El PSOE y el marxismo     
 
 El País.    11/05/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

OPINION

EL PAÍS, jueves 11 de mayo de 1978

EL PSOE y el marxismo

LAS DECLARACIONES de Felipe González sobre su propósito de sugerir al próximo

congreso del

PSOE el abandono del término «marxismo» ofrecen claras analogías, pero también

notables diferencias,

con la iniciativa tomada hace algunos meses por Santiago Carrillo para que el

PCE abandonara el término

«leninismo».

En ambos casos, han sido los líderes de esas organizaciones, que son algo más

que el primer secretario o

el secretario general de las mismas, quienes, tras consultar con la almohada y

sin previo debate en los

comités responsables, teóricamente, de la fijación de su línea política, han

hecho públicas tan

sensacionales e inesperadas propuestas. La simetría de los dos acontecimientos

no es casual. La tendencia

de los grandes partidos a concentrar el poder en las personas que los encabezan,

como símbolos de la

identidad colectiva y como árbitros de las tendencias de todo signo, les

confiere una autoridad muy

superior a las que les reconocen las letras de los estatutos.

Tanto el señor González como el señor Carrillo se han enfrentado con el dilema

de dar satisfacción a sus

militantes o de ampliar su electorado. Sin duda, ambos líderes han sido

conscientes de que la sugerencia

de abandonar símbolos terminológicos, tan cargados de imágenes y con gran

capacidad integradora,

daría lugar a una profunda conmoción y a rechazos airados en el seno de sus

organizaciones. Pero

también saben que esa renuncia es la condición sine qua non para su crecimiento

electoral, lo cual, si se

aceptan las premisas del socialismo democrático, es la tarea prioritaria a la

que han de consagrar sus

esfuerzos. En el caso del PSOE, el señor González prefiere sin duda arrostrar

las iras de una parte de sus

200.000 militantes antes de perder la oportunidad de incorporar nuevos votos a

los más de cinco millones

de sufragios la mayoría de los cuales, presumiblemente, no significaban adhesión

alguna al marxismo—

obtenidos en junto de 1977.

Ahora bien, las diferencias entre las motivaciones y los objetivos del señor

González, y del señor Carrillo

son tan notables como las analogías. Así, el PCE es un partido cuyo grupo

dirigente ha sido formado sin

solución de continuidad desde la guerra, que dispone de cientos de cuadros

seleccionados con su

inquebrantable e incondicional adhesión a quienes les designaron por cooptación,

que conserva los

reflejos unitarios y defensivos formados en la época de la III Internacional

para defender decisiones tan

difícilmente justificables como los procesos de Moscú, en 1936, o la alianza

entre Stalin y Hitler, en

1939, y que puede dar pronunciados virajes sin peligro de descarrilamiento. El

PSOE, por el contrario es

un partido reencarnado en 1972, con una dirección joven, con una militancia más

irrespetuosa, menos

fideísta y no encuadrada por el sólido aparato del que disponen los comunistas.

El abandono del

leninismo le creó al señor Carrillo, con todo, serios quebraderos de cabeza.

Pero las furibundas reacciones

producidas en las bases del PSOE ante las declaraciones de Barcelona, aparte de

que hablen en favor del

grado de libertad existente en el seno de ese partido, son el anuncio de que las

jaquecas del señor

González van a ser mucho más intensas y duraderas. Cuando el señor Carrillo hizo

pública su sugerencia

en Nueva York, nadie dudó de que la «desleninización» era cosa hecha; no es tan

seguro, sin embargo,

apostar ahora a favor de que el XVIII Congreso del PSOE dará la razón al señor

González.

Por contra, y esta es la segunda diferencia, los rendimientos electorales a

obtener por el PSOE con su

revolución terminológica podrían ser mayores de los que el PCE va a cosechar con

su golpe de Estado

verbal paralelo. El único riesgo que corren los socialistas es, sin duda, perder

hacia la izquierda, en favor

del PCE o de los partidos marxista-leninistas, parte de los votos que ganen

hacia la derecha, pero es

previsible que sean siempre mayores las ganancias.

Queda, finalmente, una consideración ideológica. La propuesta de Felipe González

significa apartar al

socialismo como proyecto político de su dependencia única de las hipótesis y

teorías de la corriente

marxista. Lo cual implica dos órdenes distintos de problemas: uno relacionado

con el hecho mismo de esa

dependencia monopolista del socialismo respecto del marxismo, y otro con la

definición misma de este

último término.

Aunque no fallen los audaces, como el señor Castellanos, que equiparen al

marxismo con la ley de la

gravedad y la física nuclear, es altamente dudoso que los escritos de Marx y sus

discípulos hayan

producido una teoría unívoca del mundo. No sólo esa obra padece interpretaciones

teóricas múltiplemente

escolásticas, sino que prácticas históricas de orientación muy diferente —desde

el bizarro Kim II Sung

hasta el civilizado Dubcek, pasando por el omnipotente Ceaucescu— invocan ese

nombre. Tal vez por esa

razón Marx bromeó en una ocasión y dijo que no era marxista. El invento a la

moda de reunir precipitada

y embarulladamente en un cajón las hipótesis y teorías de Marx para

rebautizarlas como «método

marxista» es la última trinchera de los que no quieren renunciar a presumir de

que poseen una regla de

cálculo para hacer política o una bola de cristal para prever el futuro.

Si la propuesta de Felipe González significa que las concepciones marxistas no

deben ser el suministro

teórico exclusivo del proyecto político socialista, y que los programas para la

transformación de la

economía y la sociedad española no son conclusiones deducidas de un arquetipo

platónico inscrito en las

páginas de El Capital estamos, evidentemente, ante una obviedad. No en vano el

propio Marx, que

siempre mostró una intolerancia especial hacia los semicultos y hacía los

parlanchines radicales, escribió

en una ocasión que se negaba a escribir recetas de cocina para los figones del

porvenir. Algunos, sin

embargo, se están comiendo los platos.

 

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