Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Los socialistas y la Corona     
 
 ABC.    17/12/1978.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 19. 

A B C. DOMINGO, 17 DE DICIEMBRE DE 1978. PAG. 6.

Crónica de la semana

LOS SOCIALISTAS Y LA CORONA / Todos estamos de enhorabuena porque el Partido

Socialista es ya la leal oposición de Su Majestad

Este fin de semana en Barcelona, en el Simposio Internacional de Periodistas

Liberales que organiza la

Fundación Naumann, espero poder estrechar una vez más la mano ancha y abierta de

Indro Montanelli.

Pienso aprovechar este nuevo encuentro con el director de «Il Giornale Nuovo» —

indoblegable en la

defensa de su concepción personalista de la vida, todo un punto de referencia

intelectual y ética para las

nuevas generaciones de periodistas— para comentarle uno de los pasajes de su

espléndido perfil de Axel

Munthe, el psiquíatra sueco que se hiciera famoso en todo el mundo por su

libro «La historia de San

Michele». Se trata de dos párrafos en los que Montanelli cuenta cómo «bajo el

reinado de Gustavo, los

socialistas suecos adoptaron la moda de los faldones y la chistera que

ejemplifica y simboliza el equilibrio

político y social de aquel pueblo».

El «Gustavo» en cuestión es Gustavo V, uno de los más sobresalientes soberanos

de la dinastía

Bernadotte. Creador de la Copa del Rey de Suecia, fue durante muchos años el

primer tenista de su país y

aún a los ochenta —así lo señalaba Juan Balansó en el dominical de A B C en su

importante serie sobre

las dinastías europeas— continuaba saliendo a la pista. Pero no es por su

enorme vigor personal ni por su longevidad, por lo que los suecos honran su

memoria. En él admiran

sobre todo su habilidad para mantenerse, al margen de las dos grandes contiendas

bélicas del siglo y su

visión de estadista que le hizo dotar a su Monarquía de una dimensión

intachablemente constitucional y

democrática.

Su gran mérito en este ámbito —«Con el pueblo, por la Patria», decía el lema de

Gustavo— radica en

haber sido capaz de incorporar al Partido Socialista a la órbita de la Corona

sin que ello supusiera quiebra

alguna para Suecia. Aunque anecdótico, en 1914 tuvo lugar un episodio, a menudo

recordado, que

sentenciaría inapelablemente la cuestión. Fue la primera vez que Branting —

durante varios años la única

voz socialista que había clamado en el Parlamento— ganó para su partido unas

elecciones.

Inmediatamente se presentó en la Cámara —adornada ya con la presencia de una

nutrida representación

de sus correligionarios— y anunció que la nación le había otorgado en las urnas

su confianza para

derrocar a la Monarquía, porque el pueblo estaba harto de esta institución.

A la mañana siguiente una interminable columna de campesinos desfilaba por las

calles de Estocolmo.

Eran millares y millares; venían de lugares diversos. Llegaron en silencio hasta

el palacio del Rey

Gustavo y, respetuosamente, fueron quitándose el sombrero al pasar bajo las

ventanas de sus aposentos.

Luego se disolvieron y regresaron a sus puntos de origen.

Branting comprendió el significado del gesto y presentó su dimisión a Gustavo V.

Este le recibió con una

palmada cordial y le dijo: «Es la primera vez que gobierna usted; tiene usted,

no el derecho, sino la

obligación de equivocarse.» A continuación le ratificó su confianza y le

confirmó como primer ministro.

«Desde entonces —escribe Montanelli— los Gobiernos suecos han sido socialistas,

pero con chistera y

faldones, y sus componentes y sus electores no se llaman «camaradas»; se llaman

«señores»; por la

sencilla razón de que lo son». Habría que añadir que Karl Hjalmar Branting —

premio Nobel de la Paz en

1921— se convertiría muy pronto en el padre y patriarca de la socialdemocracia

nórdica y que, en las seis

décadas que median hasta ahora, la sueca ha sido una sociedad en paz, consigo

misma.

AQUEL MUCHACHO MAL BARBADO...

Como Branting, y con muy pocos años de diferencia, Pablo Iglesias fue también el

primer diputado

socialista en acceder al Parlamento de su país; y como la de Branting, la suya

fue también durante un

tiempo una presencia aislada y solitaria. Las características de la España de

principios de siglo, tan

diferentes a las de Suecia, empujaron sin embargo al colectivo constituido ahora

hace cien años en la

tertulia de la calle de Tetuán hacia rumbos de crispación y marginamientos. «El

obrerismo español nacía

indiferenciado y agresivo —cito a Ricardo de la Cierva—; en fin de cuentas , y

tras diversos intentos

esporádicos, no llegaría nunca a integrarse políticamente en la Restauración, y

esta es una de las causas

del fracaso final de la Restauración».

El obrerismo español tampoco nacía, sin embargo, republicano. Durante sus

primeros cuarenta años, los

más creativos y fecundos, el P. S. O. E. fue un partido posibilista en cuanto a

la forma de Gobierno. No es

casualidad que, por ejemplo, la primera campaña periodística en toda regla de

"El Socialista" fuera

dirigida contra los partidos que se proclamaban republicanos. Tal y como

precisaba un editorial de este

periódico publicado en diciembre de 1977, la posterior aproximación de los

socialistas al

republicanismo — la muerte de Canalejas fue trágicamente decisiva, en la medida

en que frustró su

política de puente tendidos hacia la izquierda— «No era enemistad congénita

hacia la Corona, sino repudio

del monopolio oligárquico y clasista que desgraciadamente se impuso en la

Restauración.» Buena prueba

de ello es el hecho de que, cuando por un momento pareció que aquel lastre

antisocial iba a ser evacuado,

fue nada menos que Largo Caballero quien aceptó el cargo de Consejero de Estado

durante la Dictadura

de Primo de Rivera.

Aquel muchacho mal barbado, de camisa blanca y constitución asténica, que ha

ahora muy poco más de

dos años, bandera tricolor en mano, recorría en trepidante estremecedora carrera

el inacabable pasillo del

salón en el que el P. S. O. E. celebraba su primer congreso en la legalidad, y

enarbolaba, pues, sino el

símbolo de adaptación temporal de la ameba socialista a uno de los más atípicos

meandros de nuestra

historia. Y quienes durante meses y meses han venido arrullando la balumba

farandulera del libro y el

tintero, del puño, la rosa y la paloma, con el sonsonete de que "España mañana

será republicana"

demostraban su incapacidad de fijar la vista en otro período de su propia

peripecia que no fuera el

comprendido entre 193? y 1939.

DON JUAN - DON JUAN CARLOS: TREINTA AÑOS DESPUÉS

Porque si posibilista había sido el Partido Socialista Obrero Español en sus

orígenes posibilista lo fue en

su historia última. Los momentos más fructíferos de la oposición democrática al

franquismo coinciden

con los movimientos de sístole que agrupan a socialistas y monárquicos en pos de

la restitución de las

libertades públicas. En el apasionante libro sobre el tema, que el año pasado le

valió el premio Espejo de

España, Javier Tusell explica, por ejemplo cómo, bajo el influjo de ese gran

hombre de Estado que fue

Indalecio Prieto, el Partido Socialista Obrero Español opta por sustituir su

hermética divisa de «A la

democracia por la República» por la más racional y razonable de «A la República

por la Democracia».

La actitud ejemplarmente integradora de Don Juan de Borbón durante este periodo

constituye un

auténtico anticipo de la mantenida durante los últimos mil días por su hijo, el

Rey Don Juan Carlos I. Sus

declaraciones de 1947 al semanario británico «Observer», que tanto revuelo

suscitaron entre los sectores

dinásticos más conservadores, podrían confundirse, perfectamente, con cualquier

texto reciente extraído

de las crónicas de la Monarquía restaurada. Preguntado expresamente por la

situación en la que quedarían

el Partido Socialista y las centrales obreras en el caso de que accediera al

Trono, Don Juan responde: «Todos los individuos y entidades que se muevan y

actúen dentro de la legalidad gozarán de idénticas libertades. La Monarquía

habrá de reconocer los derechos

políticos y sociales de todos los españoles sin distinción de clases, y la

efectividad de los mismos podrá

mantener un parangón airoso con los de los países más progresivos.»

Es en estas mismas declaraciones en las que Don Juan afirma: «Hace mucho que la

hora de la Paz debió

sonar para España. Sin embargo, la paz verdadera no ha llegado ni podrá llegar

para España hasta que no

se brinde a todos los españoles la oportunidad de olvidar odios, rencores y

venganzas.»

Mas de treinta años después, el hijo parece exhumar ahora no sólo el

pensamiento, sino incluso el

lenguaje del padre. «Como estoy seguro del patriotismo que les anima —afirmó el

Rey el pasado martes,

dirigiéndose a la Ejecutiva del P. S. O. E,—, alcanzado el objetivo de disponer

de una Constitución que

estaré muy honrado en sancionar con la solemnidad que la ocasión requiere,

pondremos todo nuestro

empeño en seguir trabajando en paz y armonía, desterrados odios, rencores y

violencias...»

En la triada de nuestros demonios cotidianos tan sólo una palabra ha sido

sustituida por otra,

fonéticamente muy similar y de casi idéntico significado. La gran diferencia

estriba en que mientras en el

primer caso se advierte, desde el más sentido patriotismo, una flagrante

necesidad, en el segundo se da fe

de que la semilla de la esperanza ha dado su fruto a través del vínculo de la

sangre —más fuerte al final,

para bien de España, que ningún otro— y de que esa carencia puede proclamarse

colmada.

NO SERÁ PRECISO NI EL FALDÓN NI LA CHISTERA

El encuentro entre el Rey Don Juan Carlos y la Ejecutiva del Partido Socialista

ocupará un lugar

importante en los anales de la Corona de España y constituye la rúbrica más

lucida de nuestro proceso

constituyente. Los socialistas nunca vilipendiaron al Rey de la misma forma en

que

lo hizo en fecha no muy lejana don Santiago Carrillo; pero tampoco corrieron a

postrarse ante sus pies

con la docilidad que empleó el hasta ahora nunca despelucado secretarlo general

del Partido Comunista

tan pronto como comprendió que era la vía mas segura para conseguir un lugar

bajo el sol.

La dirección del Partido Socialista ha aguantado impertérrita tanto la presión

de los sectores más

cavernícolas de entre sus bases —nutridos de trostkistas infiltrados y de

«gauchistas» erráticos más que

de verdaderos socialistas— como la justificada demanda de la opinión pública de

rendirse, de una vez,

ante la evidencia de que en la España nueva, Monarquía y Democracia son

conceptos inseparables. Por

fin, el paso se ha dado y se ha dado con todas sus consecuencias. En la actitud

de Felipe González y sus

colaboradores no parece existir la menor reserva a la hora de acatar la

Institución en los términos,

homologables a los de otras Monarquías europeas en los que ha quedado

constitucionalizada.

El joven secretario general del P. S. O. E. no cometerá ya el error que

finalmente hizo abrir los ojos a su

colega Branding y no tendrá, por tanto, que pasar por la bizarra penitencia del

faldón y la chistera. Don

Juan Carlos tampoco precisará responderle —estoy seguro de que lo haría— con la

misma palmada

conciliadora administrada por Gustavo V. Todos estamos dé enhorabuena porqué el

Partido Socialista es

ya la «leal oposición de Su Majestad».

GARRIGUES, UN VIENTO DE LIBERTAD

Esta trascendental clarificación de la oposición ha venido acompañada en el

tiempo de un ilusionante

impulso vertebrador de la «posición». Me refiero al gran acto de afirmación

liberal que supuso la

conferencia de Joaquín Garrigues en el Club Siglo XXI. En medio del desierto de

frustración y

desencanto que embarga a los sectores moderados de la población española, la

propuesta de esa sociedad

competitiva en la que la justicia debe ser la consecuencia natural del ejercicio

de la libertad, y no a la

inversa, constituyó un vivificante oasis de esperanza.

Un millar de profesionales con capacidad de liderazgo en sus respectivas áreas

de influencia acudieron a

la convocatoria de Garrigues y expresaron con entusiasmo su identificación con

sus ideas. Frente a la

ambigüedad, los complejos y el entreguismo de algunas de las personas que casi

todos los viernes

comparten su misma mesa, el actual ministro de Obras Públicas representa una

opción política clara y

concreta de efectos conocidos y comprobados.

Garrigues tiene ante sí veinte años de vida publica. La conquista del poder no

le corre prisa y viene

sirviendo lealmente al presidente Suárez desde el mismo momento de la

constitución de la U. C. D. Como

en el caso de Fernández Ordóñez y de algunos otros barones del partido, esa

relación quedará, sin

embargo, inevitablemente quebrada a no muy largo plazo si no se completa sobre

unas mínimas bases de

reciprocidad. Si Garrigues se viera obligado a pasar por Colombey-les-Deux

Eglises habría llegado el

principio del final de la Unión del Centro Democrático que conocemos.

Cuarenta y ocho horas después de su conferencia Garrigues asistió a la

presentación del Instituto de

Economía de Mercado, que dirige el catedrático Pedro Schwartz. Un poderoso

viento de libertad sopla ya

al estricto amparo de la Constitución.

Salvador de Madariaga aún mora entre nosotros.—Pedro J. RAMÍREZ.

 

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