Autor: Cáceres, Francisco Ignacio de. 
   Canarias irrenunciable     
 
 Arriba.    26/03/1978.  Páginas: 3. Párrafos: 65. 

CANARIAS Irrenunciable

" Una nación no es un patio de vecindad

• Las relaciones exteriores demuestran que en política no hay amigos, sino aliados

ü Ni una colonia ni una base: una parte de España está en peligro

ü Para la defensa de las islas hace falta una cobertura de "misiles"... y un portaaviones

LA imagen del avestruz, que, según la leyenda, entierra la cabeza en la arena cuando ve que un peligro le

amenaza, resulta perfectamente válida para aquellos, hombres o países, que pretenden conjurar los

peligros y las amenazas exteriores desentendiéndose de ellas o fingiendo ignorarlas. Causa y efecto a la

vez de la decadencia de las naciones, el desinterés por las grandes corrientes de la política internacional es

algo que afecta a España desde que, hace casi dos siglos, comenzamos a descender una larga rampa cuyo

fondo aún no hemos tocado. Ahora va en serio. Oesde la pérdida de las Antillas y Filipinas nunca

habíamos rozado tan de cerca el espantable temporal de las grandes ambiciones mundiales en las que todo

—honor y dignidad, provecho y progreso, ligados a la integridad territorial— está expuesto a los mayores

peligros. Después del precipitado abandono de nuestras posesiones («provincias» las llamamos en última

instancia, «abe Dios para qué) del golfo de Guinea, de ia vergonzosa «guerríta» de Ifni y del todavía

demasiado reciente asunto del Sahara, parecía que nuestras penas habían terminado en el sector

internacional. Pero ligada directamente con este último, el tema de Canarias nos estalla entre las manos

con violencia inusitada. No habíamos (no habían) caído en la cuenta de que una nación es un cuerpo vivo

de infinitas ramificaciones en las que tan importantes son, en definitiva, tanto las más periféricas y

aparentemente accesorias, como las que parecen constitutivas del auténtico núcleo del país.

Se actúa como si las insaciables ambiciones de tes superpotencias fueran a detenerse en tal o en cual

barrera. A respetar unas fronteras legales —en definitiva, simples líneas sobre el mapa si una voluntad no

las defiende— sin entrometerse hasta donde puedan. Es decir, hasta donde tes dejemos, porque el límite

del poder ajeno coincide exactamente con el del pronto: se llega hasta donde se deja llegar.

En este- sentido, alegremente despreocupados de cuanto ocurrfa fuera, salvo quizá del espejismo del

Mercado Común, cuyas trabas resultan ser económicas y no políticas, nos hemos volcado en la algarabía

de la política de partidos, de la regionalización a cualquier precio, sin damos cuenta de que con esto sólo

seguíamos el juego que se nos quería hacer jugar desde fuera. Fue reproche teniente hace anos que se

quería apartar al español de las preocupaciones políticas dándole ´un moderno «panem et circenses» en

que en el segundo término llevaba el fútbol, «deporte rey", la pesada carga, Para las superpotencias

dispuestas siempre a devorar cuanto poder caiga en sus manos, la dedicación excesiva de un país a sus

problemas miemos es el mejor medio que tienen para lograr sus fines en el gran campo Internacional. Y

e* que «n pafs no debe ser un patio de vecindad,

Fronteras legales y fronteras reales

Decíamos, en broma: «Un dia nos piden las Canarias..., a lo mejor exigen la devolución de Granada.» Y

tal vez, sin saberlo, se decía la verdad, ¿por qué no? En definitiva, los límites de un pais no los marca

tanto la geografía como la historia y da lo mismo que la cadena de montañas A, el rio 8 o el estrecho C

marquen una frontera «natura» si una voluntad superior decide colocarla en otra parte. Los límites legales

de los países son ios que aprenden los niños en el colegio, los límites reales son, como dice el slogan

publicitario, «cosa de hombres», porque en ausencia de una auténtica política exterior (gravísimo pecado

nacional en el que cayeron estadistas de la talla de un Cánovas del Castillo) parece que nos hemos re-

ducido a aquella disyuntiva que los escritores patrioteros de fin de siglo ponían —y es difícil creerlo, pero

lo decían en serio— entre sí resultaba más conveniente tener una fuerte escuadra o un buen cinturón de

baterías costeras. Este es nuestro lamentable concepto de los límites nacionales. Por el contrario, como

cuando el secretario de Defensa norteamericano, Harold Brown, exponía el informe anual del Pentágono,

se dice que las fronteras norteamericanas «pasan por Noruega... y por el Japón» se está hablando eI crudo

lenguaje de la realidad internacional. Aquí seguimos, pues, con una mentalidad de tres millas de aguas

jurisdiccionales: la distancia convencional a donde alcanzaban las balas de un cañón antiguo. Hemos

olvidado —y decimos olvidado porque hnbo un tiempo en que lo sufrimos— fas más efementales reglas

del «saber estar» y actuar en el campo donde se juegan y se deciden tos destinos de la Humanidad,

estemos o no estemos, y asi es peor, naturalmente, presentes en el juego.

Las tres reglas de oro

¿Como hemos llegado hasta aquí? Repasar el proceso de nuestra decadencia histérica resultaría largo e in-

útil porque nos presenta las consecuencias, pero no las causas. La forteriorización suicida de la conciencia

nacional ha sido cargada en ia cuenta —¡como no!— del centralismo madrileño y del predominio de la

meseta. Resulta fácil contestar que precisamente ia época de ia preeminencia castellano-leonesa coincide

con nuestro momento de máxime expansión mundial, Otras veces se carga a la cuenta de la incultura

popular, pera si bien es evidente que en una sociedad moderna y democrática el Interés de todos ios

ciudadanos debe ser la base de cualquier política, no es menos cierto que grandes Imperios como Rusia

labraron su fortuna histórica desde ios puestos de mando de unas minorías civilizadas sobre ia

indiferencia de unas masas de campesinos apenas salidas de {a barbarie. Hay en nuestras clases dirigentes

una gran responsabilidad que viene, como decimos, casi de dos siglos atrás. Ignoramos, o así lo parece al

menos, las tres reglas de oro de la política Internacional, ia única política, sí se nos apura, porque la

réstente debe de hacerse en función de ella: primera, la preeminencia absoluts de la conveniencia

nacional. Segunda, saber que no hay amigos en política, sino aliados, y que éstos pueden ser,

paradójicamente, nuestros peores enemigos al mismo tiempo. Luego sólo la fuerza cuenta realmente.

Tercera, que la historia y la geografía marcan el pie forzado de unas constantes políticas que deben ser

seguidas año tras año, siglo tras siglo, sea cual fuera el régimen o el Gobierno que impere. El ejemplo

soviético es bien notorio y demostrativo. Un país vale lo que vale su política exterior, como lo que cuenta

de un hombre es su conducta y su acción extema. Hubo un tiempo en que, después da un larguísimo

proceso histórico al que, por comodidad, llamamos convencionalmente la Reconquista, los cinco remos

hispánicos se acercaban al punto da fraguar ese fenómeno llamado España como expresión política

unitaria. Ese momento coincide, y no por casualidad, con la Incorporación del archipiélago oceánico

canario que, poco después, sería, trampolín y escala forzosa hacia la gran aventura americana. ¿Estamos

viviendo ahora el proceso a la inversa y, después de perder todo nuestro imperio ultramarino, la marea

alcanza ya a esta avanzada de España? La actividad diplomática en torno a Canarias —declaraciones de la

organización de la Unidad Africana (OUA) o del Gobierno argelino, del norteamericano, del español—

permite afirmar sin falsos pudores, mirando al peligro cara a cara, que en la sorda guerra que se lleva a

cabo contra fe integridad de España —y no somos, desde luego, el único caso en Europa—, las Canarias

están hoy en primera línea,

Dividir para vencer

Nos interesa subrayar que no se trata de un caso aislado, sino de un sector más del amplio frente de la de-

cadencia europea que se precipita a partir de 1a prunera guerra mundial. Los egoístas europeos que

vieron, no sin satisfacción, sucumbir a España en el 98 frente al coloso yanqui, no podían prever que se

trataba del acto primero, escena primera del gran proceso descolonizador realizada sobre el esquema

«quítate tú, que me pongo yo» durante los siguientes ochenta años y especialmente en los treinta últimos.

La dispersión del gran imperio germa-no-católico-austrohúngaro al fin de la primera guerra mundial, fue

seguida al fin de la segunda, del reparto de Ale-mania-EI Reich Germánico-protestante, que englobó

brevemente al primero, ahí que las nuevas nacionalidades, (Checoslovaquia, Yugoslavia) quedasen libres

del morbo disgregador: ¿Qué será, por ejemplo, de la frágil Federación Yugoslava a la muerte de Tito?

Se dirá que las Canarias quedan muy lejos de todo esto, pero lo importante es que, por el contrario, están

muy cerca. Ante todo porque la vana discusión sobre si son Europa o África —geológicamente no son ni

lo uno ni lo otro— se resolverá como la de si son galgos o podencos: mientras sigan siendo España, serán

Europa. De otro modo serán África.

¿Separatismo o abandonismo?

Pero, insistimos, sea como fuere, el cerco diplomático en torno a Canarias forma parte del proceso

disgregador de las naciones europeas que España comienza a padecer en su propia carne. No es preciso

insistir en la españolidad de Canarias —«Canarias, españolí-sima» y otros tópicos de la literatura

patriotera que siempre florece en estos caso»—, porque es evidente y porque no está ahí te raíz del

problema. Una nación es un esfuerzo común que se mantiene unido por una voluntad general y es

superior al de los intereses particulares e Incluso en contra de ellos. Si esa voluntad falla de poco sirven

las razones históricas. Las tradiciones vivas e incluso la voluntad popular, elemento pasivo conformado

siempre a la voluntad del que «quiere» más y más fuerte, En este sentido —y es una constatación personal

y documentada— el separatismo insular es un artefacto importado que ocupa el vacío que deja una

voluntad debilitada de unidad nacional. En otras palabras, y como to acusan airadamente muchos

canarios, tanto o más que de separatismo pueda hablarse de abandonismo, lo importante, pues, es conocer

la rafe de ese estado de ánimo y saber si no se trata de una mera aprensión insular.

Para ello —y su discusión llevaría un espacio del que ño disponemos— el cambio más corto es

comprender el porqué del interés internacional sobré las Canarías, la respuesta de fondo —como siempre

en política internacional— es estratégica. Subordinemos —como lo hacen las superpotencias— el caso

particular y los problemas internos al interés superior de la «gran política» y entenderemos mejor el

asunto.

La retirada de las penínsulas a las islas

El Atlántico, segundo océano del Planeta por su extensión, pero primero absoluto (tres cuartos del total

mundial) por su tráfico, tiene pocas islas, tas que existen ven multiplicado su valor y las ambiciones

crecen en proporción. El importantísimo tráfico Europa-América se ve ahora doblado con la gran

corriente petrolera que pasa necesariamente por aguas insulares: Cabo Verde, Madeira y, sobre todo,

Canarias Desde el avión que nos lleva o nos trae a la Península vemos «autopista del mar», pero también

la costa africana, cuya silueta nos acompaña, dominada por los perfiles del Atlas, todo el camino. He aquí

el problema. De una parte, esta «flota inmóvil» que es el archipiélago canario, carece ya del respaldo

sahariano, convertido en amenaza. El largo «puente» que le une a la Península puede ser cortado en

cualquier momento... De otra parte, y ante una expansión lenta, pero continuada desde Iván el Terrible de

la gran potencia continental rusa con su glacis de satélites y aliados, la gran potencia oceánica —hoy los

Estados Unido»— se refugia hoy en las penínsulas, pero al igual que ya hicieron en Vietnam, prevén ya

una retirada a las islas periféricas -si se vieran obligados a ello. Por esto, porque en ese mar tricontinental

que es el Atlántico todo está hoy en juego, en primera línea de fuego están no ya unas colonias ni unas

bases, sino una parte de España, que son las Canarias. ios medios de información, ai menos en cuanto a

temas de poética internacional se refiere, ofrecen una imagen deformada de la realidad casi diríamos que

necesariamente, rendien^ tes de la «actualidad», dan Importancia a lo nuevo, a lo más reciente, y en

cuanto el tema parece «gastado» y se piensa que ya no atrae la atención del lector por su reiteración, se le

relega a un segundo plano, cuando no se le ignora. Las grandes potencias actúan de manera iametnlmente

opuesta: De acuerdo con una rigurosa planidicación, a veces a largo plazo, incluso durante generaciones,

persiguen tenazmente un objetivo bajo distintas formas, con distintos métodos y aun bajo diferentes

regímenes. Incluso procuran ese «olvido» de los medios de información con fines políticos. Pero,

insistimos, la tenacidad en lograr un objetivo estratégico (en el más amplio sentido de la palabra) la fide-

lidad a las constantes que la historia y la geografía marcan, son eI sello de una gran potencia, lo mismo

que en el terreno individual definen una perso-nalidad, un carácter. El tema de Canarias nos parece la

piedra de toque para comprobar la eficacia de nuestros medios diplomáticos y militares ante un tema

rigurosamente decisivo.

Una guarnición insuficiente

Por primera vez, decíamos, agotadas nuestras reservas de concesión en temas coloniales con ei abandono

del Sallara, Jas grandes ambiciones mundiales apuntan directamente a la integridad nacional en su

territorio más periférico: las Canarias. Pero atención, periférico no significa menor en importancia, y en

este sentido de gran política podemos decir que el centro de gravedad de nuestros intereses nacionales no

está en Madrid ni en la Península, sino precisamente en estas Islas. Así, lo que se plantea de manera

inmediata, urgente y gravísima es la defensa de la España insular. La estrategia consiste ante todo, en un

planteamiento a gran escala, los límites fronterizos que marca el mapa no basta. La estrategia exige «salir

de la portería», dicho en términos futbolísticos, lineas de comunicación, defensas avanzadas, una red de

bases o de apoyos Internacionales, pero tam-bién, por supuesto, la defensa inmediata del territorio en

cuestión. ¿Cómo están defendidas las Canarias? Vaya por delante un hecho fundamental, que nos consta

de forma do-cumentada: el espíritu de la guarnición es magnífico y esto, que pudiera darse por supuesto,

no es lo menos importante, sino fundamental en el auténtico sentido de la palabra. Pero junto -al excelente

espiritu nacional y militar de esos 10.400 hombres que componen, más o menos, la guarnición del

archipiélago, es preciso constatar que el armamento no responde a las necesidades tácticas y estratégicas

del sector en cuestión. La presencia de tropas selectas, como fe legión, basada en Fuerteventura, Infante-

ría de Marina y otros grupos, no está reforzada por un armamento suficiente.

Urgente: Una barrera de misiles

Incluso la propia guarnición en el sentido numérico de la palabra no es bastante, y aunque Jas islas

principales parecen bien guarnecidas en este aspecto personal, otras tienen, en cambio, una guardia

insuficiente a todas luces, que resulta una tentación para cualquier gesto audaz. Pero el armamento en sí

es el más deficiente. No nos referimos ya a la falta total de una cobertura naval que prevenga contra una

sorpresa y asegure las comunicaciones con una Península demasiado distante. También falta

prácticamente la cobertura aérea encomendada a las escuadrillas de aviones «Saeta», excelente reactor de

fabricación nacional, pero que deberían ser reforzadas, llegado el caso, por ios «Phantom» i «Mirage»,

que tardarían unas dos horas desde la Península. Hay también buena artillería representada por los dos

regimientos de guarnición e» las dos Islas mayores: el de Tenerife, armado con piezas del 40/70, y el de

Gran Canaria, con baterías del 35/90. Pero estos modernísimos cañones sólo son una parte de un esquema

defensivo antiaéreo que, por lo demás, falta por completo. Urge completar lo que los americanos llaman

una «Missile Family» que cubra las necesidades de defensa a todas las costas y distancias en cohetes

«Nike» y «Hawk», como los que en la Península defienden el área del Estrecho... Esa «empalizada» de

cohetes que, como los troncos de un antiguo fuerte, son la única defensa moderna eficaz contra un asalto

aéreo, no existe en absoluto y en este sentido podemos decir que las Canarias son un fuerte sin murallas y

que, de hecho, estaban relativamente mejor defendidas cuando Nelson Intentó tomarlas -con grave daño

para su persona. ¿Para cuándo el esperado portaaviones? Y aún esto es sólo lo Inmediato. Decíamos antes

que la estrategia supone una visión amplia, de alta cota —quizá por eso las naciones que se resignan a

volar bajo, pierden su sentido estratégico, de gran política— y en este sentido la indefensión de las

Canarias es aún mayor. Una posición aislada no puede resistir si no cuenta con unos enlaces suficientes

con la retaguardia que le permitan abastecerse regularmente en refuerzos humanos, en repuestos

materiales y en municiones de boca y guerra. A falta de una base naval en las Islas y de una base

intermedia en el largo «puente» aéreo y naval hacia la Península —amenazado, además, por su flanco

africano durante todo el recorrido— la necesidad de una escuadra adecuada salta a la vista de cualquiera.

En primer iugar, porque el 90 por 100 de| tráfico se sigue haciendo por vía marítima y por allí habrían de

llegar los refuerzos necesarios. En segundo lugar, porque sólo una flota adecuada puede servir de «base

móvil» y de punto de partida para una represalia flexible. Esperamos que operaciones tan lamentables

como nuestra «demostración naval» frente a Agadir cuando la «guerrita» de Ifni no vuelvan a repetirse:

Para jugar al «showing the flag» o «pasear la bandera», como dicen ios ingleses, hay que tener una

Marina de más fuste. ¿Para cuándo, por ejemplo, ei tantas veces proyectado e incluso aprobado

portaaviones o portahelicóp-teros? los «Harrier» de despegue vertical pueden envejecer esperando esta

pieza clave de una escuadra de intervención. Y no se diga que «España no puede». No sólo tenemos unas

Fuerzas Armadas absolutamente desproporcionadas por su pequeñez respecto de nuestro tamaño físico,

población y rango de nación industrial, sino que la ocasión lo exige imperiosamente .Algunos irían más

tejos exigiendo incluso un armamento nuclear, a efectos disuasorios, que podría lograrse perfectamente en

tres años, pero eso ya es otra historia.

Francisco Ignacio DE CACERES

 

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