Una polémica     
 
 La Vanguardia.    04/04/1970.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 23. 

Página 6

LA VANGUARDIA ESPAÑOLA

DE OTRAS FUENTES

En su edición de ayer (341970), eI diario madrileño «Pueblo» publico en su «Tercera Página»

los textos que continuación reproducimos para conocimiento del lector:

UNA POLÉMICA

Una polémica viva. Importante, ha tenido lugar estos días. José María de Areilza, conde de

Motrico, publicó un artículo político en «ABC» sin el comedimiento de los articulistas que se

pronuncian por un «tiempo abiertamente liberal». Un articulo político abierto. No se ha hecho

esperar mucho la réplica, publicada en el mismo periódico. Su autor es otro político de alto

bordo, también escritor de periódicos, y que utiliza más de un seudónimo. En este caso «Ginés

de Bultrago». La réplica, hablando en términos marineros, es como un torpedo disparado sin

contemplaciónes. Este soberbio diálogo artillero había que recogerlo y ofrecerlo junto.

LA VIA ESPAÑOLA A LA DEMOCRACIA

Hace bastantes años triunfaba en París una ingeniosa comedia que se mantuvo centenaria en

el cartel: «Knock o el triunfo de Ia medicina». Una de las réplicas que contenía el meollo de la

tesis, era la del protagonista, un medico pedante, a quien le preguntaban como iban sus

primeras actividades en la ciudad donde abrió consulta.

«No es tanto la curación del enfermo lo que me interesa - contestaba el galeno - cuando el

haber creado entre los habitantes una fuerte. conciencia medical.» La «conscience medicale»

era como una psicosis colectiva de miedo a la enfermedad. Knock había logrado que cada

vecino fuera un neurasténico que se consideraba enfermo en potencia. Así, pensaba el

pintoresco doctor, la población entera dependería de su criterio, de sus recetas, de sus

prohibiciones, de su consejo.

Operan como el personaje de Jules Romains, quienes tratan de mantener todavía un clima de

temor irracional a la libre expresión de las corrientes ideológicas que circulan, «velis nolis», por

el ancho campo de la sociedad española en desarrollo. Aquí, como en la sátira francesa,

también se trata de crear una conciencia colectiva de enfermedad. ¿Somos los españoles

capaces de gobernamos a nosotros mismos? Según parece, hay opiniones importantes que

contestan a la pregunta con una negativa. Leo y copio de un rotativo oficioso: «No estamos

preparados para la democracia clásica». Ni se acepta tampoco el reto de la demostración de la

falsedad o verdad del apotegma.

Bien. Ya está así creada la «conciencia medical» de la comunidad. Todos enfermos. Todos

capitidisminuidos por nuestra radical y celtibérica incapacidad de convivir, de buscar el

compromiso, la transacción. ¿Entonces? ¡Ah! Entonces vienen los médicos experimentados en

dolencias nacionales de esta índole y recetan. ¿Qué fármacos despachan? ¿Cuáles son las

normas de la higiene dietética que recomiendan? El secreto forma parte del prestigio medicinal.

Se sabe por filtraciones habidas en la consulta de doctores que habrá específico, a tomar en

pequeñas dosis, cuya denominación todavía se desconoce. Alguien aventuró que se trata de

una «concurrencia de relevancias» o asociacionismo de minorías, nunca de masas. Es como si

dijéramos., Ia fórmula de la democracia homeopática.

Otras versiones son, por lo visto, inviables La homología de España con Ia Europa política es, a

lo que parece, imposible. No se aclimatan entre nosotros esas nefandas formas que se llaman,

con cierto tufillo peyorativo, las instituciones demoliberales con las que se rigen los países

rectores del mundo libre: Pompidou. Wilson, Heath, Kiesinger. Willy Brandt, Nixon, Humphrey,

Sato, Fanfani, Trudeau. ¡qué penoso cortejo de políticos demoliberales! ¡Pobre gente! ¡Todos

aquejados, sin saberlo, de la terrible, insidiosa, mortal equivocación!

Busquemos ansiosos el antídoto. Ya lo inventó la izquierda totalitaria con su clasismo

excluyente y dictatorial qua extiende sobre más de medio mundo su mordaza monolítica. La

derecha burguesa lo trató de contrarresta en los años veinte, con las fórmulas del partido único

y del nacionalismo a ultranza. Mal acabó el ensayó. Además, el progreso tecnológico ha creado

otro tipo de sociedad en desarrollo en que hoy, los fascismos, poco o nada tendrían que hacer.

Entonces, ¿qué nos queda? La gran receta. EI remedio definitivo. Lo que nadie ha ensayado: el

peculiarismo.

Somos distintos, diferentes. Rodeados de países enfermos que se hallan, por lo visto,

contagiados de una misteriosa epidemia - el demoliberalismo - poseemos, gracias

al cordón sanitario, una sólida y todavía excelente salud. Mientras los pueblos vecinos

depauperados por la afección se arrastran lánguidamente y llegan a Ia Luna, nosotros nos

aprestemos a ensayar las fórmulas indígenas, originales. Nada de imitaciones serviles, ni de

copias que puedan traer microbios patógenos. Vayamos al concurso de inventores locales

donde tantos ingenios malogrados y desconocidos ofrecerán al visitante los frutos alambicados

de su mediación.

Parece una broma. Pero no lo es. Resulta, en cambio, que esa es la tesis grata a muchos e

influyentes sectores del país. Sobre ella se trata de construir nada menos que el andamiaje

político de la sociedad futura. De una colectividad en la que los menores de cuarenta años son

ya los dos tercios de Ia población y en la que el juvenilismo biológico alcanzará rápidamente

insospechados porcentajes estadísticos. Y yo me pregunto: ¿es esto razonable? ¿Tiene

posibilidad de futuro? ¿Alcanzará a interesar a las nuevas generaciones? Cuando se nos dice

que de lo que se trata ahora es de buscar «una vía española a la democracia», para emplear el

título del luminoso ensayo de Carlos Iglesias, convendría recordar que lo esencial de un

sistema democrático de gobierno está en la vigencia de un manojo de ideas que informan las

instituciones públicas. Por ejemplo, que la soberanía resida en la sociedad, de la que emana el

poder del Estado. Que el gobernante se sienta directamente responsable ante la opinión. Que

la colectividad tenga un mecanismo para fiscalizar las decisiones del poder. Que los actos dt

gobierno sean una resultante de tendencias, libre y claramente expresadas en el seno de la

comunidad. Que los hombres que ejercen el mando no se crean poseedores de la verdad

política y admitan, en cambio, que los distintos grupos sociales pueden poseer, cada uno, su

parcela de esa verdad total. Que se racionalice y no se dogmatice, el proceso y el estudio de

los negocios públicos. Solamente así se puede efectuar la incorporación libre y responsable de

los hombres a las tareas de gobierno a todos los niveles. Solamente en esas coordenadas

cabe hablar efectivamente de participación y de progreso político, última meta del sistema

democrático.

Verdaderamente ¿es tan terrible todo eso? ¿Tan arriesgado, tan imposible, tan complicado?

¿Hemos de llevar para siempre sobre nosotros Ia peculiaridad como una tara: la originalidad,

como una hipoteca; la diferencia, como un distintivo rígido, que nos aísla y nos distinga de los

demás? Dicen qua desde «extramuros» se ve a España como si fuera Suiza o Suecia y que ahí

esta el error. Y yo pregunto: ¿por que hay «extramuros» y por qué debe haber «muros» en una

época en que la comunicación social ha hecho realidad la interdependencia humana en todos

los ámbitos?

Pero aun teniendo en cuenta el miedo paralizante que parece atenazar el animo de quienes

pueden iniciar este debate de tan grave y extendida trascendencia, ¿no sería posible, no seria

conveniente, no sería justo, averiguar de alguna manera la opinión sobre el asunto, de los

protagonistas, quiero decir de los trece millones que componen nuestra población activa o de

los veinte millones de españoles que son mayores de edad?

José María DE AREILZA

¡UN POCO DE FORMALIDAD!

El señor Fernández estaba furioso: el no era un hombre violento pero entendía que las bromas,

hasta las más pesadas, tenían un límite, «¿Es que creen que yo soy idiota?», decía el buen

señor, refiriéndose a unos amigos empeñados en convencerle, con tenacidad digna de mejor

causa, de que volviera sin temor a beber desordenadamente. Para los que conocían «el caso

del señor Fernández», su indignación estaba plenamente justificada.

El señor Fernández había tenido una juventud borrascosa. Se dio a la bebida y se convirtió en

un ebrio impenitente. Su cabeza era bastante firme y aun en sus más celebradas borracheras

se mantuvo siempre con una cierta dignidad, pero su estomago no demostró la misma fortaleza

ante los embates del alcohol. Pronto se le averió y empezó a pasarlo fatal. Todo cuanto comía

le caía mal, y casi dejo de alimentarse, pero seguía bebiendo. Le hablaron de una ulcera de

duodeno y de que debía cuidarse, pero no hizo caso. Al cabo de unos años llego a ser una

verdadera piltrafa humana: estaba en los huesos: no podía trabajar; su patrimonio había sufrido

graves quebrantos y sus asuntos iban de mal en peor. Con él ya no contaba nadie, y todo el

mundo le daba por un hombre totalmente perdido, cuando una noche una tremenda hemorragia

interna estuvo a punto de acabar con él. Medio muerto, hubo que llevarlo a toda prisa al

quirófano.

La hora del señor Fernández no había llegado aún, y Dios se valió de un hábil

cirujano para conservar su vicia. Tras una operación larga y difícil, especialmente

por el estado de debilidad del enfermo, y de varias semanas de clínica, el señor

Fernández volvió a su casa y, siguiendo al pie de la letra el plan de vida

que le fijó el cirujano que lo había salvado, en el que entraba, naturalmente, el no

volver a probar una gota de alcohol, al cabo de unos cuantos meses el señor Fernández fue

otro hombre. Recupero su peso, se puso a trabajar intensamente para rehacer su economía;

empezaron a prosperar sus asuntos; volvió a tener prestigio y pudo mirar el porvenir satisfecho

y con optimismo. Y entonces, cuando estaban ya superadas todas las incidencias de su

recuperación, unos pocos amigos, precisamente unos amigos que le habían acompañado en

su grave crisis y que habían hecho los mayores elogios de la habilidad del doctor que le opero,

y habían aplaudido calurosamente sus aciertos y sus prescripciones, empezaron

insistentemente a aconsejarle que volviera a beber, que no tuviera «complejos de inferioridad»,

que todos los hombres bebían rudamente y que si no quería hacer el ridículo en un mundo de

bebedores tenía que volver al coñac con el ímpetu de un cosaco. El señor Fernández no salía

de su asombro. ¿Cómo explicarse aquel vergonzoso cambio de chaqueta? Y el señor

Fernández, que era un hombre que razonaba con lógica, llegó a la conclusión de que aquellos

famosos amigos debían haberse metido en algún buen negocio de licores, que iban a lo suyo y

que no les importaba que él reventara... ; a lo que naturalmente, el señor Fernández no estaba

dispuesto.

A los españoles, cuando se pretende convencemos de las deliciosas bondades del sistema

demoliberal de democracia inorgánica sobre la base fundamental de los partidos políticos, nos

sucede lo que al señor Fernández ¿Quién mejor que nosotros sabe lo que nos conviene?

¿Acaso no experimentamos el sistema durante más de un siglo? ¿Y como nos fue? «Por sus

frutos los conoceréis...» ¿Y cuales fueron los frutos de la democracia inorgánica en nuestro

país? Recurramos simplemente a los datos que registra la Historia, y que algunos parecen

haber olvidado. Desde la muerte de Fernando VII (1833) hasta el 18 de julio de 1936, es decir,

en poco más de un siglo, que corresponde a la experiencia demoliberal de nuestra nación, y

durante la cual los partidos políticos tuvieron la más fecunda floración, España sufrió, ocho

cambios de régimen (reina gobernadora, regencia de Espartero, Gobierno provisional del

general Serrano, Amadeo I, primera República, Gobierno provisional del general Serrano, otra

vez, restauración de la monarquía liberal con Alfonso XIl y segunda República); tres

destronamientos de reyes (Isabel II, Amadeo I y Alfonso Xlll); dos destierros de regentes (María

Cristina y Espartero); cuatro atentadas contra revés (Isabel II y Alfonso Xlll) ; dos Repúblicas

que fueron dos caos indescriptibles; ocho Constituciones (1812, 1834, 1845, 2S45, reformada,

1845 vuelta a reformar, 1869, 1876 y 1931), que ninguna pudo ser puesta en practica con

continuidad arriba de unos cuantos meses, por la necesidad de suspender las garantías

constitucionales para poder dominar el desorden interno; dos dictaduras (Narváez, en

1847 y Primo do Rivera, en 1923, únicos oasis de la vida nacional en que hay orden y

prosperidad económica; tres guerras civiles; cuatro presidentes de Gobierno asesinados (Prim,

Cánovas del Castillo, Canalejas y Dato), la friolera de 109 Gobiernos, que corresponden a una

media de uno cada once meses; más de veinticinco revoluciones serias, amén de un sinfín de

revueltas, asaltos, incendios de iglesias y conventos, matanzas de religiosos, represalias y

crueles persecuciones; varias guerras, intentos de separatismos regionales y perdida de

nuestras últimas posesiones ultramarinas, y, por ultimo, desastre económico, constantes

conflictos sociales, y en los últimos años un terrorismo casi permanente, que se manifiesta, en

los cuatro últimos meses del Gobierno del Frente Popular, en las siguientes cifras, bien

elocuentes, por cierto: 160 iglesias destruidas, 275 templos incendiados, 260 muertos, 1.287

heridos, 321 huelgas generales e innumerables atropellos de todo orden, culminando esta

situación de absoluto desprecio a todo en el hecho inaudito de que, en la noche del 13 de julio

de 1936, agentes de la autoridad, por orden del Gobierno, sacaron de su casa al jefe de la

oposición parlamentaria, don José Calvo Sotelo, para asesinarle y dejarle tras las tapias de un

cementerio.

En 1936 estuvimos a punto de perder nuestra independencia y nuestra fe, porque la

persecución religiosa en la zona roja se manifiesta también en las siguientes cifras, que

parecen también olvidadas por algunos de los que menos debieran olvidarlas; por el solo hecho

de creer en Dios son asesinados 13 obispos, 4.181 sacerdotes, 2.365 religiosos, 283 religiosas

y muchísimos millares de seglares.

Tras una guerra de Liberación que duró tres años y que nos costó muchas vidas, mucho

sacrificio y mucho dolor en los hogares, España se salvó y, bajo la dirección del Caudillo

empezó una nueva vida cuyos resultados a la vista están.

Durante treinta años tiene lugar el proceso institucional que queda totalmente terminado con la

promulgación de la Ley Orgánica del Estado de 10 de enero de 1967. En el Referéndum de 14

de diciembre de 1966, el pueblo español no solo dio su conformidad a la Ley Orgánica del

Estado, sino que, al aprobar también determinadas modificaciones a las otras Leyes

Fundamentales, ratificó el Referéndum de 6 de julio de 1947, con lo que en definitiva a lo que

los españoles dieron su asentimiento el 14 de diciembre de 1966. con la abrumadora mayoría

del 85 por 100 del cuerpo electoral, que representa 95,8 por 100 de los votantes, fue el

conjunto de las Siete Leyes Fundamentales que, con textos actualizados, integran el sistema

institucional español. Nuestro sistema político, un sistema político que tiene el respaldo de dos

clamorosos referendums en el plazo de casi veinte años, tiene, pues, como firmes cimientos,

los Principios del Movimiento Nacional, que son «por su propia naturaleza permanentes e

inalterables», y como cauce de desarrollo, las otras seis Leyes Fundamentales, y en este

sistema institucional está establecido (Principio VIII) que «El carácter representativo del orden

político es principio básico de nuestras instituciones publicas. La participación del pueblo en

las tareas legislativas y en las demás funciones de interés general se llevará a cabo a través

de la familia, el Municipio y el Sindicato y demás entidades con representación orgánica que a

este fin reconozcan las leyes. Toda organización de cualquier índole, al margen de este

sistema representativo, será considerada ilegal.»

Y esto no es una opinión de unos cuantos. Esto es un precepto de nuestro sistema institucional

que tiene el respaldo de un Referéndum nacional. ¿Que en otras partes les gusta más otro

sistema? Bien; cada cual puede hacer en su casa lo que estime más conveniente, y nosotros

no queremos comentar como les va, porque no queremos meternos en cuestiones que son

privativas de cada país. ¿Qué nuestro sistema es diferente? Es posible pero, ¿qué? Algún día

puede que no lo sea porque otros adopten nuestro sistema o algo similar, pero, aunque así no

fuese nuestra peculiaridad no es una tarea. Se trata de una profunda convicción... Y, sobre

todo, de que somos gente sería y no estamos dispuestos a comulgar con ruedas de molino del

tamaño del argumento de que gracias al sistema demoliberal se ha llegado. a la Luna. ¿Si?

Verdaderamente hay que estar en ella para poder aceptar que la Humanidad ha conocido los

avances tecnológicos, el progreso en suma, sólo como consecuencia del sistema demoliberal.

¡Un poco de formalidad!

Ginés DE BUITRAGO

 

< Volver