión exteriores, son cada uno de suyo, hechos preocupantes que, conjuntados como están,

multiplican por interacción recíproca su gravedad. No hace falta decir que devanar este espinoso tejido de

problemas acumulados a lo largo de un siglo ni es asunto fácil, ni obra de un día.

En la serie sobre Canarias que DI6 publica estos días están los datos del tremendo catálogo de quejas que

encubre el escepticismo del ciudadano canario frente a la política peninsular. Tales datos pueden

ayudarnos a entender el problema, pero es primordial que ese entendimiento lo efectúe antes que nadie el

propio hombre canario. Y éste, con su lúcido escepticismo como coraza protectora, no va a entender más

que un lenguaje: el de los hechos.

 

< Volver