Autor: Hernández Peña, Domingo. 
   Salvar Canarias     
 
 ABC.    30/03/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

SALVAR CANARIAS

Por Domingo HERNÁNDEZ PEÑA

EL siroco es cada vez más frecuente.El viento que viene del Sahara,trae cada vez más polvo

en suspensión. Pero no sólo trae tierra y sequedad. También trae la seguridad de que estamos

en África, sin que seamos africanos, ni americanos, ni europeos. Somos españoles. Pero es-

pañoles de la lejanía. Españoles de un naufragio lento, sin latitud precisa. La solidaridad

nacional parece no existir. En Madrid siguen creyendo que esto es Eldorado. La Constitución, a

veces, resulta un texto de atrevida ficción.

Esos barrios precipitados, inacabados, delirantes, africanos, de casas tristes y de calles

peligrosas, en tos que Se están amontonando la alegría poca y la desesperanza mucha de los

canarios sin horizonte, son el presagio del futuro, la amenaza del destino que nos acecha. En

Canarias no hay agua para- beber, habiendo tanto mar en que ahogarse. Aquí trabajan

quinientos mil forasteros, mientras cien mil canarios son víctimas del paro insular, que no es lo

mismo que el paro continental. La mitad de los isleños de nacimiento se han perdido por él

mundo. Estarnos a la cabeza de España en materia de analfabetismo. Este es el único lugar

del mundo en el que las Universidades se reclaman a gritos, en la calle. Nunca llegamos a ser

pescadores. Cuando creíamos que éramos agricultores nos hicieron camareros. Y ahora que

sabemos alemán nos despiden en castellano. Y como tenemos coches, más coches que nadie,

nos ponemos a matar el tiempo gastando gasolina alrededor de la manzana, porque ya no nos

queda espacio para huir en línea recta.

Dicen que somos autónomos, con Estatuto y todo. Pero no es canaria la autonomía que se

televisa. Y el presidente del Parlamento provisional, que es un hombre serio de Tenerife, en

vez de ponerse a gritar en la Carrera de San Jerónimo, se va de viaje a Venezuela, a platicar

un poquito con las autoridades del otro lado del océano equivocado...

El deterioro cultural, que de tan perfecto parece intencionado, ha llegado a extremos dolorosos.

Los que piensan, no participan. Los que crean, se fueron. Los que renuevan,se olvidaron.

Nuestra expresión «cultural» máxima es el carnaval. Nuestras referencia gastronómica, el mojo

picón. Hacemos lo posible por autoconvencernos de que nuestra música es una maravilla. Y

por santo y seña de una identidad que no acabamos de encontrar tenemos el orgullo subido de

hablar mal. Estamos enredados en el sol, en el viento, en las palmeras. Nos reproducimos por

docenas, como los conejos, como si necesitáramos repartir la nada entre una muchedumbre

mayor, más apretada, a fin de que el desconsuelo nos toque a menos. Cuando el mundo entero

intenta zafarse de los estragos de la industrialización salvaje, nosotros empezamos à levantar

el sueño tardío de que los hombres pueden salvarse plantando chimeneas. Cuando el resto de

España se nos escapa hacia Europa, nosotros seguimos patinando en la salsa de nuestra

propia discordia, Sin encontrar tos. retratos de nuestros abuelos y sin saber si nuestra bandera

debe ser con estrellitas o sin estrellitas.

Y, sin embargo, esta tierra todavía bella, este pueblo todavía bueno, merecen encontrar el

camino de la difícil salvación. Pero no lo vamos a encontrar si nos siguen mintiendo. No lo

vamos a encontrar con recetas marchitas, carentes de conciencia propia y de sentimiento

común. No lo vamos a encontrar sin un vertiginoso salto cultural. Canarias necesita

comprensión, calor patrio, querencia hispana.

La España peninsular empieza a cometer su último disparate histórico cuando la Prensa

central, el pensamiento central, el Poder central, se alejan poquito a poquito, disimuladamente,

de las islas que son su pedestal. Canarias, por su lado, empieza a suicidarse cuando la

decepción, cuando el agotamiento intelectual, la incapacitan cada vez más, quiérase o no, para

hacerse oír, para hacerse respetar, para conquistar treinta segunditos en el telediario.

Para que la salvación de Canarias sea posible, para que el archipiélago no se pierda en la

decadencia y en la distancia, es necesaria una política de Estado que sepulte el muro de la

tecnoburo-cracia y simplifique las vías de la comprensión. Por esas dos veredas se puede

llegar a algo sorprendentemente sencillo: más cultura y más agua, menos crecimiento

demográfico y menos especulación.

Si razonar fuera posible, si soñar no fuera pecado, si progresar no implicase degradación, aquí,

en Canarias, se podía construir fácilmente la españolísima frontera de Europa con África, con

América. Pero aquí no hay nada que hacer, sin autonomía o con ella, mientras los canarios

estemos sometidos a brutalidades como la que, por ejemplo, concede a iberia poderes casi

divinos. Por la ciega voluntad de Iberia los canarios no podemos ir a Brasil sin pasar por

Barajas. ¡Estando a mitad del Atlántico tenemos que volar diez horas más que un madrileño!

¡Cinco horas en la ida y cinco horas en la venida! Iberia, además, porque sí, se opone

tercamente a que los dos millones de turistas sudamericanos potenciales que en gran parte ya

vuelan anualmente sobre nuestras cabezas aquí puedan descender... Pero Iberia, al mismo

tiempo, misteriosamente, nos regala una inexplicable línea directa USA-Canarias, que para

nada sirve ni a nadie interesa.

Canarias no podrá salvarse si la alejan todavía más, artificialmente; Los canarios no

conseguimos adivinar las razones inconfesa-das por las que no nos quieren cerca. Pero la

verdad, hay que reconocerlo, es que nosotros tampoco sabemos, o hemos sabido,

aproximarnos. Explosivos Río Tinto tiene un palacio (el palacio Spínola) en Teguise, Lanzarote,

amueblado, decorado, equipado y sin habitar, que parece haber sido hecho a la medida de las

vacaciones de otoño-invierno de la Familia Real. Un concejal de aquella villa histórica ha

propuesto que el palacio se compre a ERT y se ofrezca, se regale, a Su Majestad el Rey. La

respuesta ha sido el silencio y la burla. Nadie parece haber entendido que el ofrecimiento

representaría, nada mas y nada menos, que la soldadura justa, el estímulo cierto, el nudo de

Estado para que este pedazo de España no se siga rompiendo.

 

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