Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   El país histórico     
 
 ABC.    17/09/1976.  Página: 3-. Páginas: 2. Párrafos: 30. 

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

II.-EL PAÍS HISTÓRICO

¿QUE ha sido España desde sus orígenes prehistóricos? ¿Qué ha querido ser, qué papeles ha

intentado representar en la Historia? ¿Qué herencia recogemos las generaciones actuales de

ese largo pasado? ¿Qué lecciones podemos deducir de él para el pasado y con vistas al futuro?

Líbreme Dios de contestar de una vez a tan graves preguntas en los términos de un artículo.

Mas, por otra parte, no podemos librarnos de intentar una presentación provisional de las

respuestas que cada uno se da a sí mismo al llegar a la madurez (relativa, por supuesto)

después de no pocas lecturas, meditaciones y contrastes.

Vaya por delante que no creo posible una respuesta única, desde un supuesto aislado, a todas

estas cuestiones. Hay quien explica a España como la larga historia de su cristianización,

del establecimiento de la unidad católica por Recaredo, la lucha de la Reconquista entendida

como Cruzada, la expulsión y persecución de los disidentes, el apoyo a la Contrarreforma en

Europa y a las misiones en América, para terminar lamentando la crisis intelectual del siglo

XVIII y optar en el siglo XX por la necesidad de restaurar los tiempos mejores.

Para otros, la historia de España es, justamente, la historia de una serie de oportunidades

perdidas, por ese aislamiento espiritual, que nos lleva al fracaso intelectual, a la marginación

de Europa, al oscurantismo que nos hace perder el tren de la Ilustración y del Liberalismo; es

decir, a una larga decadencia, de la que sólo podíamos librarnos rectificando y reeducando al

país.

Para los marxistas (y ahora los hay de todos los colores) nuestra historia ha de interpretarse

en función de las realidades económicas, de las luchas de clases, de los sistemas de tenencia

de la tierra y de salarios y de las opresiones creadas para mantener los privilegies de unos

pocos. Para ellos, por supuesto, hasta ahora todo es malo y precursor de una verdadera

revolución.

Para unos, nuestra historia empieza en tos celtíberos; para otros, en la España romana; para

algunos, en la llegada de Santiago o en la conversión de Recaredo. Afirma éste que el ser

diferencial español, lo que nos da una personalidad específica en Europa y nos acerca a África

y al Oriente, es la invasión musulmana. Replica aquél que justamente en la resistencia y

reconquista estuvo el yunque que nos forjó como nación. Pero otro dirá que en realidad no lo

somos, sino un mosaico de nacionalidades mal soldadas por la fuerza del Estado, y en todo caso

mal equilibradas.

Es indudable que en la historia de Francia y de Inglaterra encontramos mayor acuerdo. Y conste

que para ello han necesitado buena voluntad, pues la historia británica antes de la invasión

normanda, y la francesa antes de los Capetos, también se prestaba a lo suyo de interpretaciones

diversas. Sin embargo, es evidente que la revolución inglesa del siglo XVII, y la francesa del

XVIII, han tenido fuerza suficiente para dar unidad a la historia anterior, y para sentar las

bases irreversibles de sus respectivas sociedades contemporáneas.

En España no ha sido así. Ni el Renacimiento, ni la Ilustración, ni el Liberalismo han tenido

la misma fuerza, y por lo mismo han dejado pasar más elementos del antiguo régimen y han sido

menos capaces de actuar como cauces espirituales de unificación en el proceso de modernización.

Nadie afirme, sin más, que ello ha sido para mal. Es indudable que el mantener después de una

larga y dramática historia posibilidades aún abiertas de configuración cultural y social, es

algo muy importante e incluso prometedor. Las formas cerradas son muy sólidas, pero normalmente

son signo de envejecimiento y de esclerosis. El mantener la vitalidad y la capacidad de

renovación tienen, a su vez, el precio de todas las juventudes, que no es pequeño, pero

constituyen un «divino tesoro».

Para mí, el gran problema de la historia de España es que, hace tiempo, constituye para nosotros

una carga, más que un cimiento para seguir construyendo. Toynbee ha comparado el caso de países

como España, que después de un gran momento histórico no han sabido mirar para adelante; o los

de Suiza o Suecia, que tras un momento de grandeza militar se adaptaron a una nueva situación,

con gran éxito para sus respectivas comunidades, lo más grave no ha sido, con todo, la

inactividad y la falta de reflejos para la readaptación; ha sido la división del país en las

famosas dos Españas. Una, dedicada sistemáticamente a mirar hacia atras, a justificar el pasado,

y a justificarse en él. La otra, irritada por esta actitud, dedicada a destruir y a desacreditar

ese mismo pasado.

Los unos se quejan de que despreciamos nuestra historia. Los otros afirman, en la expresión de

Manuel Azaña, que desgraciadamente somos un país «heredo-histórico». Pues bien, hay que acabar

de una vez con estos infecundos planteamientos. No hay, ni puede haber, más que una sola España;

a ella pertenecemos, nos guste o no, todos sin excepción; los del Pirineo y los del Mediterráneo;

los ortodoxos y los heterodoxos; los cultos y los incultos; los ricos y los pobres; los

franquistas y los antifranquistas; los civiles y los militares; los monárquicos y los republicanos;

los jóvenes y los viejos; y así sucesivamente.

Más que nunca se oyen en este momento voces de «nosotros solos». Los jóvenes quieren un país sin

viejos; los que no mandan, un país en que no mande nadie, si no mandan ellos; los de una región

quieren autonomía, sin perjuicio de exigir al mismo tiempo solidaridad.

Hay que reivindicar, por lo tanto, dos cosas, si no queremos volver a los reinos de taifas, que,

por cierto, quiere decir reinos satélites, reinos explotados, que pagaban «taifas» o contribuciones

a los fuertes. La primera, a defender una idea de España como la única posible, o la única válida;

la segunda, a imponerla por «trágala» a los demás.

Otra cosa buena sería no convertir nuestras derrotas en victorias. Ponemos Numancia en el mismo

nivel que Pavía; y Santiago de Cuba en parangón con Lepanto. Pretendemos justificar los fracasos

a que nos llevaron nuestros errores y nuestras desuniones, buscando culpables, cuando lo somos

nosotros mismos; olvidando, a la vez, que ningún pueblo puede mantener por mucho tiempo la

preeminencia y la hegemonía.

Pero tampoco ha de suicidarse, como lo hicieron los numantinos. Su deber es sobrevivir, y adaptarse,

y buscar nuevos modos de superación.

Vengamos a nuestra historia contemporánea, que es la que más nos interesa, Desde 1808, los

españoles hemos vivida, de un modo u otro, en guerra civil, efectiva o larvada, y con grave peligro

de intervención extranjera. Primero intervino Napoleón; después, los cien mil hijos de San Luis; a

lo largo de todo el siglo, la hicieron Londres y París; a fin de siglo, Washington. Tuvimos dos

guerras carlistas y media, con un total de diez años largos; guerra civil en América, que eso

fueron las largas luchas por la independencia; y toda clase de choques, asonadas, motines,

bullangas, revoluciones y golpes de Estado.

Hubo un paréntesis importante, la Restauración canovista. Se dirá lo que se quiera, pero es

indudable que entonces hubo, por parte de la mayoría, un deseo, en gran parte logrado, de acabar

con los fusilamientos, con los exilios masivos, con los anatemas recíprocos, con la debilidad

económica y política frente al exterior. Y ello se logró, en gran parte, entre 1876 y 1917, a

pesar del desastre del 98. Después volvimos a empezar, y el proceso culminó en la Dictadura

militar, en la segunda República y en la gran tragedia de 1936.

La República fue incapaz de mantener el orden en la calle desde el primer momento; en 1932, en

1934 y en 1936 se vio que todo el mundo estaba dispuesto a tomarse la justicia por la mano, y

que nadie respetaba la legitimidad del orden establecido. Ahora bien, esta es una cuestión

fundamental; un Estado es una organización para establecer seguridad e imponer la ley. Cuando no

lo hay, se está en guerra civil, que no termina hasta que se vuelve a restablecer un Estado

seguro.

Ese período debe ser repasado a fondo, porque demuestra que si todo el mundo quiere resolver sus

problemas sin contar con los demás, se acaba en la guerra de todos contra todos. Eso ocurrió en

1936; donde los nacionalistas vascos se encontraron del lado de los comunistas, y una unidad de

regulares (entre las varias que combatieron para restablecer un cierto concepto de la unidad

católica) fue a desfilar a Santiago un 25 de julio; para lo cual hubo que tapar con follaje el

magnífico entablamento marmóreo del palacio de Rajoy, donde campea un Santiago Matamoros.

El General Franco restableció la paz y el orden después de la tremenda sangría de la guerra civil;

con grandes dificultades, pues a ésta siguió la segunda guerra mundial, el disparatado bloqueo

diplomático y económico, los intentos de recomenzar la guerra civil, y otros problemas. Pero el

país se templó en medio de las dificultades; el ansia de vivir predominó sobre todos los desastres;

y se fue poco a poco reconstruyendo, y luego iniciando un rápido despegue hacia la industrialización.

La era de Franco supuso, sin duda, orden y progreso económico. Pero no tuvo la misma fortuna en la

organización de un sistema institucional capaz de sobrevivir al ilustre fundador. El sistema

descansó en demasía sobre las excepcionales cualidades del propio Franco; sobre su prudencia, su

autoridad, su astucia, su conocimiento de los hombres. Por lo mismo empezó a decaer a medida que

el Jefe del Estado empezó a envejecer (hacia 1965), y también en función de la variación de ciertas

coordenadas, lo que era inevitable a lo largo de un período tan extenso.

Estas variaciones fueron, sobre todo, tres. La primera, el cambio en la esfera religiosa y moral.

La Iglesia católica, perseguida en una República sectaria y destruida en la zona roja (con más de

7.000 sacerdotes y religiosos asesinados), se integró plenamente en el nuevo Estado; pero no tuvo en

cuenta el cambio social, y pronto se encontró fuera del juego en amplios sectores. Vino luego el

Concilio Vaticano; y el resultado está a la vista. Ahora bien, de un apoyo importante a un régimen

de corte tradicional y autoritario (nunca totalitario), la Iglesia pasó a apoyar una legitimidad

pluralista; y la diferencia específica respecto de los demás países europeos empezó a encontrar

una justificación más difícil.

La segunda fue el cambio en las costumbres. El día que se escriba en serio la historia social de

este período, se advertirá que las relaciones entre campo y ciudad, entre nombres y mujeres, entre

padres e hijos, entre clérigos y laicos, entre maestros y discípulos, han variado mucho más en

cuarenta años de política muy conservadora, que en siglo y pico de revolución liberal. En particular,

las juventudes, que por primera vez no conocieron las privaciones ni la urgencia de ganarse la vida,

y que no recordaban las experiencias de la República, de la guerra y de la inmediata posguerra, se

lanzaron muy pronto a romper el equilibrio que hubiera complacido a hombres como Carrero Blanco y a

sus tecnócratas, que le presentaban los problemas del país como cuestiones de mera administración.

El tercer factor fue la constante presión exterior. El país se abrió al extranjero por la información,

la cultura, el turismo, la emigración, los becarios, las bases americanas, y mil portillos más. El

español descubrió muchas cosas, que no casaban bien con ciertas doctrinas oficiales. No siempre con

justicia, empezó a preferir las formas más abiertas de la sociedad europea. Notó una imprevista

coincidencia entre los mensajes de Roma, de Nueva York y de Bruselas. Todo ello con la inquietud de

no ver totalmente asegurado el propio futuro.

1969 fue a este respecto un año decisivo. A lo largo de los años sesenta se consolidó el desarrollo

económico y se inició una primera fase de reformas; ley de Prensa, ley de libertad religiosa,

reformas administrativas, elección de los procuradores familiares, etc. Pero aquel año hubo un claro

frenazo, y se iniciaren unos años perdidos, de lo que todo el mundo se dio cuenta.

En 1974 y 1975 se producen las dos enfermedades del Jefe del Estado. Lo increíble es que, en muchos

aspectos, el asunto se trató como si fuera la salud de un hombre de cuarenta años, y no de ochenta,

la que estuviera en causa. Y se llegó a un final ilustre sin haber preparado suficientemente la salida.

Ahora estamos intentando resolver la cuestión, obviamente con más prisas y con mayores dificultades.

La primera arrancada, en mi opinión, fue la indicada, teniendo en cuenta el conjunto de las

circunstancias. Veamos ahora la segunda; no se pierda la ocasión, porque éstas no vuelven.

En todo caso, el desafío lo es para todos; los Gobiernos solos pueden poco, en un momento en que la

acción ciudadana es indispensable. Por supuesto, han de dejar hacer, sin prejuicios y con justicia.

La historia de ayer es aviso de lo porvenir. Pero la responsabilidad de las decisiones es plena en

cada momento. Que acierte cada uno en levantar las cargas de su propia responsabilidad, y que Dios

reparta suerte.

Pero una cosa sí que es indudable: no podemos volver a aquello de «los tres mal llamados años» y de

«la ominosa década». No podemos pensar que cuarenta años han sido el sueño de una noche de verano.

Es menester partir de lo que hay, y seguir hacia adelante para mejorarlo; de ningún modo destruirlo

ciegamente.

Manuel FRAGA IRIBARNE

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