Autor: Alcocer, José Luis (CIUDADANO). 
   El congreso socialista     
 
 Pueblo.    09/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL CONGRESO SOCIALISTA

SINTIÉNDOLO mucho, desde el día 5 de diciembre de 1976 es preciso alejarse de toda mentira. La

inauguración del XXVII Congreso del Partido Socialista Obrero Español no sólo convida a la verdad,

sino que la impone. Ello no significa en modo alguno ni que el P.S.O.E. ni los asistentes a su Congreso

sean toda la verdad y que la agoten en sus planteamientos y en sus conductas. Pero si que supone que

hacen inviable, ya desde ahora, la presunción, la hipótesis fundada en la utopia y la reflexión anclada en

el vacio. El pasado domingo, en efecto, la capital de España se convirtió no en la capital del socialismo

mundial, decir eso sería una imprecisión inexacta. Se convirtió en otra, muy otra cosa: en el eje del futuro.

El partido de Felipe González saltaba al ruedo público, se contrastaba, por decirlo así, con un tiempo

exacto de un país determinado; con unas condiciones y con unas ambiciones; con unos propósitos y con

unos límites. Será necesario, al igual que hicimos con otros acontecimientos de pareja envergadura,

acceder paso a paso al conocimiento minucioso de lo que está ocurriendo. Y es más, de lo que está

ocurriendo en Madrid. La pregunta surge sola: ¿por qué en Madrid? Antepongamos, por pura decencia

ética, una cuestión previa a todas luces evidente: ¿a quién, a quiénes les ocurre lo que está ocurriendo?

Póngase por delante una afirmación: es ya preciso, por estricto rigor intelectual, desechar la tópica idea de

que el Partido Socialista Obrero Español es un partido de élites, que carece de obreros. Antes que la

politica, nos es menester la sociología. El P. S. O. E. es, ciertamente, un partido de obreros, de

trabajadores, dotado de una fuerte asistencia de juventud. Desde antes de las nueve de la mañana del

domingo empezaron a llegar al hotel donde el Congreso se celebra los delegados de todas las

federaciones, los militantes ancianos o antiguos (casi nunca viejos), los observadores, los simpatizantes...

las gentes de España que llevaban en la pupila, sólo a veces cansada, la memoria codificada, aunque no

rencorosa, de un tiempo largo, enorme, de nuestra historia, reciente pero ya ido, duro pero ya pasado,

superado por la «virtú» de la clase trabajadora, que nunca está inerme (a la larga) frente al «furor» de los

opresores. Allí estaban mineros, albañiles, operarios, campesinos... Obreros de la industria, algunos pocos

empresarios medios, algunas gentes intelectuales, abiertas al amor de la libertad...

Y allí estaba, sobre todo, una juventud abierta y afirmada en su socialismo en su fe en la democracia, en

su creencia profunda, viva, de que la libertad no es una táctica de las que se rectifican dándose en secreto

unos a otros con el codito, sino una pasión útil, sustantiva, identificadora. Los jóvenes del socialismo,

ciertamente, creen hasta el final en la libertad. ¿De dónde, pues, podría nutrirse el miedo de quienes aman

la libertad, hacia ese hecho de nuestro siglo llamado socialismo? ¿Os podéis preguntar, sin miedo, de

dónde han salido estos muchachos, estos numerosísimos jóvenes? Desde luego que no han salido de la

frustración. No son ni inválidos ni minusválidos. No les identifica el hambre desesperada por el poder

político (en ese caso, serian torpes, y seguro que militarían en otra parte). Les aúna, acaso, la semántica

morfológica de una barbita cuidada y recortada al estilo de los médicos del siglo XIX. Pero acaso esa

tendencia contribuya a identificarnos a estos chicos. Esa barbita podría resumirse en dos palabras:

Progreso-Pueblo. Están en la línea de Pablo Iglesia, de Giner de los Ríos... Y además, —no lo olvidéis—

demuestran día a día con su conducta tres cosas: primera, que la libertad es un fin de la vida del hombre, y

que desde ella, y sólo desde ella, es plena una visión del leninismo; segunda, que la austeridad de

renunciar al dogma maximalista (que siempre consuela y justifica, al fin y al cabo), se compensa con

creces con el honor político de adueñarse del pragmatismo verdadero, del que permite seguir día a día la

política del propio país, la situación de la propia situación, el futuro razonablemente previsible de la

propia dialéctica, el derecho inalienable a estar presente y con voz. En efecto, no es todo tan fácil. No se

puede despachar as como así, con cuatro palabras, un acontecimiento de tanta entidad nacional como el

Congreso de los socialistas, que me parece un triunfo para ellos, un éxito para el Gobierno y un bien para

España.

El mecanismo automático que abría la puerta de entrada al gran hotel del Congreso, se acciona

simplemente con pisarlo. Acaso por vez primera en muchísimos años, esa puerta estuvo perennemente

abierta durante decenas y decenas de minutos. Era un sector importante del pueblo español que pasaba,

que entraba, que iba a hablar de él mismo. Tras sus huellas, ni una mácula de impureza o de suciedad, ni

un sólo rastro de mentira. Era un pueblo que entraba, para una libertad que venia. Entretanto, los

ortodoxos de algunas ortodoxias siguen certificando que la palabra pueblo no es una categoría científica.

Peor, desde luego, para su ciencia.

José Luis ALCOCER

 

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