Autor: Urbano, Pilar. 
 El Juicio del 23-F. 
 ...Un elocuente silencio     
 
 ABC.    19/05/1982.  Página: 31. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

MIÉRCOLES 19-5-82

ABC/31

El juicio de! 23-F-

Hilo directo

...Un elocuente silencio

Salía por las puertas color grana de Campamento cuando yo entraba. Impecable

traje negro, los cabellos blanquísimos, «aura nobllltas», la sonrisa serena,

algo triste, sf, de hombre en paz consigo mismo y que está por encima, muy por

encima, de confabulaciones y de conjuras.

Llevaba en la mano, como un «maletilla», un fardo de tela roja. Dentro, la

toga. No le dejaron ponérsela. No le dejaron hablar. Ha sido un silencio forzado

por la única razón de que se disponía a defender a otro con unos argumentos que

no eran los de otros defensores.

Le veo tranquilizar a una temblorosa mujer, familia del teniente Vecino Núñez,

su «ex defendido». «(Mucha paz... no va a pasar nada... y el presidente del

Tribunal tiene mi escrito íntegro... le van a defender muy bien... mejor que

yol».

Le pido el texto que le han rehusado y aquí lo tengo, porque mientras el noble y

arriesgado oficio del periodismo exista, siempre habrá una linterna luminosa

allí donde haya una verdad reclamando luz.

Antes de despedirse, me dice: «Aunque haya trabajado en esto un año y pico, no

voy a cobrarle un céntimo... no pensaba hacerlo... y él lo sabía... ¡es un buen

muchacho el teniente Vecinol... no tiene la culpa, ni ha partido de él la

iniciativa de desechar mi defensa: ha sido presionado ahí dentro... Pardo

Gayoso, general y abogado, ayudante de López Montero, me ha desafiado a un

duelo... y me ha llamado "cerdo"... creo que no lo merezco.»

Hablé después con el general Pardo Gayoso. Se hizo el desentendido. Negó. «Está

viejo ese Nieto Funcia... debe estar loco (giraba su dedo índice sobre la sien,

como si tratase de apretar un tomillo de cordura)... o busca protagonismo...

En cualquier :aso, yo no le tengo miedo.,» Mal puede buscar protagonismo un

letrado que si ha lla•nado la atención de los informadores, día a dia, ha sido

por su prudentísimo silencio, renunciando al «yo interrogó» vano, cuando ya iodo

estaba preguntado, negándose a ser comparsa de protestas en cadena, y a obedecer

consignas.

«General —le respondo—, puede ser que a algunos ilustres jefes acusados no les

conviniera la exposición de ese texto de Nieto Funcia.~ Pero era la mejor

defensa que se podía hacer de un teniente... de todos los tenientes...»

Empezaba, tenía que empezar de haber podido hablar, con una sentencia del

emperador Trajano, «óptimo príncipe», clave que ya en varias ocasiones desde

este periódico y desde estas columnas se ha dibujado:

«Sub Lege, Rex.» Bajo el imperio de la Ley también se encuentra el Rey. «El Rey

está obligado a cumplir y hacer cumplir las leyes, porque de éstas emana

precisamente su "autoridad" y su "potestad´T la razón y el poder para hacer

justicia.» Y citaba a San Isidoro en sus «Etimologías»: «Rex eris, si recte

facías.

Et si non facías, non eris» («Serás Rey si obras rectamente, y si no, no lo

serás»). Era ya en el primer renglón donde se enfrentaba a quienes han venido

arguyendo todo el tiempo que «el Rey está por encima de la Constitución», que

«el Rey puede legítimamente mandar que se arrase la Constitución»...,´ y,

amparados en esta falacia, construían sus alegatos sobre una pretendida

«anuencia regia».

Así, el escrito de defensa de Nieto, con acertada inteligencia de las funciones

de! Rey, según la "Ley de leyes, sale al paso de algo que «se ha repetido en

esta Sala, oportuna e inoportunamente: que «corresponde al Rey el mando supremo

de las Fuerzas Armadas». Ello es cierto, pero ¿cómo le corresponde ese mando?

«Soberanamente», como también le corresponde la Jefatura del Estado y la más

alta representación de la nación española...

Y explica que no es el suyo un mando directo y personal, sino, como

«institucionalmente» está previsto: «arbitrando y moderando el, funcionamiento

regular del Gobierno de~ la nación, y dentro del Gobierno, el del Ministerio de

Defensa...

Y esto es así por referéndum del pueblo, en garantía de la inviolabilidad del

Monarca y para la permanencia de la Corona». Más adelante, después de recordar

que «es la Junta de Defensa Nacional, asistiendo al Gobierno, quien determina la

política de defensa», pasaba al desmentido más rotundo y meridiano que allí se

hubiera podido hacer, ayl: «No es cierto que Su Majestad el Rey se permitiese en

ningún momento manifestar su voluntad, o beneplácito, para que uno o más

capitanes generales, uno o más coroneles, uno o más tenientes coroneles, o todos

juntos, proyectasen y tratasen de poner en ejecución un "plan", cualquiera que

fuese, para salvar a España, salvar a la Corona o salvar a te democracia.»

Relataba, ce por be, las actuaciones de mando arbitral y moderador del Rey el

día 23-F. Y concluía que «atribuir al Rey el estar interesado en la ejecución de

tal operación a nivel nacional... es institucionalmente un acto Ilícito e

históricamente una patraña».

Y que el «servicio»´o «misión» para el que «capciosamente» Tejero reclutó a la

fuerza

de la Guardia Civil «ni estaba —como él dijo— ordenado por el Rey, ni refrendado

.por el ministro de Defensa, ni por el presidente del Gobierno, ni tenía el

respaldo de la JUJEM». Unía su voz a la del fiscal (¡f) para reconocer que «el

asalto al Congreso, con el alzamiento en armas, tenía por objeto, entre otros no

dedarados, la modificación violenta de las instituciones», y esto; «tal como se

hizo, constituye delito de rebelión militar, por la ilegítima violencia con que

se quería imponer».

Y señalaba al teniente coronel Tejero Molina, «que sin altivez, con noble

dignidad, se ha confesado siempre como único responsable del asalto al

Congreso».

A partir de este insólito preámbulo demostraba, yendo ya al corazón de la

defensa de «su» teniente, cómo hubo engaño y utilización de nombres ilustres,

llegando hasta los del Rey y la Reina, para embaucar y embarcar en la acción a

la oficialidad, suboficialidad y tropa de la Benemérita. Impresionante relación

nominal de 58 guardias, de entre los asaltantes, que manifestaban su dolorida

queja por «haber sido utilizados», y que sólo estando ya en el Congreso

«descubrieron que se les había hecho creer lo que no era cierto, y les habían

ocultado lo que sí era desgraciadamente cierto». Etc.

Sólo la bonhomía del letrado, en sus tiempos juncales afiliado a la CEDA,

cristiano viejo, respetuoso con las leyes vigentes y enamorado de España, como

se desprende de sus folios, podía hacerle concebir la esperanza de que allí

alguien pudiese levantarse a decir con libertad que esos tenientes fueron

dolosamente utilizados.

Era una defensa honrada. Fue... un elocuente silencio.—Pilar URBANO.

 

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