Autor: Urbano, Pilar. 
   La más difícil defensa     
 
 ABC.    01/05/1982.  Página: 25. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

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Hilo directo

La más difícil defensa

La vaina era hermosa: «Quiero rendir pleitesía de gratitud a este Tribunal por

el espíritu de justicia reinante y el amparo sentido por todos en el interior de

esta Sala...»; pero inmediatamente brilló la hiriente hoja de una daga: «Ya que

en la calle nos hemos sentido insultados, calumniados e injuriados por ese

"tribunal popular" que es la Prensa».

Así empezaba el letrado Gerardo Quintana la lectura de su informe en defensa del

general Torres Rojas y del teniente Núñez Ruano. El presidente, Gómez de

Salazar, le hizo envainar el agravio con una escueta amonestación: «Eso es ajeno

al tema».

Continuaba ayer la defensa del general Armada. Una construcción inteligente y

sólida para demostrar que «existió un plan hecho por terceros, a espaldas y sin

conocimiento del general Armada, presentándole como "factótum" y director de la

operación, para conseguir inmediatas adhesiones».

Es difícil resumir en telegrama docenas y docenas de folios del letrado

tendentes a subrayar que la acusación de «Armada, conspirador, inductor

"mensajero" y mando...» tiene un solo origen: Miláns del Bosch.

En todo caso, dos: Miláns del Bosch y Tejero. «Pero no es quien niega, sino

quien afirma, el que ha de probar.» Y ni Miláns del Bosch puede probar sus

conversaciones «directas o indirectas» con Armada.

Ni Tejero su encuentro con Armada en Pintor Juan Gris.

El letrado Hermosilla penetró después en un terreno escarpado, jabonoso,

resbaladizo, donde el equilibrio de la construcción era poco sosteníble: la

«propuesta Armada», la pretensión de «encajar en la Constitución» su

autonominación como presidente del Gobierno.

La que él mismo llamó «fórmula hábil» y no «añagaza o engaño a Tejero», -para

conseguir escalonadamente que Tejero retirase sus fuerzas del Congreso y

devolviese la libertad a los parlamentarios a cambio, como «do ut des» de

negociación, proponer en el hemiciclo la formación de un nuevo Gobierno

presidido por Armada.

Por muy anómalas que fuesen las circunstancias, por muy «vacío de personas» que

estuviesen en aquella hora «los poderes y las instituciones»... una vez

«vaciadas las recámaras de las armas» automáticamente quedaban en pie, en

plenitud y en vigor, los verdaderos poderes políticos emanados de la

Constitución. Constitución que, hay que recordárselo también al letrado

Hermosilla, seguía viva; aunque Miláns del Bosch en Valencia, Tejero en el

Congreso, los escuadrones del Villaviciosa 14 en Prado del Rey y ía columna de

Pardo Zancada desde El Pardo hasta Neptuno, hubiesen intentado decapitarla con

sus «acciones de fuerza».

Así pues, la pretendida «fórmula hábil», si bien no llegó a ser «hecho» (y por

ende donde no hay «hecho» no hay dentó ni virtud), siquiera como intento, como

amago o como propósito era lisa y llanamente anticonstitucional.

Y lo hubiese sido, contra todas las de la ley, por muy «autorizado en

conciencia» o por muy «a título personal» o por muy... (llego hasta el fin deí

argumento) «bendecido» desde las cumbres que Armada llegase aquella noche al

Congreso.

Y es que, en el hilo del raciocinio «futurible», aun cuando una entrada de los

«geo», en contra-asalto, hubiese convertido el hemiciclo en un hemicementeno, lo

que en tal entonces habría marcado la Ley sería, y no otra cosa, la inmediata

constitución de un nuevo Parlamento, de! que surgiera un nuevo Gobierno... pero

¡por la senda constitucional de las elecciones populares, convocadas en libertad

y celebradas con urnas transparentes!

No podía haber otra senda. No sé si para la anécdota o si para la Historia de

estos juicios, dejo constancia de un pasaje, en la defensa de Armada, que pudo

ser aldabonazo de conciencia para quienes escuchaban. Hermosilla había negado

con contundencia que fuese Armada quien habló por teléfono con

Miláns del Bosch, el 22-F, estando Pardo Zancada delante.

Y había redamado «pruebas, pruebas»; toda vez que «una voz es inimitable»; y aún

más, que «Pardo Zancada ni siquiera llegó a escucharla.» Recordó entonces a

Dreyfus, aquel militar alsaciano condenado en 1894 por espía, y cuya inocencia,

que salió a flote pasado el tiempo, provocó que el juez que le condenó

compareciera ante Consejo de Guerra.

A Dreyfus se le condenó por un documento escrito: una carta que comenzaba con

«Ese canalla de D...». Y luego resultó que la inicial «D» no era de Dreyfus,

sino de Dubois. «En este proceso, señores consejeros, no aparece ni siquiera una

inicial dudosa: se aporta la referencia a una voz, algo que desaparece sin dejar

rastro en cuanto se extingue su eco...

Y eso no puede ser una prueba, si no hay testigos que la hayan oído de labios de

lça persona a quien se atribuyen sus palabras... Lo que ha traído al general

Armada al banquillo de los acusados na sido la denuncia de "una voz"

inidentificable: una conversación telefónica en la que nadie ha visto la cara de

quien habla al otro lado del hilo.»

• La defensa del general Torres Rojas por el letrado Quintana fue sobria,

directa y circunscrita a los hechos que se le imputan. Su presencia en la

reunión conspiratona del 18 de enero en General Cabrera, 15, y en la División

Acorazada Brúñete el 23-F. En ambos casos, el defensor se apoyó en el argumento

de la confianza: e! general Torres Rojas «creyó» a Miláns del Bosch, y, por

tanto, hizo suyos los planes de

una posible intervención militar «necesariamente incruenta», «en defensa de la

democracia» y que, en boca de Miláns, «respaldarían o verían con beneplácito, el

Rey y la Reina».

Acudió a la cita de General Cabrera sin saber de qué se iba a tratar allí ni con

quién iba a reunirse. Asumió el compromiso contraído, el liderazgo de Miláns, el

compás de espera y el acuerdo de silencio sobre lo hablado.

Negó el defensor Quintana que Torres Rojas tuviese una concreta misión asignada,

la de hacerse cargo de la DAC. Y no mencionó que aquel mismo día 18 de enero

Torres Rojas «llegaba tarde... y satisfecho de una conversación que había

sostenido con el coronel San Martín, quien se adhería a la operación y

prepararía la DAC para que, o bien su general jefe, Juste, se ausentase o él

mismo, Torres Rojas, tomase e! mando,, en su momento»; que es lo que vino a

declarar un testigo de aquella reunión: el teniente coronel Tejero.

Es curioso, pero en este proceso las afirmaciones de Tejero son, para letrados y

procesados, como «las lentejas: quien quiere las toma, y quien no, las deja».

Si interesa creer que Armada le ha ordenado entrar en el Congreso, entonces lo

dicho por Tejero, vale.

Si no interesa creer que Torres Rojas estuviese a! tanto de la operación y de

acuerdo con San Martín, entonces... no vale. Pero todo ello es admisible en el

«sagrado y legítimo derecho de defensa» que tiene cada uno de los treinta y tres

acusados.

Y a ello asistimos con el más profundo respeto. Cualquier recurso de la defensa

es lícito. Otra cosa es que sea necesariamente creíble. Pero esto compete a los

jueces. ¡Y a nadie más!

Sobre la presencia de Torres Rojas en el Cuartel General de El Pardo, el

defensor se remitió a los resultados: el general ni se hizo cargo de la DAC ni

presionó ni interfirió el mando de Juste, «cuyas dudas fueron... interiores"».

¿Que por qué no comunicó a su capitán general, Fernández Posse, lo hablado el

día 18 y la verdadera razón, no notarial precisamente, de desplazarse de súbito

á Madrid el día 23-F? «Porque había contraído un compromiso de silencio...

Contarlo hubiera sido una traición, una delación... y, además, mi defendido

creía obrar bajo el beneplácito de Su Majestad.» Más endeble es el punto que ya

el fiscal subrayó en su día: la falta de comunicación telefónica entre Torres

Rojas y su jefe natural de La Coruña, una vez ocurrido el asalto al Congreso.

En cambio, sí quedó de manifiesto que «en cuanto el general Torres Rojas sabe,

por la llamada de Juste a la Zarzuela, que no está allí Armada ni el Rey

respalda la operación, se pone de inmediato a las órdenes de Juste, el jefe de

la DAC».

• Se ha especulado acerca del verdadero «rol» que debía jugar Torres Rojas,

¿venir a tomar café?,

¿hacerse cargo de la DAC?, ¿enviar tropas de relevo al Congreso?, ¿presentarse

en el hemiciclo y «decir lo que hay que hacer» como «autoridad militar, por

supuesto»?..., ¿o todas esas sucesivas cosas? Cada vez que en los

interrogatorios salía el tema de «¿por qué Torres Rojas, que estaba haciendo

deporte en Riazor aquella mañana, se vistió de uniforme para venir al notario...

al que, al fin, no fue», me formulaba, stn respuesta, la pregunta que todos se

empeñaban en dirigir hacia la indumentaria de Armada.

Y es que resultaría desvelador de ese «rol» saber si T. R. vestía «camisa y

corbata caquis» (suficiente para tomar cafe... para ir al notario.. y para

mandar la DAC) o «camisa blanca y corbata negra» (prendas más apropiadas para

quien impersonase la clave humana de «la bandeja está grabada» y «ha llegado el

elefante», camino del hemiciclo...).

Pero dejemos la cuestión, que, como se ha dicho en la Sala, «es asunto de

"boutique"...».

• En defensa del teniente Núñez Ruano, el letrado Quintana invocó la

«obediencia debida» y la «ignorancia de la naturaleza del servicio para el que

fue requerido».

Y después aportó declaraciones, ante notario, de varios guardias civiles, que

certifican: «No fue el teniente Núñez quien amenazó al general Aramburu ni

quien desalojó los autobuses, contraviniendo órdenes... porque él estaba, en ese

momento, junto a las verjas del Congreso.»

Tomó la palabra el codefensor de Torres Rojas, general Calzada Atienza, y

ofreció una descripción dantesca de la España democrática del 79 y el 80,

marcando el énfasis en hechos tan notorios y lamentables como el terrorismo, los

brotes separatistas, la manipulación de la enseñanza en las comunidades

autónomas, etcétera. Calificó de «absurdas» las medidas de amnistía, otorgadas

en su día por el Rey, y de «fracaso» la lucha contraterrorista.

El presidente del Tribunal le llamó la atención, por dos veces, encareciéndole

que se ciñera a los hechos de la causa o «tendría que retirarle la venia».

El general Calzada reconsideró su escrito y opto por entregarlo sin leerlo,

expresando su protesta.

Don Adolfo de Miguel, que representaba los Intereses del capitán de navio

Menéndez Vives, del comandante Pardo Zancada y del civil García Carres, apeló a

eximentes de «obediencia», «patriotismo» y «estado de necesidad».

Y pospuso su actuación por extenso para la sesión del lunes, Dios mediante. La

defensa de Pardo Zancada es, pienso, la más difícil de todas: el comandante, con

gallardía que le honra, no se escuda en nada ni en nadie. Mantiene lo hecho. Se

ufana de ello.

Y asume su responsabilidad..—Pilar URBANO.

 

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