Autor: Urbano, Pilar. 
 El Juicio del 23-F. 
 Armada, alanceado otra vez     
 
 ABC.    25/03/1982.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

8/ABC

JUEVES 25-3-82

NACIONAL

El juicio del 23-F Hilo directo

Armada, alanceado otra vez Tejero nos había contado que cuando Armada, en el

despacho acristalado del Congreso, le hablaba de una «solución constitucional»

se llevaba la mano a un bolsillo, y iodos pensamos: «Ahí estaba la lista del

Gobierno.»

Pues no. Ahí lo que llevaba Armada era... un ejemplar de la Constitución.

Y cuando, en cierto momento, se caló unas gafas de esas «semilunetas»,

desabrochó otro bolsillo de su guerrera y sacó una agenda... «era, me pareció a

mí, para consultar algún número de teléfono».

Ños lo declaró ayer el capitán de la Guardia Civil Lázaro Corthay, testigo

ocular de aquella escena, ya que se situó exactamente enfrente, en el despacho

también acristalado y simétrico de ese mismo edificio. Desde allí les vio hablar

entre sí y también, por teléfono. Una vez con un mismo auricular, pasándoselo

del uno al otro.

Luego, simultáneamente, utilizando los dos teléfonos que había sobre la mesa.

Pero la famosa lista de Gobierno no salió en ningún momento.

Los capitanes reunidos por allí cerca con el ayudante del general Armada,

teniente coronel Bonell; supieron por éste que «siete Capitanías apoyaban el

bando de Miláns del Bosch» y que «Armada traía una solución constitucional».

Se galopa ahora sobre la causa. Al fiscal se le na recomendado aplicar la broca

y el taladro en tramos vírgenes, sin recalar en lo ya conocido. Los defensores

se abstienen de preguntar si no es necesario.

El presidente cercena todo verbalismo.

• Hay una seria preocupación entre los ilustres miembros del Consejo Supremo

de Justicia Militar por «la imagen» que de nuestros Ejércitos están dibujando,

al salir a la luz los dichos y hechos del aciago 23-F-81, los procesados.

A la autoexculpación y a la mutua inculpación se añaden evidencias de quiebros y

puenteos en las cadenas naturales de mando; trasplantes y aterrizajes de

autoridad, de una Región Militar a otra, de una unidad a otra, de un jefe sobre

tropas que no son las suyas...

Las órdenes o no se confirman o no se contrastan o no se conocen... o no se

obedecen, Item más, capitanes de la Benemérita Guardia Civil reconocen haber

estado prestando «un servicio» «un servicio delicado», sin misión concreta y sin

conocimiento cabal.

Pero eso sí, admitiendo que el Rey podía estar apoyando el que ellos llegasen al

Parlamento, interrumpiesen una sesión de investidura y retuviesen dieciocho

horas, por la fuerza de las armas, a los diputados y al Gobierno.

Me imagino que la mas leve de las sanciones que de estos juicios emane será la

obligación de leerse, línea a línea, dos pequeños líbritos: «Reales Ordenanzas

Militares» y «Constitución española». Aparte de repasar ciertos conceptos

cardinales de la disciplina, de la obediencia ciega, de la lealtad al mando...

que, por lo oído en las declaraciones de los militares procesados, aparecen

harto deteriorados, harto desvirtuados y harto mal entendidos.

Y eso, que es penoso, y, como «imagen» global de los Ejércitos, rigurosamente

injusta y perniciosa, preocupa al Consejo Supremo.

Como preocupa a cualquier español de bien que tiene en el cimero lugar de los

respetos venerandos a la Institución Fuerzas Armadas.

• Si anteayer el capitán Acera, de la Guardia Civil, nos dio la estampa viva

del «espontáneo» entusiasta y omnipresente, que lo vio y lo oyó todo... ayer, el

capitán Pérez de la Lastra nos ofreció el reverso de esa moneda: no se enteró de

nada. Le contaron «la anécdota de los tiros» (según sus palabras) y escuchó

desdé un coche el mensaje del Rey. «Entonces para mí estuvo todo clarísimo...

Las cosas habían cambiado... O habíamos sido víctimas de una confusión, o de un

engaño o... de algo peor; si se me apura de una encerrona».

Y luego, para aclarar, añade: «Pero no por los dé dentro del, Congreso, que ésos

llevaban la peor parte». Pérez de la Lastra, cordobés de Lucena, gafas de

cristal verde como su uniforme, debió atravesar esa noche una crisis dubitante

de «hamletismo» agudo. Entra en el Congreso.

Sale. Deambula. Va al Palace y toma vanos cafés. Se mete en un coche. Da una

cabezada. Ve llegar los catorce vehículos del comandante Pardo Zancada...

Y en cierto momento, mientras las tropas de la DAC están aún formadas en la

Carrera de San Jerónimo y la radio dice que «vienen a desalojar», el capitán

opta por irse a su casa.

El amanecer le sorprende aún en trance de Hamlet: ¿reintegrarse a su unidad, en

la Dirección General?, ¿quedarse en casa?, ¿volver con sus compañeros al

Congreso?. Vuelve al Palace, desayuna y... vence en él su primitiva decisión

«voluntaria y personal, de apoyar la acción del

Congreso». Y aún llega a tiempo de montar en el Seat 1500 donde Tejero, Acera y

Abad abandonan ya el Parlamento, una vez liberados los diputados.

Es entonces cuando le oye decir a Tejero —y ayer lo recordó por vez primera

después de trece meses—: «El general Armada me viene ahora con una historia de

aviones... y hace dos o tres días, en la calle Juan Gris, me ordenó que entrase

en el Congreso».

Y en esto Pérez de la Lastra coincide con Acera.

• Por su parte, el capitán Bobis, también de la Guardia Civil, insiste en esta

afirmación de Tejero.

Pero lo sitúa en otro lugar y momento. En el despacho acristalado. Y delante de

Armada. Por Lázaro Corthay hemos visto la escena: hablan por teléfono Tejero y

Armada.

Una vez con la misma persona, después, cada quien, con un interlocutor distinto.

Entra Bobis con el pretexto de «si puede evacuar a un diputado enfermo». Y

pregunta: «¿Qué hay de nuevo?»

Tejero: «Nada... ¡que un avión y... al extranjero!»

Bobis: «¿Es que ha habido alguna... otra orden?»

Tejero: «La otra noche me dio la orden de actuar en el Congreso..»

Yo, de condición curiosa, esperaba que el señor fiscal o el letrado defensor de

Armada preguntase «¿a quién se refería Tejero?», o más en directo: «Al decir "la

otra noche me dio la orden...", ¿miró Tejero a Armada o miró al teléfono por

donde acababa de hablar?»

Pero no lo preguntaron. Hermosilla inquirió de Pérez de la Lastra sí había

convivido durante

su prisión preventiva con Tejero y con Acera. La respuesta fue elocuente: «¡Y a

gustísimo!» «¿Y comentaron ustedes, a posteriori, detalles del 23-F?» «¡Hasta la

saciedad!» Hay un detalle perdido entre las cuatro actuaciones de ayer que no me

cuadra: están Bobis, Acera y Lázaro Corthay con el ayudante de Armada, Bonell,

fuera del despacho acristalado, y entre los comentarios de «las siete Capitanías

que dan su beneplácito» y que «Armada trae una solución constitucional», alguien

pregunta:

«¿Pero no venís ahora de la Zarzuela?» Y Bonell dice que no.

Bien. Me pongo a revisar papeles y más papeles y no encuentro por ninguna parte

que, a esa hora, los capitanes que siguieron a Tejero pudieran saber lo que sí

sabían, o creían saber, en la DAC: «que Armada estaría a partir de las seis en

la Zarzuela». ¿...?

• Al capitán de Intendencia de la DAC, Cid

Fortea, le bastó un gesto simbólico de Pardo Zancada, cenando el 23-F en la

División: «Mi invitó, me pagó la cena... y me dijo "si te vienes conmigo"... No

necesité mas para saber que íbamos al Congreso... y no pregunté ni cuándo ni

cómo ni con quien... tomé esa decisión, personal y libre, en conciencia».

Este capitán, que al día siguiente tenía que ir a Avila a examinarse de

contabilidad, lo dejó todo colgado y se ató las botas para seguir a Pardo.

Cuando el defensor de Miláns del Bosch (Barros de Lis, supliendo a Escandell)

quiso forzarle a declarar que Miláns del Bosch no mandaba aquellos movimientos

de la DAC, Cid se mantuvo firme en sus trece: «Yo capté, en todo momento, que

Pardo Zancada obedecía a Miláns del Bosch.»

Por él sabemos el estado de ánimo de los hombres de la DAC esa noche. Lo

describe gradualmente: «Decepción..., profundo disgusto... Verdadera

indignación, al recibir la orden de acuartelamiento que en tan pocas horas

cambiaba 180 grados la sena decisión que se había ordenado de «tomar los

objetivos».

Si algo está claro como el sol es que tan portentoso fue que la situación del

Congreso, con una recluta sin orden ni concierto, durase dieciocho horas, como

que la DAC en bloque, carburada, municionada y dispuesta como estaba, no se

movilizase detrás de Pardo Zancada.

Pero... «no la toquéis más, que así es la rosa».—Pilar URBANO.

 

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