Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Juventud y cambio     
 
 Pueblo.    06/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

JUVENTUD Y CAMBIO

NO creo en la incomunicabilidad entre jóvenes y viejos, como no la hay entre hombres y mujeres, entre

ricos y pobres, o entre españoles y rusos, aunque algunos lo pretendan. Nosotros, los mayores, hemos sido

jóvenes también; tenemos hijos, alumnos y otras muchas relaciones, que nos hacen ver de cerca a la

juventud, sus problemas y sus ilusiones. Vosotros, los jóvenes, salvo que decidáis suicidaros en el umbral

de la madurez (como algunos románticos del siglo pasado), dejaréis de serlo, sin dejar de ser vosotros

mismos. Hay, pues, que intentar un diálogo, lo más claro y eficaz posible. He aquí lo que una persona

mayor cree obligado deciros en este momento de nuestra España. Lo primero es que no es posible crear

una sociedad de jóvenes autónoma. Los jóvenes han de convivir con los niños, con los mayores, con los

viejos. Hay que entenderse y ajustarse, y muy pronto lo veréis, porque el tiempo no se para ni perdona a

nadie.

Lo segundo es que la perfección no es de este mundo. Hay que esforzarse por lograrla, y de vez en

cuando la Humanidad produce un santo, un buen poema, el Partenón o la música de Beethoven o de

Mahler. Lo que no ha producido nunca es un conjunto de hombres perfectos, o de mujeres ideales, o de

instituciones sin defectos.

Vuestros padres os parecen mediocres e hipócritas; vuestros maestros y sacerdotes, muy por debajo del

nivel que todos desearíamos. Podemos trabajar seriamente por mejorar la familia, la escuela o la iglesia;

pero siempre serán mujeres y hombres imperfectos los que las encarnen. Como vosotros mismos (con

menos fuerza vital y más experiencia), seres limitados en su inteligencia, con flaquezas morales, con

pequeñeces. Al lado de esto, no podréis saber, hasta que seáis padres vosotros mismos, cuántas horas de

ansiedad han pasado vuestras madres al lado de vuestras cunas, cuántos esfuerzos han hecho vuestros

padres por dejaros una vida mejor que la que ellos tuvieron, cuántas crisis y esfuerzos hay detrás de una

vocación sacerdotal o de magisterio.

Todo es falso, decís; de nada podemos fiarnos, pretendéis. La verdad es que en este mundo traidor las

cosas son complejas y de apariencia engañosa; pero ni todo es falso, ni deja de haber personas de fiar. Lo

difícil es el criterio de valoración y el saber encontrar a esas personas.

Pero es que el mundo en que vivimos no puede ser de otra manera. No venimos a él para quedarnos; a la

vuelta de algunos años, tenemos que morir, en realidad, nos estamos muriendo desde que

nacemos, gastando un organismo que se va quemando, limpiando y esterilizando progresivamente. Las

grandes religiones, y especialmente el cristianismo, han considerado la vida como un tránsito hacía una

vida futura; una ocasión de merecer moralmente, para otra vida eterna., Pero el existencialismo, que niega

más vida que ésta de acá, no ofrece ninguna otra salida: hay que entenderse con los demás, ayudarse unos

a otros, extenderse mutua simpatía, o suicidarse. O convertirse en un Drácula, que persiga a los demás

para realizarse a sí mismo.

Si hay que aceptar un cierto grado de imperfección en el mundo, hay que luchar también por

perfeccionarlo cuanto sea posible. Esta es una vocación permanente de todo hombre de corazón. Se siente

de modo diferente en las diferentes etapas de la vida, más puedo garantizar que no es exclusiva de la

juventud. Pero aqui llegamos al tema clave de este artículo: el cambio.

Hay momentos en la vida de una sociedad, en la historia de un pueblo, en que todo el mundo habla de

cambio. «Esto tiene que cambiar»; «aqui hace falta un cambio»; «a ver si,esto cambia de un vez.. Se

desea el cambio por el cambio, sin estar muy seguros de hacia dónde se cambia; por una mezcla de

aburrimiento, de hastío, de lo presente.

El mundo envejece, sus fórmulas se agotan. Pero eso no quiere decir que cualquier cambio sea bueno. Se

puede cambiar también para empeorar, y ha ocurrido muchas veces en nuestra historia. Al júbilo de la

«gloriosa» revolución de septiembre de 1868, sucedieron el asesinato de Prim, el desastroso reinado de

Amadeo, la primera república (totalmente caótica) y la guerra civil. Lo mismo ocurrió en abril de 1931,

con la segunda república, recibida con júbilo y despedida con medio .millón de muertos. Es bueno

cambiar, pero es bueno también hacerlo con prudencia.

Viniendo a la España actual, el país tiene planteado claramente un período de cambios importantes e

inaplacables. Los requiere el cambio de la sociedad española, que acaba de entrar (tardíamente) en la

revolución industrial. Lo exige el entorno exterior: el mundo actual no es el de la preguerra (nuestro

régimen nació en los años treinta) ni siquiera el de la posguerra (me refiero a la Europa y al mundo

nacidos de la segunda guerra mundial). A partir de la crisis del petróleo, una serie de tendencias que

venían perfilándose hacia años, definen una nueva coyuntura mundial: unas nuevas relaciones dentro de

los continentes y de éstos entre sí. Si a alguien le hubieran explicado hace diez años que un cuerpo

expedicionario cubano resolvería la situación de Angola se le hubiera tomado por un loco, pero así ha

ocurrido.

Pues bien, España tiene que adaptarse. Pero puede hacerlo de muchas maneras. Y es mucho mejor que lo

intente no por vías violentas, revolucionarias o rupturistas, sino por la vía de las reformas.

Los romanos y los ingleses han sido maestros en el difícil arte de reformar lo existente, sin romperlo. Los

romanos llamaban al revolucionario «deseoso de cosas nuevas»; no les gustaba que nadie las planteara

todas a la vez. Las aceptaban una a una y de modo espaciado; a la propuesta de reforma del líder político,

respondían? «como lo propones» o «sigamos con lo antiguo». Los ingleses no han tenido en toda su

historia una sola asamblea constituyente; gracias a eso tienen una buena Constitución.

Nosotros hemos batido todos los récords en materia constitucional; pero ningún español se ha preocupado

nunca de estudiar su constitución, y menos de defenderla. Ahora tenemos la posibilidad de hacer otra

cosa: un trabajo serio y progresivo, de mutuos ajustes y compromisos. Sin trágalas.

Debe recordarse, por otra parte, que la democracia no consiste sólo, ni principalmente, en un conjunto de

formas electorales o de procedimientos para tomar decisiones. Es, sobre todo, un conjunto de hábitos y de

convicciones, de mutuo respeto y tolerancia, que no se improvisan. La democracia del Oeste funcionaba a

base de linchamientos y revólveres. Democráticamente se condenó a Sócrates a la cicuta, y se prefirió

Barrabás a Cristo. La democracia diaria, cotidiana, la democracia nuestra de cada día, es otra cosa.

Supone mutua aceptación, mutua compasión, respeto recíproco; supone un crédito que se extienden unos

ciudadanos a los otros, para vivir juntos en paz, y aceptando las opiniones de cada uno, y respetando los

intereses legítimos de todos.

Para cambiar en esta dirección, hay que olvidarse de las prisas, de los resentimientos y de las revanchas.

Hace falta, sobre todo, generosidad. Hombres y grupos que tenían firmes las riendas del poder vienen

haciendo hace años transferencias importantes de poder: un día la Prensa, otro las reuniones, el de más

allá los partidos, pronto los sindicatos. Hay que encontrarse a medio camino, o más pronto o más tarde se

romperá la baraja con la que hemos de jugar todos, si se trata sólo del clásico «quítate tú. que me pongo

yo».

El crecimiento indudable de las libertades en España se ha producido, en los últimos años, como casi

siempre en la Historia, en un periodo de elevación del tono económico y del nivel de vida. Me temo que

estamos entrando en un período recesivo o, por lo menos, no tan brillante, en el plano económico, importa

mucho saber que, en tales circunst a n c i a s, la planta siempre fácil de las libertades no está para darle

tirones ni golpes, sino para delicadas atenciones y cuidados.

Creo que lo mejor que tiene siempre un pueblo es su juventud. Esta tiene la palabra aquí y ahora. No

podemos pedirle las virtudes, ni imponerle las limitaciones de la madurez. Sí podemos invitarla a ocupar

su sitio con valor responsable y con ímpetu prudente. Nos va mucho a todos en ello; pero mucho más a

los jóvenes mismos, que van a construir o a destruir sus propias vidas..Adelante, pero con brújula; y que

no sea la anticuada y averiada del marxismo su aguja, que apunta a un Este poco convincente.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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