Autor: Lozano, Raimundo. 
 Vidas paralelas. 
 Dos personas distintas y una cabeza     
 
 Arriba.    19/11/1977.  Página: 22. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

VIDAS PARALELAS

DOS PERSONAS DISTINTAS Y UNA SOLA CABEZA

CUANDO Felipe González y Alfonso Guerra recorrían los caminos de España en una

misión

clandestino de revitalización del socialismo, dormido, apagado, tras años y años

de

persecución, llegaron un buen día o una mina asturiana, donde, como solían,

hablaran al

alimón exponiendo el viejo ideal de Pablo Iglesias, por ellos vigorosamente

rejuvenecido. Tras

escuchar con atento entusiasmo aquella errante charla de educación política, un

viejo minero,

un viejo socialista, comentó: «Jamás he visto un caso parecido, ¡qué dos

personas distintas

tengan la misma cabeza!"

Tal era la identificación ideológica entre los dos jóvenes sevillanos que se

habían lanzado al

campo como «maletillas» de la revolución, para entrenarse adecuadamente en

tientas sociales

por los cortijos, en capeas políticas por plazas pueblerinas, en arriesgados

saltos al ruedo

como espontáneos en casos ciudadanos, soñando con la tarde, aún remota, en que,

apretándose los machos, tomarían la alternativa del Poder. Pues casi no es

posible prescindir

de la metáfora taurina cuando se remonta uno a los orígenes de esa «cuadrilla de

niños

sevillanos», la cual, encabezada por «Isidoro y Guerra» — !qué triunfales

resonancias taurinas

posee este apellido!—, dirige hoy los destinos del socialismo español.

Mas, ¿cómo se incorporaron estos estudiantes andaluces a la militancia

socialista? Quien

primero se vinculó fue Alfonso Guerra. Sus razones las explicó hace poco así:

«Soy un hombre

que se ha forjado en contacto con la vida pública por el medio cultural, no el

político, que

después ha hecho una incursión en el mundo político por razones estrictamente

éticas, desde

1958, y a causa de que la dictadura no permitía ni una revista de poesías...

Pero no me orienté

en principio hacia la política, sino hacia el teatro, en el que fui actor,

director, de los primeros

que hablaron de Brecht, que dirigieron Becket, que tradujeron las obras por si

mismos para

evitar las traducciones amañadas de entonces."

Parece ser que los primeros contactos de Guerra con gema del viejo PSOE los

mantuvo con su

tocayo Alfonso Fernández, quien más tarde fue presidente del sector histórico,

hasta que, tras

la primera escisión de éste, se integró en el sector mayoritario dirigido por

sus jóvenes

paisanos, merced a lo cual es ahora diputado por Jaén. Antes, «en 1958 —recuerda

Guerra—,

me plantee la necesidad de hacer algo organizativamente, y comencé a

reorganizar, por las

más, las Juventudes Socialistas y el PSOE en Andalucía, recuperando militantes

antiguos.

Durante tres anos fuimos el PSOE en Andalucía sin tener contacto con la

dirección de

Toulouse».

Y Felipe, ¿cuándo se afilió? «No sólo entré en el partido antes que él —añadía

Guerra—, sino

que Felipe González se afilió directamente por mi labor. Y otros miembros de la

Ejecutiva

también.» Supongo, digo yo, que fueron Yáñez y Galeote.

Así fue, efectivamente. Se ha dicho que Felipe se aficionó a la política bajo la

influencia de don

Manuel Giménez Fernández, el ex Ministro democristiano de la República, entonces

catedrático

de Derecho Canónico en la Universidad hispalense. Cuando interrogué sobre ello

al primer

secretario del PSOE, Felipe me respondió que «Giménez Fernández no hacía otra

tarea, y ésta

era muy importante, que zamarrear la conciencia política de sus alumnos». Sin

embargo, su

influencia no pasó de ahí sobre los jóvenes socialistas sevillanos.

Para Felipe González, en la incorporación de ellos al PSOE hubo

condicionamientos de todo

tipo: «Por ejemplo —me decía— Alfonso Guerra no tenía ninguna vinculación, ni

siquiera de

profesor a alumno, con Giménez Fernández, pero en mi caso yo creo que ha habido

condicionamientos sociales o socioeconómicos. Yo vivía en un barrio típicamente

obrero y

construido de aluvión. Entonces, el entorno en que vivía evidentemente me

condicionó y,

después, el decantamiento fue mucho mes Intelectual en la Universidad.»

Desde aquel momento. Felipe y Alfonso han sido algo así como los Castor y Polux

del revivido

socialismo español. O el Orestes y el Pilades. Diríase que se repartieron los

papeles. Por su

mayor atractivo personal, por su mayor capacidad de convencimiento, Felipe

asumió el rol de

principal protagonista ante el exterior y aún en el interior del partido.

Alfonso se reservó para sí

durante años fe penumbrosa e influyente posición de eminencia gris, aparte de

apechugar con

la ingrata tarea organizativa, la combinación resultó perfecta y se plasmó en el

éxito evidente

obtenido en las elecciones del 15 de junio. ¿Ha continuado funcionando después

de los

comicios?

Ocurrió en el pasado verano un pasajero debilitamiento físico y acaso anímico de

Felipe

González que coincidió con un fortalecimiento de la imagen de Alfonso Guerra en

sus aspectos

más siniestros. En el sentido primigenio de este vocablo, o sea de izquierdas,

aunque se

agregaran a él todas las connotaciones negativas que posee la palabra por la

hostilidad casi

general que se levantó contra él por sus acres intervenciones en el Congreso,

acogidas con

inusitada saña por el Parlamento de papel.

Al iniciarse el otoño, Alfonso concitaba toda la inquina de la derecha y el

máximo aplauso de la

izquierda. A mí, cuando le conocí, me habla parecido un trasunto juvenil y

andaluz de Suslov. el

teórico del Politburó soviético, pero los columnistas preferían parangonarlo con

Robespierre, el

incorruptible jacobino de Arras e incluso con Torquemada, el gran inquisidor.

Ahora ya pasó la tempestad. Guerra jugó su carta, preservando el irrenunciable

izquierdismo

del PSOE. Y Felipe, con sus fuerzas recuperadas, asume, con Indiscutible

maestría política y

parlamentarla, la máxima responsabilidad, dispuesto a tomar la alternativa del

poder cuando los

hados lo dispongan. Aunque para ello sea ineludible que él y Guerra continúan

pensando —y

sobre todo, actuando— como si poseyeran ambos la misma cabeza.

Raimundo LOZANO

 

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