Socialismo y comunismo     
 
 Ya.    22/09/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

SOCIALISMO Y COMUNISMO

Don Manuel Rafart, periodista político en su día de "El Sol", "La Tierra",

"Luz", "Orisol" y "Diario de

Madrid", que salió de España en septiembre de 1936 y ahora reside en Miami

(Estados Unidos), nos

dirige una extensa carta.

"He leído el primer artículo de una serie que escribió don Gregorio R. de Yurre

titulado "¿A cuál de las

corrientes marxistas pertenece el PSOE? La pregunta que formula el señor Yurre

acentúa mis dudas

acerca de la ideología de Felipe González, que me han llevado a formular una

pregunta que reitero: ¿Qué

diferencia hay entre un socialista marxista y un comunista?

No es la anterior la pregunta de un indocumentado, sino la de un estudioso del

socialismo. Pero a mis

estudios y a mis lecturas uno la de haber tratado a los principales hombres del

PSOE hasta 1936, con la

excepción del doctor Jaime Vera, y a muchos comunistas cuyos nombres iré

exponiendo, y de haber dado

trabajo—fuera de la política, naturalmente—a dos ex secretarios generales del

PCE, como César R.

González y a Juanito Andrade; de haber sido causante de la destitución de

Bullejos y de esconder a su

sucesos en casa de1 viejo anarquista don José Nakens, en Alberto Aguilera.

El doctor Vera era el ideólogo del PSOE y, según me informaron quienes le

conocieron, conocía una

edición extractada de "El capital" publicada en francés. Pablo Iglesias, años

después, conoció esa obvia en

una edición superextractada, publicada por una editorial valenciana cuyo nombre

no recuerdo, hace casi

setenta años. Pablo Iglesias era un obrerista o gremialista más preocupado por

los problemas

político-sociales que por los económicos. Y sus leves nociones marxistas

empezaron a opacarse tras el

fracaso de la huelga revolucionaria de 1917, de la que no fue un entusiasta, y

del triunfo bolchevique a

finales de dicho año. Su alejamiento del marxismo—si es que alguna vez lo

profesó plenamente—se

fue haciendo ostensible. No es una especulación, es una realidad que

comprobaba en las

conversaciones de "El Abuelo" con sus visitantes a su piso de la madrileña

calle de Ferraz y que más

tarde sostuve con él.

En la reunión celebrada en Petrogrado y Moscú por la II

Internacional, en 1919, Pablo

Iglesias, con su autoridad indiscutible, propuso que la delegación del

PSOE la presidiera Fernando

de los Ríos, por su dominio de idiomas, y se acordó se opusiera a toda

modificación de la base en que

se asentaba la Internacional Socialista. En aquellas sesiones, Lenin,

Trotsky, Bujari, Chicherin,

Zinoviev, Kemmenef, Kirov y otros demostraron hasta la saciedad

que el marxismo era

inaplicable sin el complemento de la doctrina leninista, que era

básica la creación de los "soviets"

—consejos—de obreros campesinos y soldados para liquidar la burguesía

e implantar la

dictadura del proletariado y el capitalismo de Estado, paso previo para

poner en marcha el

socialismo, superar éste y llegar al comunismo.

Y cuando éste estuviera sólidamente asentado, recorrer la etapa final.

Todos calificaron de

reformista a la II Internacional. Los defensores de ésta arguyeron que

Marx había previsto que el

marxismo triunfase en los países capitalistas e industrializados y no en

un país atrasado, y que

reconocer ese y otros errores de Marx no era ser reformista, sino

realista. Señalaron, por otra parte,

que los bolcheviques no sólo habían exterminado a los socialdemócratas de

Kerensky, sino a los

socialista e incluso a parte del ala minoritaria del comunismo, los

mencheviques. El resultado fue que se

produjo la escisión. La delegación del PSOE votó contra la III Internacional,

con la excepción de Daniel

Anguiano, hombre íntegro, amigo y compañero da luchas de Pablo Iglesias, líder

de los ferroviarios

españoles de la UGT, pero que se dejó convencer por los rusos. Pablo Iglesias

dispuso su expulsión del

partido y de la UGT.

(Permítaseme un paréntesis a propósito del exterminio de los socialistas por los

comunistas. La primera

visita de Felipe González al exterior fue a La Habana, para hablar con Fidel

Castro, que no ha dejado un

socialista vivo o en libertad, como hicieron los rusos, búlgaros, rumanos,

alemanes orientales, albaneses y

yugoslavos. Sin olvidar la defenestración de Benes, la invasión de Hungría y de

Checoslovaquia,

terminando con la "primavera de Praga" y sacando de sus cargos a Svoboda y a

Dubcek. El comentario de

Castro respecto de González fue que «este muchacho está verde ideológicamente,

pero es aprovechable

porque conoce ]a lucha clandestina, tiene atracción personal, es hábil y es

inteligente»).

De casa de Pablo Iglesias recuerdo a Andrés Ovejero, a Julián Besteiro, Fernando

de los Ríos, Indalecio

Prieto, Largo Caballero, Carrillo, Teodomiro Menéndez, Andrea Saborit y González

Peña, entre otros, y

ninguno de ellos «ataba dentro de la ortodoxia marxista. Los ortodoxos eran los

"atamanes", como

llamaban a Alvarez del Vayo, Araquistain y Martínez Pedroso, que hizo una densa

traducción de "El

capital". Posteriormente conocí y traté a Jerónimo Bugueda, que fue

subsecretario de Hacienda y no era

marxista; a Francisco Menoyo, alcalde de Granada, diputado a Cortes, coronel de

Ingenieros y jefe de un

cuerpo de ejército, que tampoco era marxista; a Jiménez de Asúa, que tampoco era

marxista; a Juan

Negrín, que antes de la guerra distaba mucho de ser ortodoxo, y a Trifón Gómez,

diputado, hombre muy

inteligente, al que traté poco en el Congreso y me dio la impresión de ser un

heterodoxo del marxismo.

Muerto Pablo Iglesias se hizo evidente que para el PSOE la forma de gobierno era

indiferente. Fue punto

polémico la aceptación o no por Largo Caballero de un cargo en el Consejo de

Estado u otro alto

organismo, y cuando los republicanos propusieron firmaran en 1928 el pacto de

San Sebastián, contra la

Monarquía, existieron discusiones dentro del Comité Central, hasta que al fin se

impuso la tesis política

de Prieto, que soportó, como Menéndez, que le llamaran burgués.

A mi pregunta inicial dirigida a don Gregorio R. de Yurre, referente a qué

diferencia existe entre un

socialismo marxista que, de entrada, pide la nacionalización de la tierra, y un

comunista, me formulo a

mi mismo otras a las que no encuentro contestación lógica. ¿Merece la pena haber

luchado cuarenta años

contra un sistema que ha sido rechazado por el referéndum de 1976 y las últimas

elecciones, para luchar

por la implantación de una dictadura marxista, más férrea e implacable que la

anterior?

La historia se repite, pero no las circunstancias ni el "tempo". En 1930 eran

comunistas o se lo creían

Prados Arrate, sobrino del marqués de Urquijo; Alejo Fernández Flórez, hijo de

millonarios; Juan

Antonio Balbontín, hijo de un magistrado bien situado económicamente y ex hijo

de San Luis, entre

otros. Y en el grupo del ingeniero Cárdenas—casado con una hija del

conde de Coello de

Portugal—, en el Ateneo, era decisiva la Influencia que sobre el

matrimonio y su grupo tenia

Martínez de Pinillos, hermano de las "vedettes" Hermanas Pinillos. ¿Lo

recuerda Pepita Carabias

(hoy doña Josefina), Pepe Rico, los Obregón, Antonio, entre ellos? Y fueron a

combatir a Jaca, con el

comunista y heroico capitán Galán (al buenazo de García Hernández, también

fusilado, de un valor y

serenidad inigualables, no era comunista) y con el tepor haber sido

su padre, del Cuerpo de

Ingenieros del Ejército, como él, profesor de Alfonso XIII. A ese

grupo nos acercábamos a veces

Ramón J. Sender, que era anarcosindicalista; otro joven anarquista llamado

Checa y yo, sin

infectarnos, aunque corrí peligro, pues me pidieron alguna colaboración

para el semanario

"Rebelión", y envié un trabajo.

Al cabo de los cuarenta años veo cómo, por un falso idealismo, por

espejismo, hijos de familias

acaudaladas en España se hacen comunistas, como los hijos de generales y Jefes

de la Marina de

Guerra. No me he librado del mal y tengo tres familiares comunistas en

Cuba y en España,

contando con ingresos decorosos. Si la historia la repite, la época es

irrepetible. Hace cuarenta años

podían atribuirle los escasos logros de Rusía a sus guerras contra Wrangel

y Kolchatk, a la formación

de la URSS en 1922, a la lucha por el poder en 1924, a la muerte de

Lenin, de la que emergería

triunfador Stalin y se crearía la IV Internacional, y a las "purgas" contra los

kulaks y sus luchas con éstos.

No se había publicado entonces "La gran estafa", de Eudocio Ravines, que

abandonó el comunismo

tras haber residido decenas de años en Moscú como miembro del Buró

Latinoamericano. No se

conocía "La nueva clase", de Djillas, un comunista yugoslavo que sigue en su

patria preso, pero

comunista; ni obras como "El gran circulo", "Un día en la vida de Ivan

Denisovich", publicado en

Rusia; ni "El archipiélago de Gulag", los tres últimos de un comunista,

Soljenitsin, testimonios

irrefutables, y el segundo, repito, editado en Rusia.

¿Cómo es posible que los supuestos Idealistas y "tontos útiles", según la

definición de Lenin, no se den

cuenta de que ha surgido una nueva clase que ha sustituido a le alta burguesía,

y que los altos jerarcas

comunistas tienen suntuosas mansiones, criados, fincas de recreo, autos cómodos

y modernos, almacenes

exclusivos para comprar en ellos artículos suntuarios de uso y vestido y

víveres, a los que no tienen

acceso el pueblo? Este, sin embargo, tiene que hacer colas interminables para

lograr a veces los víveres

racionados, una camisa basta, un par de calzado al año y vivir hacinados, en

espantosa promiscuidad, en

pisos antihigiénicos. Esto es comprobado y comprobable.

¿Es racional que haya quien salga de una dictadura de cuarenta años para entrar

en otra que, respaldada

por su poderío militar, quiere imponer no sólo su hegemonía ideológica, sino el

imperialismo militar y

económico ruso? ¿Es que no leen historia y no quieren enterarse que durante la

última guerra mundial,

Stalin, cuando se dirigía al pueblo, lo hacia invocando a la santa madre Rusia y

no al comunismo?

No encuentro contestación lógica a mis preguntas. Tal vez el señor R. de Yurre

haya contestado a la

inicial, pero a las otras que me hago no encuentro contestación razonable.

 

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