Autor: Morales, Juan José. 
   Pedro Altares, director de Cuadernos para el Diálogo  :   
 Sólo me interesa la política que pueda tranformar la realidad. 
 Vida Nueva.    26/06/1976.  Página: 46-48. Páginas: 3. Párrafos: 44. 

PEDRO ALTARES, Director de "Cuadernos para el diálogo”

La trayectoria de Pedro Altares y de la revista "Cuadernos para el Diálogo" es

un poco, también, la de

algunos cristianos comprometidos en España. Vivieron —y esto lo digo muy

sinceramente—, el Concilio

"avant la lettre" y hoy están, más en el futuro —aunque tengan su sitio en la

iglesia de hoy, que en las

instituciones de la Iglesia actual.

Es sorprendente este madrileño que quería ser jesuita y que un día le dijo a

Joaquín Ruiz Giménez que

contara con él cuando saliera Cuadernos. Es el mismo madrileño, periodista, y

cristiano que escribe

comentarios republicanos en Signo, y que tiene que enfrentarse con monseñor

Morcillo porque cree que

en política cada cristiano debe seguir su propio camino. Por eso un día se borró

de las Juventudes

demócrata-cristianas y entró en el PSOE. "Cristianos para el socialismo", como

los otros intentos de

confesionalizar la política, no le gusta. Las últimas intervenciones del

Vaticano en las elecciones italianas

le parecen inadmisibles. La Iglesia tiene que volver a la Iglesia de los

primeros tiempos, en esto la

influencia de Díez Alegría y del padre Llanos es notable.

—Nací en Carabaña, que es un pequeño pueblo de la provincia de Madrid, en donde,

a mi entender, se

dan todas las condiciones que a mi me gustaría transformar. Llegué a la política

porque quería cambiar lo

que ví en ese microcosmos de mi pueblo. Carabaña es un pueblo con un latifundio

enorme; cuatro o cinco

propietarios se reparten el 60 por ciento de las tierras y con un problema de

minifundio muy considerable,

en la propiedad del resto de la tierra. Ese 40 por ciento de mi pueblo está

repartido en pequeñas parcelas,

dispersadas por todo el término municipal, lo cual impide todo tipo de

racionalización del trabajo. Se

impone por eso la necesidad de aplicar una fórmula cooperativa y comunitaria que

no ha llegado a

fructificar en mi pueblo, como en otros pueblos, por razones políticas.

—¿En qué año naciste?

—Nací en el año de la guerra civil. Empecé a ser un niño jugando entre las

trincheras que habían hecho

en un cerro llamado de Santa Bárbara. Un cerro que hay a la entrada del pueblo y

desde donde se

dominaba la carretera. Mi padre fue guardia civil, recuerdo que algunos amigos

no podían venir a mí casa

porque tenían algún familiar en la cárcel, aunque también en mi familia hubo

algunos en la otra parte.

—¿Fuiste simpatizante de Falange?

—Prácticamente no tuve ningún contacto con ella. El "hogar" de Falange o de

"Auxilio Social", no

recuerdo bien cómo se llamaba, era uno de los pocos locales en donde funcionaba

un billar, pero yo era

muy pequeño para esos juegos. Iba a la parroquia, mi familia era de derechas,

pero no fue falangista. Mi

madre murió cuando yo tenia unos meses y vivía con mi abuela que era una mujer

de orden pero que no

estaba entusiasmada con el Imperio. Fui monaguillo, y me moví en la esfera de

A.C.

—¿No quisiste ser cura?

—Si, fue algo que me duró casi hasta los diecisiete años, yo quería ser jesuita.

—¿Influenciado por el padre Llanos

—Tuve una relación personal con el padre Llanos más tarde, cuando yo estudiaba

Comercio: iba a construir casas al Pozo del Tío Raimundo, a través del SEU. El

padre Llanos tenía por aquel entonces una

especie de Colegio Mayor en el Pozo, y allí dábamos clases. Durante dos años fui

todos los domingos a

construir esas casas para obreros. Creo que tanto mi nacimiento en Carabaña como

el contacto con el

padre Llanos han acentuado el tono social de mi ideología. Sólo me interesa la

política en tanto en cuanto

puede transformar la realidad.

—¿Cómo conociste a Ruiz Giménez?

—Fue profesor mío de "Doctrina Social de la Iglesia" en la Escuela de Periodismo

de la Iglesia. Yo

tendría veinticuatro años cuando lo conocí.

"CUADERNOS" Y EL CONCILIO

—¿Cómo surgió tu participación en "Cuadernos"?

—No sé si esto lo he contado en alguna parte, pero en todo caso es divertido. Un

día, en clase, Ruiz Giménez —debía ser en 1962— dijo que tenia proyectado hacer

una revista que se iba a llamar

"Cuadernos para el Diálogo", que sería una revista muy abierta, en la que se

iban a plantear temas religiosos y sociales. Me acuerdo que cuando acabó la

clase me acerqué a Ruiz Giménez y le dije que

contara conmigo para su proyecto, sí algún día concretaba la idea. Creo que él

mismo se quedó

sorprendido, porque era una de esas ideas que se dicen, pero que no sé hasta qué

punto estaba madura.

Me dijo que le llamara dentro de tres meses, y puntualmente lo llamé. Ruiz

Giménez se acordaba de su

proyecto todavía, pero no de mí. Me dijo que la idea seguía adelante, que no me

preocupara, que ya me

tendría informado en el momento oportuno. Peces Barba un día me preparó un

encuentro con Ruiz

Giménez, y empezamos a tener una relación más personal. Una de las últimas

entrevistas que concedió

Juan XXIII fue a Ruiz Giménez —seria en 1963—, y cuando volvió Ruiz Giménez a

Madrid vino con la

idea de que la revista tenía que salir ese año.

Yo trabajaba como profesor mercantil en una empresa de exportación de válvulas,

y hacía también

segundo de Periodismo. En junio del 63 se consideró que había llegado el momento

de poner en marcha

"Cuadernos" de una manera definitiva, y con el sueldo de 5.000 pesetas empecé a

trabajar en la revista.

Yo era el único empleado; cobré el primer sueldo en julio y en octubre salió la

revista. Estuvimos dos o

tres meses sin local. Tenía que ir por el despacho de Ruiz Giménez y a casa de

Gregorio Peces Barba,

porque me dejaba uno de los despachos de su padre. En septiembre alquilamos un

local en la calle Héroes

del 10 de Agosto. Así es como empezó "Cuadernos".

—¿Qué Impacto os produjo el Concilio?

—En cierta medida, "Cuadernos" fue un fruto del Concilio; estoy absolutamente

convencido de que, sin

el Concilio, "Cuadernos" no hubiera existido, porque Ruiz Giménez es una persona

muy permeable a las

corrientes eclesiales. Se sintió muy impresionado ante el espectáculo de

apertura y "aggiornamento" que

supuso el Concilio. En mi caso personal, el Concilio me produjo un efecto de

autosatisfacción —aunque

la frase no sea bonita—. Si soy sincero, debo reconocer que entonces formaba

parte de los grupos de

Iglesia que antes del Concilio defendíamos lo que el Concilio vino a respaldar.

Cuando estaba en una

situación muy difícil con la Iglesia, porque me sentía prácticamente fuera y

casi un hereje, el Concilio

vino a decir lo que había dicho yo. Fue como descubrir que no eras un bicho

aparte, que tenias un sitio en

la Iglesia, aunque no fuera cómodo...

Es significativo que en el primer número extraordinario que hizo "Cuadernos",

que estuvo dedicado a

Juan XXIII, había colaboraciones de un Tierno Galván que se declaraba ateo, de

monseñor Santos

Molina, que era un obispo protestante, y de Max Mazim, el presidente de la

comunidad judía de Madrid.

Esto era la primera vez que sucedía en una revista española.

—¿Cómo ha sido tu trayectoria política?

—Creo que ha sido coherente. Milité en la Democracia Cristiana de izquierdas. Un

grupo de amigos

intentamos hacer una democracia cristiana de izquierdas, pero vimos enseguida

que eso no era posible,

que la Democracia Cristiana estaba muy bien, pero que llegaba muy tarde, no sé

si a España, pero sí por

lo menos a nosotros. Lo primero que nos chocaba era el nombre, porque para

nosotros estaba muy claro

que no podíamos mezclar la política con nuestra fe.

Conocí a Felipe González en casa de don Manuel Giménez Hernández. Él decía lo

mismo: éramos

contrarios a que en España hubiese un movimiento político que se llamase

Democracia Cristiana. Traté de

influir en las juventudes demócrata-cristianas, y creo que esto se vio muy claro

en la asamblea de Los

Molinos, pero nos fuimos dando cuenta de que era un esfuerzo inútil. Habíamos

evolucionado hacia

posturas socialistas y como, por otra parte, el socialismo, por suerte para los

españoles, estaba ya

inventado, el camino era muy fácil. Me negué a adjetivar al socialismo con un

matiz humanista, de raíz

cristiana; eso no tenía ningún sentido. En nuestro país había un movimiento

socialista desde hacía cien

años, que lo había hecho bastante bien en su defensa de los trabajadores, y

pensé que lo que había que

hacer cuando tienes una vocación socialista, fueras cristiano o mahometano, o no

fueras nada

religiosamente, era entrar en el PSOE, y eso es lo que, con más o menos

celeridad, fuimos haciendo

muchos.

IGLESIAS Y TEOLOGÍAS

—¿Cómo fueron vuestros contactos con la jerarquía católica?

—Creo que fueron escasos, pero han existido. Desde los veinticinco años milité

en FECUM. Llegué

cuando "los Luises" estaban en trance de extinción, y creo que puse mi granito

de arena para cargármelos.

Luego fueron "las Congregaciones Marianas" y luego fue FECUM. Durante diez o

doce años pertenecí a

su junta de gobierno y los contactos con la jerarquía fueron inevitables.

Siempre eran encontronazos.

Recuerdo que un día me dijo Morcillo: "Pedro, lo que pasa es que con los gordos

no hay modo de

enfadarse, pero has estado más bien intolerable en lo que has dicho..." íbamos a

ver a los obispos para que

tomaran postura frente a determinados atropellos de los derechos humanos, y para

que se tomasen en

serio la laicidad y, por lo tanto, dejasen a los movimientos apostólicos en paz,

etc.

Además, mis primeras armas en el periodismo fueron en SIGNO, y allí fue también

inevitable el

enfrentamiento con la jerarquía, que finalmente se cargó SIGNO y todos los demás

periódicos donde yo

colaboraba, como "Juventud Obrera" y "La Voz del Trabajo". En SIGNO llegábamos a

enfrentamientos

muy duros, a veces por motivos estrictamente políticos. Recuerdo

por ejemplo, que ABC había publicado una portada sobre la Monarquía. Escribí, en

SIGNO, un articulo

con mi firma que se titulaba "Monárquicos sin Monarquía", en el que mi tesis

venia a decir que si contra

la Monarquía no tenia nada, contra los monárquicos lo tenia todo. Entonces,

asombrosamente, el director

de "ABC" salió con eso de que le parecía intolerable que desde un periódico

católico se hicieran

comentarios contra la Monarquía. Morcillo me llamó la atención, pero monté en

cólera y le envié una

carta cuya copia debo de tener en alguna parte. Fue realmente una carta muy

dura: le decía que si yo era

antimonárquico y republicano que eso era un problema que a la Iglesia le traía

sin cuidado, y que por lo

tanto, no tenía nada que opinar como obispo sobre ese tema. Luego, más tarde, he

mantenido contactos

con algunos obispos cuando nos hemos visto para la amnistía o las denuncias

contra la tortura, pero han

sido más cordiales, porque han cambiado algo.

—¿Qué opinas de la teología de la liberación?

—Al tener un cristianismo de praxis, este tipo de problemas teóricos sólo me han

interesado a un nivel

intelectual. Conocí a Camilo Torres aquí en Madrid; estuvo comiendo en casa. Me

pareció un fenómeno

apasionante, pero lo que decía Camilo trascendía por su propia personalidad, no

porque fuera cura. Era un

iluminado; lo veías al hablar con él, durante un cuarto de hora.

La teología de la liberación me cogió lejos, porque siempre me ha parecido una

elucubración, yo primero

descubrí la praxis y luego la teoría. Estos movimientos intelectuales de la

Iglesia, a mi entender, llegaron

demasiado tarde, cuando muchos amigos los vivíamos mucho antes en un plano

existencial.

—¿Qué opinas de Cristianos por el Socialismo?

—Si te he dicho antes que la democracia cristiana no me gustaba, tampoco me

gusta esto otro. Creo, sin

embargo, que tienen derecho a seguir adelante, y que lo que están haciendo está

bien, pero nunca me he

sentido atraído por los movimientos confesionales. Cuando dejé las juventudes

demócrata-cristianas no he

vuelto a acercarme nunca más a algo parecido, aunque sea de izquierdas, entre

otras cosas porque trabajo

con gente que no es cristiana. Mi entorno vital y profesional no es cristiano.

IGLESIA Y COMUNISMO

—¿Qué opinas de la campaña del Vaticano contra los comunistas en Italia?

—Me parece, como poco, inadmisible la intervención del Papa en el voto de los

católicos italianos. Creo

que calcula mal, que no se puede hablar de promoción, de respeto de la

conciencia, y luego olvidarse de

ello en la práctica. Con absoluta sinceridad, creo que los católicos no están

para oír los consejos del Papa

en materia política, y creo que le va a pasar lo que le pasó con lo del

divorcio.

—¿Puede reaccionar igual la jerarquía católica española en las próximas

elecciones?

—Tengo la esperanza, no sé si un tanto ilusoria, de que la jerarquía se dé

cuenta de que aquí en España no

tenemos Vaticano; espero que la jerarquía tome nota de este hecho, porque, con

absoluta sinceridad, creo

que los motivos que mueven a la jerarquía italiana a meterse en estas elecciones

no son motivos

pastorales, sino motivos claramente políticos, provocados por el hecho de la

inserción del Estado

Vaticano en Italia. Espero que la jerarquía tenga un mínimo de sentido de la

neutralidad. Si no, cometerán

un error de cálculo grave, porque, bueno, yo tengo treinta y nueve años y ya no

soy ningún niño, y me

figuro que a muchos católicos españoles pasará lo mismo. Creo que no estamos

dispuestos a que se viole

nuestra libertad de conciencia. Insertar el tema religioso en lo político ahora,

una parte del catolicismo

español no lo aceptará. Y podría ser un boomerang, como en cierta medida va a

ser en Italia.

—¿Crees que hay miedo al comunismo en los sectores confesionales españoles?

—No se trata de un miedo religioso; es el miedo político de cuarenta años de

dictadura repitiendo que el

comunismo es el coco. Pero creo que en toda Europa las cosas son distintas, y,

en definitiva, España es

también Europa, ¿no?

—¿Será utilizado ese miedo electoralmente?

—Es obvio que lo va a utilizar la derecha; pero si yo no tuviera otra ideología,

a la hora de votar no

tendría en cuenta para nada este miedo.

—¿Cómo ves la actuación da la Iglesia frente a temas como el aborto y el

divorcio?

—Creo que la Iglesia se mueve muy lentamente; tengo la sensación de que estamos

en un momento de

impase, e incluso de retroceso. Creo que después de ese enorme acelerón que

significó el Concilio,

estamos en un momento de retroceso y de miedo. No se puede hacer nada con miedo.

¿Si uno cree en

Cristo y en la Iglesia puede tener miedo? ¿Pero miedo de qué? Me da la sensación

de que estos últimos

años del Pontificado de Pablo VI están dominados por el miedo, miedo a la calle,

a la realidad, a los

hombres...

En estos momentos no hay una ofensiva de la Iglesia en nada; simplemente

volvemos a una postura de

defensa. Comprendo que algunos problemas despierten resquemores, pero que se

estudien con seriedad:

la Iglesia tendría que ser una Iglesia culta y está volviendo a ser otra vez una

Iglesia analfabeta. Por

ejemplo, comprendo todos los problemas de índole moral que puede plantearse la

Iglesia frente al tema

del aborto y del divorcio; es lógico que surjan estos problemas, pero creo que

no nos podemos permitir el

lujo de reaccionar de una manera acientífica, por miedo. Si esto sigue así, ahí

es donde creo que la Iglesia

va a ser absolutamente atropellada por el ritmo de la historia.

Pero si se produce este atropello me parecerá muy bien, porque creó que la única

posibilidad que tiene la

Iglesia de cara al futuro es volver a la Iglesia de los primeros tiempos —ahí me

sale un poco la influencia

de Diez Alegría y del padre Llanos-, volver a una Iglesia en la que los

cristianos recuperemos nuestra

identidad, mediante pequeñas comunidades. Una institución como la Iglesia

actual, que tiene miedo del

avance de la historia, es un error incalculable.

JUAN J. MORALES

(Fotos: Manolo López Rodríguez.)

 

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